Infalibilidad y autoridad
Charles Hodge (1797-1878)
La infalibilidad y la autoridad divina de las Escrituras se deben al hecho de que son la Palabra de Dios; y son la Palabra de Dios porque fueron dadas por inspiración del Espíritu Santo… Está probado que los hombres inspirados fueron instrumentos1 de Dios, en tal sentido, que sus palabras deben ser recibidas, no como palabra de hombre, sino según es verdad, la palabra de Dios (1 Ts. 2:13),…
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Del significado y uso de la palabra. Se admite, por supuesto, que las palabras deben entenderse en su sentido histórico. Si se puede demostrar qué idea tenían los hombres que vivían en la época apostólica de la palabra teopneustos y sus equivalentes, esa es la idea que los apóstoles pretendían expresar con ellas. Todas las naciones han tenido la creencia, no sólo de que Dios tiene acceso a la mente humana y puede controlar sus operaciones, sino que, a veces, tomó tal posesión de personas [específicas] como para hacerlas instrumentos de sus comunicaciones… De acuerdo con toda la tradición, un hombre inspirado era el instrumento de Dios en lo que decía, de modo que sus palabras eran las palabras del dios del cual él era el instrumento. Por lo tanto, cuando los escritores sagrados usan las mismas palabras y formas de expresión que los antiguos usaban para transmitir esa idea, debe suponerse con toda honestidad que quieren significar lo mismo.
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Que ésta es la idea bíblica de la inspiración, se demuestra, además, por el significado de la palabra profeta. Los escritores sagrados dividen las Escrituras en “la ley y los profetas”. Como la ley fue escrita por Moisés, y como Moisés fue el mayor de los profetas, se deduce que todo el Antiguo Testamento fue escrito por profetas. Por lo tanto, si podemos determinar la idea escritural de un profeta, determinaremos así, el carácter de sus escritos y la autoridad que se les debe. Un profeta entonces, en el sentido escritural del término, es un portavoz, alguien que habla por otro en su nombre y por su autoridad, de modo que no es el portavoz, sino la persona por la que actúa, quien es el responsable de la verdad de lo que se dice. En Éxodo 7:1, se dice: “Mira, yo te he constituido dios para Faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta”, es decir, tu portavoz. Esto se explica por lo que se dice en Éxodo 4:14-16: “¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla bien?… Tú hablarás a él, y pondrás en su boca las palabras, y yo estaré con tu boca y con la suya, y os enseñaré lo que hayáis de hacer. Y él hablará por ti al pueblo; él te será a ti en lugar de boca, y tú serás para él en lugar de Dios” (Ver Jer. 36:17-18). Esto determina, definitivamente, lo que es un profeta. Es la boca de Dios, aquel a través del cual Dios habla al pueblo, de modo que lo que dice el profeta, lo dice Dios. Por eso, cuando se consagraba a un profeta, se decía: “He aquí, he puesto mis palabras en tu boca” (Jer. 1:9; Is. 51:16).
Este concepto bíblico de lo que es un profeta, se desprende, además, de las fórmulas constantemente recurrentes que se refieren a sus deberes y a su misión. Era el mensajero de Dios; hablaba en nombre de Dios; las palabras “así dice el Señor” estaban, continuamente, en su boca. Se dice que “la palabra del Señor” vino a este profeta y sobre aquel; “el Espíritu vino sobre él”, “el poder” o “la mano” de Dios estaba sobre él, todo lo cual implica que el profeta era el instrumento de Dios, que lo que decía, lo decía en nombre de Dios y por su Autoridad… Esto es, precisamente, lo que enseña el apóstol Pedro cuando dice: “Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados2 por el Espíritu Santo” (2 P. 1:20-21). La profecía, es decir, lo que hablaba un profeta, no era humana, sino divina. No era la propia interpretación del profeta de la mente y la voluntad de Dios. Él hablaba como el instrumento del Espíritu Santo.
