El testimonio del Espíritu
John Murray (1898-1975)
Si… la Escritura es divina en su origen, carácter y autoridad, debe llevar las marcas o evidencias de esa divinidad. Si “los cielos cuentan la gloria de Dios” (Sal. 19:1) y, por tanto, dan testimonio de su divino Creador, la Escritura como obra de Dios, debe llevar también, las huellas de su autoría. Esto es decir, sencillamente, que la Escritura evidencia por sí misma, ser la Palabra de Dios; su divinidad es auto-evidente y auto-autenticada1. El fundamento de la fe en la Escritura como Palabra de Dios es, por tanto, la evidencia que contiene, inherentemente, de su autoría y calidad divinas. La evidencia externa, testimonio de su divinidad derivado de otras fuentes ajenas a ella misma, pueden corroborar y confirmar el testimonio que contiene inherentemente, pero tal evidencia externa no puede estar en la categoría de evidencia suficiente para fundamentar y constreñir la fe. Si la fe es la fe en la Biblia como Palabra de Dios, obviamente, la evidencia sobre la que tal fe descansa debe tener, en sí misma, la cualidad de divinidad. Pues sólo una evidencia con la cualidad de divinidad sería suficiente para fundamentar una fe en la divinidad. Así, la fe en la Escritura como Palabra de Dios se basa en las perfecciones2 inherentes a la Escritura y se suscita3 por la percepción de estas perfecciones. Estas perfecciones constituyen su incomparable excelencia y tal excelencia, cuando es comprendida, constriñe la abrumadora convicción de que es el único tipo apropiado de respuesta.
Si la Escritura se manifiesta a sí misma como divina, ¿por qué la fe no es el resultado en el caso de todos los que se confrontan con ella? La respuesta es que no todos los hombres tienen la facultad perceptiva necesaria4. Una cosa es la evidencia y otra la capacidad de percibir y comprender. “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:14). Es aquí donde entra la necesidad del testimonio interno del Espíritu. Las tinieblas y la depravación de la mente del hombre a causa del pecado, hacen que el hombre sea ciego a la excelencia divina de la Escritura. Y el efecto del pecado, no sólo ciega la mente del hombre y la hace impermeable5 a la evidencia, sino que también hace que el corazón del hombre sea totalmente hostil a la evidencia. La mente carnal es enemistad contra Dios y, por tanto, resiste todo argumento de la perfección divina. Si la respuesta apropiada de la fe ha de ser rendida a la excelencia divina inherente en la Escritura, nada menos que la regeneración radical por el Espíritu Santo puede producir la susceptibilidad requerida6. “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3:3). “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios” (1 Co. 2:14). Es aquí donde entra el testimonio interno del Espíritu y es en la obra interior del Espíritu Santo sobre el corazón y la mente del hombre, en lo que consiste el testimonio interno. El testimonio de la Escritura sobre la depravación de la mente del hombre y sobre la realidad, naturaleza y efecto de la obra interna del Espíritu Santo es la base sobre la cual descansa la doctrina del testimonio interno.
Cuando Pablo instituye el contraste entre el hombre natural y el espiritual, y dice con respecto a este último: “En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie” (1 Co. 2:15), quiere decir que la persona “espiritual” es la persona dotada con y habitada por el Espíritu Santo. Sólo esa persona tiene la facultad de discernir las cosas reveladas por el Espíritu. A diferencia del hombre natural, éste recibe, conoce y discierne la verdad.
Anteriormente, en este mismo capítulo, Pablo nos dice, en términos que abordan aún más concretamente nuestro tema actual, que la fe de los corintios en el Evangelio fue inducida por la demostración del Espíritu y de poder. “Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Co. 2:4-5). Sin duda, Pablo está reflexionando aquí, acerca de la manera de su predicación… En efecto, está diciendo que el Espíritu de Dios actuó de tal manera en él y en su predicación que la respuesta de los corintios fue la fe sólida que descansa en el poder de Dios y no esa fe evanescente7 que depende de la atracción del arte de la retórica8 y de la sabiduría mundana. La fe de los corintios encuentra su fuente en la demostración de que el autor es el Espíritu Santo. Es, ciertamente, la fe que termina en la Palabra de Dios predicada por Pablo. Pero es una fe producida por la demostración del Espíritu y la manifestación del poder divino que la acompañan.
