Nueve consolaciones poderosas que fluyen de la justicia imputada de Cristo

Thomas Brooks (1608-1680)

  1. En primer lugar, sepan todos los creyentes para su consolación, que esta justicia imputada de Cristo es suficiente para satisfacer la justicia de Dios hasta el último céntimo, y para quitar toda su ira y furia judicial. La justicia mediadora de Cristo es tan perfecta, tan plena, tan exacta, tan completa y tan totalmente satisfactoria para la justicia de Dios que la justicia divina exclama: “¡Tengo suficiente y no necesito más! ¡He encontrado redención, y estoy completamente en paz contigo!” (Eze. 16:61-63; Heb. 10:10-12, 14; Isa. 53:4-6). Es indiscutible que Cristo fue real y un sacrificio aceptable por el pecado. Y es igualmente indiscutible que nuestros pecados fueron la causa meritoria de sus sufrimientos. Se puso en el lugar del pobre pecador, tomó sobre sí la culpa y sufrió el castigo que éste debió haber sufrido. Ciertamente murió y derramó su sangre para así restablecer la comunicación con Dios y expiar el pecado (Rom. 5:6-12). Por lo tanto, podemos llegar a la conclusión segura y firme de que Jesucristo ha satisfecho la justicia de Dios hasta lo último, de modo que ahora el pecador creyente puede regocijarse y triunfar en la justicia al igual que en la misericordia de Dios (Heb. 7:25), porque indudablemente la justicia mediadora de Cristo fue infinitamente más satisfactoria y agradable a Dios de lo que todos los pecados de los creyentes hubieran podido desagradarle. Dios se agradó y complació más en las heridas de su Hijo, en la humillación de su Hijo y sintió un sabor más dulce en su sacrificio, que todo lo que nuestros pecados hubieran podido ofenderlo o provocarlo (Isa. 53:10).

Cuando el creyente considera sus muchos miles de pecados de comisión y omisión, con razón teme y tiembla. Pero luego, cuando fija su vista en la satisfacción de Cristo, puede verse perdonado y regocijarse. Porque si no hay ningún cargo, ninguna acusación contra el Señor Jesús, no puede haber ninguna contra el creyente (Rom. 8:33-37). El sacrificio expiatorio de Cristo ha satisfecho totalmente la justicia divina, y sobre esa misma base, cada creyente tiene razón para triunfar en Cristo Jesús y en esa justicia de él, por medio de la cual se presenta justificado ante el trono de Dios (2 Cor. 2:14; Apoc. 14:4-5).

Cristo es una persona de valor y excelencia infinita y trascendental. Para su honra justifica a los creyentes de la manera más generosa y gloriosa imaginable. Y de qué manera es ésta, sino el obrar para ellos y luego investir en ellos una justicia adecuada para la Ley de Dios, una justicia que tiene que ser en todo sentido de la misma magnitud que la del estado lamentoso del hombre caído y los designios santos del Dios glorioso. Es el alto honor del segundo Adán haber restaurado al hombre caído a una justicia más gloriosa que la que se perdió con el primer Adán. ¡Y sería una gran blasfemia ante los ojos de los ángeles y los hombres que cualquier mortal dijera que el segundo Adán, nuestro Señor Jesucristo, fue menos poderoso para salvar que lo que fue el primer Adán para destruir! El segundo Adán “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” (Heb. 7:25). Puede salvar hasta la exigencia más excesiva de la Ley ––_preceptiva_20 al igual que _penal_21–– y otorgar una justicia perfecta al igual que una inocencia perfecta. Él puede salvar al máximo la demanda de justicia divina por esa satisfacción perfecta que ha dado a la justicia divina. Cristo es “grande para salvar” (Isa. 63:1); y así como es poderoso para salvar, le encanta salvar a los pobres pecadores de una manera por la cual puede magnificar más su propio poder. Y por lo tanto compra el perdón de ellos con su sangre (1 Ped. 1:18, 19) y cumple la penitencia de la justicia divina por todos los males y ofensas que el hombre caído ha cometido contra su Creador y su Ley divina; y lo dota de una justicia superior a la que perdió Adán; y lo coloca en una posición más segura, elevada, honorable y duradera de la que cayó Adán cuando estuvo en la perfección con la que fue creado.

