Una conciencia corrupta
Arthur W. Pink (1886-1952)
Si hay una facultad del alma humana que pueda considerarse que ha conservado la imagen original de Dios en ella, esa es, sin duda, la conciencia. Tal punto de vista ha sido ampliamente defendido. No pocos de los más renombrados filósofos y moralistas han sostenido que la conciencia es, nada menos, que la voz divina misma que habla en lo más íntimo de nuestro ser. Sin minimizar la gran importancia y valor de este vigilante interno, ya sea en su oficio o en sus operaciones, debe declararse enfáticamente que tales teóricos se equivocan, que incluso esta facultad, no ha escapado de la ruina común de todo nuestro ser. Esto es evidente por la clara enseñanza de la palabra de Dios. La Escritura habla de una “débil conciencia” (1 Co. 8:12), de hombres “que teniendo cauterizada la conciencia” (1 Ti. 4:2). Ella dice que sus “conciencias están corrompidas” (Ti. 1:15), que tienen “mala conciencia” (He. 10:22). Examinemos el punto más de cerca.
Aquellos que afirman que hay algo esencialmente bueno en el hombre natural, insisten en que su conciencia es enemiga del mal y amiga de la santidad. Destacan el hecho de que la conciencia produce una convicción interior contra el mal proceder, un conflicto en el corazón por el pecado, una renuencia a cometerlo. Llaman la atención sobre el reconocimiento del pecado por parte de Faraón (Éx. 10:16) y de que a Darío “le pesó en gran manera” su injusto acto de condenar a Daniel a ser arrojado al foso de los leones (Dn. 6:14). Algunos han llegado incluso, a afirmar que la oposición a crímenes mayores y más graves —la cual se encuentra desde el principio en todos los hombres— difiere poco o nada de aquel conflicto entre la carne y el espíritu descrito en Romanos 7:21-23. Pero tal sofisma1 es fácilmente refutable. En primer lugar, si bien es cierto que el hombre caído posee una noción general de lo que es correcto y lo que es incorrecto, y que, en algunos casos, es capaz de distinguir entre el bien y el mal, mientras no se haya regenerado, ese instinto moral nunca le hace deleitarse verdaderamente en lo primero o aborrecer realmente lo segundo. En cualquier medida que apruebe el bien o desapruebe el mal, no lo hace por consideración a Dios.
La conciencia sólo es capaz de obrar según la luz que tiene. Y como el hombre natural no puede discernir las cosas espirituales (1 Co. 2:14), es inútil con respecto a ellas. ¡Cuán débil es su luz! Se parece más al resplandor de una vela que a los rayos del sol —apenas suficiente para hacer visibles las tinieblas—. Debido a la condición oscurecida del entendimiento, la conciencia es terriblemente ignorante. Cuando descubre lo que es adverso, lo indica débil e ineficazmente. En lugar de dirigir los sentidos, la mayoría de las veces, los confunde. Cuán cierto es esto en el caso de los incivilizados. La conciencia les da un sentimiento de culpabilidad y entonces, los pone a practicar los ritos más abominables y, a menudo, inhumanos. Les ha inducido a inventar y propagar las más impías tergiversaciones de la deidad. Como un bálsamo para su conciencia, a menudo, hacen de los mismos objetos de su adoración los precursores y patrocinadores2 de sus vicios favoritos. El hecho es que la conciencia es tan tristemente defectuosa que es incapaz de cumplir con su deber hasta que Dios la ilumine, la despierte y la renueve.
Sus operaciones son igualmente defectuosas. La conciencia no sólo tiene una visión defectuosa, sino que su voz es muy débil. ¡Cuán fuertemente debería reprendernos por nuestra escandalosa ingratitud hacia nuestro gran Benefactor! ¡Cuán fuerte debería protestar por el estúpido descuido de nuestros intereses espirituales y nuestro bienestar eterno! Sin embargo, no hace ni lo uno ni lo otro. Aunque ofrece algunos controles sobre los pecados externos y graves, no ofrece resistencia a las obras secretas más sutiles de la corrupción que mora en nosotros. Si impulsa al cumplimiento del deber, ignora la parte más importante y espiritual de ese deber. Puede inquietarse si no dedicamos el tiempo habitual cada día a la oración privada, pero se preocupa poco por nuestra reverencia, humildad, fe y fervor en la oración. Los de la época de Malaquías eran culpables de ofrecer a Dios sacrificios defectuosos, pero la conciencia nunca les inquietó por ello (Mal. 1:7-8). La conciencia puede ser escrupulosa3 en el cumplimiento de los preceptos de los hombres o de nuestras inclinaciones personales y, sin embargo, descuidar por completo las cosas que el Señor ha ordenado, como los fariseos que no querían comer mientras sus manos permanecieran sin el lavado ceremonial y, sin embargo, hacían caso omiso de lo que Dios había ordenado (Mr. 7:6-9).