En la primera epístola a los Tesalonicenses, Pablo vuelve a referirse al poder y la confianza con que él y sus compañeros predicaron el Evangelio en Tesalónica. “Pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre” (1 Ts. 1:5). En este texto, la referencia al poder y la certidumbre parece aplicarse al poder y la confianza con las que Pablo, Silvano y Timoteo proclamaron la Palabra, más que a la convicción con que la recibieron los tesalonicenses. El Evangelio llegó en el Espíritu Santo y, por tanto, con poder y certidumbre. Pero no debemos disociar la recepción de la Palabra por parte de los tesalonicenses de este poder y certidumbre obrados por el Espíritu. Porque Pablo prosigue: “Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del Espíritu Santo” (1 Ts. 1:6). La fe resultante por parte de los tesalonicenses debe considerarse como procedente de esta actividad del Espíritu Santo en virtud de la cual el Evangelio fue proclamado “en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre”. El hecho de que los tesalonicenses se convirtieran en imitadores del Señor y recibieran la Palabra con gozo, se debe a que el Evangelio no vino sólo de palabra y no vino sólo de palabra porque vino en el poder del Espíritu Santo. Por tanto, su fe encuentra su fuente en esta demostración del Espíritu, al igual que el gozo con el cual ellos recibieron la Palabra, es el gozo obrado por el Espíritu.
Cuando el apóstol Juan escribe: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo y conocéis todas las cosas. No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad” (1 Jn. 2:20-21; cf. 27), seguramente, está aludiendo a esa misma morada del Espíritu de la que trata Pablo en 1 Corintios 2:15. Esta unción es una posesión permanente e inviste a los creyentes de discernimiento de la verdad y firmeza en ella.
Resumiendo, las conclusiones extraídas de estos pocos relevantes pasajes, podemos decir que la recepción de la verdad de Dios con una fe inteligente, perspicaz, gozosa y permanente es el efecto de la demostración y el poder divinos a través de la eficacia del Espíritu Santo, y que esta fe consiste en la confiada certidumbre de que, aunque la Palabra de Dios es traída a través del hombre como instrumento, no es la palabra del hombre, sino en verdad, la Palabra de Dios. Vemos de nuevo cómo, incluso en relación con el testimonio interno del Espíritu, el ministerio de los hombres de ninguna manera milita en contra de la recepción de su mensaje como la Palabra de Dios.
Este testimonio del Espíritu Santo ha sido llamado el testimonio interno del Espíritu. Cabe preguntarse ¿por qué se llama testimonio a la obra interna del Espíritu? De hecho, no parece haber ninguna razón de peso para llamarla así. Sin embargo, hay algo apropiado en la palabra. La fe inducida por esta obra del Espíritu descansa en el testimonio que la Escritura contiene, inherentemente, de su origen y carácter divinos. Es función del Espíritu Santo, abrir las mentes de los hombres para que perciban ese testimonio y hacer que la Palabra de Dios sea llevada a casa, a la mente del hombre, con poder gobernante y convicción. De este modo, puede decirse que el Espíritu Santo da testimonio perpetuo del carácter divino de aquello que es obra suya.
Con frecuencia, ha sido interpretado que el testimonio interno del Espíritu consiste en la iluminación o en la regeneración en su aspecto noético9. Es iluminación porque consiste en la apertura de nuestras mentes para contemplar la excelencia inherente a la Escritura como la Palabra de Dios. Es regeneración en el aspecto noético porque es la regeneración que llega a su expresión en nuestro entendimiento, en la respuesta de la mente renovada a la evidencia que la Escritura contiene de su carácter divino. Todo lo que no sea iluminación en el sentido definido anteriormente, no puede ser el testimonio interno…
Hay un principio que es necesario subrayar, a saber, que el testimonio interno no nos transmite nuevos contenidos de la verdad. Todo el contenido de verdad que entra en el ámbito del testimonio interno está contenido en la Escritura. Este testimonio termina con el fin de obligar a creer en el carácter divino y la autoridad de la Palabra de Dios, y sólo con ese fin. No da base alguna para nuevas revelaciones del Espíritu.