Todos los atributos de Dios coinciden con la justicia imputada de Cristo, de modo que el creyente puede contemplar la santidad, rectitud y justicia de Dios, y regocijarse y acostarse en paz (Sal. 4:8). Cristo ha puesto su capa, su manto de justicia sobre cada creyente (Isa. 61:10), sobre el cual cesa todo enojo, ira y furia judicial de Dios hacia los creyentes. Pero,

  1. En segundo lugar sepamos, para nuestra propia tranquilidad, que esta justicia imputada y mediadora de Cristo quita toda nuestra maldad. Cancela toda deuda, quita toda iniquidad y responde por todos nuestros pecados (Isa. 53:5-7; Col. 2:12-15). “Señor, aquí están mis pecados de omisión y aquí están mis pecados de comisión22”, pero la justicia de Cristo ha respondido por todos ellos. “Aquí están mis pecados contra la Ley, y aquí están mis pecados contra el evangelio. Y aquí están mis pecados contra el ofrecimiento de gracia, el ofrecimiento formal de gracia, los esfuerzos de la gracia, las entrañas de la gracia”, pero la justicia de Cristo ha respondido por todos ellos.

¡Ay, señores! Sería una gran blasfemia imaginar que hubiera más demérito en cualquier pecado, sí, en todos los pecados para condenar al creyente, que el mérito que hay en la justicia de Cristo para absolverlo, para justificarlo (Rom. 8:1, 33-35). La justicia de Cristo fue representada por los gloriosos mantos y vestiduras del sumo sacerdote (Exo. 28). Las vestiduras que usaba el sumo sacerdote para presentarse ante Dios, ¿acaso no era más que un tipo de la justicia de Cristo? La ropa sucia de Josué, quien representaba a la iglesia, no sólo le fue quitada, significando el quitar nuestros pecados (Zac. 3:4-5); sino que también fue vestido de una ropa nueva, hermosa, significando que somos vestidos con la ropa de boda de la justicia de Cristo. Si alguno dice: “¿Cómo es posible que un alma que ha sido profanada con el peor de los pecados puede ser más blanca que la nieve, sí, bella y gloriosa ante los ojos de Dios?” La respuesta es: A quienquiera que el Señor perdona sus pecados, que es la primera parte de nuestra justificación, a ellos les imputa también la justicia de Cristo, que es la segunda parte de nuestra justificación ante Dios.

De este modo describe David, dice el Apóstol, la bendición del hombre a quien el Señor le imputa justicia sin obras, diciendo: “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas” (Rom. 4:6-7). Al hombre cuyos pecados el Señor perdona, a él le imputa justicia también: “Quitadle esas vestiduras viles”. Y le dijo Jehová a Josué: “Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala” (Zac. 3:4). ¿Y cuál era el cambio de ropas? Sin lugar a dudas la obediencia perfecta y la justicia del Señor Jesús que Dios nos imputa, en quien también nos dice que somos justificados por la fe para vestirnos del Señor Jesucristo (Rom. 13:14); y ser revestidos de él como si fuera una pieza de ropa (Gál. 3:27). Y no nos sorprendamos si, así vestidos, aparecemos hermosos y gloriosos ante los ojos de Dios. “Y a ella” es decir, a la esposa de Cristo, “se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos” (Apoc. 19:8). Esta justicia perfecta de Cristo, que el Señor nos imputa y con la que, al igual que con una vestidura nos viste, es la única justicia con la que cuentan los santos para comparecer ante Dios. Y vistiendo ese manto de justicia, nos presentamos con gran valor y tranquilidad ante el tribunal de Dios. Pero,

  1. En tercer lugar sepamos, para nuestra consolación, que esta justicia de Cristo nos presenta perfectamente justos ante los ojos de Dios. “El cual nos ha sido hecho… justificación” (1 Cor. 1:30). El manto de inocencia, como el velo del templo, se rasga en dos. Nuestra justicia es una justicia harapienta, nuestra justicia es como trapos inmundos (Isa. 64:6). Pensemos en el cuerpo desnudo como si estuviera cubierto de trapos, de la misma manera, cubierto por los trapos de nuestra justicia está el cuerpo de la muerte. Cristo es todo en todo en lo que respecta a la justicia: Cristo es “el fin de la ley… para justicia a todo aquel que cree” (Rom. 10:4). Es decir, por medio de Cristo somos tan justos como si hubiéramos satisfecho la Ley en nuestra propia persona. El propósito de la Ley es justificar y salvar a aquellos que la cumplen. Cristo se sujetó a ella. La cumplió perfectamente para nosotros, y su justicia perfecta nos es imputada a nosotros. Cristo cumplió la Ley moral, no para él mismo, sino para nosotros. Por lo tanto, habiéndolo hecho Cristo por los creyentes, éstos cumplen la Ley en Cristo. Así es que Cristo, al hacerlo, y los que creen en que él lo hizo, cumplen la Ley.

