Autoridad divina: ¿La iglesia o las Sagradas Escrituras?

Wilhelmus à Brakel (1635-1711)

Pregunta: ¿Son las Sagradas Escrituras, verdaderamente la Palabra de Dios, con autoridad divina, tanto en lo que se refiere a los relatos históricos donde se narran muchas palabras y hechos de los impíos, como en lo que se refiere a la regla para la doctrina y la vida? Es necesario que el hombre se convenza de ello y estime las Escrituras como la Palabra de Dios. Por tanto, ¿cómo puede el hombre estar seguro de que las Sagradas Escrituras son la Palabra de Dios?

Respuesta: El [romanismo] responde que debemos creerlo porque se dice que [esto] es así. Afirmamos que la verdadera Iglesia, la cual cree y declara que las Sagradas Escrituras son la Palabra de Dios, es un medio por el cual, el Espíritu Santo lleva al hombre a la Palabra y, por lo tanto, lo convence de creerla. Negamos, sin embargo, que la Iglesia sea el fundamento sobre el cual descansa la creencia de que las Escrituras son la Palabra de Dios y por el cual, el hombre está seguro de ello. Más bien, las Sagradas Escrituras, por las incrustadas evidencias de su divinidad1 y el Espíritu Santo hablando en esa Palabra, son en sí mismas, el fundamento y la base por la cual creemos que son divinas. La autoridad de la Palabra se deriva de la Palabra misma.

La Iglesia no puede ser el fundamento sobre el cual uno cree que las Escrituras son la Palabra de Dios porque, en primer lugar, la Iglesia deriva toda su autoridad de la Palabra. No podemos reconocer que una iglesia es la verdadera Iglesia, sino por medio de la Palabra de Dios —y sólo si predica la doctrina pura y tiene las credenciales que la Escritura expresa como pertenecientes a la verdadera Iglesia—. “Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas” (Ef. 2:20); “si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en vuestra casa” (2 Jn. 10) “…y que os apartéis de ellos” (Ro. 16:17).

Si la Palabra de Dios es el único criterio por el cual podemos determinar que una iglesia es la verdadera Iglesia de Dios, entonces primero, debemos reconocer que la Escritura es la Palabra de Dios, antes de reconocer que tal iglesia es la verdadera Iglesia. Además, no podemos recibir el testimonio de la iglesia, a menos que la reconozcamos como la verdadera Iglesia. Así, no creemos que la Palabra es la Palabra de Dios porque la Iglesia lo afirme, sino al contrario, creemos que una iglesia es la verdadera Iglesia porque la Palabra la valida como tal. Una casa descansa sobre sus cimientos y no los cimientos sobre la casa. Un producto procede de su origen; el origen no procede de su productor.

Argumento atenuante2: Ambos pueden ser intercambiables: Cristo dio testimonio de Juan el Bautista y Juan, a su vez, de Cristo.

Respuesta: Una cosa es dar testimonio y otra muy distinta, ser el fundamento de la fe misma. Cristo era la Verdad personificada y testificó con autoridad. Juan, sin embargo, no era más que un instrumento por medio del cual se revelaba la verdad, como lo es hoy todo ministro. Sin embargo, los siervos de Dios no son el fundamento sobre el que descansa la fe de los oyentes: ese fundamento es Jesús el Cristo. Más bien, con los samaritanos debemos confesar: “Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo, el Cristo” (Jn. 4:42).

La base para respetar las palabras de alguien es la persona misma. Las leyes emitidas por el gobierno derivan su autoridad para exigir su cumplimiento del gobierno mismo. Sin embargo, las leyes no reciben esta autoridad de la persona que las publica, ya sea leyéndolas o mostrándolas. Así, reconocemos que la Palabra tiene autoridad divina, únicamente, porque Dios es Quien habla: “Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová” (Is. 1:2). La Iglesia sólo actúa como heraldo3.

Si la Palabra derivara su autoridad de la Iglesia, entonces tendríamos que tener a la Iglesia en mayor estima que a Dios mismo. Porque quien da crédito4 y énfasis a las palabras de alguien sería superior a la persona que las pronuncia. Dios no tiene superior y, por lo tanto, nadie está en posición de dar autoridad a sus palabras. “No recibo testimonio de hombre alguno” (Jn. 5:34), exclamó el Señor Jesús. Aunque Juan diera testimonio de Él, es decir, declarara que Él era el Cristo, sería, sin embargo, contrario a la voluntad del Señor Jesús que alguien creyera sólo por esa razón. El testimonio de Juan era, sencillamente, un medio para un fin. “Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan; porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado” (Jn. 5:36).

