Imputación de la justicia
Charles Hodge (1797-1878)
Al hablar de la justicia de Cristo nos estamos refiriendo a todo lo que fue, hizo y sufrió para satisfacer las demandas de la justicia divina y el mérito para su pueblo, el perdón de los pecados y el don de vida eterna. La justicia de Cristo generalmente se representa como incluyendo su obediencia activa y pasiva. Esta distinción, en lo que respecta a la idea, es bíblica. La Biblia enseña que Cristo obedeció todos los preceptos de la Ley, y que sufrió su castigo y que hizo esto para su pueblo como si ellos mismos lo hubieran hecho. Murieron en él. Fueron crucificados con él. Fueron librados de la maldición de la Ley al hacerse maldición por ellos. Se puso bajo la Ley para poder redimir a los que estaban bajo la Ley. Somos libres de la Ley por el cuerpo de Cristo. Él fue hecho pecado a fin de que fuéramos hechos la justicia de Dios en él. Él es la consumación de la Ley para justicia de todo aquel que cree. Es por su obediencia que muchos son constituidos justos (Rom. 5:19). Obedecemos en él, según la enseñanza del Apóstol en Romanos 5:12-21, en el mismo sentido en que hemos pecado en Adán.
Pero la obediencia activa y pasiva de Cristo son sólo fases o aspectos distintos de una misma cosa. Obedeció sufriendo. Sus actos de obediencia más importantes fueron en el huerto y en la cruz. De allí que esta distinción no es presentada en las Escrituras como si la obediencia de Cristo cumpliera un propósito y sus sufrimientos otro propósito distinto. Somos justificados por su sangre. Somos reconciliados con Dios por su muerte. Somos libres de todas las demandas de la Ley por su cuerpo (Rom. 7:4), y somos libres de la Ley porque él se sujetó a ella y la obedeció en nuestro lugar (Gál. 4:4-5). Entonces, el mismo efecto es atribuido a la muerte o los sufrimientos de Cristo y a su obediencia porque ambos son expresiones o partes de su obediencia o justicia por la cual somos justificados. En otras palabras, la obediencia de Cristo incluye todo lo que hizo al satisfacer las demandas de la Ley.
**La justicia es imputada al creyente para su justificación.**La palabra _imputar_es muy conocida y no deja lugar a dudas. Imputar es atribuir, conferir, cargar a la cuenta de uno. Cuando decimos que imputamos una motivación buena o mala a alguno o que una acción buena o mala le es imputada a él, nadie malinterpreta lo que estamos diciendo. Filemón no tuvo ninguna duda de lo que Pablo le decía cuando le dijo que le cargara a él la deuda de Onésimo10.
Usamos la palabra imputar en su sentido sencillo cuando decimos que la justicia de Cristo es imputada a los creyentes para su justificación.
Parece innecesario comentar que esto ni significa ni puede significar que la justicia de Cristo es infundida en el creyente o de ninguna manera impartida a él de modo que cambie o constituya su carácter moral. La imputación nunca cambia el estado interior, subjetivo de la persona a quien se le imputa algo. Cuando el pecado es imputado al hombre no es que esto lo haga pecador. Cuando el entusiasmo de Finees11 le fue imputado, esto no lo hizo entusiasta. Cuando uno le imputa un robo a alguien, esto no es lo que lo convierte en un ladrón. Cuando uno imputa bondad a alguien, esto no lo hace bueno. Por lo tanto cuando se le imputa justicia al creyente, no por ello es subjetivamente justo. Si la justicia es adecuada, y si la imputación se hace sobre una alegación adecuada y por una autoridad competente, la persona a quien se le hace la imputación tiene el derecho de ser tratada como justa. Y, por lo tanto, en lo legal, aunque no en el sentido moral o subjetivo, la imputación de la justicia de Cristo hace justo al pecador. Es decir, le da derecho a una absolución total de todos sus pecados y al derecho de una justicia para vida eterna.
