Los deberes de la conciencia
William Perkins (1558-1602)
Las acciones o deberes propios de la conciencia son dos: Dar testimonio o emitir juicio (Ro. 2:15).
Dar Testimonio: La conciencia da testimonio al determinar si algo se hizo o no se hizo. “Dando testimonio su conciencia” (Ro. 2:15). “Nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia” (2 Co. 1:12).
Aquí, debemos considerar tres cosas: (1) De qué cosas da testimonio la conciencia; (2) de qué manera [y] (3) por cuánto tiempo.
Punto 1: La conciencia da testimonio de nuestros pensamientos, nuestros afectos [y] nuestras acciones externas. Que da testimonio de nuestros pensamientos secretos, aparece por la solemne protesta que, en algún momento, usan los hombres: “En mi conciencia, nunca lo pensé”. Con lo cual, dan a entender que piensan algo o que no lo piensan, y que sus conciencias pueden decir lo que piensan. Tampoco esto debe parecer extraño porque hay dos acciones del entendimiento: La una es simple, la cual apenas concibe o piensa esto o aquello; [y] la otra es un reflejo o duplicación de la primera, por la que el hombre concibe y piensa consigo mismo lo que piensa. Y esta acción pertenece, propiamente, a la conciencia. La mente tiene un pensamiento, luego, la conciencia va más allá de la mente y conoce lo que la mente piensa; así, si un hombre tratara de ocultar a Dios sus pensamientos pecaminosos, su conciencia, como otra persona dentro de él, lo revelaría todo. Por medio de esta segunda acción, la conciencia puede dar testimonio, incluso de los pensamientos; y de ahí, también parece tomar prestado su nombre porque la conciencia es una ciencia (o conocimiento) unida a otro conocimiento, pues por ella concibo y conozco lo que conozco.
De nuevo, la conciencia da testimonio de lo que son las voluntades y los afectos de los hombres en cada materia. “Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos” (Ro. 9:1-3).
Por último, da testimonio de lo que son las acciones de los hombres. “Porque tu corazón sabe [es decir, la conciencia es testigo] que tú también dijiste mal de otros muchas veces” (Ec. 7:22).
Punto 2: La manera que emplea la conciencia para dar testimonio se basa en dos cosas. Primero, observa y toma nota de todas las cosas que hacemos. Segundo, nos lo dice interna y secretamente en el corazón. En este sentido, puede ser adecuadamente comparada con un notario1 (o un registrador) que siempre tiene la pluma en su mano para anotar y registrar todo lo que se dice o se hace, quien también, debido a que guarda los rollos y registros del tribunal, puede decir lo que se ha dicho y hecho muchos cientos [de] años atrás.
Punto 3: Por cuánto tiempo da testimonio la conciencia. Lo hace continuamente —no por un minuto, un día, un mes o un año, sino para siempre—. Cuando un hombre muere, la conciencia no muere. Cuando el cuerpo se está pudriendo en la tumba, la conciencia vive y está sana y salva. Y cuando resucitemos, la conciencia vendrá con nosotros al tribunal del juicio de Dios, ya sea para acusarnos o defendernos ante Dios. “Dando testimonio su conciencia… en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres” (Ro. 2:15-16).
Mediante este primer deber de la conciencia, hemos de aprender tres cosas. La primera [es] que hay un Dios. Y podemos ser conducidos a ver esto, incluso, por la misma razón. Porque la conciencia da testimonio ¿de qué? De tus acciones particulares. Pero, ¿contra quién o con quién da testimonio? Puedes sentir en tu corazón que lo hace a tu favor o en tu contra. ¿Y ante quién da testimonio? ¿A los hombres o a los ángeles? Esto no puede ser porque ellos no pueden oír la voz de la conciencia. No pueden recibir el testimonio de la conciencia. ¡No, ellos no pueden ver lo que hay en el corazón del hombre! Queda, por tanto, que hay una sustancia2 espiritual, sapientísima, santísima, poderosísima, quien ve todas las cosas, a quien la conciencia da testimonio y es Dios mismo. Que los ateos ladren contra esto cuanto quieran. Tienen en ellos, aquello que los convencerá de la verdad de la Divinidad, lo quieran o no, ya sea en la vida o en la muerte.
