¿Es el Señor su justicia?
J. C. Ryle (1816-1900)
“Este es su nombre por el cual será llamado: El SEÑOR, justicia nuestra.”—Jeremías 23:6
El tiempo es breve. Un poco más de tiempo, y el Señor Jesús vendrá en su gloria. Se formará el tribunal de justicia y se abrirán los libros. “Y serán reunidas delante de él todas las naciones… para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (Mat. 25:32; 2 Co. 5:10). Los secretos más íntimos de todos los corazones serán revelados: “Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre” comparecerán juntos a un mismo nivel ante el tribunal y se verán cara a cara, y uno por uno tendrá que dar cuenta de sí mismo a Dios ante todo el mundo (Apoc. 6:15). Así está escrito, y por lo tanto es cierto y seguro que sucederá.
¿Y que piensa decir cada uno de ustedes en esa hora? ¿Cuál es la defensa que están preparados para presentar? ¿Cuál es la respuesta que se proponen dar? ¿Cuál es la causa que tienen la intención de mostrar sobre la razón por la cual no debiera pronunciarse una sentencia en contra de ustedes?
Queridos amigos, lo que temo es que algunos entre ustedes no saben la respuesta. Todavía no han pensado en ella ––están resueltos a pensar en ella algún día; o no les es muy clara en el presente, o han inventado un plan ingenioso y plausible que no coincide con el criterio de la Biblia. ¡Ay, que caso terrible el de ustedes! La vida es tan incierta; los más hermosos o los más fuertes aquí presentes pudieran ser los próximos en partir de este mundo, no se puede hacer un acuerdo con la muerte––y aun así no pueden ustedes decirnos en qué depositan su confianza.
En el gran Día Final no faltarán testigos: sus pensamientos y palabras y acciones aparecerán escritos uno tras otro en el libro. Nuestro Juez es el escrutador de nuestro corazón. No obstante, y a pesar de todas estas realidades, muchos de ustedes duermen como si la Biblia no fuera veraz; son demasiados los que no saben cómo ni por qué se debe escapar de la ira y condenación de Dios.
I. Primero, entonces, quiero mostrarles cómo tienen que contar conalgunajusticia. La Biblia dice claramente:“Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres” (Rom. 1:18). “Los injustos no heredarán el reino de Dios” (1 Cor. 6:9). “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mat. 25:46). “Vestidos con la coraza de justicia” dice Pablo en Efesios (Ef. 6:14). ¡Y cómo puede uno atreverse a decir que puede entrar en el cielo sin ella!
Quiero exponer la necedad de todos aquellos que hablan de la misericordia de Dios superficialmente y usando generalidades. Los hombres dicen con frecuencia, cuando uno insiste en que piensen en su salvación: “Es cierto, no soy lo que debo ser, he quebrantado con mucha frecuencia la Ley de Dios, pero él es muy misericordioso, y confío que me perdonará”. Ahora bien, queridos amigos, afirmo firmemente que esto es una falsa ilusión tremenda, un refugio de mentiras que no tendrá validez al compararla con las Escrituras, y es más: no perdurará ni un instante en el fuego de las pruebas y aflicciones.
_¿Nunca han oído decir que Dios es un Dios de santidad perfecta:_santo en su carácter, santo en sus leyes, santo en su morada? “Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios” (Lev. 19:2). “Él es Dios Santo”, dice Josué (Josué 24:19). “Seguid… la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb. 12:14). Y el libro de Apocalipsis, hablando de la morada celestial, dice: “No entrará en ella ninguna cosa inmunda” (Apoc. 21:27). ¿Y me van a decir, en vista de todos estos versículos, que el hombre, corrupto, impuro, profano ––como lo somos ciertamente los mejores de nosotros–– podrá pasar por el juicio ardiente de nuestro Dios y entrar a la Jerusalén celestial simplemente confiando en la misericordia de su Creador, sin siquiera un solo trapo para cubrir sus iniquidades y tapar su impureza? No puede ser: la misericordia de Dios y la santidad de Dios requieren la reconciliación, y ustedes todavía no la han buscado.