Cuando Pablo escribe a los tesalonicenses: “Pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre”, sin duda, él está haciendo una distinción entre el contenido real del Evangelio y el poder concomitante con el que les fue transmitido y en virtud del cual fue llevado a casa con convicción a los corazones de los tesalonicenses. Del mismo modo, en 1 Corintios 2:4-5, el contenido de la palabra y la predicación de Pablo, seguramente, tendrá que distinguirse de la demostración del Espíritu y del poder por el cual el mensaje de Pablo fue eficaz para engendrar la fe en los creyentes de Corinto. Y también es justo que reconozcamos una distinción entre la verdad que Juan dice que sus lectores ya conocían y la unción permanente del Espíritu que les proporcionó el conocimiento y el discernimiento apropiados para llevar a una conciencia más clara y a una aplicación coherente, la verdad que ya habían recibido (1 Jn. 2:20-27). En cada caso, la función iluminadora y selladora del Espíritu, tiene que ver con la verdad que había sido recibida de una fuente distinta a la de sus operaciones confirmatorias y selladoras.
El testimonio interno del Espíritu es el complemento necesario del testimonio que la Escritura da, inherentemente, de su inspiración plenaria. Los dos pilares de la verdadera fe en la Escritura como Palabra de Dios son el testimonio objetivo y el testimonio interno. El testimonio objetivo nos proporciona una concepción de la Escritura que proporciona la base adecuada para la operación selladora siempre activa del Espíritu de la verdad. El testimonio interno asegura que este testimonio objetivo, produzca la respuesta adecuada en la conciencia humana. La función selladora del Espíritu, encuentra su completa explicación y validación en el testimonio dominante que la Escritura da de su propio origen y autoridad divinos. Y el testimonio de la inspiración plenaria recibe su confirmación constante en la obra interior del Espíritu Santo, la cual da testimonio por y con la Palabra en los corazones de los creyentes.
Tomado de La Palabra infalible (The Infallible Word), Seminario Teológico de Westminster and P&R Publishing; usado con permiso.
John Murray (1898-1975): Teólogo y autor presbiteriano; nacido en Badbea, cerca de Bonar Bridge, condado de Sutherland, Escocia, Reino Unido.
“Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P. 1:21). Hay varias traducciones de esta palabra inspirados. Algunos dicen que debería ser “movidos”; otros dirían que significa “llevados”; algunos dirían, incluso, “conducidos”. Probablemente, todos tienen razón; la palabra puede tener todos esos significados. Lo que es importante para nosotros es que todos están de acuerdo en esto: cuando se escribieron estas profecías, no fue un caso de un hombre en control de sí mismo, usando sus poderes naturales y propensiones y habilidades, pensando las cosas y luego escribiendo lo mejor que pudo. ¡De ninguna manera! Todo el tiempo, estaba controlado por este fuerte viento del Espíritu, por este soplo de Dios, por esta energía divina. Este [impulso creativo] divino se apoderó de él, lo sostuvo y lo llevó, y fue arrastrado por el Espíritu. Y fue como resultado de ese proceso que surgieron estas profecías y estas Escrituras. —David Martyn Lloyd-Jones
Nadie, sino Dios, puede abrir los ojos de los ciegos, abrir las tumbas de los muertos, reanimar y vivificar la conciencia cauterizada, atar el alma de un pecador al juicio venidero, cambiar y alterar el estado y el temperamento del espíritu de un hombre o levantar, refrescar y consolar tan poderosamente a un alma decaída y moribunda; ciertamente, el poder de Dios está en todo esto y si no hubiera nada más, sin embargo, esto sólo bastaría para probar, plenamente, la autoridad divina de las Escrituras. —John Flavel
Footnotes
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Auto-autenticada – Que lleva la evidencia en sí misma, por sus atributos y características, de su propio origen divino. ↩
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Perfecciones – Autoridad, necesidad, perspicuidad (claridad), suficiencia. ↩
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Suscitar – Causar, provocar. ↩
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Facultad perceptiva necesaria – Capacidad necesaria para percibir o comprender. ↩
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Impermeable – Insensible, incapaz de ser afectado por. ↩
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Susceptibilidad requerida – Capacidad necesaria de ser afectado por algo. ↩
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Evanescente – Temporal; que desaparece rápidamente. ↩
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Retórica – Arte de hablar o escribir de forma elegante y con corrección con el fin de deleitar, conmover o persuadir; expresión clara y persuasiva. ↩
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Noético – (Griego = noesis), acto intencional de pensar, actividad mental; intelectual. ↩