- Que todo lo que ellos dijeron se declara que lo dijo el Espíritu, es otra prueba decisiva de que los escritores sagrados fueron instrumentos de Dios en el sentido arriba indicado. Cristo mismo dijo que David por el Espíritu, llamó al Mesías “Señor” (Mt. 22:43). David, en el Salmo 95, dijo: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón” (Sal. 95:7-8); pero en Hebreos 3:7, el Apóstol dice que éstas fueron las palabras del Espíritu Santo. De nuevo, en Hebreos 10:15-16, el mismo Apóstol dice: “Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho: Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor:…”, citando así, el lenguaje de Jeremías 31:33 como el lenguaje del Espíritu Santo. En Hechos 4:24-25, los apóstoles reunidos dijeron “unánimes”: “Señor, tú eres Dios… Que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes…?”. En Hechos 28:25, Pablo dijo a los judíos: “Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a nuestros padres”. Es de esta manera que Cristo y sus apóstoles se refieren a las Escrituras, constantemente, mostrando más allá de toda duda que ellos creían y enseñaban que lo que los escritores sagrados decían, el Espíritu Santo lo decía.
Inspiración de los escritores del Nuevo Testamento: Esta prueba se refiere especialmente, es verdad, sólo a los escritos del Antiguo Testamento. Pero ningún cristiano pone la inspiración del Antiguo Testamento por encima de la del Nuevo. La tendencia e, incluso, podríamos decir la evidencia, es directamente en sentido contrario. Si Dios dio las Escrituras de la antigua economía por inspiración, mucho más lo fueron los escritos que se redactaron bajo la dispensación del Espíritu. Además, la inspiración de los apóstoles está probada,…
(1) Por el hecho de que Cristo les prometió el Espíritu Santo, Quien les recordaría todas las cosas y los haría infalibles en la enseñanza. “No sois vosotros los que habláis”, dijo, “sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros” (Mt. 10:20). “El que a vosotros oye, a mí me oye” (Lc. 10:16). Les prohibió entrar en su oficio de maestros hasta que fueran investidos con poder de lo alto.
(2) Esta promesa fue cumplida el día de Pentecostés, cuando el Espíritu descendió sobre los apóstoles como un viento recio y ellos fueron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar según el Espíritu les daba que hablasen (Hch. 2:2, 4)… A partir de este momento, fueron hombres nuevos con nuevos puntos de vista, con un nuevo espíritu, y con nuevo poder y autoridad. El cambio fue repentino. No fue un desarrollo. Fue algo totalmente sobrenatural como cuando Dios dijo: “Sea la luz; y fue la luz” (Gn. 1:3)…
(3) Después del día de Pentecostés, los apóstoles afirmaron ser los instrumentos infalibles de Dios en todas sus enseñanzas. Exigían a los hombres que recibieran lo que enseñaban, no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios (1 Ts. 2:13). Declaraban, como Pablo, que las cosas que escribían eran mandamientos del Señor (1 Co. 14:37). Hacían depender la salvación de los hombres de la fe en las doctrinas que enseñaban. Pablo declara anatema3 [sobre], incluso, un ángel del cielo que anunciare otro evangelio diferente del que él había enseñado (Gá. 1:8). Juan dice que cualquiera que no recibiera el testimonio que él daba acerca de Cristo, hacía a Dios mentiroso porque el testimonio de Juan era el testimonio de Dios (1 Jn. 5:10). “El que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye” (1 Jn. 4:6). Esta afirmación de infalibilidad, este reclamo de la autoridad divina de su enseñanza, es característica de toda la Biblia. Todos los escritores sagrados y en todas partes, niegan4 autoridad personal; nunca basan la obligación de la fe en sus enseñanzas, en su propio conocimiento o sabiduría. Nunca se basan en que la verdad de lo que enseñan sea manifiesta a la razón o pueda probarse con argumentos. Hablan como mensajeros, como testigos, como instrumentos. Declaran que lo que dijeron lo dijo Dios y que, por lo tanto, por su Autoridad, debía ser recibido y obedecido… Ésta ha sido, desde el principio hasta el fin, la doctrina de la Iglesia, a pesar de la interminable diversidad de especulaciones, las cuales los teólogos se han permitido sobre el tema. Ésta es entonces, la base sobre la cual, los escritores sagrados apoyaron sus declaraciones. Eran meros instrumentos de Dios. Eran sus mensajeros. Los que los oían, oían a Dios; y los que se negaban a oírlos, se negaban a oír a Dios (Mt. 10:40; Jn. 13:20).
