Ministros y conciencias

William Fenner (1600-1640)

“El cual he enviado a vosotros para esto mismo, para que conozca lo que a vosotros se refiere, y conforte vuestros corazones” (Colosenses 4:8).

Observación: Los ministros deben indagar por el estado de su pueblo. La razón: [Es moralmente necesario que] cada uno considere ahora en qué estado se encuentra ante su Dios1. Ésta es una gran cuestión que nosotros, los ministros, debemos exigir a nuestro pueblo para conocer su estado, …

Primero, porque somos pastores y estamos obligados a mirar bien cómo está nuestro rebaño. Si no nos esforzamos por conocer su estado, nunca podremos vigilar bien sus almas. Consideren este pasaje en Proverbios: “Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas, y mira con cuidado por tus rebaños” (Pr. 27:23). [Allí,] el hombre sabio, primero, requiere que miremos bien a nuestros rebaños y, luego, [él] nos indica cómo, viz.2, siendo diligentes para conocer su estado [y] cómo están al respecto.

Segundo, somos obreros de Dios. Debemos saber en qué estado se encuentra nuestra obra, pues de lo contrario, ¡podríamos trabajar y trabajar, y todo sería en vano! Podemos predicar, exhortar y llamar a nuestra gente a oír, creer y obedecer; y todo esto podría ser en vano, si no preguntamos en qué estado se encuentran. Ésta es la razón por la que Pablo no podía dejar de enviar a alguien a preguntar cómo estaban los tesalonicenses (1 Ts. 3:5) —en qué estado se encontraban, cómo iba su fe, si la guardaban o no, no fuera que el tentador los hubiera tentado y su labor hubiera sido en vano—. Porque eso habría ocurrido en toda su predicación y enseñanza, si no hubieran estado en buena condición. Por tanto, envió a preguntar para saberlo.

En tercer lugar, debemos de cuidar y encargarnos de sus almas. Ahora, entonces, ¿cómo podemos estar tranquilos si no sabemos en qué estado se encuentran sus almas? Un buen padre no puede estar tranquilo si no sabe cómo están sus hijos. ¿Y si están enfermos? ¿Y si no están bien? Oh, sería un consuelo para un buen padre saber que sus hijos están bien. Pero si fuera de otra manera con ellos, aunque le afligiera mucho, preferiría saberlo que no saberlo porque si lo sabe, puede saber mejor qué hacer. Así sucedía con el Apóstol; su mismo corazón anhelaba a los filipenses. “Oh, mi pobre pueblo”, pensaba él, “me pregunto en qué estado se encuentran. ¿Y si vacilan? ¿Y si fracasan? ¿Y si el diablo los ha tentado a pecar y a apostatar? ¿Y si tienen problemas de conciencia?”. Nunca habría podido estar en paz hasta que supiera en qué estado se encontraban. “Espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para que yo también esté de buen ánimo al saber de vuestro estado” (Fil. 2:19). Él tenía un gran cuidado de sus almas y, por lo tanto, reconfortaría su corazón saber en qué estado se encontraban.

En cuarto lugar, somos maestros y, por lo tanto, debemos conocer el estado de nuestro pueblo. De lo contrario, ignoramos qué doctrina proporcionarles, qué puntos tratar con ellos. Pablo, en esta epístola a los colosenses, conociendo sólo su estado en general, les da abundantes preceptos generales y exhortaciones. Les describe el misterio de Cristo, los amonesta a permanecer firmes en Él, a abrazar la predicación de la Palabra, a guardarse de la filosofía, y de las vanas tradiciones y argumentos engañosos de los hombres, a cuidarse de la excesiva afición a las ceremonias que finalizaron todas en Cristo, a poner sus afectos en el cielo, a mortificar las obras de la carne, a despojarse del viejo hombre. Les advierte que sean amorosos y humildes. Ordena a las esposas que cumplan sus deberes para con sus maridos y a los maridos que amen a sus esposas, a los hijos que obedezcan a sus padres y a los padres que alienten a sus hijos. A los siervos [les ordena], que obedezcan a sus amos; a los amos, que traten bien a sus siervos y a todos que perseveren en la oración, en la vigilancia y en la acción de gracias. [Les ordena] que anden sabiamente con los de afuera, que se cuiden de comunicarse piadosa y santamente. Así, conociendo su estado sólo en general, les enseña en general, y por eso, ahora concluye, como si dijera: “Hablo algo en general porque no conozco vuestro estado en particular; por lo tanto, les envío a Tíquico, un ministro fiel y bueno, para que conozca vuestro estado y les trate debidamente. Puede ser que a algunos de ustedes les falten corrosivos3; puede ser que a algunos les falten cordiales4; puede ser que algunos tengan necesidad de ser examinados y humillados, o animados y consolados. Le he enviado para que averigüe vuestro estado y para que haga lo que corresponda”. “El cual he enviado a vosotros para esto mismo, para que conozca lo que a vosotros se refiere, y conforte vuestros corazones” (Col. 4:8).

El uso de esto es triple:

  1. Primero, para instrucción. Por lo tanto, podemos ver que un ministro no hace más que su deber cuando indaga sobre los estados de los hombres y cómo están delante de Dios. No es fisgonear en los asuntos de otros hombres. No es ser un entrometido en los problemas de otros hombres. No es un espíritu de intromisión. ¡No! Un ministro sólo cumple con su deber cuando lo hace. ¿Cómo puede un médico aplicar un tratamiento médico verdadero y apropiado, a menos que indague el estado de los cuerpos de los hombres? (Jer. 8:11). Ahora, un ministro es un médico de las almas de los hombres y, por lo tanto, él debe indagar por el estado de las almas de los hombres y cómo están delante de Dios. Son hombres de Belial los que dicen: “¿Qué? ¿Debe saberlo todo el ministro?” y “¿no puede hacerse nada sin que el ministro se entere?”. Estos son discursos muy malvados. El ministro no hace más que su deber cuando indaga.

  2. El segundo uso puede ser para reprender. Si es el deber de un ministro indagar acerca del estado de los hombres ante Dios, entonces aquellas personas que no dan a conocer su estado, son culpables. ¿Cuál es la razón de que tantos hombres permanezcan en un estado podrido, si no es porque se resisten a revelar, verdadera y plenamente, lo que son a los ministros de Dios? No, muchos son como los del profeta Isaías que dicen a los videntes: “No veáis” (Is. 30:10). No quieren que los ministros de Dios vean lo que hacen ni vean lo que son. Confieso que hay algunos que revelarán algo sobre su estado, pero no todo lo que saben por sí mismos. Se guardan lo esencial, como algunos clientes tontos que informan mal a su abogado, presentando su caso mejor de lo que en realidad es y así, su causa fracasa. Así, algunos se guardan lo que daría más luz para juzgar su estado. Pero esto no debería ser así. Puedo darles un ejemplo de uno que, estando preocupado por su situación ante Dios, [dijo] con algunos ministros que estaban presentes: “Oh”, dijo él, “les diré todo lo que sé de mí mismo. No les ocultaré ni una sílaba. Y si en verdad no soy mejor que un miserable, les suplico que me digan, claramente, que lo soy. Y si estoy en Cristo, les suplico que me lo demuestren claramente”. Este hombre tomó el camino correcto y así, por la misericordia de Dios, llegó en poco tiempo a la seguridad de su propio bendito estado y condición.

  3. Tercero, para exhortación. Permite que los ministros de Dios conozcan tu estado para que puedan hablarte en consecuencia. De este modo, podrán hablarte las palabras a su debido tiempo… Si no tuvieras más que un corte en un dedo, ¿no te alegrarías de tener el vendaje adecuado? Y si tuvieras una fiebre ardiente, ¿no desearías el remedio adecuado? ¿Cuánto más para curar la enfermedad del alma?

Tomado de El espejo del alma, con un tratado sobre la conciencia (The Soul’s Looking-glass, with a Treatise of Conscience). (Cambridge: Roger Daniel Printer, 1640); de dominio público.

Footnotes

  1. Que estado… ante Dios – Cuál es la condición espiritual delante de Dios.

  2. Viz. – Del latín videlicet: es decir; a saber.

  3. Corrosivos – Remedios médicos que corroen por acción química.

  4. Cordiales – Medicinas o tónicos que animan o estimulan el corazón.