Que esta es la creencia simple y universalmente aceptada de la doctrina de todos los protestantes en la Reforma, y considerada por ellos como la piedra angular del evangelio… nunca ha sido disputada por ninguna autoridad sincera o competente. Ésta ha seguido siendo la doctrina de los dos grandes sectores de la iglesia protestante, que afirman adherirse a sus normas.
De paso podríamos mencionar que según la doctrina protestante no hay propiamente una “causa formal” para la justificación. La justicia de Cristo es la causa meritoria, pero no la formal por la cual el pecador es declarado justo. Una causa formal es la que constituye la naturaleza inherente, subjetiva de una persona o cosa. La causa formal de por qué un hombre es bueno es la bondad; de que sea santo, la santidad; de que sea malo, la maldad. La causa formal por la cual una rosa es roja es el color rojo. Y de que una pared sea blanca es el color blanco. Como no somos considerados inherentemente justos por la justicia de Cristo, no es correcto decir que su justicia es la causa formal por la cual uno es justo.
El fundamento de esta justificación en el caso del pecador creyente es la imputación de la justicia de Cristo.
El Dr. Shedd12 dice: “Una segunda diferencia entre la soteriología13 ansélmica14 y la protestante se ve en la distinción formal de la obra de Cristo en su justicia activa y pasiva. Hablar de su justicia pasiva es referirse a sus sufrimientos expiatorios, por medio de los cuales se satisfizo los reclamos de la justicia. Y hablar de su justicia activa es referirse a su obediencia a la ley como regla de su vida y conducta. Los que hacían esta distinción argumentaban que el propósito de Cristo como el sustituto de otros fue cumplir para el pecador todas las demandas de la Ley. Pero la ley requiere obediencia actual y perfecta al igual que satisfacción por la desobediencia en el pasado. La Ley no se cumple completamente por únicamente sufrir el castigo. También tiene que ser obedecida. Cristo sufrió el castigo que le correspondía al hombre por su desobediencia y también obedeció perfectamente la Ley por él, de modo que fue un sustituto por otro en lo que respecta al precepto al igual que el castigo de la Ley. Por medio de su obediencia activa soportó el castigo. De este modo, su obra de sustitución a nuestro favor es completa”15… La distinción entre la obediencia activa y pasiva de Cristo es, desde un punto de vista, sin importancia. Siendo Cristo, obedeció sufriendo, sus sufrimientos fueron tanto parte de su obediencia como de su cumplimiento de los preceptos de la Ley. Las Escrituras no hacen expresamente esta distinción, ya que incluyen todo lo que Cristo hizo para nuestra redención bajo el término justicia u obediencia. La distinción es importante únicamente cuando se niega que su obediencia moral sea parte de la justicia por la cual el creyente es justificado o que su obra completa de cumplir satisfactoriamente consistiera en la expiación de la pena de la Ley o de cargar con ella. Esto contradice a las Escrituras y pervierte la doctrina de la justificación como la presenta la Biblia.
Prueba de la doctrina
Que la doctrina protestante tal como se acaba de explicar es la doctrina de la Palabra de Dios, se desprende de las siguientes consideraciones:
1._La palabra_dikaioo _significa “declarar_dikaios [justo]”. Nadie puede ser pronunciado verdaderamente dikaios a quien dikaiosune [justicia] no se le puede adjudicar por legítimo derecho. El pecador no tiene justicia propia. Dios, por lo tanto, le imputa una justicia que no es la propia. La justicia imputada de este modo es la justicia de Dios, de Cristo, la justicia que es por fe. Esto es casi, en suma, la declaración de la Biblia sobre el tema. Debido a que la pregunta, “¿Cuál es el método de la justificación?”, es una pregunta bíblica, tiene que ser contestada exegéticamente16, no por argumentos originados de supuestos principios de razonamiento. No tenemos la libertad de decir que la justicia de alguien no puede ser imputada a otro, que esto significaría un error o un absurdo, que la justicia de Dios no demanda una justicia como la que prescribe la Ley como la condición de la justificación, que él puede perdonar y salvar como Padre sin ninguna otra condición, excepto la de arrepentimiento. Eso no concuerda con su gracia de que las demandas de la justicia tienen que ser cumplidas antes de otorgar justificación; que esta opinión de la justificación la convierte en una farsa, el llamar justo a alguno cuando no es justo, etc. Todo esto no equivale a nada. Todo tiene que ver con esa sabiduría que es una necedad para Dios.
