Jesús y la autoridad bíblica

Benjamin B. Warfield (1851-1921)

En todas partes, tanto para [Jesús] como para [sus discípulos], una apelación a la Escritura es una apelación a una autoridad indefectible1, cuya determinación es definitiva. Tanto Él como ellos apelan, indiferentemente, a cada parte de la Escritura, a cada elemento de la Escritura, a sus cláusulas más incidentales, así como a sus principios más fundamentales y a la forma misma de su expresión.

Esta actitud hacia la Escritura como documento de autoridad queda, de hecho, ya insinuada por su constante designación de la misma con el nombre de Escritura, las Escrituras, es decir, “el Documento”, a modo de eminencia2 y por su citación habitual de la misma con la sencilla fórmula: “Escrito está”. Lo que está escrito en este documento, admite tan poco cuestionamiento que su cualidad autoritativa no requiere afirmación, sino que puede darse por sentado. Ambos modos de expresión, pertenecen a los [hábitos] constantemente ilustrados del discurso de nuestro Señor.

Las primeras palabras que se registra que pronunció después de su manifestación a Israel, fueron una apelación a la incuestionable autoridad de la Escritura: ¡A las tentaciones de Satanás, no opuso otra arma que el definitivo “Escrito está” (Mt. 4:4, 7, 10; Lc. 4:4, 8)! Y entre las últimas palabras que dirigió a sus discípulos antes de ser recibido arriba, había una exhortación a ellos por no comprender “que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de ⦋Él⦌ en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (Lc. 24:44) —es decir, en toda la Escritura— “era necesario que se cumpliese [muy enfáticamente]” (Lc. 24:44). “Así está escrito” (Lc. 24:46), dice Él, como mostrando lo absurdo de toda duda. Pues, como ya había explicado anteriormente ese mismo día (Lc. 24:25 ss.), sólo se argumenta que son “insensatos, y tardos de corazón”, si no se “cree [si su fe no descansa con seguridad, como sobre un fundamento firme] todo [sin límite de materia aquí] lo que los profetas [explicado en el v. 27 como equivalente a ‘todas las Escrituras’] han dicho”.

La necesidad del cumplimiento de todo lo que está escrito en la Escritura, lo cual se afirma con tanta fuerza en estas últimas instrucciones a sus discípulos, es frecuentemente [referida] por nuestro Señor. Él explica, repetidamente, que los sucesos que ocurren ocasionalmente, han sucedido para que la Escritura se cumpla (Mr. 14:49; Jn. 13:18; 17:12; cf.3 12:14; Mr. 9:12-13). Por lo tanto, basándose en las declaraciones de las Escrituras, anuncia con confianza que determinados acontecimientos ocurrirán con toda seguridad: “Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche; porque escrito está…” (Mt. 26:31; Mr. 14:27; cf. Lc. 20:17). Aunque tiene a su disposición amplios medios de escape, Él se inclina ante las calamidades que se avecinan, pues, pregunta: “¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (Mt. 26:54)… Su fracaso se debe, no a las Escrituras, sino a ellos mismos, que leen las Escrituras con tan poco provecho.

Del mismo modo, nuestro Señor se asombra a menudo, del escaso efecto de la lectura de la Escritura, no porque se la haya examinado con demasiada curiosidad, sino porque no se la ha examinado con suficiente seriedad, con una confianza suficientemente sencilla y firme en cada una de sus declaraciones. “¿No habéis leído esta Escritura?”, exige, mientras aduce4 el Salmo 118 para demostrar que el rechazo del Mesías ya estaba señalado en la Escritura (Mr. 12:10; Mt. 21:42 varía la expresión hasta el equivalente: “¿Nunca leísteis en las Escrituras?”). Y cuando los judíos indignados vinieron a Él quejándose de los Hosannas con que los niños en el Templo le aclamaban y exigiendo: “¿Oyes lo que éstos dicen?”. Él les respondió, sencillamente: “Sí; ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza?” (Mt. 21:16).

El pensamiento subyacente de estos pasajes se expresa cuando Él da a entender que la fuente de todo error en las cosas divinas es, simplemente, la ignorancia de las Escrituras: “Erráis”, declara a sus interrogadores en una ocasión importante, “ignorando las Escrituras” (Mt. 22:29) o como se expresa, tal vez más forzosamente en forma de interrogante, en su paralelo en otro Evangelio: “¿No erráis por esto, porque ignoráis las Escrituras y el poder de Dios?” (Mr. 12:24). Es evidente que quien conoce bien las Escrituras, no yerra.

La confianza con la que Jesús se apoyaba en la Escritura en cada una de sus declaraciones, se ilustra aún más, en un pasaje como Mateo 19:4-6. Ciertos fariseos habían venido a Él con una pregunta sobre el divorcio y Él les respondió así: “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne?… por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”. El punto a destacar es la referencia explícita de Génesis 2:24 a Dios como su autor: “El que los hizo… dijo”; “por tanto, lo que Dios juntó”. Sin embargo, este pasaje no nos da un dicho de Dios registrado en la Escritura, sino sólo la palabra de la Escritura misma y puede ser tratado como una declaración de Dios, sólo en la hipótesis de que toda la Escritura es una declaración de Dios. El paralelo en Marcos 10:5 ss., con la misma verdad, aunque no tan explícitamente, asigna el pasaje a Dios como su autor, citándolo como ley autoritativa y hablando de su promulgación como un acto de Dios. Y es interesante observar de paso que Pablo, teniendo ocasión de citar el mismo pasaje (1 Co. 6:16), también lo cita explícitamente como palabra divina: “Porque ⦋Él⦌ dice: los dos serán una sola carne” —ese “Él” implícito aquí, de acuerdo con un uso que se observará más adelante, sólo significa “Dios”—.

