Una conciencia en paz

J. C. Ryle (1816-1900)

Cristo, en una palabra, ha vivido por el verdadero cristiano. Cristo ha muerto por él. Cristo ha ido a la tumba por él. Cristo ha resucitado por él. Cristo ha ascendido a lo alto por él y ha ido al cielo a interceder por su alma. Cristo ha hecho todo, ha pagado todo, ha sufrido todo lo necesario para su redención. De ahí surge la justificación del verdadero cristiano —de ahí su paz—. En sí mismo, no tiene nada; pero en Cristo, tiene todas las cosas que su alma puede requerir (Col. 2:3; 3:11).

¡Quién puede expresar la bendición del intercambio que tiene lugar entre el verdadero cristiano y el Señor Jesucristo! La justicia de Cristo es puesta sobre él y sus pecados son puestos sobre Cristo. Cristo ha sido considerado pecador por causa de él y, ahora, él es considerado inocente por causa de Cristo. Cristo ha sido condenado por él, aunque no había ninguna falta en Él, y, ahora, él es absuelto por causa de Cristo, aunque está cubierto de pecados, faltas y defectos. ¡Aquí está, ciertamente, la sabiduría! Dios puede ahora ser justo y, sin embargo, perdonar al impío. El hombre puede sentirse pecador y, sin embargo, tener una buena esperanza del cielo y sentir paz interior. ¿Quién entre los hombres podría haber imaginado tal cosa? ¿Quién no debería admirarlo cuando lo oye? (2 Co. 5:21).

Leemos en la historia del Evangelio, acerca de una manifestación de su amor… Leemos tocante a Jesús, el Hijo de Dios, descendiendo a un mundo de pecadores, quienes no se preocuparon por Él antes de que viniera ni lo honraron cuando apareció. Leemos de Él, descendiendo a la prisión y sometiéndose a ser atado para que nosotros, los pobres prisioneros, pudiéramos ser libres. Leemos que se hizo obediente hasta la muerte —y muerte de cruz— para que, a nosotros, los indignos hijos de Adán, se nos abriera una puerta a la vida eterna. Leemos de Él que se complació con llevar nuestros pecados y nuestras transgresiones para que pudiéramos vestir su justicia y caminar en la luz y la libertad de los hijos de Dios (Fil. 2:8, 15).

¡Esto bien puede llamarse un amor que “excede a todo conocimiento” (Ef. 3:19)! De ninguna manera, la gracia gratuita podría haber brillado tan intensamente como en el camino de la justificación por Cristo.

Éste es el antiguo camino por el cual, sólo los hijos de Adán que han sido justificados desde el principio del mundo, han encontrado su paz. Desde Abel en adelante, ninguna persona ha recibido jamás una gota de misericordia, excepto por medio de Cristo. A Él apuntaba cada altar que se erigió antes del tiempo de Moisés. A Él dirigían, los hijos de Israel, todos los sacrificios y ordenanzas de la ley judía. De Él dieron testimonio todos los profetas. En una palabra, si se pierde de vista la justificación por Cristo, una gran parte de las Escrituras del Antiguo Testamento se convertirá en un laberinto enredado y sin sentido.

Éste es el camino de justificación que satisface, exactamente, los deseos y requisitos de la naturaleza humana. Aún queda una conciencia en el hombre, aunque es un ser caído. Hay un tenue sentido de su propia necesidad que, en sus mejores momentos, se hará oír y que nada, sino Cristo, puede satisfacer. Mientras su conciencia no esté hambrienta, cualquier juguete religioso satisfará el alma de un hombre y lo mantendrá tranquilo. Pero una vez que su conciencia esté hambrienta, nada lo tranquilizará, sino el alimento espiritual —y ningún alimento, sino Cristo—.

Hay algo dentro de un hombre cuando su conciencia está realmente despierta que le susurra: “Debe pagarse un precio por mi alma o no habrá paz”. De inmediato, el Evangelio le sale al encuentro con Cristo. Cristo ya ha pagado un rescate por su redención. Cristo se entregó a Sí mismo por él. Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (Gá. 2:20; 3:13).

Hay algo dentro de un hombre cuando su conciencia está realmente despierta que le susurra: “Necesito alguna justicia o título para el cielo, o no tendré paz”. De inmediato, el Evangelio le sale al encuentro con Cristo. Él ha traído una “justicia perdurable” (Dn. 9:24). “Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia” (Ro. 10:4). Su nombre es “Jehová, justicia nuestra” (Jer. 23:6). Dios, “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).

Hay algo dentro del hombre cuando su conciencia está realmente despierta que le susurra: “Debe haber castigo y sufrimiento por mis pecados o no habrá paz”. De inmediato, el Evangelio le sale al encuentro con Cristo. Cristo padeció por el pecado, “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18). Él llevó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero. Por su herida fuimos nosotros sanados (1 P. 2:24).

Hay algo dentro del hombre cuando su conciencia está realmente despierta que le susurra: “Debo tener un sacerdote para mi alma o no tendré paz”. De inmediato, el Evangelio le sale al encuentro con Cristo. Cristo está sellado y designado por Dios el Padre para ser el Mediador entre Él y el hombre. Él es el Abogado ordenado para los pecadores. Él es el Consejero y el Médico acreditado de las almas enfermas. Él es el gran Sumo Sacerdote, el todopoderoso Absolvedor, el bondadoso Confesor de los pecadores agobiados (1 Ti. 2:5; He. 8:1).

Sé que hay miles de cristianos profesantes que no ven ninguna belleza peculiar en esta doctrina de la justificación por Cristo. Sus corazones están enterrados en las cosas del mundo. Sus conciencias están paralizadas, entumecidas y mudas. Pero cuando la conciencia de un hombre comienza, realmente, a sentir y a hablar, verá algo en la expiación y en el oficio sacerdotal de Cristo que nunca antes había visto. La luz no se adapta al ojo ni la música al oído más perfectamente de lo que Cristo se adapta a las necesidades reales de un alma pecadora. Cientos pueden testificar que la experiencia de un pagano convertido en la isla de Raiatea en el Océano Pacífico Sur, ha sido exactamente la de ellos. “Vi”, dijo, “una montaña inmensa, con laderas escarpadas, que traté de escalar, pero cuando había alcanzado una altura considerable, perdí el equilibrio y caí al fondo. Exhausto por la confusión y la fatiga, me alejé y me senté a llorar; y mientras lloraba, vi caer una gota de sangre sobre aquella montaña y, en un momento, se disolvió”. Se le pidió que explicara qué significaba todo aquello. “Esa montaña”, dijo, “eran mis pecados y esa gota que cayó sobre ella, era una gota de la preciosa sangre de Jesús, por la cual la montaña de mi culpa se derritió”1 .

Éste es el único y verdadero camino hacia la paz: La justificación por Cristo. Cuidado, no sea que alguno los desvíe de este camino y los lleve a alguna de las falsas doctrinas de la religión de Roma. ¡Ay, es asombroso ver cómo esa [tradición] ha construido una casa de gran error junto a la casa de la verdad! Aférrate a la verdad de Dios sobre la justificación y no te dejes engañar. No escuches nada de lo que puedas oír sobre otros mediadores y ayudantes de la paz. Recuerda que no hay sino un solo mediador —Jesucristo— no hay purgatorio para los pecadores, sino uno —la sangre de Cristo— no hay sacrificio por el pecado, sino uno —el sacrificio que se hizo una vez en la cruz— ni obras que puedan merecer algo, sino la obra de Cristo; ni sacerdote que pueda absolver verdaderamente, sino Cristo. Permanece firme y en guardia. No des a otro la gloria que se debe a Cristo.

¿Qué sabes de Cristo? No dudo de que hayas oído hablar de Él de oídas… Tal vez, estés familiarizado con la historia de su vida y muerte. Pero, ¿qué conocimiento experiencial tienes de Él? ¿Qué uso práctico haces de Él? ¿Qué tratos y transacciones ha habido entre tu alma y Él?

Oh, créanme, ¡no hay paz con Dios excepto por medio de Cristo! La paz es su don peculiar. La paz es el legado que sólo Él tuvo el poder de dejar tras de Sí cuando dejó el mundo. Cualquier otra paz aparte de ésta, es una burla y un engaño. Cuando el hambre pueda ser aliviada sin comida, la sed apagada sin bebida y el cansancio eliminado sin descanso, entonces, y solo entonces, los hombres encontrarán paz sin Cristo.

Ahora, ¿es ésta tu paz? Comprada por Cristo con su propia sangre, ofrecida por Cristo, gratuitamente, a todos aquellos que están dispuestos a recibirla, ¿es ésta tu paz? ¡Oh, no descanses! No descanses hasta que puedas dar una respuesta satisfactoria a mi pregunta: ¿TIENES PAZ?

Tomado de Sendas antiguas: Declaraciones claras sobre algunos de los asuntos más importantes del cristianismo (Old Paths: Being Plain Statements of Some of the Weightier Matters of Christianity) London: Charles J. Thynne, 1898), 221; de dominio público.


J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana; nacido en Macclesfield, condado de Cheshire, Inglaterra, Reino Unido.

El gozo de la conciencia es el mayor gozo, como la tribulación de la conciencia es la mayor tribulación. Cuando la conciencia da su testimonio con nosotros y por nosotros, ¡cuán llena de gozo está el alma, aun en medio de las penas más profundas y de los mayores sufrimientos! Una buena conciencia tiene confianza segura y el que la tiene, se sienta como Noé —tranquilo en el más grande fuego; liberado, si no de la destrucción común, sí de la distracción común—. Una buena conciencia es una fortaleza inexpugnable… Hará a un hombre capaz de resistir contra las más feroces baterías de hombres y demonios. Una buena conciencia, llenará a un hombre de valor y consuelo, en medio de todos sus problemas y angustias. Pablo tenía bastante que decir en su favor cuando se presentó ante el concilio: “Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy” (Hch. 23:1-2). Y aunque tan pronto como lo dijo, Ananías ordenó que le golpearan en la boca, él se mantuvo firme porque su conciencia no lo golpeó, sino que lo absolvió… Una buena conciencia es un paraíso en un desierto; es riqueza en la pobreza, salud en la enfermedad, fortaleza en la debilidad, libertad en las prisiones y vida en la muerte (Is. 38:3). Una buena conciencia hará triunfar a un hombre sobre innumerables males, sí, sobre la muerte misma. Para una persona así, la muerte no es el rey de los terrores, sino el rey de los deseos (Fil. 1:23). Una buena conciencia será la mejor amiga del cristiano en los peores momentos: Será una espada para defenderlo, un bastón para sostenerlo, una columna de fuego para guiarlo, un José para alimentarlo, una Dorcas para vestirlo, una Canaán para refrescarlo y un banquete para deleitarlo: “El de corazón contento tiene un banquete continuo” (Pr. 15:15). Ahora, no hay nada que pueda hacer a un hombre divinamente alegre, salvo que tenga una buena conciencia. “Una buena conciencia”, dice alguien, “es el lecho de Dios, el palacio de Cristo, la morada del Espíritu Santo, el paraíso de las delicias y donde todo árbol ofrece un banquete”. “La tranquilidad de la conciencia y la seguridad de la inocencia, superan todas las cosas que el mundo considera buenas”. El que tiene una buena conciencia goza de una serenidad continua y se sienta, continuamente, en ese banquete bendito, en el que los benditos ángeles son cocineros y mayordomos, como dice Lutero, y las tres personas en Trinidad, huéspedes alegres. Todos los demás festejos de una buena conciencia a éste, son hambre absoluta… La mejor manera en este mundo para que un hombre convierta toda su vida en una alegre fiesta, es conseguir y conservar una buena conciencia. —Thomas Brooks

Footnotes

  1. John Williams, Una narración de las empresas misioneras en las islas del Mar del Sur (A Narrative of Missionary Enterprises in the South Sea Islands). (London: J. Snow, 1837), 370-371.