O se podría decir que Cristo es el fin de la Ley porque el fin de la Ley es justicia perfecta, por la cual los hombres podemos ser justificados, lo cual no podemos lograr por nosotros mismos con la fragilidad de nuestra carne. Pero por medio de Cristo, quien cumplió la Ley en nuestro lugar, lo logramos. Cristo ha cumplido a la perfección el Decálogo y lo hizo de tres maneras: (1.) en su concepción pura, (2.) en su vida piadosa y (3.) en sus sufrimientos santos y obedientes, y todo por nosotros. Porque todo lo que la Ley requería que nosotros hiciéramos, o sufriéramos, él lo cumplió en nuestro favor. Somos liberados por él delante de Dios. Cristo, en cuanto a la integridad y pureza de su naturaleza, fue concebido sin pecado (Mat. 1:18), y en cuanto a su vida y sus acciones, se ajustó totalmente a la justicia absoluta de la Ley ( Luc. 1:35), y en cuanto al castigo que él sufrió, satisfizo la justicia de Dios por la desobediencia a la Ley (2 Cor. 5:21; Col. 1:20). En estos sentidos Cristo es la perfección de la Ley y “el fin de la ley… para justicia a todo aquel que cree”.

La sabiduría y el poder infinito de nuestro querido Jesús en reconciliar la Ley con el evangelio en este gran misterio de de la justificación deben ser grandemente ensalzados. Esta justicia nos presenta ante los ojos de Dios como si en nosotros “no hay mancha” (Cantares 4:7), “completos” (Col. 2:10), como “que no [tuviésemos] mancha o arruga” (Ef. 5:27), como “sin mancha delante del trono de Dios” (Apoc. 14:5), como “santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Col. 1:22). ¡Oh, la felicidad y bendición, la seguridad y gloria de esas almas preciosas, que son perfectamente justas ante los ojos de Dios por medio de la justicia de Jesucristo! Pero,

  1. En cuarto lugar sepamos, para nuestra consolación, que esta justicia imputada de Cristo da solución a todos los temores, las dudas y las objeciones de nuestra alma. ¿Cómo alzaré mis ojos a Dios? La respuesta es: “En la justicia de Jesucristo”. ¿Cómo puedo tener comunión con un Dios santo en este mundo? La respuesta es: “En la justicia de Cristo”. ¿Cómo puedo ser aceptado por Dios? La respuesta es: “En la justicia de Cristo”. ¿Cómo moriré? La respuesta es: “En la justicia de Cristo”. ¿Cómo me presentaré ante el tribunal de Dios? La respuesta es: “En la justicia de Jesucristo”. Nuestro único camino seguro, bajo cualquier tentación, temor, conflicto, duda y querella es, con fe recordar a Cristo y los sufrimientos de Cristo como nuestro Mediador y Garantía. Digamos: “Oh Cristo, tú eres mi pecado en que te hiciste pecado por mí” y “tú eres mi maldición en que te hiciste maldición por mí” (2 Cor. 5:21; Gál. 3:13); o en cambio: “Yo soy tu pecado y tú eres mi justicia; yo soy tu maldición, y tú eres mi bendición; yo soy tu muerte, y tú eres mi vida; yo soy la ira de Dios hacia ti, y tu eres el amor de Dios hacia mí; yo soy tu infierno, y tú eres mi cielo”.

¡Ay, señores! Si pensamos en nuestros pecados y la ira de Dios, o si pensamos en nuestra culpabilidad y en la justicia de Dios, nuestro corazón desfallecerá y flaqueará. Temerá y temblará y se hundirá en la desesperación si no pensamos en Cristo, si no permanecemos y descansamos nuestra alma en la justicia mediadora de Cristo, en la justicia imputada de Cristo. La justicia imputada de Cristo da respuesta a todo reparo y objeción aunque hubiera millones de ellos que podrían contarse contra el creyente. Esta es una verdad preciosa ––de más valor que un mundo entero–– que todos nuestros pecados son perdonados, no sólo en verdad y por misericordia, sino por justicia. Pero,

  1. En quinto lugar sepamos, para nuestra consolación, que la justicia imputada de Cristo es el mejor titular que tenemos para mostrar “un reino inconmovible, una herencia incorruptible e inmarcesible, una casa no hecha de manos, sino una eterna, en los cielos” (Heb. 12:28; 1 Ped. 1:3-5; 2 Cor. 5:1-4). Es el mejor certificado que tenemos para mostrar toda esa felicidad y bendición que anticipamos en aquel mundo venidero. La justicia de Cristo en nuestra vida, nuestro gozo, nuestra consolación, nuestra corona, nuestra confianza, nuestro cielo, nuestro todo. ¡Oh que fuéramos tan sabios como para mantener nuestra vista fija y nuestro corazón vivificado por la justicia mediadora de Cristo! Porque esa es la justicia por la cual podemos vivir seguros e imperturbables y por la cual podemos morir felices y tranquilos.