Así queda claro que el hecho de que Jesús aduce, ocasionalmente, la Escritura como documento autorizado, se basa en la atribución de la misma a Dios como su autor. Su testimonio es que todo lo que está escrito en la Escritura es palabra de Dios. Tampoco podemos [quitar] la fuerza de este testimonio con el argumento de que representa a Jesús sólo en los días de su carne, cuando se puede suponer que reflejaba, meramente, las opiniones de su época y generación. El punto de vista de la Escritura que Él anuncia era, sin duda, el punto de vista de su época y generación, así como su propio punto de vista. Pero no hay razón para dudar de que la sostuvo, no porque fuera la opinión corriente, sino porque, en su conocimiento divino-humano, sabía que era verdadera. Porque, incluso en su humillación5, Él es el testigo fiel y verdadero. Y, en cualquier caso, debemos tener en cuenta que ésta era la opinión, tanto del Cristo resucitado como del humillado6. Fue después de haber sufrido y de haber resucitado con el poder de su vida divina, cuando declaró insensatos y tardos de corazón a los que no creen todo lo que está escrito en todas las Escrituras (Lc. 24:25) y cuando estableció el sencillo, “así está escrito” como fundamento suficiente para creer con confianza (Lc. 24:46).

Tampoco podemos explicar el testimonio de Jesús sobre la confiabilidad divina de la Escritura, interpretándola no como propia, sino como la de sus seguidores, puesta en sus labios en los reportes que ellos dieron de las palabras de Jesús. No sólo es demasiado constante, minucioso, íntimo y en parte incidental, y, por lo tanto, como si estuviera encubierto, admitir esta interpretación; sino que impregna de tal manera todos nuestros canales de información sobre las enseñanzas de Jesús, que es seguro que proceden realmente de Él. Pertenece, no sólo al Jesús de nuestros registros evangélicos, sino también al Jesús de las fuentes anteriores que subyacen en nuestros registros evangélicos, como cualquiera puede asegurarse observando los casos en que Jesús aduce las Escrituras que se registran en más de uno de los Evangelios como divinamente autoritativas, e.g.7, “escrito está” (Mt. 4:4, 7, 10; Lc. 4:4, 8, 10; Mt. 11:10; Lc. 7:27; Mt. 21:13; Lc. 19:46; Mr. 11:17; Mt. 26:31; Mr. 14:21); “la Escritura” o “las Escrituras” (Mt. 19:4; Mr. 10:9; Mt. 21:42; Mr. 12:10; Lc. 20:17; Mt. 22:29; Mr. 12:24; Lc. 20:37; Mt. 26:56; Mr. 14:49; Lc. 24:44). Estos pasajes serían suficientes por sí solos para dejarnos claro el testimonio de Jesús sobre la Escritura como divinamente autoritativa en todas sus partes y declaraciones.

Tomado de Las obras de Benjamin B. Warfield: Revelación e inspiración (The Works of Benjamin B. Warfield: Revelation and Inspiration), Vol. 1, de dominio público.


Benjamin Breckinridge Warfield (1851-1921): Profesor presbiteriano de teología en el Seminario de Princeton; nacido cerca de Lexington, KY, EE.UU.

No debemos contentarnos con haber dado una lectura superficial a uno o dos capítulos, sino que, con la luz del Espíritu, debemos buscar, deliberadamente, el sentido oculto de la Palabra. La Sagrada Escritura requiere búsqueda —gran parte de ella, sólo puede aprenderse mediante un estudio cuidadoso—. Hay leche para los niños, pero también alimento sólido para los hombres fuertes. Los rabinos dicen, sabiamente, que una montaña de conocimiento pende de cada palabra, sí, de cada línea de la Escritura. Tertuliano exclama: “Adoro la plenitud de las Escrituras”. Ningún hombre que se limite a hojear el libro de Dios, puede sacar provecho de él; hay que cavar y minar hasta obtener el tesoro escondido. La puerta de la Palabra sólo se abre con la llave de la diligencia. Las Escrituras exigen ser escudriñadas. Son los escritos de Dios, llevan el imprimátur8 y el sello divino —¿quién se atreverá a tratarlas con ligereza?—. Quien las desprecia, desprecia al Dios, Quien las escribió. Dios no permita que alguno de nosotros deje que nuestras Biblias se conviertan en prestos testigos en nuestra contra en el gran Día del Juicio. La Palabra de Dios recompensará la búsqueda. Dios no nos ordena que cernamos una montaña de paja con un grano de trigo aquí y allá, sino que la Biblia es maíz aventado —sólo tenemos que abrir la puerta del granero y encontrarlo—. —Charles Spurgeon

Estudia las Escrituras de la verdad con un corazón en oración para que el poder, la luz y la unción del Espíritu Santo te acompañen. La Palabra no es más que letra muerta, si es desatendida por el Espíritu. La Palabra de Dios es una “espada”, pero la espada es eficaz, sólo cuando es empuñada por el poder del Espíritu. —Octavius Winslow

Toda la Escritura no es sino una completa carta de amor, enviada por el Señor Cristo a su amada esposa. —Thomas Brooks

Footnotes

  1. Indefectible – Incapaz de presentar defectos o fallos; perfecto.

  2. Eminencia – Superioridad distinguida.

  3. cf. – (Latín = Confer); comparar.

  4. Aduce – Citar o referenciar como evidencia.

  5. Incluso… humillación – Días en que se hizo hombre, “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:8).

  6. Humillado – Degradado, despreciado, vapuleado, deshonrado.

  7. e.g. –(Latín = Ejemplo gratia); por ejemplo.

  8. Imprimátur – (Latín = Imprimatur); licencia para imprimir.