Nuestro mejor amigo o nuestro peor enemigo
Arthur W. Pink (1886-1952)
“Orad por nosotros; pues confiamos en que tenemos buena conciencia, deseando conducirnos bien en todo” (Hebreos 13:18).
La conciencia es la facultad del alma que nos permite percibir la conducta en relación con lo correcto y lo incorrecto, el principio interno que decide sobre la legalidad o ilegalidad de nuestros deseos y acciones1. La conciencia ha sido, bien llamada, el sentido moral porque corresponde a aquellas facultades físicas por las que tenemos comunicación con el mundo exterior, a saber, los cinco sentidos de la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato. El hombre tiene un instinto ético, una facultad o sensibilidad moral que le informa y le genera impresiones. “Es mucho más elevada en escala y más aguda en sus percepciones que cualquier mero sentido corporal. Hay un ojo interior que ve la naturaleza de lo correcto y lo incorrecto; un oído interior, sensible al más leve susurro de obligación moral; un tacto interior que siente la presión del deber y responde a él con simpatía”2.
La conciencia es el principio misterioso que da testimonio en nuestro interior para bien o para mal. Por lo tanto, es el centro mismo de la responsabilidad humana porque aumenta en gran medida su condenación, el que el hombre continúe pecando contra los dictados de este centinela3 interno. La conciencia nos proporciona auto-conocimiento y auto-juicio, lo que da lugar a la auto-aprobación4 o auto-condenación, según nuestra medida de luz. Es una parte del entendimiento en todas las criaturas racionales que juzga todas las acciones, a favor o en contra de ellas. Da testimonio de nuestros pensamientos, afectos y acciones porque reflexiona y sopesa todo lo que se propone a la mente y por medio de ella. Que da testimonio de las emociones queda claro en: “Mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón” (Ro. 9:1-2). Así también, leemos: “Tampoco apliques tu corazón a todas las cosas que se hablan, para que no oigas a tu siervo cuando dice mal de ti; porque tu corazón [conciencia] sabe que tú [interiormente] también dijiste mal de otros muchas veces” (Ec. 7:21-22). El alma oye su voz en secreto, informándonos sobre lo bueno y lo malo de las cosas.
Que la conciencia existe en los no regenerados está claro por la declaración de Pablo acerca de los gentiles: “Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Ro. 2:15). Aunque los paganos nunca recibieron las Escrituras como Israel, sin embargo, tenían dentro de sí, aquello que los acusaba o los excusaba. Hay en todo hombre (excepto en el idiota), aquello que le reprende por sus pecados, sí, por aquellos pecados más secretos de los que nadie está al tanto, excepto ellos mismos. Los hombres malvados tratan de sofocar esas reprimendas internas, pero rara vez tienen éxito. “Los pecadores se asombraron en Sion, espanto sobrecogió a los hipócritas” (Is. 33:14). Los hombres no regenerados carecen de fe, pero no de temor: “Huye el impío sin que nadie lo persiga” (Pr. 28:1). Hay dentro del hombre, aquello que horroriza al pecador más valiente, después de cometer cualquier grave maldad: Su propio corazón lo reprende.
El Creador ha dotado al alma humana de varias facultades, tales como el entendimiento, los afectos y la voluntad; y también le ha otorgado este poder de considerar su propio estado y acciones, tanto internas como externas, constituyendo la conciencia tanto un vigilante como un juez dentro del propio seno del hombre —un vigilante para advertir del deber, un juez para condenar por la negligencia del mismo—… Es una parte intrínseca5 de nuestro propio ser. La conciencia anticipa la Gran Asamblea6 del Día venidero, pues obliga al hombre a emitir un veredicto sobre sí mismo, dado que está sujeto al juicio de Dios. Reside en el entendimiento como queda claro en 1 Corintios 2:11, donde la conciencia es llamada nuestro “espíritu”.
La presencia de la conciencia en el hombre, proporciona una de las demostraciones más claras de la existencia de Dios. A este hecho, apela el Espíritu Santo en Salmos 53: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (v. 1). Ahora, ¿cómo prueba que hay un Dios? Así: “Allí se sobresaltaron de pavor donde no había miedo” (v. 5). Aunque no había ninguna causa externa para el miedo, nadie tratando de hacerles daño, sin embargo, incluso los que vivían de manera más atea, estaban bajo temor. Una ilustración se ve en el caso de los hermanos de José, quienes se acusaron a sí mismos cuando no había nadie más para acusarlos: “Y decían el uno al otro: Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano” (Gn. 42:21). Aunque un hombre se esconda de todo el mundo, no puede escapar de sí mismo —su corazón lo perseguirá y lo condenará—. Ahora, el mismo hecho de que exista un temor tan oculto en el hombre después de pecar —que su corazón lo castigue por los crímenes cometidos en secreto— es una prueba de que existe un Dios.