Lo único que tenemos que hacer es determinar: (1.) ¿Cuál es el significado de la palabra justificar usada en la Biblia? (2.) ¿Sobre qué base afirma la Biblia que Dios declara que el pecador es justo? Si la respuesta a estas preguntas es la que la iglesia en todas las épocas, y especialmente la de la iglesia de la Reforma, ha dado, entonces tenemos que darnos por satisfechos. El Apóstol en términos concretos afirma que Dios imputa justicia al pecador (Rom. 4:6, 24).
Todos admiten que justicia significa “aquello que hace justo al hombre, aquello que la Ley demanda”. No consiste de la propia obediencia o excelencia moral del pecador, porque dice la Biblia que es “sin obras” (Rom. 4:6). Y declara que nadie puede ser justificado sobre la base de su propio carácter o conducta. Esta justicia tampoco consiste de la fe, porque es “de la fe”, “por medio de la fe”, “por fe”. Nunca dice que somos justificados debido a la fe. Tampoco es una justicia o una forma de excelencia moral que surge de la fe, o de la cual la fe es el origen o la causa próxima porque declara que es la justicia de Dios, una justicia que es revelada, que es ofrecida, que tiene que ser aceptada como un regalo (Rom. 5:17). Declara que es la justicia de Cristo, su obediencia (Rom. 5:19). Por lo tanto, es la justicia de Cristo, su obediencia perfecta en cumplir y sufrir la voluntad de Dios que es imputada al creyente sobre la base en que el creyente, aunque en sí es impío, es pronunciado justo y por lo tanto libre de la maldición de la Ley y merecedor de la vida eterna.
El argumento del Apóstol
- Todos los puntos mencionados no sólo son declarados claramente por el Apóstol sino que son presentados en un orden lógico y explicados elaboradamente y vindicados en la Epístola a los Romanos. El Apóstol comienza con una declaración de que el evangelio “es poder de Dios para salvación” (Rom. 1:16). No es divinamente eficaz por la pureza de sus preceptos morales, ni porque revela la inmortalidad, ni porque nos presenta el ejemplo perfecto del Señor Jesucristo, ni porque nos asegura el amor de Dios, ni por la influencia eterna, santificada, vivificadora por la que es presentada. Hay algo preliminar a todo esto.
_El primer requisito indispensable para la salvación es que los hombres deben ser justos ante Dios._Se encuentran bajo su ira y su condenación. Hasta que la justicia sea satisfecha, hasta que Dios se haya reconciliado, no hay posibilidad de que ninguna influencia moral sirva para nada. Por lo tanto, el Apóstol dice que el poder del evangelio es debido al hecho de que “la justicia de Dios se revela” (Rom. 1:17). Esto no puede significar “la bondad de Dios”, porque este no es el significado de la palabra. No puede ser, en este contexto, que signifique su justicia porque es una justicia que es “por fe”; porque la justicia de Dios es revelada desde el cielo y a todos los hombres; porque la revelación de justicia aterroriza y hace que uno huya de Dios; porque lo que aquí se llama la justicia de Dios en otras partes se contrasta con “mi propia justicia” (Fil. 3:9; Rom. 10:3); y porque también declara que es la justicia de Cristo, lo cual se explica por su “obediencia” (Rom. 5:18-19) y en otras partes declara ser “su sangre” (3:25; 5:9).