¿Y nunca han oído que Dios es un Dios de justicia perfecta, cuyas leyes no se pueden quebrantar sin castigo, cuyos mandamientos tienen que ser cumplidos so pena de muerte? “Porque todos sus caminos son rectitud”, dice el libro de Deuteronomio: “Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él. Es justo y recto” (Deut. 32:4). “Justicia y juicio son el cimiento de tu trono”, dice David (Sal. 89:14). “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas”, dijo Jesús: “no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” Mat. 5:17, 18). No puedo encontrar ningún lugar que diga que la Ley ya caducó y que no se tiene que cumplir, entonces, ¿cómo puedo ayudarles a aprender que no basta con recurrir a la misericordia de Dios? Leo en la Biblia acerca de dos caminos únicamente: Uno es que cumpla toda la Ley uno mismo, el otro que uno recurra a que otro lo haga por uno. Les digo, pues, que tienen que tener en cuenta tanto la misericordia de Dios como la justicia de Dios, y esto ustedes no lo han hecho aún.
Bien dicen ustedes que todavía no son lo que deberían ser, pero agregan que Dios es misericordioso. Les respondo que esto no tiene validez según la Biblia: La carga del pecado es muerte, el que ofende en un punto es culpable de todos. Dios… exige que sus demandas sean pagadas en su totalidad: tienen que pagar toda la deuda ustedes mismos o contar con un tercero que lo haga. Dios es indudablemente todo amor: no quiere la muerte de ningún pecador. Pero por más pequeñas que sean sus iniquidades, no pueden descartarse hasta que todas las demandas de su Ley hayan sido satisfechas hasta el último detalle. Por algún medio, pues, tienen que lograr ser considerados justos, de otra manera resulta claro que no pueden ser salvos.
II. Prometí, en segundo lugar, mostrarles que no tienen justicia propia, y por lo tanto no pueden ser salvos por sus propios medios. Observen la Ley de Dios y midan sus requisitos. ¿Acaso no pide de cada uno una obediencia perfecta, sin pecado de principio a fin, en pensamiento y palabra y obra, sin ni un ápice de fallas? ¿Y dónde está el hijo o hija de Adán que pueda decir: “Todo esto he cumplido”? Hasta tomaría el caso del mejor cristiano entre nosotros, y le preguntaría si puede mencionar un solo día que no haya pecado en muchas cosas. ¡Oh, cuánto nos contaría de sus divagaciones al orar, de lo deshonroso de sus pensamientos, de su indiferencia hacia Dios, de su falta de amor, de su orgullo, mal temperamento o vanidad o pensamientos mundanos!
Algunos nos dicen que el arrepentimiento y la enmienda nos capacitarán para prevalecer en el gran Día. Pero la Biblia no lo garantiza. No hay duda que sin estas cosas, ninguno de ustedes entrará en el reino de Dios; pero no pueden librarse de sus pecados ni soportar la severidad del juicio de Dios.
Algunos dicen que confían en su vida bien vivida: nunca le hicieron mal a nadie. Siempre han hecho lo mejor que han podido, y entonces esperan que serán contados justos. Queridos hermanos, esto es una triste ilusión. Hagamos que nos digan de un solo día en que no han quebrantado aquella ley espiritual encontrada en el Sermón del Monte. ¡Qué! _Nunca_tuvieron un pensamiento malo? ¿Nunca tuvieron una mirada impura? ¿_Nunca_dijeron algo hiriente? ¿Nunca codiciaron? O que nos digan de una sola hora cuando no dejaron de hacer algo que estaba en su poder hacer… Entonces, ¿no resulta claro que no leen las Escrituras, o que descuidan sus preceptos si es que las leen; y entonces, de cualquier manera, no están actuando de la mejor manera posible?
Algunos nos dicen que confían en que su sinceridad los hará salir victoriosos en el juicio. Quizá no tengan opiniones claras, pero siempre han tenido buenas intenciones, y entonces esperan ser aceptados. No puedo encontrar para ellos ningún lugar en el cielo.
Por último, algunos nos dicen que pueden argumentar su derecho a la justicia basados en los formulismos y ordenanzas de su religión. “¿No nos ha ordenado Dios”, dicen, “que honremos su Palabra, su casa, sus ministros, sus sacramentos? Hacemos todo esto, así que seguramente nos aceptará”. No encuentro esto en la Biblia.