Ah, que los creyentes meditáramos mucho en esto: tenemos la justicia en Cristo que es plena, perfecta y completa como si hubiéramos cumplido la Ley… sí, la justicia que tenemos los creyentes por medio de Cristo es en cierto sentido mejor que la que hubiéramos tenido por medio de Adán… el primer Adán fue meramente un hombre, el segundo Adán es Dios y hombre… Adán fue una persona mutable. Perdió su justicia en un solo día, dicen algunos, y con ella, toda la gloria que su posteridad tendría que haber poseído si él hubiera mantenido firmemente su inocencia. Pero la justicia de Cristo no puede perderse. Su justicia es como él mismo, de eternidad a eternidad. En cuanto el creyente es investido de este manto blanco, nunca se le puede caer, nunca se lo puede quitar. Esta justicia esplendorosa y gloriosa de Jesucristo es tan ciertamente del creyente como si él mismo la hubiera logrado (Apoc. 19:8). El creyente no es un perdedor, sino ganador, por la caída de Adán. Por la pérdida de la justicia de Adán contamos con una luz más gloriosa y duradera de lo que era la de Adán. Y gracias a esta justicia, el creyente puede reclamar el derecho a toda la gloria de ese mundo celestial. Pero,

  1. En sexto lugar sepamos, para nuestra tranquilidad, que esta justicia imputada de Cristo es el único fundamento, base, cimiento verdadero sobre el cual el creyente edifica su gozo y serenidad, y la verdadera paz y tranquilidad de su conciencia. A pesar de que Satanás o nuestro propio corazón o el mundo nos condene, en esto podemos regocijarnos: Dios nos justifica. Vemos el reto audaz de Pablo: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica” (Rom. 8:33). Y si el juez absuelve al prisionero en su tribunal, a éste poco le importa que su carcelero o compañeros de prisión lo condenen. Entonces aquí no hay acusadores que el creyente necesita temer, siendo que es Dios mismo el que es el Juez supremo que lo absuelve como justo. Dios absuelve, y por lo tanto es inútil que Satanás nos acuse (Apoc. 12:10); ni que la Ley de Moisés nos acuse (Juan 5:45); ni que nuestra propia conciencia nos acuse (Rom. 2:25), ni que el mundo nos acuse. Dios es el Juez soberano, y su tribunal de justicia es el tribunal supremo. Por lo tanto, allí no hay posibilidad de apelaciones. Al igual que entre los hombres, las personas acusadas o condenadas pueden presentar apelaciones hasta llegar a la corte suprema de justicia. Pero si en ésta son absueltos y puestos en libertad, entonces están libres, seguros y bien. Porque para el creyente que es absuelto ante el tribunal de Dios, ya no hay otras acusaciones que temer, todas las apelaciones desde ese momento quedan anuladas y no tienen ningún valor. La consideración de esta realidad debiera reforzarnos y reconfortarnos y fortalecernos contra todos los terrores de la conciencia, culpabilidad de pecado, acusación de la Ley y crueldad de Satanás. Ya ni se atreven a aparecer ante Dios para acusarnos; si lo hacen, no hacen más que perder el tiempo.

¡Ah! ¡Qué buen estimulante sería esto para el pueblo de Dios, si viviéramos sencillamente en el poder de esta verdad gloriosa! ¡Dios es el que nos justifica, y no quede acusación alguna en nuestra contra en el tribunal del cielo!

La gran razón por la cual muchos pobres cristianos sufren tanto abatimiento, desaliento y perplejidad es porque dejan de tomar de esta agua de vida: “Es Dios el que justifica”. Si los cristianos viviéremos confiando más en que “es Dios el que justifica”, ya no seríamos más como las vacas flacas del Faraón sino gordos y florecientes (Gén. 41:1-3).

La justicia imputada de Cristo es un fundamento real, seguro y firme sobre el cual el creyente puede edificar con seguridad su paz, gozo y descanso eterno. Sí, le ayudará a gloriarse en las tribulaciones y a triunfar sobre todas las adversidades…, efectivamente podemos alegrarnos maravillosamente sabiendo esto, y el tener que vernos con este Dios justo que ya ha recibido una satisfacción por nuestros pecados, es nuestra consolación.

Mientras los cristianos establecen una justicia propia y no se apoyan en la justicia de Cristo, ¡qué desconcertados están! (Rom. 10:3) ¡Qué lamentosamente son zarandeados para arriba y para abajo, a veces teniendo temor y a veces teniendo esperanza, a veces manteniéndose cerca del Señor, y enseguida sintiéndose al borde mismo del infierno! Pero todo es quietud y serenidad para el alma que descansa en la justicia de Cristo, porque “justificados, pues, por la fe, tenemos paz” (Rom. 5:1). Observemos la noble descripción de Cristo en Isaías 32:2: “Y será aquel varón”; es decir, Cristo Jesús “como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa”. Cuando el hombre está vestido de la justicia de Cristo, quien es Dios-hombre, ni vientos ni tempestades, ni sequías ni cansancios pueden perturbar la paz de su alma. Porque Cristo y su justicia serán para él un refugio, un resguardo, como ríos de ayuda y la sombra protectora de una gran roca. Estando en paz perfecta con Dios, bien puede decir con el salmista: “En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado” (Sal. 4:6-8).