Objeción 1: “…que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1 Ti. 3:15). Todo lo que proporciona apoyo y estabilidad a la verdad, le proporciona la autoridad para ser recibida como verdad. Tal es la relación de la Iglesia con la verdad.

Respuesta: Rechazo enfáticamente la conclusión de esta proposición. Los más eminentes defensores de la Iglesia son llamados columnas, lo cual es cierto, tanto en la manera diaria de vivir como en las Escrituras. “Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas” (Gá. 2:9).

Sin embargo, estos hombres no dieron a la Iglesia la autoridad para ser reconocida como la verdadera Iglesia. Del mismo modo, la Iglesia es la guardiana, la defensora y la protectora de la Palabra. Si no existiera la Iglesia, la Palabra de Dios y la verdad contenida en ella, desaparecerían casi por completo del mundo. La expresión “columna y baluarte” no se refiere a dar autoridad y credibilidad, sino a preservar y proteger. Los oráculos de Dios han sido confiados a la Iglesia (Ro. 3:2). Su vocación es conservarlos y defenderlos, así como publicarlos en el mundo entero. ¿Qué crédito le da esto a la Palabra de Dios misma?

Objeción 2: Nadie sabría que la Biblia es la Palabra de Dios, si la Iglesia no lo hubiera declarado así. Dios no está ahora declarando desde el cielo que la Biblia es la Palabra de Dios; por tanto, debe haber alguien que así lo declare para que el pueblo pueda oírla.

Respuesta: (1) Nadie puede saber qué ley ha promulgado el gobierno, excepto por el anuncio de un heraldo; sin embargo, él no es la persona que da autoridad a estas leyes. Éste es también el caso aquí. (2) El argumento de que nadie puede saber que la Biblia es la Palabra de Dios, a menos que la Iglesia lo declare así, no se sostiene. Ocasionalmente, ocurre que alguien nacido y criado lejos de otras personas, y siendo ignorante de la existencia de una iglesia, encuentra accidentalmente una Biblia en su casa. Al leerla diligentemente, encuentra deleite en estos asuntos y son utilizados como un medio para su conversión. Consecuentemente, reconoce que la Biblia es de Dios y comienza a amar su Palabra. He conocido a una persona así y lo que le ha sucedido a él, también puede sucederle a cualquier otra persona. Cientos de personas ignoran a la Iglesia y, por tanto, no la tienen en cuenta. Sin embargo, reconocen que la Biblia es la Palabra de Dios e, incluso, pueden intentar buscar la verdadera Iglesia por medio de la Palabra. El hecho de que la Iglesia o alguien más nos dé la Biblia y declare que es la Palabra de Dios es irrelevante. En cualquier caso, esto puede motivar a una persona a buscar y mientras busca, puede discernir evidencias de la autoría divina en ella. (3) El objetor afirmará que [Roma] es la verdadera Iglesia, dando así autoridad a la Palabra. Nosotros creemos, sin embargo, que la Biblia es la Palabra de Dios, pero no porque [Roma] diga que lo sea…

Objeción 3: La Iglesia existía antes de la Palabra escrita y es más conocida que la Palabra; por tanto, la Iglesia da autoridad divina a la Palabra.

Respuesta: La Iglesia no es más antigua que la Palabra, sino todo lo contrario. La Palabra es la semilla de la Iglesia. El primer mensaje evangélico fue emitido antes de la existencia de la Iglesia y fue un medio por el cual la Iglesia llegó a existir. Es cierto que la Iglesia existía antes de que las Escrituras estuvieran plenamente contenidas en la Biblia. Sin embargo, la Iglesia no dio crédito a los libros de Moisés y a las Escrituras que les siguieron… Generalmente, uno adquiere estima por la Biblia como Palabra de Dios, antes de comprender lo que es la Iglesia y discernir lo que ella tiene que decir sobre la Palabra. De esto se deduce que la Iglesia no tiene más reconocimiento que la Palabra. Es todo lo contrario…

Por lo tanto, la Iglesia no otorga autoridad divina a la Palabra entre los hombres. No creemos que la Palabra sea divina porque la Iglesia así lo declare, sino que las mismas Sagradas Escrituras manifiestan su divinidad al oyente o lector atento, y esto se desprende, claramente, de lo siguiente:

(1) Los prefacios de los libros de la Biblia y de las cartas apostólicas, y palabras tales como: “Así dice el Señor”, “el Señor habla”, “escuchad la Palabra del Señor”, etc., llegan al corazón.