Este temor se encuentra en los pecadores más obstinados y en aquellos que, debido a su elevada posición y poder, están exentos de la justicia humana. La historia registra cómo reyes y emperadores han seguido su maldad sin interferencia; sin embargo, incluso el infame Calígula7, tembló cuando tronó. No era un temor de que el hombre pudiera descubrirlos y castigarlos porque, en algunos casos notables, este temor prevaleció hasta tal punto que el castigo humano habría sido un alivio bienvenido y, a falta del cual, se vieron obligados a recurrir a la violencia sobre sí mismos. ¿Cuál puede ser la razón de esto, sino que temían a un Juez y Vengador que les pediría cuentas? Como el Apóstol dijo a los paganos: “…Quienes habiendo entendido el juicio de Dios” (Ro. 1:32): Hay un testigo en sus propias almas de que están sujetos a la justicia de Dios. Nota la espantosa consternación de Belsasar: “Entonces el rey palideció, y sus pensamientos lo turbaron, y se debilitaron sus lomos, y sus rodillas daban la una contra la otra” (Dn. 5:6).
“No hay nada en el hombre que desafíe más y exija una explicación adecuada que su sentido moral. La conciencia es un tribunal que siempre está en sesión y es imperativo en su convocatoria. Nadie puede evadirlo o silenciar sus acusaciones. Es un tribunal completo. Tiene un juez en su banquillo y ese juez no se dejará sobornar para que tome una decisión laxa. Tiene su estrado de testigos y puede traer testigos de todo el territorio de la vida pasada. Tiene su jurado, listo para dar un veredicto, ‘culpable’ o ‘no culpable’, en estricta conformidad con la evidencia; y tiene su alguacil, el remordimiento, con su látigo de escorpiones, listo para azotar al alma convicta. Lo más cercano en este mundo al tribunal8 de Dios es el estrado de la conciencia. Y aunque por un tiempo esté drogado en una apatía parcial o embriagado por el placer mundano, llega el momento en que, en toda la majestad de su autoridad imperial, este tribunal llama a su estrado a todo transgresor y le pide cuentas estrictas”9.
Pero, aunque la presencia de la conciencia en nosotros da testimonio de la existencia de un Dios santo, justo, que odia y rechaza el pecado, no es correcto decir (como han hecho algunos) que la conciencia es la voz de Dios que habla en el alma; más bien, es aquella facultad que responde a lo que Él dice. Cuando Cristo declaró: “El que tiene oídos para oír, oiga” (Mt. 11:15), se refería a aquel que tiene una conciencia en sintonía con el Altísimo, que desea conocer su voluntad y someterse a su autoridad. La conciencia se sienta en el banquillo del corazón como vice-regente10 de Dios, absolviendo o acusando. Así actúa en el hombre natural; pero en el regenerado, es una conciencia piadosa, guiada en sus operaciones por el Espíritu Santo, dando su testimonio a favor o en contra del creyente, según su carácter y conducta, hacia Dios y hacia los hombres.
El término actual conciencia, se deriva de scio, “conocer”, y con, “con”. Hay algunas diferencias de opinión en cuanto a la aplicación precisa del prefijo, si se trata de un conocimiento que tenemos en común con Dios o de un conocimiento conforme a su Ley. En realidad, es una distinción con poca diferencia. El “conocimiento” es de un solo individuo por sí mismo, pero este “conocimiento con” es cuando, al menos dos, comparten el mismo secreto, cualquiera de ellos lo conoce junto con el otro. La conciencia, entonces, es esa facultad que une a dos y los asocia en el conocimiento. Esto es entre el hombre y Dios. Dios conoce, perfectamente, todas las acciones de un hombre, por muy cuidadosamente que las oculte; y el hombre, por esta facultad, también conoce, junto con Dios, las mismas cosas de sí mismo. De ahí que leemos de la “conciencia delante de Dios” (1 P. 2:19)… La conciencia es el vice-regente de Dios, que actúa para Él y bajo Él.
Por tanto, como el propio término implica, la conciencia debe tener una regla por la que regirse: “Conocimiento junto con”. No es sólo conocimiento, sino conocimiento unido a una norma, según la cual se lleva a cabo un proceso de juicio interior. Ahora, nuestra única norma adecuada es la Palabra o voluntad revelada de Dios. Ésta está dividida en dos partes: Lo que Dios dice al hombre en su santa Ley y lo que le dice en su bendito Evangelio. Si la conciencia se aparta de esa regla, entonces es una conciencia rebelde. Ha dejado de hablar y juzgar por Dios; entonces, la luz se convierte en tinieblas en el hombre porque el ojo (interior) se ha vuelto maligno (Mt. 6:23). En su condición primitiva, el hombre sólo tenía la Ley. El trabajo propio de la conciencia, entonces, era hablar advirtiendo y condenando en estricta conformidad con esa regla y no permitir ninguna otra. Pero nuestros primeros padres escucharon la mentira de Satanás, quebrantaron la Ley y cayeron bajo su condenación.
