Una buena conciencia

Arthur W. Pink (1886-1952)

“Orad por nosotros; pues confiamos en que tenemos buena conciencia, deseando conducirnos bien en todo” (Hebreos 13:18).

Esta expresión, “una buena conciencia”, aparece en varios otros pasajes del Nuevo Testamento. Debido a su profunda importancia, requiere nuestra mayor atención. Mucho se dice en la Palabra acerca de la conciencia y mucho depende de que tengamos y conservemos una buena conciencia. Por lo tanto, nos corresponde dar nuestra mejor consideración a este importante tema. No sólo es de gran importancia práctica, sino que es especialmente oportuno, en vista de la época sin conciencia en que vivimos…

Ahora, la conciencia es buena o mala, según esté gobernada por la voluntad revelada de Dios. Brevemente, primero, la mala conciencia: Ésta es de varias clases. Está la conciencia ignorante y oscurecida, relativa y no absolutamente, porque todos… poseen racionalidad y la luz de la naturaleza. Ésta es la condición de los paganos y, por desgracia, de un número cada vez mayor en la cristiandad, los cuales son criados en hogares donde se ignora por completo a Dios. Luego, está la conciencia descarada1 y desafiante que se niega, abiertamente, a someterse a la voluntad conocida de Dios; tal fue el caso de Faraón. En el caso de Herodes, vemos una conciencia sobornada, simulando que su juramento, le obligaba a decapitar a Juan el Bautista. La conciencia cauterizada e insensible (1 Ti. 4:2) pertenece a los que se han resistido durante mucho tiempo a la luz y han sido entregados por Dios a una mente reprobada2. La conciencia desesperanzada y desesperada lleva a su poseedor a poner violentas manos sobre sí mismo.

En el nuevo nacimiento, la conciencia es renovada, siendo grandemente vivificada e iluminada por el Espíritu Santo. A través del ejercicio de la fe, la conciencia es purificada (Hch. 15:9), siendo limpiada por una apropiación de la sangre de Cristo (He. 9:14). Una buena conciencia puede definirse como aquella que está dispuesta a agradar a Dios en todas las cosas, pues odia el pecado y ama la santidad. Está gobernada por la Palabra, estando en sujeción a la autoridad de su Autor. Su regla obligatoria es la obediencia a Dios y sólo a Él, negándose a actuar separado de su luz. En consecuencia, cuanto más consciente es el cristiano, más rechaza todo dominio (las tradiciones y opiniones del hombre) que no sea divino y lo más probable es que se gane la reputación de engreído e intratable3. Sin embargo, cada uno de nosotros debe estar muy en guardia para no confundir el orgullo y la voluntad propia con una conciencia escrupulosa. Hay una gran diferencia entre la firmeza y un espíritu no enseñable, como la hay entre la mansedumbre y la volubilidad4.

¿Cómo se obtiene una conciencia buena y pura? Brevemente, informándola correctamente y expulsando su inmundicia mediante la confesión penitencial5. La primera gran necesidad de la conciencia es la luz, pues la ignorancia la corrompe. “El alma sin ciencia6 no es buena” (Pr. 19:2). Así como un juez que no entiende las leyes de su país no es apto para emitir juicio sobre cualquier asunto que se le presente o como un ojo entenebrecido no puede desempeñar debidamente su oficio, así también una conciencia ciega o desinformada es incapaz de juzgar acerca de nuestro deber ante Dios. La conciencia no puede ponerse de parte de Dios, a menos que conozca la voluntad de Él y para conocerla plenamente, debemos leer y escudriñar, diariamente, las Escrituras. “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra” (Sal. 119:9). ¡Oh, que podamos decir: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119:105)!

Mencionemos ahora, algunas de las cualidades o características de una buena conciencia. Primero, la sinceridad. Ay, qué poco queda de esta virtud en el mundo: Cuántas farsas e hipocresía hay ahora por todas partes —en el ámbito religioso, político, comercial y social—. Ésta es una generación sin conciencia; en consecuencia, hay poca o ninguna honestidad, fidelidad o veracidad. Lo que ahora regula a la persona promedio es una conveniencia7 temporal, en lugar de actuar de acuerdo a principios. Pero es diferente con los regenerados8. El temor del Señor ha sido plantado en su corazón; por lo tanto, puede decir con el Apóstol: “Confiamos en que tenemos buena conciencia, deseando conducirnos bien en todo” (He. 13:18). Una conciencia sincera desea, genuinamente, conocer la voluntad de Dios y está verdaderamente determinada a someterse a ella. El engaño9 ha recibido su herida de muerte y el corazón está abierto a la luz, dispuesto a ser escudriñado por ella.

