Jesús y los atributos de Dios

Octavius Winslow (1808-1878)

Ahora, procedemos a mostrar que el Señor Jesús, nuestro adorable Emanuel, está representado en la Palabra de Dios como investido de todos los atributos que pertenecen a Jehová.

Comencemos con su existencia eterna. Si se puede demostrar por las Sagradas Escrituras que esto pertenece a Cristo, debe concluirse que Él es Dios; pues de ningún otro ser se puede decir que es eterno, sino de Jehová. Examina, entonces, Colosenses 1:17-18: “Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia”.

En este sorprendente y hermoso pasaje, se declara que Jesús es anterior a todas las cosas creadas. ¿Podría ser esto cierto, si Él mismo fuera un ser creado? O Cristo es creado o no es creado. Es una criatura o el Creador. No hay una escala intermedia de ser. Lo repetimos: Él debe ser una de las dos cosas —la criatura o el Creador—. Si es una mera criatura, y el sociniano1 no permite que sea más, entonces, es absurdo suponer que Él creó todas las cosas porque debe haber sido creado antes de poder crear; si no, Él no pudo haber sido antes de todas las cosas creadas.

Si, además, fuera una mera criatura —recordemos que los socinianos y los arrianos2 niegan que sea más que eso— ¿cómo podría sustentar todas las cosas? Porque Él necesitaría un poder sustentador para Sí mismo. Ninguna mera criatura se ha sustentado o puede sustentarse a sí misma. Los ángeles no pudieron porque ellos cayeron. Adán no pudo porque cayó. Y Cristo no habría podido sustentarse a Sí mismo en la hora solemne de la expiación, cuando estuvo bajo la poderosa carga de los pecados de su pueblo, si no hubiera sido más que una criatura —el Jehová increado—. Su humanidad3, en efecto, tembló, se estremeció y se turbó; pero sostenido por su divinidad —secreta, invisible, pero eficazmente sostenido por su deidad— Él logró un triunfo completo, puso fin al pecado y trajo una justicia nueva y eterna4.

Si, además, Él fuera sólo una criatura, ¿cómo podría dar vida espiritual a los muertos y cómo podría sustentar esa vida, una vez dada? Toda la vida espiritual proviene de Cristo y toda la vida espiritual es sustentada por Cristo —“Cristo, vuestra vida” (Col. 3:4)— la vida del alma, la vida del perdón, la vida de la justificación, la vida de la santificación5, la vida de todas las gracias cristianas; la vida de todo lo que ahora es y la vida de todo lo que ha de venir. ¡Gloriosa verdad [es] ésta para el santo de Dios!

Compárese Apocalipsis 1:8 —“Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso”— [con] Isaías 44:6: “Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero6, y fuera de mí no hay Dios”. Nos abstenemos de comentar estos pasajes, pues tan evidente es la verdad.

Volvamos a la conversación de nuestro bendito Señor con los judíos en la que afirma su existencia eterna: “Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Jn. 8:58). ¿No aplica Jehová estos mismos términos a Sí mismo? “Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY; y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros” (Éx. 3:14). Entonces, ¿cómo debemos entender estas palabras? No por la glosa7 de Sociano, sino por la conducta de los judíos: “Tomaron entonces piedras para arrojárselas” (Jn. 8:59). Consideraban a Cristo culpable de blasfemia al aplicarse a Sí mismo, el nombre y los atributos incomunicables de Jehová. Ellos entendieron, perfectamente, que quería decir que era Dios. Si no hubiera sido verdaderamente divino, ¿los habría dejado bajo un engaño tan terrible? ¿Y habría puesto en peligro su vida, cuando con una simple retractación, podría haber aplacado su ira y evitado el peligro que le amenazaba?