Dondequiera que vayamos, la conciencia nos acompaña. Todo lo que pensamos o hacemos, ella lo graba y lo registra [con vistas al] Día de las cuentas. “Cuando todos los amigos te abandonen, sí, cuando tu alma abandone tu cuerpo, la conciencia no te abandonará, no puede abandonarte. ¡Cuando tu cuerpo está más débil y embotado, tu conciencia está más vigorosa y activa! Nunca hay más vida en la conciencia que cuando la muerte se acerca más al cuerpo. Cuando sonríe, alegra, absuelve y consuela, ¡oh, qué cielo crea en el hombre interior! Y cuando frunce el ceño, condena y aterroriza, ¿cómo nubla, sí, oscurece todos los placeres, gozos y deleites de este mundo?… Es, ciertamente, el mejor de los amigos o el peor de los enemigos de toda la creación. Esto es la conciencia”11.
Tomado de Una exposición de Hebreos en Estudios en las Escrituras (An Exposition of Hebrews, in Studies in the Scriptures), enero de 1938; disponible en Chapel Library.
Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro bíblico itinerante y autor; nacido en Nottingham, Inglaterra, Reino Unido.
Footnotes
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Nota del editor – Teólogos y comentaristas han definido la conciencia de numerosas maneras a lo largo de la historia de la Iglesia. Por ejemplo: “La conciencia es una parte del entendimiento en todas las criaturas razonables, que determina sus acciones particulares, ya sea a favor de ellas o en contra de ellas” (William Perkins). “El juicio que un hombre tiene de sí mismo, de acuerdo con el juicio de Dios sobre él” (William Ames). “Es un poder delegado en el alma del hombre por Dios, que recibe órdenes de Él y de su voluntad y Palabra reveladas, y acusa o defiende al hombre, según Él lo indique” (James Durham). “¿Qué es la conciencia, sino el alma misma reflexionando sobre sí misma?” (Richard Sibbes). Beeke y Jones resumen el punto de vista puritano: “Los puritanos vieron la conciencia como la razón en acción en asuntos prácticos y morales —es decir, la razón aprobando juicios sobre lo que está bien y lo que está mal—. Así como los puritanos llamaron a la conciencia, ‘la diputada de Dios y vice-regente dentro de nosotros’, ‘el espía de Dios en nuestro seno’ y ‘el sargento que Dios empleó para arrestar al pecador’, no debemos descartar estas ideas como fantasías pintorescas. Representan un intento serio de hacer justicia a la concepción bíblica y humana de la conciencia que nuestra experiencia representa: Ver la conciencia como el testigo declarando hechos (Ro. 9:1; 2 Co. 1:12); un mentor prohibiendo el mal y prescribiendo estándares (Hch. 24:16; Ro. 13:5) y un juez contándonos de nuestra mala deserción (1 Jn. 3:20-21). El Nuevo Testamento confirma esta definición. Por ejemplo, Pablo testifica en Romanos 2:15: “Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos”. En pocas palabras, los puritanos enseñaron que la conciencia funciona como un sistema nervioso espiritual, el cual usa la culpa para informarnos que algo está mal y necesita corrección. Fallar en escuchar las advertencias de la conciencia, sólo puede llevar a que se endurezca o se cauterice la conciencia, lo cual, al final, nos traerá destrucción. [Richard] Sibbes comparó la autoridad de la conciencia con un tribunal divino dentro del alma humana” (Joel R. Beeke y Mark Jones, Una Teología puritana: Doctrina para la vida [A Puritan Theology: Doctrine for Life]. Grand Rapids, Reformation Heritage Books, 2012], 912). ↩
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Arthur Tappan Pierson (1837-1911) – Predicador y autor presbiteriano. ↩
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Centinela – Soldado o guardia cuyo trabajo es estar de pie y vigilar. ↩
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Auto-aprobación – Auto-consentimiento. ↩
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Intrínseco – Perteneciente a algo como característica básica y esencial de lo que es. ↩
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Gran Asamblea – Día del Juicio. ↩
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Calígula (12-41 d.C.) – Emperador romano, conocido por su tiranía y crueldad. ↩
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Tribunal – Lugar donde los jueces y abogados se sientan para juzgar los casos; en este caso, ilustrando la silla de juicio de Dios. ↩
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Pierson. ↩
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Vice-regente – Persona nombrada para actuar como un diputado administrativo. ↩
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John Flavel, Las obras completas del reverendo John Flavel (The Whole Works of the Reverend John Flavel), vol. 4 (London; Edinburgh; Dublin: W. Baynes and Son; Waugh and Innes; M. Keene, 1820), 272. ↩