Ahora quiero mostrarles claramente que no tenemos ningún mérito en que apoyarnos. La doctrina puede parecer dura y desagradable, y no obstante hay algunos que la aceptan en un momento importante de sus vidas, si nunca la aceptaron antes. Me refiero a la hora de la muerte. Vean entonces, qué ansiosos se ponen casi todos, a quien Dios permite conservar el uso de sus sentidos. El Día del Juicio aparece entonces tal como es. El hombre se siente desnudo y vacío. Sabe que está a punto de escuchar esa pregunta terrible: “¿Qué tienes que decir acerca de por qué no debes morir por esta larga lista de pecados?” Y si no da la única respuesta posible, el panorama delante de sus ojos no puede ser más que sombrío, negro y sin esperanza. En suma, tanto las Escrituras como su propia experiencia son una prueba irrefutable de que nada que podamos hacer puede salir victorioso bajo el examen de Dios.
“Pero, ¿qué vamos a hacer?”, quizá se pregunten. “Parece que nos quitó usted toda esperanza. Nos dijo primero que tenemos que contar con algo de justicia, y ahora nos ha dicho que no tenemos por nosotros mismos nada de ella. ¿Qué vamos a hacer? ¿A quién hemos de recurrir? ¿Qué quiere usted que digamos? ¿En quién hemos de confiar?”
III. Prometí, en tercer lugar, decirles cómo Dios puede ser un Dios justo y a la vez mostrar misericordia y justificar al peor impío. El Señor Jesucristo ha hecho lo que nosotros deberíamos haber hecho y sufrió lo que nosotros deberíamos haber sufrido. Ha tomado nuestro lugar y se ha convertido en nuestro Sustituto en la vida al igual que en la muerte, y todo por el bien de criaturas desgraciadas, corruptas, ingratas como nosotros. Entonces, ¿no es acertado llamarlo: “El Señor, Justicia nuestra”?
Cristo fue considerado un pecador, y por lo tanto fue castigado por nosotros; nosotros somos considerados justos, y por lo tanto glorificados en él. Él fue considerado como un pecador, y por lo tanto fue condenado; nosotros somos considerados justos en él, y por lo tanto justificados.
La Ley de Dios ha sido satisfecha, y ahora podemos ser salvos. El pecado ha sido castigado, y ahora los pecadores podemos ser libres. Dios ha demostrado ser un Dios justo, y no obstante puede ser el Salvador del hombre culpable.
Querido amigo, ¿no son maravillosas estas cosas? ¿No son éstas, buenas nuevas para el cansado y cargado? El Señor mismo es nuestra Justicia… y será nuestra defensa y nuestro alegato cuando la tierra y todas sus obras se hayan consumido y suene la trompeta, y los muertos se levanten incorruptibles, y el Pastor Principal aparecerá para juzgar a los hijos de los hombres. ¿Quién acusará entonces como culpables a los que han acudido a Cristo? ¿Se atreverá alguien a decir que no ha hecho todo lo requerido? “El Señor”, responderemos, “es nuestra justicia”.
Ahora bien, habré predicado en vano, queridos amigos, si esta misma mañana ustedes no se preguntan: “¿Es el Señor mi justicia, o no?”… No sé cómo puedo enfatizar la importancia de esta pregunta; y no obstante, con tristeza me temo que muchos de ustedes no pensarán que hablo en serio, o quizá supongan que la pregunta es provechosa para sus vecinos, pero no muy necesaria para ustedes.
Digo esto para darles una seria advertencia, y ahora vuelvo a decir a cada hombre, mujer y niño: “¿Es el Señor tu justicia, o no lo es?” Sé que aquí hay dos grupos. Uno responderá, si es honesto: “Me temo que no”, y el otro contestará: “Confío que lo es”. Quiero, entonces, concluir este sermón con algunas palabras a cada uno de los dos grupos.