La pregunta, “¿Cómo será el hombre justo ante Dios?”, es algo que ha resonado en los oídos de la gente desde el principio. Nunca había sido contestada. Pero tiene que ser contestada o no puede haber esperanza de salvación. Es contestada en el evangelio, y por lo tanto el evangelio es el poder de Dios para salvación de todo aquel que cree (Rom. 1:16), o sea para todos, sean judíos o gentiles, esclavos o libres, buenos o malos, quienes, en lugar de ocuparse de establecer su propia justicia, se someten con gozosa confianza a la justicia que su Dios y Salvador Jesucristo ha obrado para los pecadores y que les es ofrecida libremente en el evangelio, sin dinero y sin precio.
Este es el tema de Pablo, que procede a explicar y establecer… Comienza afirmando, como una verdad indiscutible de la revelación de Dios en la constitución de nuestra naturaleza, que Dios es justo, que él castigará el pecado, que no puede dar por justo al que no es justo. Luego muestra por experiencia y por las Escrituras, primero con respecto a los gentiles, luego con respecto a los judíos, que no hay ni un justo, ni aun uno; que todo el mundo es culpable ante Dios. Por lo tanto, no hay diferencia, porque todos han pecado.
Dado que la justicia que la Ley requiere no puede ser encontrada en el pecador ni dada por él, Dios ha revelado otra justicia: “la justicia de Dios” (Rom. 3:21), otorgada a todo aquel que cree. Los hombres no son justificados por quienes son ni por lo que hacen, sino por lo que Cristo ha hecho por ellos. Dios lo envió como propiciación por el pecado a fin de que sea justo y también justificador de aquellos que creen.
El Apóstol enseña que tal ha sido el método de justificación desde el principio. Fue el testimonio de la Ley y los profetas. Nunca ha existido, desde la Caída, ninguna otra manera posible por la cual el hombre puede ser justificado. Dios justificó a Abraham porque éste creyó en la promesa de la redención por medio del Mesías, de la misma manera justifica ahora a los que creen en el cumplimiento de la promesa (Rom. 4:3, 9, 24). No se debió al hecho de que Abraham creyera que le fue contado por justicia. No es la fe en el creyente ahora, no la fe como una virtud o como una fuente de nueva vida, lo que lo hace justo. Es la fe en una promesa específica. La justicia, dice el Apóstol, nos es imputada “a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro” (Rom. 4:24). O, como lo expresa en Romanos10:9: “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”. La promesa en la que Abraham creyó es la promesa que creemos nosotros (Gál. 3:14); y la relación de la fe con la justificación es en su caso precisamente el caso de nosotros. Él y nosotros somos justificados sencillamente porque confiamos en el Mesías para obtener nuestra salvación. Por lo tanto, como dice el Apóstol, las Escrituras están llenas de gratitud a Dios por el perdón gratuito, por la justificación sin cargo, por la imputación de justicia a aquellos que no tienen justicia propia.
El paralelo entre Adán y Cristo
- No satisfecho con esta declaración clara y formal de la verdad de que los pecadores pueden ser justificados únicamente por medio de la imputación de una justicia no propia, y que esa justicia así imputada es la justicia (activa y pasiva si se insiste en esa distinción) del Señor Jesucristo; Pablo procede a ilustrar esta doctrina trazando un paralelo entre Adán y Cristo. El primero [Adán], dice, fue un tipo del último [Cristo]. Existe una analogía entre nuestra relación con Adán y nuestra relación con Cristo. Estamos tan unidos a Adán que su primera transgresión fue la razón por la que la sentencia de condenación pasara a toda la humanidad. Y por esa condenación heredamos de él una naturaleza corrupta de modo que toda la humanidad, descendiendo de él, generación por generación17, venimos a este mundo en un estado de muerte espiritual. De la misma manera, estamos tan unidos a Cristo, cuando creemos, que su obediencia es la base sobre la cual una sentencia de justificación pasa a todos los que estamos en él. Y en consecuencia de esa sentencia heredamos de él un principio de vida espiritual nuevo, santo, divino e imperecedero. Estas verdades son expresadas en términos explícitos. “Porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación” (Rom. 5:16). “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (vv. 18-19).