¡Qué visión tan consoladora obtenemos de Cristo a partir de este atributo revelado de su naturaleza! ¿Es Él eterno? Entonces, su amor por su pueblo es eterno, siendo su amor por ellos coexistente con su propio ser. No es el amor de ayer o de hoy —es el amor de la eternidad—. Su fuente8 es su propia existencia eterna. ¿Es Él eterno? Entonces, también debe ser inmutable: Su precioso amor, puesto sobre ellos desde toda la eternidad, nunca puede ser removido; habiéndoselos dado Él mismo, Él mismo nunca se los quitará. ¡Bendito pensamiento! Él puede arruinar las esperanzas terrenales; Él puede romper las cisternas terrenales; Él puede marchitar las calabazas terrenales; Él puede enviar oleada tras oleada, quebranto tras quebranto, pero nunca, nunca se apartará del pueblo de su amor. Querido lector, puede que seas consciente de muchos y grandes desvíos; esta sola visión de la inmutabilidad de tu Padre puede recordarte recaídas, muchas y agravadas: Olvido, ingratitud, falta de amabilidad sin número; murmuraciones, rebelión e incredulidad. Sin embargo, Dios, tu Dios, te dice: “Aunque me hayas tratado así, aunque me hayas olvidado, aunque tu nombre sea rebelde, todavía te amo. Vuélvete a mí, y yo me volveré a ti”. ¡Qué pensamiento es éste que humilla el alma y que derrite el corazón! ¿Ama tu Padre tus pecados? ¡No! ¿Acaso ve con complacencia tus desviaciones? ¡No! Él odia tus pecados y seguirá tus extravíos con su vara de castigo; pero Él ama tu persona, sólo contemplándote en el Amado, plena y gratuitamente aceptado en la gloriosa justicia de Jesús, que es el mismo “ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8). Si esta verdad, querido lector, quebranta tu alma por el bendito y eterno Espíritu, el efecto será santísimo y humillante.

La omnipresencia es un atributo de la deidad atribuido a Cristo. Remitimos al lector a dos porciones de las Escrituras como prueba. Ambas corren en líneas paralelas entre sí. En Mateo 18:20, tenemos esta declaración alentadora de Cristo: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Compárese esto con Éxodo 20:24: “En todo lugar donde yo hiciere que esté la memoria de mi nombre, vendré a ti y te bendeciré”. Así, el lector percibirá que la idéntica promesa que Dios dio a su antigua Iglesia, cuando la estableció en el desierto, cuando le dio la Ley, edificó para ella el tabernáculo e instituyó para ella un sacrificio, el Señor Jesús la hace de Sí mismo. ¡Un pensamiento consolador! Jesús está con sus santos en todo momento, en todo lugar y en todas las circunstancias. Él es “Dios con nosotros” (Mt. 1:23). Él está con ellos para consolarlos en la hora del dolor, para iluminarlos en la hora de las tinieblas, para guiarlos en la hora de la duda y la perplejidad, para librarlos en el tiempo del conflicto, para sustentarlos en la hora de la muerte. ¡Oh, que la fe se dé cuenta de esto! Él estuvo con sus tres siervos fieles en el horno de fuego. Estuvo con Daniel en el foso de los leones. Estuvo con Jacob en sus luchas en Betel. Estuvo con Juan en su exilio en Patmos. Jesús está, en todo momento, en todo lugar y en todas las circunstancias con su querido pueblo…

Considera que el atributo de la omnisciencia9 pertenece, esencialmente, a Cristo: “Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (Jn. 2:24-25). Rogamos al lector que considere, atentamente, 1 Reyes 8:39, donde el mismo atributo, con casi las mismas expresiones, se atribuye a Jehová: “Porque solo tú conoces el corazón de todos los hijos de los hombres”. ¿De quién es la prerrogativa de escudriñar el corazón? ¿Quién puede sondear este mar insondable de iniquidad? ¿Quién puede seguirlo en todos sus serpenteantes10 recodos? ¿Quién puede detectar su profunda sutileza? ¿Quién? “Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón11” (Jer. 17:10). Una mera criatura —como la que el negador de la deidad propia de Cristo haría— no puede conocer el corazón.

Es una perfección peculiar de Dios y debe ser incomunicable por su propia naturaleza porque si fuera comunicable a una criatura, no podría ser peculiar de Dios mismo. Si fuera posible, decimos, que Dios delegara el poder y la prerrogativa de escudriñar la mente y probar el corazón de los hijos de los hombres a un mero ser creado, entonces, con ninguna propiedad podría decirse que sólo Él escudriña el corazón. Sin embargo, este atributo pertenece a Jesús. En la profecía de Jeremías 17:10, el Señor dice: “Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino”. En Apocalipsis 2:23, Cristo dice y quiere que sea proclamado a través de las iglesias como la verdadera doctrina del Evangelio: “Y todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña la mente y el corazón; y os daré a cada uno según vuestras obras”.

