La perspicuidad de las Escrituras
Thomas Boston (1676-1732)
Doctrina: “Las Escrituras son la regla para dirigir cómo podemos glorificar y disfrutar a Dios”. Aquí, sólo daré las propiedades de esta regla.
Es una regla perspicua1 o clara. Porque, aunque todas las cosas en la Escritura no son igualmente claras en sí mismas, ni igualmente claras para todos, sin embargo, aquellas cosas que son necesarias para ser conocidas, creídas y observadas para la salvación, están tan claramente propuestas y abiertas en uno u otro lugar de la Escritura que, no sólo los doctos, sino también los indoctos, en el debido sentido de los medios2 ordinarios, pueden llegar a una comprensión suficiente de las mismas.
(1) Con respecto a todas las cosas necesarias para la salvación, ya sea para la fe o para la práctica, no se puede negar que hay porciones de la Escritura muy oscuras, las cuales, posiblemente, no se interpretan de manera correcta, incluso hasta el día de hoy; pero en las cosas que son necesarias para la salvación, son claras. Y a este respecto, se ha dicho que las Escrituras son de una profundidad en la que un cordero puede vadear3 y un elefante puede nadar.
(2) Aunque algunas cosas, cuya fe es necesaria para la salvación, sean altos e incomprensibles misterios, como la doctrina de la Trinidad, de la encarnación del Hijo de Dios, etc., sin embargo, la manera de exponerlas es clara.
(3) Puede ser que lo que es verdaderamente necesario para la salvación, se establezca muy oscuramente en algún lugar de la Escritura; sin embargo, en algún otro lugar, encontraremos la misma cosa, claramente expuesta,…
(4) De modo que, no sólo los eruditos, sino también los indoctos, puedan llegar a comprenderlas suficientemente —lo cual, debes recordar cuidadosamente, se refiere aquí a los creyentes—. [Ellos] tienen la iluminación interior del Espíritu, quitando sus propias tinieblas naturales. Porque si lo entendiste acerca de los incrédulos, contradice lo que hemos establecido anteriormente, en relación con la necesidad de la iluminación espiritual. Y así, el sentido es que no sólo el cristiano erudito, sino también el ⦋cristiano⦌ indocto, pueden alcanzar una comprensión suficiente de la Palabra,…
(5) Siempre que hagan uso de los medios ordinarios establecidos por Dios para su comprensión: La lectura atenta y ferviente con oración y meditación en ellas, etc.
Esta perspicuidad de las Escrituras, la probaré con los siguientes argumentos.
(1) La Escritura enseña, claramente, su propia perspicuidad y claridad en este sentido. Es llamada lámpara y lumbrera (Sal. 119:105). El mismo capítulo de éste (dice), alumbra y hace entender a los simples (Sal. 119:130; ver Pr. 6:23). [En 2 P. 1:19], el Apóstol llama a las Sagradas Escrituras una antorcha y, en particular, a la palabra de profecía o a la palabra profética que de todas las demás parece la más oscura; sin embargo, a ésta la llama una antorcha, una antorcha que alumbra en un lugar oscuro, mostrando con ello que donde llega, brilla, aunque el lugar sea de por sí oscuro, disipa las tinieblas.
(2) Tal es la manera en que Dios ha entregado su Palabra que sus mandamientos no están alejados del entendimiento. El creyente más sencillo, no tiene razón para quejarse de la dificultad de ella en las cosas necesarias para la salvación. “Porque este mandamiento que yo te ordeno hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos. No está en el cielo, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros al cielo, y nos lo traerá y nos lo hará oír para que lo cumplamos? Ni está al otro lado del mar, para que digas: ¿Quién pasará por nosotros el mar, para que nos lo traiga y nos lo haga oír, a fin de que lo cumplamos? Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas” (Dt. 30:11-14).