Cuando el pecador sensato se fija en su propia justicia, sus ayunos, oraciones, lágrimas, humillaciones, desvanecimientos, no puede encontrar un lugar donde sus pies puedan afirmarse debido a las manchas, tachas, degradaciones que se aferran a sus gracias y sus deberes. Sabe que sus oraciones necesitan perdón y que sus lágrimas necesitan ser lavadas en la sangre del Cordero, y su justicia misma necesita la justicia de otro para asegurarlo contra la condenación. “Si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?” (Sal. 130:3; 1:5). Es decir, quién podrá “mantenerse” en el juicio… la vida del mejor de los hombres está más cargada de pecados que el firmamento de estrellas, o la fogata de chispas. Por lo tanto, ¿quién puede mantenerse en el juicio y no caer bajo el peso de su justa ira, que arde tan profundo como el mismo infierno? Nadie puede mantenerse. Si se escribieran las faltas del mejor de los hombres en su frente, nunca podría defenderse en el juicio. Cuando el hombre acude a la Ley para encontrar justificación, se convence de pecado.

Cuando alega su inocencia, afirmando que no es tan pecador como otros, cuando alega justicia, sus obras, sus buenas intenciones y buenos deseos, la Ley le dice que todos se ponen en la balanza del santuario y son hallados faltos (Dan. 5:27). La Ley le dice que aun el mejor de sus deberes no lo salva y que aun el menor de sus pecados lo condena. La Ley le dice que su propia justicia es como trapos inmundos, que lo único que hace es corromperlo, y que sus mejores obras no son más que testigos en su contra. La Ley busca una obediencia perfecta y personal; y porque el pecador no puede lograrla, está bajo maldición (Gál. 3:10). Y aunque el pecador busca intensamente obtener misericordia, la Ley no se la puede conceder, no, ni siquiera si la procura cuidadosamente con lágrimas (Heb. 12:17). Pero cuando el pecador creyente fija su vista en la justicia de Cristo, ve que la justicia es perfecta y exacta, tan perfecta y exacta como la de la Ley.

Los santos de antaño siempre basaban su felicidad, paz y satisfacción en su justificación perfecta y completa, en lugar de su imperfecta e incompleta santificación… aquel versículo que dice así merece ser escrito en letras de oro: “En gran manera me gozaré en Jehová”, dice el creyente sensato, “mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia” (Isa. 61:10). Me ha imputado y dado la santidad y la obediencia de mi bendito Salvador, y lo hizo mío. Pero,

  1. En séptimo lugar sepamos para nuestra consolación, que tenemos la razón más valedera del mundo para regocijarnos y triunfar en Cristo Jesús. “Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús” (Fil. 3:3; Gál. 6:14). Nos regocijamos en la Persona de Cristo, y nos regocijamos en la justicia de Cristo: “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús” (2 Cor. 2:14). La gracia de Dios era algo de lo cual Pablo siempre hablaba, y también Austin23, y de lo cual debiera hablar continuamente el cristiano cuando tiene su vista fija en la justicia de Cristo. Cada creyente se encuentra en un estado más bendecido y feliz debido a la justicia de Cristo de lo que estaba Adán en su inocencia, y esto debido a tres motivos que son una razón justa y noble para que todo cristiano se regocije y triunfe en Cristo Jesús.

(1.) La justicia que Adán tenía era incierta y por ello le fue posible perderla. Efectivamente, la perdió (Gén. 3), y eso al muy poco tiempo (Sal. 8:5). Dios le dio el poder y libre albedrío para conservarla o perderla. Y sabemos que al poco tiempo, por su propia elección, la perdió. Pero la justicia que tenemos en Jesucristo es más firme y segura. Adán perdió su justicia cuando pecó, pero el creyente no puede perder la justicia de Jesucristo. No es posible que el escogido de Dios peque tanto como para perder a Cristo o como para quitarse ese manto de justicia que Cristo le ha puesto (1 Juan 3:9; Rom. 8:35-39). Las puertas del infierno no prevalecerán contra el alma que ha puesto su esperanza en Cristo, que se ha vestido con la justicia de Cristo (Mat. 16:18). Ahora bien, ¿qué mayor gozo y triunfo en Cristo Jesús puede haber, sino es éste? Pero,

(2.) _La justicia que Adán dependía de él mismo y estaba bajo su cuidado._El origen de ella se basaba en él, y por esa causa, la perdió tan rápido. Adán, como el hijo pródigo (Luc. 15:12-13), tuvo toda su porción, su felicidad, su santidad, su consagración, su justicia en sus propias manos, bajo su cuidado, y muy rápidamente lo perdió todo.