¿No es ésta, entonces, la evidencia de su deidad más concluyente? ¿Quién puede resistirla? ¡Qué bendición fluye para el alma creyente de este atributo de Cristo! Es un consuelo para él recordar, en todo momento, que Jesús conoce y escudriña el corazón. Ve su iniquidad y la somete porque la promesa es: “Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades” (Mi. 7:19). Él detecta alguna maldad al acecho, alguna corrupción latente y, antes de que se desarrolle y salga al exterior —el acto manifiesto—, la controla y la vence. “Pensamiento alentador”, puede decir el creyente, “que toda mi maldad innata, la corrupción oculta de mi corazón, es conocida por mi Dios Salvador. Señor, no te lo ocultaría; no ocultaría a tus ojos ni una sola corrupción. No encubriría ni un pensamiento, sino que clamaría: ‘Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno’” (Sal. 139:23-24). Él ve, también, su propia obra de gracia en el alma. La pequeña vida espiritual que ha infundido en ella, la pequeña gracia que ha implantado en ella, la pequeña chispa de amor que ha encendido en ella, los débiles y tenues anhelos en pos de Él, las luchas internas contra el pecado, el hambre y la sed de santidad, el ansia por conformarse a lo divino —todo es conocido por Jesús—. El Señor Jesús conoce y reconoce su propia obra; la falsificación la detecta pronto. La vestimenta externa y el espíritu no humillado, la profesión externa y el duro corazón no escapan a su mirada penetrante. El hombre puede ser engañado —el Señor Jesús nunca—. Podemos no ser capaces de discernir entre el justo y el impío, entre la naturaleza y la gracia, entre la profesión externa y la realidad interna; pero Jesús sabe lo que es genuino y lo que es vil, lo que es obra de su propio Espíritu bendito y lo que es el mero efecto de un juicio iluminado y una conciencia alarmada.

Querido lector, ésta es su propia declaración solemne de Sí mismo: “Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón” (Jer. 17:10)… ¿Estás dispuesto a que Él escudriñe [tu corazón] y lo pruebe? ¡Oh, sé honesto con Dios!… Deja que el ejemplo de David te aliente: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Sal. 32:5). Y mientras el corazón se derrama así, en una confesión completa y minuciosa, que el ojo de la fe se ancle en Cristo… Las confesiones12 que no te atreves a hacer a tu más tierno amigo, puedes hacérselas a Él. Los pecados que no confiesas, la corrupción que no reconoces como existente dentro de ti, tienes el privilegio, “puestos los ojos en Jesús” (He. 12:2), de verter en el oído de tu Padre y Dios… ¡Ven de inmediato, ven ahora! Apresúrate a los pies de tu Padre y, trayendo en tus manos la preciosa sangre de Cristo, haz una confesión completa y libre. Así, del atributo de la omnisciencia de Cristo puede, un humilde creyente, extraer mucho consuelo. En todo momento, se le permite apelar a ella y decir con Pedro: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo” (Jn. 21:17).

Se declara que la omnipotencia13 pertenece a Jesús. Compara Salmos 45:3 —“Ciñe tu espada sobre el muslo, oh [poderoso] valiente14”— [con] Apocalipsis 1:8: “Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso”. Compárense los versículos 6-7 del mismo Salmo —“Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu reino. Has amado la justicia y aborrecido la maldad; por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros”— [con] Hebreos 1:8-9: “Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino. Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros”. [Aquí], las mismas palabras son citadas y aplicadas a Cristo.

