La necesidad de la Escritura

Octavius Winslow (1808-1878)

Los santos del Altísimo siempre considerarán su Palabra revelada como trascendentalmente preciosa, entre las cosas preciosas de Dios… Las obras de la creación, variadas y ricas en sus formas de belleza, mientras testifican del “poder y divinidad [de Dios]” —dejando así al hombre sin excusa por su ateísmo— no suministran en ninguna parte, una respuesta a la trascendental pregunta: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”. Dan [un obvio] y solemne testimonio de la apostasía1 del hombre, pero no testifican nada de su recuperación. Hablan de una humanidad caída, pero no de una humanidad restaurada. No hablan de un Salvador, de una esperanza de salvación del cielo. Puedo vagar con pensamientos tristes y reflexivos por las riberas soleadas de sus ríos caudalosos, puedo recorrer sus valles alfombrados o escalar sus montañas coronadas de nubes, deleitándome en medio de su belleza, su grandeza sublime2 y, sin embargo, no encontrar reposo para esta mente inquieta, ni paz para este corazón atribulado, ni esperanza para esta alma pecadora y perdida. ¡Ni una flor abajo, ni una estrella arriba, me hablan de JESÚS, un Salvador!3

Me refiero al “glorioso evangelio del Dios bendito” (1 Ti. 1:11) y mi condición como pecador arruinado, autodestruido y condenado se encuentra con ese único, pero completo y sublime anuncio: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Ti. 1:15). Amado lector, el reino de la naturaleza, repleto como está de la sabiduría, el poder y la benevolencia de Jehová —cada espiga de hierba, cada sencilla flor, cada montaña imponente, cada estrella centelleante, reprende la negación de Dios por parte del “necio”— nunca puede revelar cómo puedes ser perdonado, justificado4 y salvado. Ninguna solución puede proporcionarse al gran problema moral del universo: Cómo puede Dios ser justo y, sin embargo, el justificador de los impíos (Ro. 3:26). El “Evangelio de la gracia de Dios”… satisface, al máximo, tu condición como pecador, sacando a la luz, la vida y la inmortalidad, y revelándote así, una esperanza, resplandeciente y eterna, más allá de la penumbra y la corrupción de la tumba… Todo lo que es solemne y precioso para nosotros como creyentes, está ligado al hecho de que el Libro en el que basamos nuestra esperanza en el futuro es lo que declara ser: La Palabra del Señor.

En el momento en que nuestra fe en la divinidad de las Sagradas Escrituras se tambalea, todo lo demás tiembla con ella. La vida, en todas sus relaciones morales, presenta otro aspecto totalmente distinto. Su follaje se marchita, sus flores se arruinan, sus manantiales se amargan, y todo el panorama del presente y del futuro se envuelve en tinieblas y desesperación. No es de extrañar entonces, que el error plante su fuerte y severa batería frente a ésta, la doctrina más preciosa de nuestra fe: La inspiración divina de las Escrituras.

Con cuánta verdad ha descrito el Apóstol la mente incrédula: “El dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Co. 4:4). Consideramos entonces, de infinita importancia que nuestra fe en la divinidad de la Biblia, en la inspiración plenaria de las Escrituras, se fortalezca cada vez más; y que todo lo que tienda a instruirnos y confirmarnos en esta doctrina de nuestra fe —sea un hecho de la historia, un descubrimiento de la ciencia o una página en el volumen de nuestra historia personal— lo acojamos con avidez y lo reconozcamos con devota acción de gracias y alabanza.

¡Que el Señor te guarde, lector mío, de los bajos conceptos de la inspiración divina que prevalecen en nuestros días! Si este fundamento es destruido o incluso, aparentemente sacudido, ¿qué otra cosa tiene tu alma inmortal para edificar, sino arenas movedizas a cada paso, pasando a la eternidad, sobre las cuales se hunde tu alma, más y más, en la duda, la oscuridad y la desesperación? Como Palabra del Señor entonces, es preciosísima. No podría poseer ningún valor intrínseco5 aparte de este hecho: La Biblia afirma ser, nada menos, que la Palabra de Dios. “Toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Ti. 3:16) y “los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P. 1:21). Abrimos las [carátulas] de este volumen sagrado y escuchamos la voz de Dios —a veces con un trueno formidable, otras con una música fascinante; unas veces con una majestad sublime, otras con la dulzura del susurro de un niño— en la misericordia y en el juicio, la Palabra de Dios habla…