La sensibilidad es otra propiedad de la buena conciencia. Por esta cualidad, se entiende un corazón despierto que castiga el pecado en todas las ocasiones que se le presentan. Lejos de ser indiferente a las exigencias de Dios, el corazón es sumamente sensible cuando [la conciencia] ha sido ignorada. Incluso, por lo que muchos consideran cosas insignificantes, una conciencia sensible reprenderá y condenará. Job resolvió preservar una conciencia sensible cuando dijo: “No me reprochará mi corazón en todos mis días” (Job 27:6). Además, podemos entender esta característica a partir de su opuesto, es decir, una conciencia cauterizada (1 Ti. 4:2) que se adquiere por una práctica habitual de lo que es malo y el corazón se vuelve tan duro como la carretera pública. Ora con frecuencia por una conciencia sensible, querido lector.

Fidelidad. Cuando la conciencia desempeña fielmente su oficio, hay un constante juicio de nuestro estado ante Dios como una medición de nuestros caminos por su Santa Palabra. Así, el apóstol Pablo pudo decir: “Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy” (Hch. 23:1). El juicio favorable que otros puedan tener de él no dará satisfacción a un hombre recto, a menos que tenga el testimonio de su conciencia de que su conducta es recta a los ojos de Dios. No importa cuál sea la tendencia del momento o la costumbre común de sus semejantes, alguien, cuyo corazón late fiel a Dios, no hará nada a sabiendas en contra de su conciencia. Siempre dirá: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios” (Hch 4:19). Por otra parte, su oración frecuente es: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Sal. 139:23-24).

Tranquilidad. Ésta es la recompensa segura de la sinceridad y la fidelidad porque los caminos de la Sabiduría (en contraste con los de la necedad) “son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz” (Pr. 3:17). Una conciencia ofendida nos ofenderá y “¿quién soportará el ánimo angustiado?” (Pr. 18:14). El cristiano puede esperar tanto tocar una brasa encendida sin dolor como pecar sin problemas de conciencia. Pero una conciencia limpia está tranquila, no condena, no está cargada por la culpa del pecado. Cuando caminamos estrechamente con Dios, hay una serenidad de mente y paz de corazón que es todo lo contrario al estado de los que están en anarquía y desobediencia. “Los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto” (Is. 57:20). La tranquilidad de una buena conciencia es una prueba de la calma imperturbable que nos espera en lo alto.

Pero hay que señalar que no toda conciencia tranquila es buena, ni toda conciencia inquieta es mala. La conciencia de algunos está tranquila porque es insensible. “Cuando el hombre fuerte armado guarda su palacio, en paz está lo que posee” (Lc. 11:21). Esa es una conciencia tranquila y mala porque [ha sido] adormecida por los opiáceos10 de Satanás. La verdadera tranquilidad de conciencia debe determinarse a partir de las otras propiedades: Debe surgir de la sinceridad, la sensibilidad y la fidelidad o, de lo contrario, es una conciencia cauterizada. No debemos considerar cuánta paz interior tenemos, sino cuánta causa. Como en un edificio, no se debe considerar la belleza de la estructura, sino sus cimientos. Por otra parte, una conciencia sensible está expuesta a equivocarse por falta de luz suficiente y a escribir, innecesariamente, cosas amargas contra sí misma, la cual es una “conciencia débil” (1 Co. 8:12) porque también, podemos estar atribulados por pecados ya perdonados.