Primero, ofreceré algunos consejos a los que entre ustedes están preparados para decir: “Confiamos en que el Señor Jesús es nuestra justicia”. Respondo entonces, y creo que no me equivoco: “Han hecho una buena profesión de fe. Pero les pido que se examinen diariamente y se aseguren que ustedes mismos no se están engañando”. Aseguren que su boca no esté afirmando más de lo que su corazón ha recibido y sabe. Asegúrense que su vida y sus palabras coincidan completamente. Muestren a todo el mundo que él, en quien confiamos, es nuestro Ejemplo tanto como nuestra justicia y que mientras esperamos su Segunda Venida, se esfuercen diariamente a ser más como él. Estudien para ser santos, así como el que los ha llamado y lavado en su propia sangre es santo. Cuídense de dar a los enemigos del Señor ocasión para blasfemar. Los están observando muy de cerca, no se pueden ustedes esconder. Estén siempre diciéndose a sí mismos “¿Qué haré, y cómo me comportaré, para demostrar mi gratitud al Señor, a él quien cargó con mis pecados y me ha dado su justicia?” Pero tengan por seguros que si el mundo dice: “¿Qué hacen estas personas que sea más que lo que hacen los demás?” Si los que viven con ustedes no pueden ver que ustedes permanecen en Jesús, si no tienen frutos de ninguna clase para mostrar, si no son habitual y cotidianamente sobrios, justos, santos, moderados, humildes, mansos, cariñosos, fervientes en espíritu, sirviendo al Señor, con hambre y sed de justicia, si no tienen nada de esto, son casi como bronce que resuena o címbalo que retiñe, están arruinando su propia alma, y en el Día del Juicio recurrirán en vano al nombre de Jesús. El Señor dirá: “No los conozco, en realidad nunca acudieron a mí”.
Sólo queda ahora hablar a aquellos entre ustedes que no pueden decir: “El Señor es nuestra justicia”. Ciertamente, amigos queridos, me aflige la condición de ustedes. No puedo comprender, nunca puedo, qué argumento usar para apagar la insistencia del Espíritu de Dios, detener el ardor de su propia conciencia. Realmente sospecho que nunca discuten, nunca razonan. Cierran los ojos y tratan de olvidar sus propias almas que perecen. Pero, ¿no conocen todavía ese versículo de la Biblia que declara “Los malos serán trasladados al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios” (Sal. 9:17): no los que ridiculizan, o que insultan sino sencillamente todos los que sencillamente olvidan. ¿Y no conocen este otro versículo: “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? (Heb. 2:3)? No dice abusar o no creer ni negar, sino sencillamente descuidar. Y esta, me temo, es una acusación que no pueden hacer a un lado.
Ay, piensen en que la muerte puede estar cerca. La indiferencia desidiosa de ustedes, cambiará entonces, pero sin Cristo encontrarán un aguijón en esa hora que ningún poder propio podrá jamás quitar. Piensen en la eternidad en el infierno: nada de amigos alegres, nada de divertidas habladurías, nada de ruidosas juergas nocturnas, nada fuera de sufrimiento inalterable, incesante tormento e indescriptible lamento. Piensen en el juicio de ustedes: El nombre de cada uno será llamado por turno, y comparecerá ante la presencia de millones reunidos: pastores, padre, madre, esposa, hijos, parientes, todos lo verán; cada uno tendrá que dar cuenta de sus acciones y sabrá que será condenado. ¿Pero quién será el que dictamine la sentencia? ¡No un ángel, ni siquiera Dios el Padre, sino el Señor mismo! ¡Ay! ¡Pensamiento punzante y que destroza el corazón! El Señor Jesús, cuya sangre y justicia ahora rechazan, será el que pronuncie su condena.
No conozco nada que habría de impedir su salvación si está usted dispuesto… pero escuche bien, no le prometo nade más allá de hoy: “He aquí ahora el tiempo aceptable” (2 Cor. 6:2). Hasta aquí puedo ir, pero no puedo dar un paso más sobre tierra firme. Si rechaza el consejo de Dios ahora, no puedo prometerle ni al más joven entre ustedes otra oportunidad… mañana pudiera interferir la muerte, o Jesús pudiera volver para juzgar, y será demasiado tarde.
Vuelvan a sus casas, y si valoran su alma y hacen de las palabras del texto una oración, y ruegan al Señor que los reciba y sea la justicia de ustedes…Señor Jesús, ven pronto a cada corazón. Amén y amén.
De “The Lord our Righteousness” (El Señor, justicia nuestra) en The Christian Race (La carrera cristiana) reimpreso por Charles Nolan Publishers.
J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana. Autor de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, senderos viejos, pensamientos expositivos acerca de los Evangelios) y otros. Nació en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.