Volvemos al pensamiento de que la Palabra de Dios es preciosa porque es verdadera y enfáticamente su Palabra —la Palabra de Jehová—. ¡Y cuando el creyente abre la Biblia, lo hace con la profunda y solemne convicción de que está a punto de escuchar la voz de Dios! Pero no sólo es preciosa la Palabra de Dios como revelación de su Ser y perfecciones, sino que para el hijo de Dios lo es, peculiarmente, como revelación de la mente y la voluntad de Dios porque cuáles fueron los pensamientos y propósitos de Dios, sólo pueden deducirse, vagamente, de las obras y operaciones externas de la naturaleza. Si estos pensamientos divinos han de ser conocidos por el hombre, Dios mismo debe revelarlos. “¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?” (Job 11:7)… El rostro de la naturaleza, el semblante natural de Dios, está repleto de su poder, sabiduría y belleza. Hay suficiente de su divinidad para confundir y silenciar el ateísmo más profundo y ruidoso del hombre. Pero la naturaleza no puede ir más lejos. Me conduce al vestíbulo6, pero no puede conducirme a la gloria interior. Me dice que hay un Dios, pero no me revela su naturaleza y carácter como Padre y como un Dios que perdona los pecados.

Pero allí donde la naturaleza me abandona, la revelación viene en mi ayuda. De ahí, la alta estima en que se representa a Dios con respecto a su propia Palabra. “Porque has engrandecido… tu palabra sobre todas las cosas” (Sal. 138:2). Es decir, Dios ha magnificado su Palabra por encima de cualquier otra de sus manifestaciones, no habiendo tal revelación e ilustración de la Deidad como la que se encuentra en su Palabra revelada. ¿Es cierto que los cielos y la tierra declaran la gloria de Dios? ¿Atestigua la Providencia su Gobierno divino? ¡Cuánto más, su Verdad revelada! ¡Verdaderamente, “has engrandecido tu palabra sobre todas las cosas”! Como revelación de su carácter, la Palabra de Dios es preciosa. Lo que deducimos del carácter moral de Dios a partir del reino de la naturaleza es más inferencial7 que afirmativo. De su creación, inferimos el Ser de Dios; de su belleza, inferimos que Dios es hermoso; de sus maravillas, inferimos que Dios es grande; de la admirable unidad y adecuación de todas sus partes, inferimos que Dios es sabio; de las misericordiosas bendiciones tan rica y profusamente esparcidas sobre su faz, inferimos que Dios es bueno; y de los juicios que siguen al pecado y recaen sobre el pecador, inferimos que Dios es santo y justo. Pero para obtener una revelación clara, positiva y completa del carácter de Dios como un Dios justo, santo, sabio, misericordioso y que perdona el pecado, debemos recurrir a su Palabra escrita. Dios ha revelado más de su carácter moral, perfecciones y gloria, en las siguientes palabras pronunciadas a Moisés en el monte Sinaí, en medio de las terribles señales de su majestad, que en todas las bellezas, maravillas y excelencias de su obra creada: “Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová. Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Éx. 34:5-7).

¡Qué glorioso despliegue de Dios! ¡Qué prefiguración del despliegue, aún más rico, del Evangelio! Si Dios fue tan glorioso en el monte Sinaí, ¡cuánto más debe ser su gloria revelada en el monte Calvario! Como revelación del amor de Dios, su Palabra es, inefablemente, preciosa. Queremos conocer más que la mente de Dios. Somos pecadores y queremos leer su corazón —su corazón amoroso, lleno de gracia y perdonador de pecado—. Queremos conocer, no sólo cuáles son sus pensamientos y propósitos, sino cuáles son sus [pensamientos] hacia nosotros. ¿Nos ama? ¿Nos sonríe su justicia? ¿Se expande su corazón con misericordia y brilla con afecto hacia nosotros? Sólo la Biblia proporciona la respuesta a estas preguntas trascendentales. Allí, leemos —como no se lee en ninguna parte de este vasto y hermoso universo— “Dios es amor” (1 Jn. 4:8, 16). Y cuando nos acercamos aún más al tema, penetrando más profundamente en el corazón de Dios, ¡qué trascendente y maravilloso despliegue de su amor es presentado en el regalo de su amado Hijo! Leamos la declaración, a menudo leída antes, pero para leer una y otra vez con profundo asombro, gratitud y alabanza: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16)…

¡Cuán preciosa debe ser para nuestros corazones aquella Palabra que contiene tales declaraciones y revela tales verdades! Bien puede exclamar el Apóstol: “¡Aquí está el amor!”, como si hubiera dicho y hubiera podido añadir: “¡Y en ningún otro lugar, sino aquí!”. En ninguna parte arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra; ninguna estrella, ninguna flor, ninguna criatura, así revela, expresa y encarna de tal manera el amor de Dios como el regalo de su amado Hijo para morir por nuestros pecados. ¡Oh, qué amor es éste! “de tal manera amó Dios al mundo” —¡de tal manera amó que entregó a Jesús!—. ¡Jesús es el más precioso exponente del amor de Dios; Jesús desciende del seno de su amor; Jesús descorre el velo de su amor; Jesús es la expresión de su amor, el amor de Dios encarnado, el amor de Dios que habla, que trabaja, que muere, que redime! Parecería imposible que el amor pudiera llegar más allá de esto…

Oh, aférrate entonces, a la Palabra de Cristo… Desde su principio hasta su fin, [ésta es] un registro del Señor Jesús. Alrededor de Él, el divino y glorioso Centro, se reúnen todos sus maravillosos tipos, profecías y hechos. Su promesa y prefiguración, su santa encarnación, natividad y bautismo, su obediencia y pasión, su muerte, sepultura y resurrección, su ascensión al cielo, su Segunda Venida para juzgar al mundo y establecer su glorioso Reino, son las verdades grandiosas y conmovedoras, sublimes y tiernas, invaluables y preciosas que se entretejen con toda la textura de la Biblia…

Amados, que éste sea el único y principal objeto de vuestro estudio de la Biblia: El conocimiento de Jesús. La Biblia no es una historia, ni un libro de ciencia, ni un poema —es un registro de Cristo—. Estúdiala para conocer más de Él, de su naturaleza, de su amor, de su obra. [Digamos como] Pablo con su [gran corazón]: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Fil. 3:8). Entonces, la Palabra de Dios se hará cada vez más preciosa para tu alma y sus verdades se desplegarán. Trazarás la historia de Jesús, verás la gloria de Jesús, admirarás la obra de Jesús, aprenderás el amor de Jesús y oirás la voz de Jesús en cada página. Todo el volumen estará [perfumado con] su nombre e iluminado con su belleza. ¡Oh, qué sería para nosotros la Biblia sin la revelación de un Salvador! ¡Existe un gran peligro de estudiarla, sólo intelectual y científicamente, de deleitarnos en sus bellezas literarias y en su grandeza, ciegos a su verdadero valor y sin ningún deseo de conocer a ese precioso Salvador que murió por los pecadores, a ese divino Redentor que pagó el rescate de su Iglesia con su propia sangre; a ese Amigo que nos ama, a ese Hermano que simpatiza con nosotros, a ese Sumo Sacerdote entronizado que intercede por nosotros detrás del velo!… ¿Estudiamos la “Palabra de Cristo”, espiritual y honestamente, como aquellos cuyas almas tienen hambre y sed de este pan y esta agua de vida? ¿La buscamos con diligencia y seriedad como si fuera un tesoro escondido —un tesoro más allá de todo precio—? ¿La leemos con una mente infantil, la recibimos con un corazón creyente, nos inclinamos ante sus enseñanzas con reverencia de alma y recibimos sus declaraciones en todas las cuestiones de fe y práctica como decisivas y definitivas? En resumen, ¿escudriñamos las Escrituras humildemente, en oración, dependiendo de la guía del Espíritu, para encontrar a Jesús en ellas? De estas Escrituras, Él es el Alfa y la Omega, la sustancia, la dulzura, la gloria —el tema único, precioso, absorbente—.

Tomado de Cosas preciosas de Dios (Precious Things of God), de dominio público.


Octavius Winslow (1808-1878): Pastor no conformista; nacido en Londres, Inglaterra, criado en Nueva York, enterrado en el Cementerio de Abbey, Bath, UK.

Footnotes

  1. Apostasía – Alejarse de Dios por el pecado. Ver Portavoz de la Gracia N° 41: Apostasía. Disponible en Chapel Library.

  2. Sublime – Altura elevada; cualidad que despierta sentimientos de asombro.

  3. Nota del editor – El autor muestra aquí, nuestra desesperada necesidad de una revelación especial en comparación con la revelación general.

  4. Justificado – Declarado justo por la fe en el Salvador Jesucristo crucificado y resucitado. Ver Portavoz de la Gracia N° 4: Justificación. Disponible en Chapel Library.

  5. Intrínseco – Que es propio o característico de la cosa que se expresa por sí misma.

  6. Vestíbulo – Espacio de entrada.

  7. Inferencial – Deductivo.