Segundo, aprendemos que Dios vela por todos los hombres mediante una providencia especial. Por esto, se sabe que el jefe de una prisión tiene cuidado de sus prisioneros: Si envía guardianes con ellos para vigilarlos y traerlos de vuelta a casa a su debido tiempo. Y así, el cuidado de Dios para con el hombre se manifiesta en esto: Que cuando creó al hombre y lo puso en el mundo, le dio conciencia para que fuera su guardián, para que le siguiera siempre a los talones, para que lo persiguiera (como decimos), para que husmeara en sus acciones y diera testimonio de todas ellas.
Tercero, de aquí podemos observar la bondad y el amor de Dios hacia el hombre. Si hace algo malo, Dios hace que su conciencia se lo diga primero en secreto. Si entonces, él se enmienda, Dios lo perdona. Si no, entonces después, la conciencia debe acusarlo abiertamente por ello en el tribunal del juicio de Dios ante todos los santos y ángeles en el cielo.
Emitir juicio: La segunda obra de la conciencia es juzgar las cosas hechas. “Juzgar” significa determinar si una cosa está bien o mal hecha. En esto, la conciencia es semejante a un juez que celebra una audiencia, toma nota de las acusaciones y hace que el criminal más notorio levante la mano ante el tribunal de su juicio. Es más, (es como si fuera) un pequeño dios sentado en medio de los corazones de los hombres, que los procesa3 en esta vida como serán procesados por sus ofensas en el tribunal del Dios eterno en el Día del Juicio. Por tanto, el juicio temporal que emite la conciencia no es más que un principio (o un precursor) del juicio final.
Por lo tanto, se nos advierte que prestemos especial atención a que nada del pasado nos pese y que no carguemos nuestra conciencia en el tiempo venidero con ningún asunto porque si nuestra conciencia nos acusa, mucho más nos condenará Dios, dice san Juan, puesto que Él ve todas nuestras acciones más claramente y las juzga más severamente de lo que puede hacerlo la conciencia (1 Jn. 3:20). Convendrá, entonces, que todos los hombres se esfuercen por decir con Pablo: “…Aunque de nada tengo mala conciencia” (1 Co. 4:4), para que puedan estar ante Dios sin culpa para siempre.
Aquí, debemos considerar dos cosas: Primero, la causa que hace que la conciencia emita juicio [y], segundo, el modo de hacerlo.
- La causa del juicio: La causa es el vinculante4 de la conciencia. El vinculante es [todo lo que] tiene poder y autoridad sobre la conciencia para ordenarla. El vinculante es para urgir, causar y constreñirla en cada acción, ya sea para acusar por el pecado o defender por las buenas acciones, o para decir que esto se puede hacer o no se puede hacer… Una vez que el poder vinculante se establece sobre la conciencia, entonces, en cada acción, necesariamente, debe acusar o defender. Así como un hombre en una ciudad o pueblo, teniendo su libertad, puede ir arriba y abajo, o no, ir donde y cuando quiera; pero si su cuerpo es detenido por el magistrado y encarcelado, entonces su libertad anterior es restringida y [sólo] puede ir arriba y abajo dentro de la prisión o algún otro lugar permitido.
El vinculante de la conciencia es apropiado o inapropiado.
- Lo apropiado: Lo apropiado5 es lo que tiene poder absoluto y soberano para vincular la conciencia. Y esa es la palabra de Dios escrita en los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. Razones: (1) Quien es el Señor de la conciencia por su Palabra y sus leyes, vincula la conciencia. Pero Dios es el único Señor de la conciencia porque Él la creó, sólo Él la gobierna y nadie más que Él la conoce. Por lo tanto, sólo su Palabra y sus leyes vinculan la conciencia correctamente. (2) Aquel que tiene el poder para salvar o destruir el alma por el cumplimiento o incumplimiento de sus leyes, tiene el poder absoluto para vincular al alma y la conciencia por las mismas leyes. Pero lo primero es cierto sólo de Dios. “Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder” (Stg. 4:12). “Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará” (Is. 33:22). Por lo tanto, sólo la palabra de Dios, por un poder absoluto y soberano, vincula la conciencia. Puesto que este punto es claro por sí mismo, no se necesitan más pruebas.