Oh, pero ahora esa santa justicia que tenemos por medio de Jesucristo no está bajo nuestro cuidado, sino bajo el cuidado del Padre. Dios el Padre es el Señor que guarda no sólo nuestra justicia inherente, sino también la justicia imputada de Cristo Jesús a nosotros. Mis ovejas “no perecerán jamás”, dice nuestro Salvador, “ni nadie las arrebatará de mi mano”. “Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:28-29). Así como los santos enfrentan muchas sacudidas y muchos zarandeos en sus diversas circunstancias en este mundo, así también es segura su perseverancia final hasta que lleguen a la posesión completa de la vida eterna. Dios es tan inmutable en sus propósitos de amor y tan invencible en su poder que ni Satanás ni el mundo ni su propia carne jamás podrán separarlos de la “corona de justicia” (2 Tim. 4:7-8); “la corona de la vida” (Apoc. 2:10); “la corona de gloria” (1 Ped. 5:4). El poder de Dios es mucho mayor que toda oposición creada, que mantendrá eficazmente a los santos en un estado de gracia. ¡Qué base y fundamento para regocijarnos y triunfar en Cristo Jesús tenemos aquí! Pero,

(3.) Aun si la justicia de Adán, como parte de su creación, hubiera sido inalterable, y nunca hubiera podido perderla, aún hubiera sido la justicia del hombre, de una mera criatura. Y que justicia pobre, escasa hubiera sido, en comparación con esa justicia plena y gloriosa que gozamos en Jesucristo, la cual es una justicia de una Persona que era Dios al igual que hombre. Efectivamente, esa justicia que tenemos por medio de Jesucristo es una justicia más plena y más excelente y transcendente que la de los ángeles. Aunque la justicia de los ángeles sea de un tipo perfecto y completo, no es más que la justicia de meras criaturas. Pero la justicia de los santos en la que se presentan vestidos delante del trono de Dios es la justicia de esa Persona que es Dios y hombre.

¡Qué salvación eficaz tenemos aquí! ¡Qué tres razones nobles y qué fundamentos sin iguales tenemos aquí para el gozo y triunfo del cristiano en Cristo Jesús, quien ha puesto sobre ellos un manto tan glorioso como el de su propia justicia! Ah, cristiano, no tengas en poco las consolaciones de Dios (Job 15:11). ¿Por qué no recurres más a la consolación y el placer en Cristo Jesús? ¿Por qué no te regocijas más en él? No regocijarse en Cristo Jesús es sencillamente una violación de ese mandato del evangelio “Regocijaos en el Señor siempre”, eso es, regocíjense en Cristo. “Otra vez digo: !!Regocijaos!!”, dijo el Apóstol (Fil. 4:4). Repite el mandato para mostrar su excelencia y la necesidad de cumplirlo.

Ese gozo dura para siempre, su objeto permanece para siempre. Dicho objeto es nuestro Señor Jesucristo, y por lo tanto el gozo de los santos debe ser en razón de nuestro Señor Jesucristo. Si el mundano se regocija en las cosas materiales, el rico en sus riquezas, el ambicioso en los honores que recibe, el voluptuoso en sus placeres y el licencioso en sus Dalilas; ¿no se regocijará el cristiano en Cristo Jesús y en ese manto de justicia con el cual Cristo lo ha cubierto? (Isa. 61:10)

El gozo del cristiano que mantiene fija su vista en Cristo y su justicia no puede ser expresado, no puede ser dibujado. Nadie puede expresar en una pintura la dulzura del panal, ni lo sabroso de los racimos de Canaán, ni la fragancia de la rosa de Sarón. Así como las virtudes de las cosas no pueden ser dibujadas, tampoco pueden serlo la dulzura de ellas. ¡El gozo del Espíritu Santo no puede ser expresado en una pintura ni puede ser expresado el gozo que brota del corazón del cristiano que mantiene una comunicación cotidiana con Cristo y su justicia! ¿Quién puede mirar el cuerpo glorioso de nuestro Señor Jesucristo y considerar seriamente que cada vena de ese cuerpo bendito sangró para traerlo al cielo y no regocijarse en Cristo Jesús? ¿Quién puede contemplar la justicia de Cristo que le es imputada y no llenarse de un gozo espiritual exuberante en Dios su Salvador? No existe el perdón del menor de los pecados, ni el menor grado de gracia, ni la gota más pequeña de su misericordia, que no le haya costado caro a Cristo: ¡porque tuvo que morir, tuvo que hacer un sacrificio y tuvo que ser condenado a fin de que tú pudieras ser perdonado, objeto de su gracia y su misericordia! Y, ah, ¡cómo debe esto obrar en tu corazón para que te regocijes y triunfes en Cristo Jesús! Pero,

  1. En octavo lugar, la justicia imputada de Cristo sirve para consolar, sostener y apuntalar el corazón del pueblo de Dios para que no desmaye ni se hunda bajo la de debilidad e imperfección de su justicia que le es inherente. Tristemente, la iglesia del pasado dijo: “Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” (Isa. 64:6). Cuando el creyente se concentra en sus manchas, faltas, defectos, debilidades y necedades que se aferran a la justicia que le es inherente surgen temores y pánicos para tristeza y desaliento de su alma. Pero cuando fija su vista en la justicia de Cristo que le es imputada, entonces se reavivan las consolaciones y su corazón cobra aliento. Porque aunque no tiene nada de justicia propia por la cual su alma puede comparecer ante Dios y ser aceptada, tiene la justicia de Dios, la cual trasciende infinitamente la suya. De estar en la cuenta de Dios, pasa a la cuenta de él como si hubiera cumplido con toda exactitud la justicia que la Ley requiere. Según el Apóstol: “¿Qué, pues, diremos? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia que es por fe” (Rom. 9:30).

La fe se ciñe de la justicia de Cristo y entonces nos justifica. Los gentiles buscaron justicia, no en sí mismos sino en Cristo, de quien se asieron por fe y fueron por ella justificados ante los ojos de Dios. Los judíos, buscándola en sí mismos, y creyendo que por lo bueno de sus propias obras lograrían la justicia de la Ley, la dejaron pasar. Ningún poder humano puede cumplir totalmente la Ley, sólo Cristo la ha cumplido completamente para todos los que, por fe, acuden a él para obtener salvación. ¡Oh señores! Nadie puede ser justificado ante los ojos de Dios por una justicia de su propia invención.

Recordemos que esta justicia imputada de Cristo consigue la aceptación para nuestra justicia que es inherente. Cuando un cristiano sincero se enfoca en sus debilidades, sus defectos e imperfecciones de aun sus mejores obras, se aflige y se lamenta. Pero si levanta su vista a la justicia imputada de Jesucristo, hace que sus obras sean consideradas perfectas, sin mancha y sin pecado y aprobadas según el significado del evangelio. Se convierten en sacrificios espirituales y no puede menos que regocijarse (1 Ped. 2:5). Porque si hay una imputación de justicia para los creyentes, la hay también para sus servicios y acciones… de modo que las buenas obras imperfectas realizadas por los creyentes son contadas por justicia, o como lo dice Calvino: “Son contadas por justicia, son bañadas en la sangre de Cristo”. Son contadas como acciones justas, de modo que el cristiano sincero será juzgado según sus buenas obras aunque no salvado por ellas (Apoc. 11:18; 20:12; Mat. 25:34-37).

Y es de notar que en aquel famoso proceso del Juicio Final (Mat. 25:34-37), el Juez supremo hace mención de la recompensa y generosidad de los santos, y entonces les concede la corona de vida y la herencia eterna. Aunque los fieles del Señor tienen muy buenas razones para sentirse humillados y afligidos por las muchas debilidades que se adhieren a sus mejores obras, por otro lado, tienen una razón maravillosa para regocijarse y triunfar porque son perfeccionados a través de Jesucristo, y porque el Señor los ve por medio de la justicia de Cristo como frutos de su propio Espíritu (Heb. 13:20-21; 1 Cor. 6:11). Las oraciones de los santos perfumados con el aroma de Cristo son muy bien recibidas en el cielo (Apoc. 8:3-4). Sobre este fondo de justicia imputada, el creyente puede sentir gran consolación y esperanza por medio de la gracia, de que su persona, al igual que sus obras, es singularmente aceptada por Dios quien las considera sin mancha o imperfección. ¡Ciertamente la justicia imputada tiene que ser la culminación de nuestra felicidad y bendición!

9. En noveno lugar sepamos, para nuestra consolación, que la justicia imputada nos dará mayor audacia ante el tribunal de Dios. Existe una necesidad absoluta e indispensable de tener una justicia perfecta con la cual aparecer ante Dios. La santidad de la naturaleza de Dios, la justicia de su gobierno, la severidad de su Ley y el terror de su ira requiere del pecador una justicia completa sin la cual no tiene una base sólida en el juicio (Sal. 1:5). Esa justicia sólo puede justificarnos ante Dios quien es perfecto, sin defecto ni imperfección, que nos puede justificar en el juicio en el tribunal de Dios; es la que puede satisfacer adecuadamente su justicia y hacer las paces con él. Y consecuentemente, por ésta, la Ley de Dios se cumple… tal es la justicia que él requiere, que tiene valor delante de él y satisface su justicia (Rom. 10:3).

Esta es la consolación máxima para el alma vivificada y entendida, que se presenta justa ante el tribunal de Dios en la justicia de Cristo, total, exacta, perfecta, completa, sin igual, sin mancha, incomparable y absolutamente aceptable, que le es imputada.

Es una justicia completa y sin manchas, una justicia sin ningún cargo en su contra, y una justicia sin defectos. Y por lo tanto Dios no puede, en su justicia, excluirla ni objetarla. En esta justicia vive el creyente, en esta justicia el creyente muere, y en esta justicia el creyente se levantará y aparecerá ante el tribunal de Cristo, para la admiración profunda de todos los ángeles escogidos, el terror y horror transcendente de todos los reprobados y el gozo y triunfo sin paralelos de todos a la diestra de Cristo, que entonces clamarán y cantarán: “En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas” (Isa. 61:10).

¡Oh, cómo será admirado y glorificado Cristo en este gran día en todos sus santos (2 Tes. 1:10), cuando todos los santos, envueltos en este lino fino, en este manto blanco de la justicia de Cristo, brillarán más gloriosamente que diez mil soles! En el gran Día del Señor, cuando los santos comparezcan ante el tribunal de Dios, vestidos de la justicia perfecta de Jesucristo, prevalecerán y serán pronunciados justos en el tribunal de justicia divina, cuya sentencia llenará sus almas de consolación y las almas de los pecadores de desconcierto (Apoc. 20:12; 12:10).

Supongamos que vemos a un pecador creyente levantando la mano en el banquillo del tribunal de Dios: los libros abiertos, el acusador de los hermanos presente, los testigos listos y el Juez en su estrado diciendo esto al pecador en el banquillo (Rom. 7:12, 14, 16; Gál. 3:10): “Oh pecador, pecador, compareces ante mi acusado por muchos millones de pecados de comisión y por muchos millones de pecados por omisión. Haz quebrantado mis Leyes santas, justas y rectas más allá de lo que es posible concebir o expresar, y por lo tanto eres hallado culpable. ¿Qué tienes que decir a tu favor de por qué no tienes que ser condenado eternamente?” Oyendo esto, el pecador se declara culpable. Pero a la vez anhela sinceramente tener el tiempo y la libertad de presentar sus razones por las que merece esa terrible sentencia: “Apartaos de mí, malditos” (Mat. 25:41). El Juez le concede su pedido, el pecador alega que Jesucristo, su Garantía, por su sangre y sus sufrimientos ha satisfecho total y completamente la justicia divina y que, en el madero, ha pagado la totalidad de la deuda, y que no puede ser que la santidad y la justicia sin mancha de Dios demande dos veces una satisfacción (Heb. 10:10, 14).

Si el Juez siguiera objetando: “Pero, ay, pecador, pecador, la Ley requiere una justicia perfecta y exacta en su cumplimiento personal. Ahora bien, pecador, ¿dónde está tu justicia exacta y perfecta? (Gál. 3:10). Ante esto, el pecador creyente responde enseguida, con alegría, humildad y seguridad: “Mi justicia está ante el Tribunal”: ‘En Jehová está la justicia’ (Isa. 45:24). Cristo, mi Garantía, ha cumplido la Ley en mi lugar”.

La obediencia total de Cristo a la Ley, su conformidad perfecta a sus mandatos, su obra al igual que su obediencia en la muerte es por gracia, pasada a mí, y me es contada a mí para mi justificación y salvación. Y esta es mi defensa, por la cual estoy de pie ante el Juez de todo el mundo. Sobre esto, la defensa del pecador es aceptada como válida, y en consecuencia, es pronunciado justo y se retira glorificando y gozándose, triunfando y clamando: “¡Justicia, justicia, justicia, justicia!” “En Jehová será justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel” (Isa. 45:25). Y así es que vemos que hay nueve fuentes de fuerte consolación que fluye a nuestra alma a través de la imputación a nosotros de la justicia de Cristo.

De “The Golden Key to Open Hidden Treasures” (La llave de oro para abrir tesoros escondidos) en The Works of Thomas Brooks (Las obras de Thomas Brooks), Tomo 5, reimpreso por Banner of Truth.


Thomas Brooks (1608-1680): Predicador puritano inconformista. Educado en Emmanuel College, Cambridge, y un defensor de la creencia “El camino” de las iglesias congregacionalistas. Sus obras escritas ocupan seis tomos e incluyen Precious Remedies Against Satan’s Devices (Remedios preciados contra las artimañas de Satanás), Heaven on Earth (El cielo en la tierra) y A Mute Christian Under the Rod (Un cristiano mudo bajo el castigo).