La ley, maldición y justicia de Cristo

Ebenezer Erskine (1680-1754)

Dios, habiendo hecho al hombre una criatura racional capaz de dominio moral, le dio una ley compatible con su naturaleza por medio de la cual se debía gobernar, haciéndose responsable ante Dios, su gran Creador. Esta ley fue entregada al hombre en la forma de un pacto con una promesa de vida bajo la condición de obediencia perfecta y una amenaza de muerte en caso de desobediencia (Gén. 2:17). Así estaba la situación entre Dios y el hombre en su estado de inocencia.

Adán y toda su posteridad en él y con él, habiendo quebrantado el pacto, se hicieron culpables de la maldición y su castigo, de manera que nuestra salvación se tornó absolutamente imposible hasta que la justicia fue satisfecha, y el honor de la ley quebrantada fue reparada. La Ley y justicia de Dios [no admiten rechazo alguno] y se basan en una satisfacción y [compensación] plenas, de lo contrario, las puertas del cielo serán cerradas y permanentemente trancadas contra el hombre y toda su posteridad. La espada encendida de justicia gira hacia todos lados para impedirnos acceso al paraíso que está en lo Alto.

Mientras que el hombre en estas circunstancias no esperaba más que caer, un sacrificio eterno para satisfacer la justicia divina, el Hijo eterno de Dios, en su amor y compasión infinita hacia los pecadores rumbo a la muerte, interviene como un Mediador y Garantía, ofreciendo tomar no sólo nuestra naturaleza sino también nuestro lugar ante la Ley, comparecer en nuestro lugar, de tal manera que toda la obligación de la Ley, tanto penal como perceptiva cayó sobre él. Es decir, se hizo responsable al igual que estuvo dispuesto a cumplir el mandato y sufrir la maldición del pacto de las obras que habíamos violado. Y digamos de paso aquí, que es bueno advertir que fue un acto de gracia sublime de Jehová el Señor admitir una garantía en nuestro lugar. Porque si se hubiera sometido al rigor y la severidad de la Ley, hubiera demandado una satisfacción personal sin admitir la satisfacción de la garantía: en cuyo caso Adán y toda su posteridad habrían caído bajo el golpe de la justicia vengadora por toda la eternidad. ¡Pero gloria sea dada a Dios en lo Alto, que no sólo aceptó una garantía sino que proveyó una y puso “el socorro sobre uno que es poderoso” (Sal. 89:19)!

Cristo, el Hijo eterno de Dios siendo “el cumplimiento del tiempo…, nacido de mujer y nacido bajo la ley” es nuestra Garantía (Gál. 4:4). Realmente cumplió todos los términos del pacto de las obras en nuestro lugar. Eso es, dicho sencillamente, que obedeció todos los mandamientos de la Ley y sufrió su maldición, y por ello introdujo una justicia completa de acuerdo con la Ley, por medio de la cual los pecadores culpables son justificados ante Dios.

Esta justicia de la Garantía nos es adjudicada por imputación. Esto es algo que se nos aclara en muchos pasajes de las Escrituras, particularmente en Romanos 4:6, 11-12, 23- 24. Ahora bien, esta imputación de la justicia de la Garantía se basa principalmente en tres cosas: (1) En la transacción eterna entre el Padre y el Hijo, por la cual el Hijo de Dios fue escogido y admitido como la Garantía para un mundo escogido. Entonces dio su fianza al Padre para pagar la deuda de ellos en el oro rojo de su sangre diciendo: “Holocausto y expiación no has demandado… He aquí vengo… El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Sal. 40:6-8). (2) Se fundamenta en la imputación verdadera de nuestros pecados a él: “Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isa. 53:6). Hay un intercambio sagrado de lugares entre Cristo y su pueblo: él toma nuestros pecados e impiedad, a fin de que podamos vestirnos con el manto blanco de su justicia: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). (3) Esta imputación se basa en la unión mística entre Cristo y el creyente. Cuando la pobre alma decide, en un día de poder, aceptar al Señor Jesús en los brazos de fe, Cristo y él, en ese mismo momento, se fusionan en un solo cuerpo. El creyente se convierte en una rama de la noble Vid, un miembro del Cuerpo del cual Cristo es la gloriosa Cabeza de eminencia, influencia y soberanía. Y estando así unido a Cristo, el manto largo y blanco de la justicia del Mediador se extiende sobre él, de modo que no sólo está libre de condenación, sino que es considerado para siempre como justo ante los ojos de Dios: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Cor. 1:30).

Tan perfecta es esta justicia que el ojo penetrante de la justicia infinita no puede encontrar ninguna falla en ella. Sí, la justicia es satisfecha tan plenamente de esta manera que Dios habla del alma así vestida como si estuviera en un estado de inocencia y liberada perfectamente del pecado.

Del sermón “The Believer Exalted in Imputed Righteousness” (El creyente exaltado en la justicia imputada) en The Whole Works of the Late Ebenezer Erskine (Las obras completas del que fuera Ebenezer Erskine), Tomo I, reimpreso por Free Presbyterian Publications.


Ebenezer Erskine (1680-1754): Teólogo evangélico y fundador de Secession Church of Scotland y predicador popular. Apoyaba la obra evangélica The Marrow of Modern Divinity (La médula de la teología moderna), que había sido condenada por la Asamblea General. Nació en Dryburgh (Scottish Borders).