De ahí que se nos enseñen diversos puntos de instrucción. (1) Los que entre nosotros son ignorantes, deben esforzarse por conocer la palabra de Dios, porque ésta vincula la conciencia. Tampoco servirá de excusa el argumento de la ignorancia porque, conozcamos o no las leyes de Dios, ellas nos vinculan. Y no sólo estamos obligados a cumplirlas, sino que, cuando no las conocemos, estamos obligados a no a ignorarlas, sino a procurar conocerlas. Si no tuviéramos más pecados, nuestra ignorancia sería suficiente para condenarnos. (2) La palabra de Dios debe ser obedecida, aunque ofendamos a todos los hombres, sí, perdamos el favor de todos los hombres y suframos el mayor daño que pueda haber —incluso, la pérdida de nuestras vidas—. Y la razón está a la mano porque la palabra de Dios tiene esta prerrogativa6 de restringir, atar y refrenar la conciencia. (3) Para cualquier cosa que emprendamos o tomemos en nuestras manos, debemos primero buscar si Dios nos da la libertad de conciencia y la licencia para hacerlo. Porque si hacemos lo contrario, la conciencia está obligada a acusarnos de pecado ante Dios. (4) Vemos aquí cuán peligroso es el caso de todos los oportunistas7 que desean vivir a su manera y no ser de una religión determinada hasta que se terminen las diferencias y disensiones en ella, y tengan la determinación de un concilio general. Porque, ya sea que sucedan o no sucedan estas cosas, es cierto que ellos están obligados en conciencia, a recibir y creer la doctrina antigua, profética y apostólica tocante a la verdadera adoración a Dios y el camino a la vida eterna, lo cual es la verdadera religión. Lo mismo debe decirse de todos los protestantes somnolientos y evangelistas tibios que usan la religión, no con el cuidado y la conciencia que deberían, sino sólo entonces y en la medida en que les sirve para sus propósitos, descuidando o despreciando, comúnmente, las asambleas donde la Palabra es predicada y, rara vez, frecuentando la mesa del Señor… Como tontos desdichados, no ven ni sienten el poder restrictivo que la palabra de Dios tiene en sus conciencias.
La palabra de Dios es Ley o Evangelio.
- Inapropiado: El vinculante inapropiado es el que no tiene poder ni virtud para vincular la conciencia, sino que lo hace sólo en virtud de la palabra de Dios o de alguna parte de ella. Es triple: Las leyes humanas, un juramento [y] una promesa.
Tomado de Las obras de William Perkins (The Works of William Perkins), ed. J. Stephen Yuille, Joel R. Beeke and Derek W. H. Thomas, vol. 8 (Grand Rapids, MI: Reformation Heritage Books, 2019), 10-14; usado con permiso.
William Perkins (1558-1602): Influyente predicador y teólogo puritano inglés; nacido en Marston Jabbett, Bulkington, Warwickshire, Inglaterra, Reino Unido.
Jesucristo ha ofrecido una satisfacción tan completamente suficiente para todos los reclamos de la justicia herida que, ahora, Dios no tiene ninguna falta que encontrar en sus hijos. “No ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel” (Nm. 23:21), ni se enoja con ellos a causa de sus pecados —estableciéndose una paz inquebrantable e indescriptible por la expiación que Cristo ha hecho en su favor—. De aquí, fluye una paz experimentada en la conciencia… porque cuando la conciencia ve que Dios está satisfecho y ya no está en guerra con ella, entonces, también queda satisfecha con el hombre; y la conciencia, que solía ser un gran perturbador de la paz del corazón, ahora da su veredicto de absolución; y el corazón duerme en los brazos de la conciencia y encuentra allí un lugar de tranquilo reposo. —Charles Spurgeon
Si mi conciencia me da testimonio de que soy partícipe de la preciosa gracia de la salvación, ¡entonces, soy feliz! —Charles Spurgeon
Footnotes
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Notario – Secretario. ↩
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Sustancia – Esencia divina de Dios, de la que forman parte las tres Personas de la Trinidad. ↩
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Procesar – Llamado a comparecer ante un tribunal para responder a los cargos formulados contra ellos. ↩
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Vinculante – En derecho o jurisprudencia, significa que algo debe ser observado o cumplido por un sujeto específico para el que fue creado. Por ejemplo, un contrato vinculante es un acuerdo que ambas partes deben cumplir, y si una no lo hace, la otra puede demandarla. ↩
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Nota del editor – Para apropiado, el autor ofrece un análisis extenso de la Ley de Dios y el Evangelio. Para inapropiado, ofrece un análisis más extenso de las leyes, los votos y las promesas humanas. Estos análisis son demasiado largos para incluirlos en este artículo; por lo tanto, remitimos al lector al vol. 8 de Las obras de William Perkins [The Works of William Perkins], págs. 14-55; disponible en Reformation Heritage Books, www.heritagebooks.org. ↩
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Prerrogativa – Privilegio exclusivo o derecho. ↩
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Oportunistas – Aquellos que se ajustan a opiniones actuales para obtener ventajas personales. ↩