- Esta declaración de infalibilidad por parte de los apóstoles fue debidamente autentificada —no sólo por la naturaleza de las verdades que comunicaron y por el poder que esas verdades han ejercido siempre sobre las mentes y los corazones de los hombres— sino también por el testimonio interno del Espíritu, del que habla san Juan cuando dice: “El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo” (1 Jn. 5:10); “la unción5 del Santo” (1 Jn. 2:20). Esto fue confirmado también por dones milagrosos. Tan pronto como los apóstoles fueron investidos con poder de lo alto, hablaron en “otras lenguas”; curaron a los enfermos, restauraron a los cojos y a los ciegos. “Testificando Dios juntamente con ellos” como dice el Apóstol, “con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad” (He. 2:4). Y Pablo dice a los corintios que las señales de un apóstol se habían obrado entre ellos “en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros” (2 Co. 12:12). El mero hecho de hacer milagros no era una evidencia de una comisión divina como maestro. Pero cuando un hombre afirma ser el instrumento de Dios, cuando dice que Dios habla a través de él, entonces su obra de milagros es el testimonio de Dios de la validez de sus afirmaciones. Y tal testimonio dio Dios de la infalibilidad de [la enseñanza] de los apóstoles.
Las consideraciones anteriores son suficientes para demostrar que, según las Escrituras, los hombres inspirados fueron los instrumentos o la boca de Dios, en el sentido de que lo que dijeron y enseñaron tiene la aprobación y la autoridad de Dios… Esta doctrina no implica nada fuera de la analogía6 con las operaciones ordinarias de Dios. Creemos que Él está presente en todas partes en el mundo material y controla las operaciones de las causas naturales. Sabemos que Él hace crecer la hierba y da la lluvia y las estaciones fructíferas. Creemos que ejerce un control semejante sobre las mentes de los hombres, dirigiéndolos como dirige los ríos de agua. Toda religión, natural y revelada, está fundada en la premisa de este gobierno providencial7 de Dios. Además de esto, creemos en las operaciones de gracia de su Espíritu por las cuales Él obra en los corazones de su pueblo, así el querer como el hacer (Fil. 2:13). Creemos que la fe, el arrepentimiento y una vida santa se deben a la influencia siempre presente del Espíritu Santo. Entonces, si este Dios obrador de maravillas opera en todas partes en la naturaleza y en la gracia, ¿por qué debería considerarse increíble que los hombres santos hablen como el Espíritu Santo los inspiró para que digan, exactamente, lo que Él quiere que digan, para que las palabras de ellos sean las palabras de Él?
Después de todo, Cristo es el gran objeto de la fe del cristiano. Creemos en Él y creemos todo lo demás en su Autoridad. Él nos entrega el Antiguo Testamento y nos dice que es la Palabra de Dios; que sus autores hablaron por el Espíritu; que la Escritura no puede ser quebrantada (Jn. 10:35). Y creemos en su testimonio. Su testimonio a sus apóstoles no es menos explícito, aunque dado de manera diferente. Él prometió darles una boca y una sabiduría que sus adversarios no podrían contradecir ni resistir. Les dijo que no pensaran en lo que debían decir, “porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debéis decir” (Lc. 12:12); “porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros” (Mt. 10:20). Les dijo: “El que a vosotros recibe, a mí me recibe” (Mt. 10:40) y oró por los que creyeran en Él por medio de su Palabra. Creemos pues, en las Escrituras porque Cristo declara que son la Palabra de Dios. Cielo y tierra pasarán, pero su Palabra no pasará (Mt. 24:35; Mr. 13:31; Lc. 21:33).
Tomado de Teología sistemática (Systematic Theology), Vol. 1, 153-168, de dominio público.
Charles Hodge (1797-1878): Teólogo presbiteriano estadounidense; nacido en Filadelfia, Pensilvania, EE.UU.
La Palabra del Señor es luz para guiarte, consejero para aconsejarte, consolador para consolarte, bastón para sostenerte, espada para defenderte y médico para curarte. La Palabra es mina para enriquecerte, manto para vestirte y corona para coronarte. Es pan para fortalecerte, vino para alegrarte, panal para agasajarte, música para deleitarte y paraíso para acogerte. —Thomas Brooks
Footnotes
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Instrumentos – La palabra original del autor aquí era órganos. Para dar mayor claridad, se ha sustituido por la palabra instrumento (singular y plural) en todo el artículo. ↩
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Inspirados – en el Griego (φερόμενοι) es movidos; arrastrado como un barco por el viento. ↩
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Anatema – Una maldición. ↩
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Niegan – Renuncian a; rechazan. ↩
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Unción – Ungimiento, consagración. ↩
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Analogía – Similitud entre cosas que, de otro modo, no serían similares. ↩
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Providencial – Gobierno soberano sobre todas las cosas en la protección y cuidado de sus criaturas. ↩