Ahora, una buena conciencia, sólo puede mantenerse mediante una diligencia constante: “Por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres” (Hch. 24:16). El Apóstol se ocupaba, diariamente, de mantener limpia su conciencia para que no pudiera acusarle justamente de nada, de modo que tuviera el testimonio en su propio corazón de que su carácter y conducta eran agradables a los ojos del Santo. El mantenimiento de una buena conciencia es una parte esencial de la piedad11 personal. “Este mandamiento, hijo Timoteo te encargo… manteniendo la fe y buena conciencia” (1 Ti. 1:18-19). Éste es el resumen de la piedad personal —la fe es el principio de las cosas que debemos creer y la conciencia es el principio de las cosas que debemos hacer—. La fe y la buena conciencia se relacionan de nuevo en 1 Timoteo 1:5 y 3:9 porque no podemos tener la una sin la otra.

Si el lector vuelve a Hechos 24, encontrará que Pablo estaba respondiendo a las acusaciones que se le imputaban. En los versículos 14-16, él hace su defensa, dando en ella, un breve epítome12 del cristianismo práctico y experiencial. Como fundamento, da cuenta de su fe: “Creyendo todas las cosas… que están escritas”, como la prueba inmediata de ello, “teniendo esperanza en Dios” y, luego, un breve relato de su conducta: “Por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa”. Un conocimiento salvador de la verdad, entonces, es una creencia en las Escrituras que produce una esperanza de vida eterna, lo cual se evidencia por un cuidado del corazón con toda diligencia. Lo mismo se enumera de nuevo en “el fin del mandamiento” (el designio de la institución del Evangelio), [que] es ese amor [que] cumple la Ley, que nace de un corazón que late fiel a Dios (1 Ti. 1:5).

“Por esto procuro”: Debemos hacer de ello, nuestro esfuerzo constante. Primero, escudriñando, diligente y diariamente, las Escrituras para poder descubrir la voluntad de Dios. Somos exhortados: “No seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Ef. 5:17) y esto, para que podamos determinar lo que le agrada, de modo que no lo ofendamos ni en la creencia ni en el culto. Una conciencia mal informada es, en el mejor de los casos, una conciencia débil e ignorante.

Segundo, mediante una seria indagación sobre el estado de nuestro corazón y nuestros caminos: “Temblad, y no pequéis; meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama, y callad” (Sal. 4:4). Necesitamos cuestionarnos y pedirnos cuentas a nosotros mismos con frecuencia. Si queremos que la conciencia nos hable, debemos hablarle a menudo. Se nos ha dado por esta misma razón, para que podamos juzgar nuestro estado y nuestras acciones con respecto al juicio de Dios. Entonces, “escudriñemos nuestros caminos” (Lm. 3:40). Tómate tu tiempo, querido lector, para dialogar13 contigo mismo y considerar cómo están las cosas entre tú y Dios. Las cuentas cortas evitan los errores, así que revisa cada día y corrige lo que se ha interpuesto entre tú y Dios.

Tercero, un curso uniforme de obediencia: “En esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él” (1 Jn. 3:19).

Cuarto, mediante una vigilancia constante: “Velad y orad para que no entréis en tentación” (Mt. 26:41).

Quinto, mediante una seria resistencia y mortificación14 del pecado: Cortándose la mano derecha y sacándose el ojo derecho.

Sexto, mediante un sincero arrepentimiento y confesión cuando se es consciente de la falta.

Séptimo, mediante la apropiación, por la fe, de la sangre purificadora de Cristo.

Tomado de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures), enero 1938; disponible en Chapel Library.

Footnotes

  1. Descarada – Desvergonzada.

  2. Reprobada – Rechazada por Dios.

  3. Intratable – Terco; difícil de tratar; inmanejable.

  4. Mansedumbre y volubilidad – Humildad y volatilidad de carácter.

  5. Penitencial – Expresando dolor por el pecado.

  6. Ciencia – Conocimiento, luz.

  7. Conveniencia – Cualidad de ser conveniente y práctico, a pesar de ser, posiblemente, impropio o inmoral; inclinación hacia métodos que son ventajosos, en lugar de justos o equitativos.

  8. Regenerados – Aquellos que han nacido de nuevo por el Espíritu Santo.

  9. Engaño – Fraude, argucia.

  10. Opiáceos – Narcóticos, psicofármacos.

  11. Piedad – Devoción.

  12. Epítome – Resumen o relato condensado de algo.

  13. Dialogar – Discutir.

  14. Mortificación – Dar muerte. Ver Portavoz de la Gracia N° 29: Mortificación. Disponible en Chapel Library.