(3) Si todas las cosas necesarias para la salvación son entendidas por todos los cristianos sinceros y esto por el Espíritu que mora en cada creyente, entonces las Escrituras son claras en todas las cosas necesarias para la salvación hasta para el creyente más sencillo. Entonces, lo primero es cierto: “El espiritual juzga todas las cosas” (1 Co. 2:15). “Vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas… La unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe, así… la misma unción os enseña todas las cosas” (1 Jn. 2:20, 27). Considerad a quién se dirige Juan —no sólo a los eruditos y a los grandes teólogos, sino a todos los creyentes, incluso a los niños pequeños— a todos los que tienen el Espíritu, el cual es común a todos: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Ro. 8:9).
(4) Las cosas que son necesarias para la salvación, están ocultas sólo a los incrédulos, “en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos”. En cuanto a los demás, Dios mismo se las ha enseñado (2 Co. 4:4, 6).
(5) Dios ha prometido escribir su Ley en los corazones de su pueblo y que Él mismo les enseñará a conocerle (Jer. 31:33-34). Por lo tanto, la Escritura debe ser, necesariamente, perspicua y clara en las cosas necesarias para la salvación porque lo que está escrito en nuestros corazones, no puede sino, ser claro para nosotros; y lo que Dios mismo nos enseña, no puede ser oscuro porque ¿quién enseña cómo Dios?
(6) Si las Escrituras no son claras en sí mismas para todos los creyentes, sino que toda su perspicuidad depende de la interpretación de la Iglesia, entonces nuestra fe ha de resolverse, en última instancia, en el testimonio del hombre. Pero eso no puede ser porque el testimonio humano no es infalible ni válido y, por lo tanto, no puede [establecer] una fe divina y una convicción infalible. La razón de la consecuencia es clara. Los oyentes están obligados, si no quieren fijar su fe en las vestiduras de los hombres, a comparar las interpretaciones dadas por los hombres con las Escrituras mismas (Hch. 17:11), lo cual sería totalmente impracticable, a menos que las Escrituras sean claras en sí mismas, en las cosas que son necesarias para la salvación.
(7) La perspicuidad de la Escritura aparece, si consideráis a su Autor —Dios mismo, el Padre de las luces— y el fin por el cual dio las Escrituras a la Iglesia, [a saber,] para que fueran regla de fe y de vida… Es una regla perfecta. No es necesario creer ni hacer nada más que lo que se puede encontrar allí. Es una regla perfecta por la que podemos caminar en la senda hacia el cielo y la gloria. ¿Qué puede ser más deseable que eso, en el texto, es “útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia”? “La ley de Jehová es perfecta” (Sal. 19:7). Las Escrituras fueron escritas para que los hombres tengan vida (Jn. 20:31), y consolación y esperanza en toda condición (Ro. 15:4).
Tomado de La divina autoridad de las Escrituras (The Divine Authority of the Scriptures) en Las obras completas de Thomas Boston (The Whole Works of Thomas Boston), Vol. 1, 37-40, de dominio público.
Oh, por tanto, antes que nada y por encima de todo, escudriñad la Escritura, estudiad la Escritura, meditad en la Escritura, deleitaos en la Escritura, atesorad la Escritura; ninguna sabiduría [se compara] con la sabiduría de la Escritura, ningún conocimiento con el conocimiento de la Escritura, ninguna experiencia con la experiencia de la Escritura, ningún consuelo con los consuelos de la Escritura, ningún deleite con los deleites de la Escritura, ninguna convicción con las convicciones de la Escritura, ni ninguna conversión con la conversión de la Escritura. —Thomas Brooks.
Footnotes
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Perspicuo – Expresado de manera comprensible y fácil de entender; la perspicuidad es la cualidad de ser comprensible y claro. ↩
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En el debido sentido… medios – La percepción adecuada mediante la lectura en oración o la escucha atenta de la Palabra de Dios. ↩
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Vadear – Pasar un río con un fondo firme y poco profundo, ya sea caminando, montado en caballería o en un vehículo. ↩