La conciencia es, lamentablemente, parcial. [Ignora] los pecados favoritos y excusa los que más nos asedian. Todos esos intentos de excusar nuestras faltas se basan en la ignorancia de Dios, de nosotros mismos, de nuestro deber. De lo contrario, la conciencia daría el veredicto de culpabilidad. A menudo, la conciencia se une a nuestras concupiscencias para alentar una acción malvada. La conciencia de Saúl le dijo que no ofreciera sacrificios hasta que Samuel viniera; sin embargo, para complacer al pueblo y evitar que lo abandonaran, lo hizo. Y cuando aquel siervo de Dios lo reprendió, el rey trató de justificar su ofensa diciendo que los filisteos estaban reunidos contra Israel y que no se atrevía a atacarlos antes de invocar a Dios: “Me esforcé, pues, y ofrecí holocausto” (1 S. 13:8-12). La conciencia se esforzará por encontrar alguna consideración con la que apaciguarse y aprobar el acto malo. Incluso cuando reprende ciertos pecados, encontrará motivos y descubrirá incentivos para cometerlos. Así, cuando Herodes estaba a punto de cometer el asesinato de Juan el Bautista, que era contrario a sus convicciones, su conciencia acudió en su ayuda y le instó a seguir adelante, inculcándole que no debía violar el juramento que había prestado ante los demás (Mr. 6:26).
La conciencia, a menudo, ignora los grandes pecados, mientras consiente los menores como Saúl fue duro con los israelitas por una violación de la ley ceremonial (1 S. 14:33), pero no tuvo escrúpulos en matar a ochenta y cinco de los sacerdotes del Señor. La conciencia, incluso, inventa argumentos que favorecen los actos más atroces; así, no sólo es como un abogado corrupto que defiende una causa malvada, sino como un juez corrupto que justifica a los malvados. Los que clamaron por la crucifixión de Cristo, lo hicieron bajo el pretexto de que era ordenada y necesaria: “Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios” (Jn. 19:7). No es de extrañar que el Señor diga de los hombres “que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz” (Is. 5:20). La conciencia nunca mueve al hombre natural a cumplir sus deberes por gratitud y agradecimiento a Dios. Nunca lo convence de la pesada culpa de la ofensa de Adán que yace sobre su alma, ni de la falta de fe en Cristo. Permite a los pecadores dormir en paz en su terrible incredulidad. Pero la suya no es una paz sana y sólida porque no hay fundamento para ella; más bien es la falsa seguridad de la ignorancia. Dice Dios de ellos: “No consideran en su corazón que tengo en memoria toda su maldad” (Os. 7:2).
Las acusaciones de la conciencia son ineficaces. No producen ningún fruto bueno, no producen ni mansedumbre, ni humildad, ni arrepentimiento genuino, sino más bien un terror de Dios como un Juez cruel u odio hacia Él como enemigo implacable. Sus acusaciones, no sólo son ineficaces, sino que, a menudo, son bastante erróneas. A causa de la oscuridad sobre el entendimiento, la percepción moral del hombre comete grandes errores. Como dijo Thomas Boston4 de la conciencia corrupta: “Así que, a menudo, se la encuentra como un caballo ciego y furioso que se atropella a sí mismo, a su jinete y a todo lo que se encuentra en su camino”. Un ejemplo temible de eso, aparece en la predicción de nuestro Señor, en Juan 16:2, que recibió repetido cumplimiento en Hechos: “Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios”. Del mismo modo, Saulo de Tarso, después de su conversión, reconoció: “Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret” (Hch. 26:9). La conciencia no renovada es una guía muy poco fiable.
Aun cuando la conciencia del no regenerado es despertada por la mano inmediata de Dios, y es golpeada con una profunda y dolorosa convicción de pecado, lejos de mover al alma a buscar la misericordia de Dios a través del Mediador5, la llena de futilidad y desconsuelo. Como declara Job 6:4: “Porque las saetas del Todopoderoso están en mí, cuyo veneno bebe mi espíritu; y terrores de Dios me combaten”. Anteriormente, este hombre podía haber hecho grandes esfuerzos para sofocar las acusaciones de su juez interior, pero ahora no puede. En lugar de eso, la conciencia se enfurece y ruge, poniendo a todo el hombre en una consternación6 espantosa, mientras es aterrorizado por un sentido de la ira de un Dios santo y la ardiente indignación que devorará a sus adversarios. Esto lo llena de tal horror y desesperación que, en lugar de volverse al Señor, trata de huir de Él. Así fue en el caso de Judas, quien, cuando se dio cuenta de la terrible gravedad de su vil acto, salió y se ahorcó. Los fariseos en Juan 8:9, demostraron que la culpa del pecado dentro del hombre natural hace que se aleje de Cristo, en vez de ir hacia Él. Ellos, “acusados por su conciencia, salían uno a uno”.
