Un poco de religión por el bien de la conciencia

Charles H. Spurgeon (1834-1892)

Hay todavía otra clase1 de personas y cuando me haya referido a ellos, no las mencionaré más. Estas son las personas que se dedican a la religión con el fin de tranquilizar su conciencia y es asombroso cuán poco de religión logra, a veces, eso.

Algunas personas nos dicen que, si en tiempo de tormenta, los hombres vertieran botellas de aceite sobre las olas, se produciría de inmediato, una gran calma. Nunca lo he intentado y lo más probable es que nunca lo haga, pues mi órgano de credulidad no es lo suficientemente grande como para aceptar una afirmación tan exagerada. Pero hay algunas personas que piensan que pueden calmar la tormenta de una conciencia atribulada, vertiendo sobre ella un poco del aceite de una profesión de religión2. ¡Es asombroso el maravilloso efecto que esto realmente tiene! He conocido a un hombre que se emborrachaba muchas veces durante la semana y que obtenía su dinero de manera deshonesta; sin embargo, siempre tenía la conciencia tranquila por ir regularmente los domingos a su iglesia o capilla. Hemos oído hablar de un hombre que podía devorar “las casas de las viudas” (Mt. 23:14) —un abogado que podía tragarse todo lo que se cruzaba en su camino— y, sin embargo, nunca se iba a la cama sin decir sus oraciones. Eso tranquilizaba su conciencia. Hemos oído hablar de otras personas, especialmente entre los romanistas, que no se opondrían al robo, pero que consideraban el comer cualquier cosa, excepto pescado en viernes, como un pecado terrible, suponiendo que, al ayunar el viernes, todas las iniquidades de todos los días de la semana serían borradas.

Ellos quieren las formas externas de la religión para mantener tranquila la conciencia porque la conciencia es uno de los peores huéspedes que se pueden tener en casa cuando se pone beligerante. No se puede permanecer con ella. Es un mal compañero de cama —malo al acostarse e, igualmente, molesto al levantarse—. La conciencia culpable es una de las maldiciones del mundo —apaga el sol y quita el brillo al rayo de luna—. Una conciencia culpable lanza una exhalación nociva a través del aire, quita la belleza del paisaje, la gloria del río que fluye, la majestad de las aguas ondulantes. No hay nada bello para el hombre que tiene una conciencia culpable. No necesita que le acusen, todo le acusa. Por eso, la gente se dedica a la religión, sólo para tranquilizarse. Toman el sacramento algunas veces; van a un lugar de culto; cantan un himno de vez en cuando; dan una guinea3 a una obra de caridad; se proponen dejar una parte en su testamento para construir casas de beneficencia y, de este modo, la conciencia es adormecida. La arrullan de un lado a otro con observancias religiosas hasta que allí duerme, mientras le cantan la canción de cuna de la hipocresía, y no despierta hasta que se despierte con aquel hombre rico que estaba aquí vestido de púrpura, pero que, en el otro mundo, alzó los ojos en el infierno, estando en tormentos sin una gota de agua para refrescar su lengua ardiente (Lc. 16).

¿Por qué, entonces, debemos correr en esta carrera? Pues por el cielo, la vida eterna, la justificación por la fe, el perdón del pecado, la aceptación en el Amado y la gloria eterna. Si corren por cualquier otra cosa que no sea la salvación, si ganaran, no vale la pena correr por lo que han ganado. ¡Oh! ¡Les suplico a cada uno de ustedes que se aseguren de trabajar por la eternidad! Nunca se contenten con nada menos que una fe viva en un Salvador vivo; no descansen hasta que estén seguros de que el Espíritu Santo está obrando en sus almas. No piensen que lo exterior de la religión puede serles útil: Es sólo la parte interior de la religión lo que Dios ama. Procuren tener un arrepentimiento del que no haya necesidad de arrepentirse —una fe que mire únicamente a Cristo y que los apoye cuando lleguen a las crecidas aguas del Jordán—[^89]. Procura tener un amor que no sea como una llama pasajera, que arde por un momento y luego se apaga; sino una llama que aumente y aumente, y siga aumentando, hasta que tu corazón sea tragado por ella y que sólo el nombre de Jesucristo sea el único objeto de tu afecto. Al correr la carrera celestial, no debemos poner ante nosotros nada menos que lo que Cristo puso ante Él. Él se propuso el gozo de la salvación delante de Sí mismo y luego, corrió despreciando la cruz y soportando la vergüenza. Así, hagámoslo nosotros; y ¡que Dios nos dé buen éxito para que, por su buen Espíritu, alcancemos la vida eterna mediante la resurrección de Jesucristo nuestro Señor!

Tomado de un sermón predicado un viernes por la tarde, el 11 de junio de 1858, en la Tribuna del Hipódromo de Epsom.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés.

Footnotes

  1. Nota del editor – El autor ha mencionado clases de personas que adoptan una religión por diferentes razones: Aquellos que lo hacen para ser respetables, quienes desean ser considerados santos preeminentemente y quienes la adoptan por lo que pueden obtener de ella.

  2. Profesión de religión – Hacerse religioso, seguir una religión, sus preceptos y normas.

  3. Guinea – Moneda de oro que se acuñaba en el Reino Unido.