(2) La Escritura manifiesta su divinidad al hombre por su revelación de los altos misterios de Dios y de los asuntos divinos que la naturaleza no revela, que ningún humano podría haber concebido y que, aparte de la operación del Espíritu Santo, no pueden ser comprendidos. La divinidad de la Escritura se manifiesta también, en la santidad y pureza de sus mandatos, así como en el modo en que se ordena al hombre que se comporte. Por lo tanto, todos los demás escritos que no se derivan de esta Palabra son carnales, poco refinados, vanos y necios, mientras que aquellos escritos que se derivan de la Escritura se comparan a la Escritura como una pintura se asemeja a un ser humano vivo.

(3) La divinidad de la Escritura se hace aún más evidente por el poder que ejerce sobre el corazón humano, pues dondequiera que se predica el Evangelio, los corazones son conquistados y sometidos a la Escritura. Cuanto más se reprima y persiga a los que confiesan la verdad de la Escritura, tanto más la Palabra ejercerá su poder.

(4) Es evidente por la maravillosa luz con que la Palabra ilumina el alma, el cambio interno y externo que engendra5, y el modo en que llena a los creyentes de dulce consuelo e inefable gozo. Les capacita para soportar toda persecución con amor y alegría, así como para entregarse voluntariamente a la muerte.

(5) Por último, es evidente acerca de las profecías que, habiendo declarado con miles de años de antelación lo que posteriormente ocurriría, se han cumplido con minucioso detalle, validando así, dichas profecías.

Estos y otros asuntos similares son rayos de la divinidad de la Palabra que iluminan y convencen al hombre de esta divinidad por su luz inherente. Sin embargo, la tarea de convencer, plenamente a alguien, en especial a una persona que utiliza su intelecto corrupto para juzgar en este asunto, es obra del Espíritu de Dios, Quien es el Espíritu de fe (2 Co. 4:13). Él da la fe (1 Co. 12:9) y da testimonio de que el Espíritu que habla por medio de la Palabra es verdad (1 Jn. 5:6): “Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Co. 12:3).

Tomado de El servicio razonable del cristiano (The Christian’s Reasonable Service), Vol. 1, 28-32, Reformation Heritage Books, www.heritagebooks.org.


Wilhelmus à Brakel (1635-1711): Teólogo holandés y principal representante de la Segunda Reforma holandesa; nacido en Leeuwarden, Países Bajos.

¿Quién, cuando la naturaleza se disuelve, la tierra se retrae, la eternidad se abre, está en condiciones de sopesar, examinar y tamizar las evidencias de la divinidad de las Escrituras? El lenguaje ferviente e implorante de alguien así, vivo a la convicción del pecado y del peligro, es: “¿Hay perdón, hay salvación, hay esperanza para un pecador como yo? ¿Me dice la Palabra de Dios cómo puedo ser salvo? Léeme acerca de Cristo. Háblame del Salvador. Señálame al Cordero de Dios. Dirige mi mirada a la cruz y déjame contemplar a Aquel cuya sangre limpia de todo pecado. Léeme, háblame, cuéntame sólo de JESÚS. —Octavius Winslow.

Descuides lo que descuides, no descuides la Biblia. —Octavius Winslow.

Footnotes

  1. Divinidad (o las Escrituras como divinas) – Esta descripción de las Escrituras, surge del testimonio bíblico de que Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— es la causa directa de las Escrituras; por lo tanto, de la misma manera que la creación refleja los atributos de Dios, la Escritura refleja a su santo Autor en su contenido, en el testimonio del Hijo en el Nuevo Testamento y en el testimonio interior del Espíritu en los creyentes. Debido a que Dios ha hablado, su Palabra es autoritativa, infalible y perspicua (clara). Tiene un fin divino: La gloria de Dios y la salvación de los elegidos; revela la verdad divina de Dios en cada parte y refleja el carácter divino del Dios que la inspiró.

  2. Argumento atenuante – Un argumento que disminuye la importancia de lo que se argumenta en contra.

  3. Heraldo – Quien anuncia, pregonero, portavoz.

  4. Crédito – Credibilidad, creer que algo es verdad.

  5. Engendra – Causa; produce.