Estas dos verdades, la imputación del pecado de Adán y la imputación de la justicia de Cristo, se han grabado en la conciencia de la iglesia universal. Han sido vilipendiadas, tergiversadas y denunciadas por teólogos, pero han permanecido firmes en la fe del pueblo de Dios, del mismo modo que las verdades principales de la razón han retenido siempre el control sobre la humanidad a pesar de todas las especulaciones de los filósofos. No significa esto que las verdades recién mencionadas hayan sido siempre expresadas en estos mismos términos, sino que las verdades mismas han sido y siguen siendo las del pueblo de Dios dondequiera se encuentre entre griegos, latinos o protestantes.
El hecho de que la raza cayó en Adán, de que los males que caen sobre nosotros por su transgresión son castigos por haber quebrantado la ley, y de que los hombres nacen en una condición de pecado y condenación son hechos destacados en las Escrituras y la experiencia… se sugiere en cada acto de la fe salvadora que incluye confianza en lo que Cristo hizo por nosotros como la base para ser aceptados por Dios, en oposición a algo hecho por nosotros o forjado en nosotros.
Siendo éste el único fundamento verdadero de la esperanza del pecador para acercarse a Dios, es de suma importancia que no sólo debe ser observada sensatamente por su pueblo, sino que también debe ser claramente presentada y mantenida por el [ministerio del púlpito]. No es lo que hacemos o somos, sino exclusivamente lo que Cristo es y ha hecho lo que puede contar para nuestra justificación ante el tribunal de Dios.
Otros pasajes que enseñan la misma doctrina
- La doctrina de la imputación de la justicia de Cristo, o, en otras palabras, el que su justicia es la base judicial de la justificación del creyente, no sólo es presentada formal y argumentativamente en los pasajes citados, sino que es constantemente afirmada o sugerida en la Palabra de Dios. En el cuarto capítulo de su epístola a los Romanos, el Apóstol argumenta que cada declaración o promesa de perdón gratuito del pecado que se encuentra en las Escrituras incluye esta doctrina. Sigue su explicación basándose en que Dios es justo y que demanda una justicia de aquellos a quienes justifica. Si no tienen justicia propia, una basada en fundamentos justos, debe serles imputada. Si, por lo tanto, el Señor perdona el pecado, debe ser que el pecado es cubierto, que la justicia ha sido satisfecha. Dice: “Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos” (Rom. 4:6-7).
Romanos 5:9 dice que somos “justificados en su sangre”. Romanos 3:25 dice que Dios lo ha puesto como una propiciación18 por el pecado, a fin de poder ser justo en justificar al impío. Justificar no significa indultar, sino que declara justo judicialmente. Este pasaje declara claramente que la obra de Cristo es el fundamento sobre el cual la sentencia de justificación es pronunciada. En Romanos 10:3-4 dice de los judíos: “Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios; porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree”. No podemos dudar que la palabra justicia[dikaiosune] seguramente tiene el mismo significado en los dos casos del primero de estos versículos. Si la “justicia propia” es lo que lo hace justo, entonces “la justicia de Dios” en este sentido, tiene que ser una justicia justificadora. Se llama la _justicia de Dios_porque, como hemos dicho antes, él es su autor. Es la justicia de Cristo. Es provista, ofrecida y aceptada por Dios.
Entonces tenemos aquí dos justicias: una humana, la otra divina. La primera no tiene valor, la otra es infinitamente meritoria. La necedad de los judíos, y de miles desde su época, consiste en rechazar la última y confiar en la primera. El Apóstol hace muy claro esto en el cuarto versículo. Los judíos actuaban bajo la premisa de que la Ley como un pacto, es decir que prescribía las condiciones de la salvación, seguía vigente, que los hombres todavía estaban obligados a satisfacerla por su obediencia personal a fin de ser salvos, en tanto que Cristo había puesto fin a la Ley. La había abolido como un pacto a fin de que todos los hombres pudieran ser justificados por fe. Sin embargo, Cristo no sólo puso fin a la Ley, no por meramente hacerla a un lado, sino satisfaciendo sus demandas. Nos libra de la maldición, no por un simple perdón, sino por haberse hecho maldición por nosotros (Gál. 3:13). Nos redime de la Ley por haberse puesto bajo ella (Gál. 4:4-5) satisfaciendo toda justicia.