La voluntad no es el señor, sino el siervo de las demás facultades que ejecutan la convicción más fuerte de la mente o el mandato más tiránico de nuestras concupiscencias porque no puede haber más que una influencia dominante en la voluntad al mismo tiempo. Originalmente, la excelencia de la voluntad del hombre consistía en seguir la guía de la razón correcta y someterse a la influencia de la autoridad apropiada. Pero en el Edén, la voluntad del hombre rechazó la primera y se rebeló contra la segunda; y como consecuencia de la Caída, su voluntad ha estado, desde entonces, bajo el control de un entendimiento que prefiere las tinieblas a la luz y de afectos que apetecen el mal en lugar del bien. Así, los placeres fugaces de los sentidos y los intereses insignificantes del momento, excitan nuestros deseos, mientras que los deleites duraderos de la piedad y las riquezas de la inmortalidad, reciben poca o ninguna atención. La voluntad del hombre natural está sesgada por su corrupción porque sus inclinaciones gravitan en dirección opuesta a su deber; por lo tanto, está en completa esclavitud al pecado, impulsado por sus concupiscencias. Los no regenerados7, no sólo no quieren buscar la santidad, sino que la odian inveteradamente8.
Desde que la voluntad se volvió traidora a Dios y entró al servicio de Satanás, está completamente paralizada para el bien. Dijo el Salvador: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Jn. 6:44). ¿Y por qué el hombre no puede venir a Cristo por sus propias fuerzas naturales? Porque, no sólo no tiene la inclinación a hacerlo, sino que el Salvador lo rechaza: Su yugo no es bienvenido, su cetro es repulsivo. En relación con las cosas espirituales, la condición de la voluntad es como la de la mujer de Lucas 13:11 que “andaba encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar”. Si tal es el caso, ¿cómo puede decirse que el hombre actúa voluntariamente? Porque elige libremente el mal: “El alma del impío desea el mal” (Pr. 21:10), llevando a cabo siempre ese deseo, excepto cuando se lo impide la restricción divina. El hombre es esclavo de su corrupción como un potro salvaje; desde su más tierna infancia, el hombre es reacio a la restricción. La voluntad del hombre es uniformemente rebelde contra Dios. Cuando la providencia frustra sus deseos, en lugar de inclinarse con humilde resignación, se preocupa con inquietud9 y actúa como un toro salvaje en una red. Sólo el Hijo puede hacerle “libre” (Jn. 8:36), pues sólo hay “libertad” donde está su Espíritu (2 Co. 3:17).
He aquí, entonces, las consecuencias de la depravación humana. La Caída ha cegado la mente del hombre, ha endurecido su corazón, ha desordenado sus afectos, ha corrompido su conciencia, ha incapacitado su voluntad, de modo que “no hay en él cosa sana” (Is. 1:6), “en mi carne, no mora el bien” (Ro. 7:18).
Tomado de Espigando en las Escrituras: La depravación total del hombre en Estudios en las Escrituras (Gleanings in the Scriptures: Man’s Total Depravity, from Studies in the Scriptures), disponible en Chapel Library.
Footnotes
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Sofisma – Método de argumentación que parece plausible, pero es inválido y engañoso. ↩
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Precursores y patrocinadores – Ejemplos a seguir y defensores. ↩
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Escrupulosa – Minuciosa y extremadamente atenta a los detalles. ↩
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Thomas Boston, Las obras completas de Thomas Boston (The Whole Works of Thomas Boston), ed. Samuel M‘Millan, vol. 8 (Aberdeen: George and Robert King, 1850), 82. ↩
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Mediador – Literalmente, “uno que va entre”. Un intermediario. “Agradó a Dios, en su propósito eterno, escoger y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, conforme al pacto hecho entre ambos, para que fuera el Mediador entre Dios y el hombre; Profeta, Sacerdote y Rey; Cabeza y Salvador de la Iglesia, el heredero de todas las cosas y Juez del mundo; a quien dio, desde toda la eternidad, un pueblo para que fuera su simiente y para que, a su tiempo, lo redimiera, llamara, justificara, santificara y glorificara” (Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689. 8.1). Ver también, Portavoz de la Gracia N° 23: Cristo el Mediador. Ambos disponibles en Chapel Library. ↩
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Consternación – Asombro y terror que supera las propias facultades. ↩
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No regenerados – Aquellos que no han sido nacidos del Espíritu de Dios. ↩
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Inveteradamente – Por un hábito largo y profundamente arraigado. ↩
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Inquietud – Ansiedad o intranquilidad que hace que uno esté tenso e irritable. ↩