Y echemos un vistazo a la manera autoritativa con la que ejecuta sus poderosos actos de gracia. Nota su actitud… ¿No brilló Dios, a través del hombre, con majestuoso asombro cuando al leproso le dijo: “Quiero; sé limpio” (Mt. 8:3); al hombre con la mano seca: “Extiende tu mano” (Mt. 12:13; Mr. 3:5; Lc. 6:10); al ciego que deseaba recibir la vista, “recíbela” (Lc. 18:42); al muerto, “a ti te digo, levántate” (Mr. 5:41; Lc. 7:14) y a las olas tumultuosas: “Calla, enmudece” (Mr. 4:39)? Querido lector, ¿eres un creyente experiencial15 en Jesús? Entonces, este Cristo omnipotente está unido a tus mejores intereses. Él es omnipotente para salvar; omnipotente para proteger; omnipotente para liberar; omnipotente para someter todas tus iniquidades, para hacerte humilde, santo y obediente. Todo el poder reside en Él. “Por cuanto agradó al Padre que en él” —en Él como el Mediador de su Iglesia— “habitase toda plenitud” (Col. 1:19). [No hay] corrupción que Él no sea omnipotente para someterla; no hay una tentación que Él no sea omnipotente para vencerla; no hay un enemigo que Él no sea omnipotente para vencerlo; no hay un temor que Él no sea omnipotente para sofocarlo. “Toda potestad” es su propio lenguaje consolador, “toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt. 28:18). ¿Podría una simple criatura afirmar esto de sí misma? Nunca, sin la más profunda blasfemia. “Regocíjate y canta, oh moradora de Sion; porque grande es en medio de ti el Santo de Israel” (Is. 12:6).

Tomado de La expiación y la cruz (Atonement and the Cross), Tentmaker Publications, www.tentmakerpublications.com.


Octavius Winslow (1808-1878): Pastor no conformista; nacido en Londres, Inglaterra, criado en Nueva York, enterrado en el cementerio de Abbey, Bath, Reino Unido.

Footnotes

  1. Sociniano – Seguidor del movimiento de Fausto y Lelio Socino, en los siglos XVI y XVII, quienes rechazaron la deidad de Cristo, la Trinidad y el pecado original.

  2. Arriano – Seguidor de Arrio, un obispo de Alejandría (250/56-336 d.C.), quien enseñaba que el Logos era el Hijo, el Siervo y la creación suprema de Dios, pero no era igual a Dios el Padre: Era divino, pero no deidad. Después de la Reforma, los socinianos sostenían, esencialmente, la visión arriana del Hijo; los testigos de Jehová son arrianos modernos.

  3. Nota del editor – Para una breve explicación de la encarnación de Cristo, proporcionamos el siguiente extracto de John Owen (1616-1683): “1. La naturaleza divina y la humana en Cristo, no tienen más que una subsistencia personal y, por lo tanto, no son más que un solo Cristo, un principio personal distinto de todas las operaciones, de todo lo que hizo o hace como Mediador… Porque el Verbo no pudo hacerse carne, ni pudo tomar sobre Sí, la simiente de Abraham, ni el poderoso Dios pudo ser un niño nacido y entregado a nosotros, ni pudo Dios derramar su sangre por su Iglesia, sino que las dos naturalezas, así directamente expresadas, debían estar unidas en una sola persona porque, de lo contrario, como siguen siendo dos naturalezas, serían también, dos personas. 2. Cada una de las naturalezas así unidas en Cristo, es íntegra y conserva para sí sus propias propiedades naturales. Pues no es menos perfecto Dios por haberse hecho hombre; ni menos hombre verdadero y perfecto, compuesto de alma y cuerpo con todas sus partes esenciales, por haber entrado esa naturaleza en subsistencia con el Hijo de Dios. Su naturaleza divina sigue siendo inmensa, omnisciente, omnipotente, infinita en santidad, etc.; su naturaleza humana, finita, limitada y, antes de su glorificación, sujeta a todas las enfermedades de la vida y de la muerte que la misma naturaleza en otros, absolutamente considerada, es desagradable. 3. En cada una de estas naturalezas, Él actúa de forma adecuada a las propiedades y principios esenciales de esa naturaleza. Como Dios, Él hizo todas las cosas, sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, llena el cielo y la tierra, etc.; como hombre, Él vivió, tuvo hambre, sufrió, murió, resucitó, ascendió al cielo; sin embargo, en razón de la unión de ambas naturalezas en la misma persona, no sólo se dice que su propia persona hace todas estas cosas, sino que la persona expresada por el nombre que tiene a causa de una naturaleza, se dice que hace lo que hizo sólo en la otra. Así, se dice que Dios “ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28) su Iglesia y que dio su vida por nosotros (Jn. 10:17), y que el Hijo del hombre estaba en el cielo cuando estaba en la tierra (Jn. 3:13); todo ello debido a la unidad de su persona” (Owen, Obras [Works], Vol. 2, 418-419).