En Filipenses 3:8-9, el Apóstol dice que él “lo perdió todo” para poder ser encontrado en Cristo, no teniendo su “propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe”. Una vez más se contrasta aquí la justicia propia con la que es de Dios. La palabra tiene que tener el mismo sentido en ambos casos. Pablo no confiaba en su propia justicia o en su propia integridad subjetiva, sino en una justicia que le fue provista y que recibió por fe.
El Apóstol dice que Cristo “nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Cor. 1:30). En esta enumeración se hace una distinción entre santificación y justificación. Una nos hace santos, la otra nos hace justos; es decir, satisface las demandas de la justicia. Como Cristo es para nosotros el origen de la vida espiritual interior, de la misma manera es el Dador de esa justicia que asegura nuestra justificación… somos aceptados, justificados y salvos, no por lo que somos, sino por lo que él ha hecho para nuestro beneficio. Dios “por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). Así como Cristo no fue hecho pecado en un sentido moral, tampoco somos nosotros hechos (en justificación) justos en un sentido moral. Así como fue hecho pecado en que “cargó nuestros pecados”, nosotros somos hechos justos en el sentido que cargamos su justicia. Nuestros pecados fueron el fundamento judicial de su humillación bajo la Ley y todos sus sufrimientos; de la misma manera su justicia constituye la base judicial de nuestra justificación. En otras palabras, así como nuestros pecados le fueron imputados a él, su justicia nos es imputada a nosotros. Si la imputación de pecado no lo hizo a él moralmente corrupto, la imputación de su justicia no nos hace santos ni moralmente buenos.
Argumento de las enseñanzas generales de la Biblia
- Es innecesario detenernos demasiado en pasajes particulares para apoyar una doctrina que es una constante en toda la Escritura. La pregunta es, “¿Cuál es el fundamento del perdón del pecado y de la aceptación del creyente como justo (en el sentido forense o judicial de la palabra) ante los ojos de Dios?” ¿Es por algo que hacemos, algo que hemos experimentado o que hemos forjado en nosotros? ¿O es lo que Cristo ha hecho por nosotros? Toda la revelación de Dios con respecto al método de salvación muestra que es esto último y no lo primero.
Por su naturaleza, la gracia y las obras son diametralmente opuestas. La una excluye a la otra. Lo que es por gracia no es por obras. Y por obras, en las Escrituras, en relación con este tema significa no sólo actos individuales, sino maneras de pensar, cualquier cosa y todo lo interno sobre lo cual puede basarse el carácter moral. Por lo tanto, cuando la Biblia dice que la salvación es por gracia y no por obras, está diciendo que no tiene absolutamente ningún fundamento en el creyente mismo… El don de su Hijo para la redención del hombre se presenta siempre como la manifestación más maravillosa de amor no merecido. Declara expresamente que el que algunos y no todos los hombres son realmente salvos no es por sus obras, no por nada que los distinga favorablemente por ser de una clase y no de la otra, sino que es una cuestión de gracia total [incondicional].
Cuando un pecador es perdonado y restaurado al favor de Dios, esto también es declarado ser por gracia. Si es por gracia, no se basa para nada en el pecador mismo. Ahora bien, las Escrituras no sólo enseñan que el plan de Dios es gratuito en su comienzo, ejecución y aplicación, sino que también insisten en que esta característica del plan es de vital importancia y hasta llegan al punto de enseñar que a menos que consintamos en ser salvos por gracia, no podemos ser salvos en absoluto.
De Systematic Theology (Teología sistemática), III, xvii, 4-6
Charles Hodge (1797-1878): el teólogo presbiteriano norteamericano más influyente del siglo XIX. Enseñó teología en el Seminario Princeton. Mejor conocido por sus tres tomos de teología sistemática. Nació en Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos.