La Roca inexpugnable

Arthur W. Pink (1886-1952)

El cristianismo es la religión de un Libro. El cristianismo está basado en la roca inexpugnable1 de la Sagrada Escritura. El punto de partida de toda discusión doctrinal debe ser la Biblia. Sobre el fundamento de la inspiración2 divina de la Biblia, se levanta o cae todo el edificio de la verdad cristiana: “Si fueren destruidos los fundamentos, ¿qué ha de hacer el justo?” (Sal. 11:3). Renuncia al dogma3 de la inspiración verbal4 y quedarás como un barco sin timón en un mar tempestuoso —a merced de cualquier viento que le sople—. Niega que la Biblia es, sin reservas, la mismísima Palabra de Dios, y quedarás sin ningún estándar final de medida y sin ninguna autoridad suprema. Es inútil discutir cualquier doctrina enseñada por la Biblia hasta que estés preparado para reconocer, sin reservas, que la Biblia es el tribunal definitivo de apelación. Admite que la Biblia es una revelación5 divina y una comunicación de la propia mente y voluntad de Dios a los hombres, y tendrás un punto de partida firme desde el cual se puede avanzar en el dominio de la verdad. Reconoce que la Biblia es (en sus manuscritos originales) inerrante6 e infalible7, y llegarás al punto en que el estudio de su contenido te será práctico y provechoso.

Es imposible sobrestimar la importancia de la doctrina de la inspiración divina de la Escritura. Éste es el centro estratégico de la teología cristiana y debe ser defendido a toda costa. Es el punto al que nuestro enemigo satánico lanza, constantemente, sus batallones infernales. Aquí fue donde hizo su primer ataque. En el Edén preguntó: “¿Conque Dios os ha dicho…?” (Gn. 3:1), y hoy sigue con la misma táctica. A lo largo de los siglos, la Biblia ha sido el objeto central de sus ataques. Cada arma disponible en el arsenal del diablo ha sido empleada en sus esfuerzos determinados e incesantes para destruir el templo de la verdad de Dios. En los primeros días de la era cristiana, el ataque del enemigo se hizo abiertamente —siendo la hoguera el principal instrumento de destrucción— pero, en estos “últimos días”, el asalto se hace de una manera más sutil y proviene de un lugar más inesperado. El origen divino de las Escrituras se discute ahora en nombre de la “erudición” y la “ciencia”, y eso también lo hacen aquellos que profesan ser amigos y defensores de la Biblia. Gran parte del aprendizaje y la actividad teológica del momento, se concentran en el intento de desacreditar y destruir la autenticidad y autoridad de la Palabra de Dios, con el resultado de que miles de cristianos nominales8 se ven sumidos en un mar de dudas. Muchos de aquellos a quienes se les paga por pararse en nuestros púlpitos y defender la verdad de Dios, son ahora los mismos que se dedican a sembrar las semillas de la incredulidad y a destruir la fe de aquellos a quienes ministran. Pero estos métodos modernos no tendrán más éxito en sus esfuerzos por destruir la Biblia que los empleados en los primeros siglos de la era cristiana. Como podrían los pájaros intentar demoler la roca de granito de Gibraltar picoteándola con sus picos —“Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos” (Sal. 119:89)—.

Ahora, la Biblia no teme la investigación. En lugar de temerla, la Biblia invita y desafía la consideración y el examen. Cuanto más se le conozca, cuanto más se le lea, cuanto más se le estudie cuidadosamente, tanto más se le recibirá sin reservas como Palabra de Dios. Los cristianos no son una compañía de fanáticos entusiastas. No son amantes de los mitos. No están ansiosos por creer un engaño. No desean que sus vidas sean moldeadas por una superstición vacía. No desean confundir la alucinación con la inspiración. Si se equivocan, quieren ser puestos en lo recto. Si son engañados, quieren ser desilusionados. Si están equivocados, desean ser corregidos.

La primera pregunta que debe responder el lector reflexivo de la Biblia es: “¿Qué importancia y valor debo darle al contenido de las Escrituras? ¿Acaso los escritores de la Biblia eran fanáticos movidos por un frenesí oracular9? ¿Fueron sólo inspirados poéticamente y elevados intelectualmente?”. O ¿fueron, como decían ser y como afirman las Escrituras, inspirados por el Espíritu Santo (2 P. 1:21) para actuar como la voz de Dios ante un mundo pecador? ¿Fueron los escritores de la Biblia inspirados por Dios en una manera como no lo fueron otros hombres en ninguna otra época del mundo? ¿Estaban investidos y dotados con el poder de revelar misterios e indicar a los hombres el camino hacia lo que, de otro modo, habría sido un futuro inescrutable10?

Uno puede apreciar, fácilmente, el hecho de que la respuesta a estas preguntas es de suprema importancia. Si la Biblia no es inspirada en el sentido más estricto de la palabra, entonces carece de valor porque pretende ser la Palabra de Dios. Y si sus afirmaciones son espurias11, entonces sus declaraciones no son fiables y su contenido no es digno de confianza. Si, por el contrario, puede demostrarse a satisfacción de todo investigador imparcial que la Biblia es la Palabra de Dios, inerrante e infalible, entonces tenemos un punto de partida desde el cual podemos avanzar hacia la conquista de toda la verdad.

Un libro que afirma ser una revelación divina —una afirmación que… está respaldada por las credenciales más convincentes— no puede ser rechazado o incluso descuidado, sin grave peligro para el alma. La verdadera sabiduría no puede negarse a examinarlo con cuidado e imparcialidad. Si las afirmaciones de la Biblia están bien fundadas, entonces el estudio diligente y en oración de las Escrituras, adquiere una importancia primordial: tienen un derecho sobre nuestra atención y tiempo que nada más tiene y, a su lado, todo en este mundo pierde su brillo y se hunde en la más absoluta insignificancia. Si la Biblia es la Palabra de Dios, entonces trasciende12 infinitamente en valor, a todos los escritos de los hombres; y en proporción exacta a su inconmensurable superioridad sobre las producciones humanas, tal es nuestra responsabilidad y deber de darle la más reverente y seria consideración.

Como revelación divina, la Biblia debe ser estudiada; sin embargo, éste es el único tema sobre el cual la curiosidad humana no desea información. En todas las demás esferas, el hombre impulsa sus investigaciones; pero el Libro de los libros es descuidado y esto, no sólo por los ignorantes e iletrados, sino también por los sabios de este mundo. El diletante13 culto se jactará de conocer a los sabios de Grecia y Roma, sin embargo, sabrá poco o nada de Moisés y los profetas, de Cristo y sus apóstoles. Pero el descuido general de la Biblia confirma las Escrituras y proporciona una prueba adicional de su autenticidad. El desprecio con el que se trata la Biblia, demuestra que la naturaleza humana es, exactamente, como la Palabra de Dios la representa —caída y depravada— y es una prueba inequívoca de que la mente carnal está en enemistad14 contra Dios.

Si la Biblia es la Palabra de Dios; si se encuentra en un plano infinitamente exaltado por sí sola; si trasciende inconmensurablemente sobre todas las más grandes producciones del genio humano; entonces, naturalmente deberíamos esperar encontrar que tiene credenciales únicas, que hay marcas internas que prueban que es la obra de Dios, que hay evidencia concluyente para mostrar que su Autor es sobrehumano, divino. El propósito de este [texto] es demostrar que estas expectativas se cumplen; que no hay razón alguna para que alguien dude de la inspiración divina de las Escrituras. Al examinar el mundo natural, encontramos innumerables pruebas de la existencia de un Creador personal y el mismo Dios que se ha manifestado a través de sus obras, también ha revelado su sabiduría y voluntad, a través de su Palabra. El Dios de la creación y el Dios de la revelación escrita son Uno y hay argumentos irrefutables15 para demostrar que el Todopoderoso, Quien hizo los cielos y la tierra, es también el autor de la Biblia.

Tomado de La divina inspiración de la Biblia (The Divine Inspiration of the Bible), de dominio público.


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia y autor; nacido en Nottingham, Inglaterra. Reino Unido.

Footnotes

  1. Inexpugnable – Imposible de ser derrotado o vencido.

  2. Inspiración – La acción de Dios por medio del Espíritu Santo sobre un autor humano, por la cual, éste es infaliblemente movido y guiado en su escritura para que sus palabras sean las palabras de Dios. Los compositores o poetas modernos afirman que sus escritos son “inspirados” y se dice que los actores, músicos y atletas realizan actuaciones “inspiradas”; esto debilita la idea de inspiración. Por eso, algunos teólogos prefieren el término inspirado por Dios. Éste es el significado literal de teopneustos en 2 Timoteo 3:16, que es “inspirada por Dios”.

  3. Dogma – Principio autoritativo o doctrina.

  4. Inspiración verbal – El acto de Dios por el Espíritu Santo de autorizar cada palabra de la Escritura, no solamente sus pensamientos o ideas.

  5. Revelación – Conocimiento que Dios comunica al hombre, especialmente, revelándose a Sí mismo y su voluntad por diversos medios, entre ellos, la Biblia. La revelación y la inspiración están relacionadas: La revelación comunica el conocimiento de Dios por distintos medios. La inspiración preservó del error a los autores humanos de la Biblia cuando escribieron el contenido de las Escrituras, dándonos así una Biblia infalible por la cual somos sabios para la salvación. La revelación suele dividirse en revelación general —naturaleza, historia, conciencia— y revelación especial —el Hijo de Dios encarnado y la Palabra de Dios escrita—.

  6. Inerrante – Sin error.

  7. Infalible – Sin capacidad para fallar: “La palabra ha comunicado, esencialmente, el mismo significado durante, al menos, cinco siglos, del XV al XX. ‘Infalible’ es mucho más fuerte que ‘seguro’ o ‘inerrante’, puesto que comunica una imposibilidad teórica de cometer errores. Una persona puede sacar el 100% en un examen de inglés. En ese examen en concreto, la persona estaba ‘segura’ o ‘inerrante’. Sin embargo, eso no indica que la persona sea incapaz de fallar una pregunta en un examen. Por lo tanto, se puede escribir con certeza sin ser, necesariamente, infalible. Pero la infalibilidad, la incapacidad de fallar, sí garantiza la certeza” (L. Russ Bush y Tom J. Nettles, Los bautistas y la Biblia [Baptists and the Bible], revisado y ampliado, 50).

  8. Nominal – Sólo de nombre.

  9. Frenesí oracular – Comunicaciones supuestamente divinas, pronunciadas por profetas dementes.

  10. Inescrutable – Que no puede ser entendido o averiguado. Que no se puede ‘escrutar’: Observar o examinar algo o a alguien con mucha atención y minuciosidad.

  11. Espurias – Falsas, ilegítimas, no auténticas.

  12. Trasciende – Va más allá, se eleva por encima de los límites; sobrepasa.

  13. Diletante – Aficionado que se dedica a una actividad sin intenciones serias y que pretende tener conocimientos.

  14. Enemistad contra – Hostil a; condición de ser enemigo.

  15. Irrefutable – Imposible de negar o refutar.