  4. Ver Portavoz de la Gracia Nᵒ 7: Justicia Imputada y Portavoz de la Gracia Nᵒ 4: La Justificación. Ambos disponibles en Chapel Library.

  5. Ver Portavoz de la Gracia Nᵒ 35: Santificación. Disponible en Chapel Library.

  6. El primero y el postrero – Un título significativo asumido por el Señor Jesús en el libro del Apocalipsis es “el primero y el postrero” (1:11; 2:8; 22:13). En 22:16, el orador dice de Sí mismo: “Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas”, habiendo dicho ya en el versículo 13: “Yo soy el Alfa y la Omega… el primero y el último”. En 2:8, se elimina cualquier duda sobre la persona a la que se refieren las palabras: “El primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió, dice esto”. Ahora, esta designación “primero y postrero”, la encontramos tres veces en Isaías (41:4; 44:6; 48:12) donde, en cada ocasión, Jehová [el SEÑOR] es el orador. (Bruce & Martin, La deidad de Cristo [The Deity of Christ], 6).

  7. Glosa – En este caso, se refiere a un comentario, explicación o interpretación, a menudo, utilizado en un sentido siniestro para una interpretación plausible, pero engañosa o deshonesta.

  8. Fuente – Manantial de un arroyo o río, en este caso, punto de partida.

  9. Nota del editor – Los críticos presentan Marcos 13:32 como prueba de que Cristo no era omnisciente. John Owen (1616-1683) da una respuesta útil a esta cuestión: “No atribuyo aquí, la introducción de omnisciencia, de entendimiento, sabiduría y conocimiento infinitos, a la naturaleza humana de Cristo. Él era y es una [creación], finita y limitada, no un sujeto capaz con propiedades absolutamente infinitas e inmensas. Estaba lleno de luz y sabiduría hasta la máxima capacidad de una criatura; pero lo estaba, no por haber sido cambiada a una naturaleza o esencia divina, sino por la comunicación del Espíritu a Él sin medida. El Espíritu del Señor reposó sobre Él, ‘espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y le hará entender diligente en el temor de Jehová’ (Is. 11:2-3)… El Espíritu de Dios que habitaba en Él, en toda la plenitud de sus gracias y dones, le dio un entendimiento peculiar para Sí mismo; como por encima del de todas las criaturas, pero por debajo de la omnisciencia esencial de la naturaleza divina. Por lo tanto, como Él era un hombre, no conocía algunas cosas (Mr. 13:32), sino que le fueron dadas por revelación (Ap. 1:1)” (Owen, Obras [Works], Vol. 1, 93).

  10. Serpenteante – Que se enrolla y retuerce como una serpiente.

  11. Mente o corazón – En inglés, tanto en la versión King James como en el artículo original de este autor, la palabra usada es “reins” (hebreo = כִּלְיָה kiliá) que traduce, literalmente, “riñones”, usada como una analogía o figura del ser interior del hombre (Concordancia Strong), centro de los sentimientos o afectos; pero traducida al español como mente o corazón.

  12. Confesiones – Actos de dar a conocer información nueva o secreta.

  13. Nota del editor – La omnipotencia es una perfección que le pertenece a Cristo y es propia de Dios, el único que puede hacer todas las cosas. Cristo es todopoderoso y sus obras lo declaran: La creación de todas las cosas, el [sustento] del universo, la redención y la preservación de su pueblo, y la resurrección de ellos en el último día, todo lo cual es “por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:21). No hay más que observar, la inmutabilidad pertenece, únicamente, a Dios, en quien “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17) y así es Cristo, “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8; ver Sal. 102:26 comparado con He. 1:12) y, puesto que tales perfecciones de la Divinidad están en Cristo, Él debe ser verdadera y propiamente Dios (Gill, Un cuerpo de divinidad [Body of Divinity], 117).

  14. Valiente – Es la traducción en la versión de la Biblia en español, Reina Valera 1960, que equivale a la palabra hebrea גִּבּוֹר guibbor, la cual aparece en Salmos 45:3 y se traduce en la Biblia usada por el autor en inglés (Versión King James), como muy poderoso.

  15. Experiencial – Que tiene una experiencia real o personal de algo.