Los poderes ordenados por Dios

Juan Calvino (1509-1564)

“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas” (Romanos 13:1).

Respecto al cargo de autoridades civiles, el Señor, no sólo ha declarado que lo aprueba y se complace en él, sino que también nos lo ha recomendado, fuertemente, por los muy honorables títulos que le ha conferido. Por mencionar algunos:

Cuando a los que ostentan el cargo de autoridad civil se les llama dioses, que nadie suponga que ese título tiene poco peso. Con ello, se nos muestra que tienen una comisión de Dios, que están investidos de autoridad divina y, de hecho, que representan a la persona de Dios, de Quien son representantes. Ésta no es una argucia1 mía, sino la interpretación de Cristo. “Si llamó dioses”, dice Él, “a aquellos a quienes vino la palabra de Dios” (Ver Jn. 10:35); ¿qué significa esto, sino que el asunto les fue encomendado por Dios? Él los designó para servirle en su oficio y (como Moisés y Josafat dijeron a los jueces que estaban nombrando sobre cada una de las ciudades de Judá) para ejercer el juicio, no por el hombre, sino por Dios.

Lo mismo afirma la Sabiduría por boca de Salomón, diciendo: “Por mí reinan los reyes, y los príncipes determinan justicia. Por mí dominan los príncipes, y todos los gobernadores juzgan la tierra” (Pr. 8:15-16). Porque esto es lo mismo que si se dijera que la perversidad humana no es la causa de que el poder supremo en la tierra sea depositado en los reyes y demás gobernantes, sino que se debe a la divina providencia y al santo decreto de Aquel a Quien ha parecido bien, gobernar así los asuntos de los hombres, puesto que está presente y también preside al promulgar las leyes y ejercer la equidad judicial.

Pablo también enseña esto, claramente, cuando incluye los oficios de gobernar entre los dones de Dios que, distribuidos de diversas formas según la medida de la gracia, deben ser empleados por los siervos de Cristo para la edificación de la Iglesia (Ro. 12:8). En ese texto, sin embargo, está hablando, propiamente, del consejo de hombres sobrios que fueron nombrados en la Iglesia primitiva para encargarse de la disciplina pública. En la epístola a los Corintios, este cargo se denomina “los que administran” (1 Co. 12:28). Aun así, como vemos que el poder civil tiene en vista el mismo fin, no cabe duda de que está recomendando todo tipo de gobierno justo.

Pablo habla mucho más claramente cuando entra en una discusión detallada del tema. Pues dice que “no hay autoridad sino de parte de Dios; y las que hay, por Dios son establecidas”. Así, los gobernantes son ministros de Dios y “no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo” (Ro. 13:1-3).

A esto podemos agregar los ejemplos de los santos, algunos de los cuales desempeñaron los cargos de reyes como David, Josías y Ezequías; otros de gobernadores como José y Daniel; otros de autoridades civiles en un pueblo libre como Moisés, Josué y los jueces. El Señor aprobó, expresamente, sus funciones. Por lo tanto, nadie puede dudar de que la autoridad civil es, a los ojos de Dios, no sólo sagrada y legítima, sino la más sagrada y, con mucho, la más honorable de todas las posiciones en la vida mortal.

Aquellos que desean introducir la anarquía, objetarán que, aunque en tiempos pasados los reyes y los jueces gobernaban sobre personas ignorantes e indoctas, sin embargo, en la actualidad, este modo servil de gobernar no concuerda, en absoluto, con la perfección que Cristo trajo con su Evangelio. Con esto, dejan ver, no sólo su ignorancia, sino también, su diabólico orgullo, pues se atribuyen, arrogantemente, una perfección de la cual no se ve en ellos, ni la centésima parte.

Pero sea como fuere, es fácil refutarlos. Porque, cuando David dice: “Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes, admitid amonestación, jueces de la tierra” y “honrad al Hijo, para que no se enoje”, él no ordena a estos gobernantes que depongan su autoridad y vuelvan a la vida privada (Sal. 2:10, 12). Por el contrario, les ordena que sometan el poder que ostentan a Cristo para que Él gobierne sobre todos.

Del mismo modo, cuando Isaías predice de la Iglesia: “Reyes serán tus ayos, y sus reinas tus nodrizas” (Is. 49:23), él no les dice que abdiquen de su autoridad. Por el contrario, les da los honorables títulos de protectores de los piadosos adoradores de Dios, pues esta profecía se refiere a la venida de Cristo. Omitiré, intencionadamente, muchos pasajes que aparecen en toda la Escritura (y, especialmente, en los Salmos) en los cuales se afirma la debida autoridad de todos los gobernantes. El pasaje más conocido de todos es aquel en el que Pablo, al amonestar a Timoteo para que se eleven oraciones en la asamblea pública por los reyes, añade la razón: “Para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Ti. 2:2). Con estas palabras, encomienda la condición de la Iglesia a la protección y tutela del gobierno civil.

Esta consideración, debería estar constantemente presente en la mente de las autoridades civiles, dado que ayudará a crear un fuerte incentivo para el cumplimiento de su deber. También, les proporcionará un extraordinario consuelo al suavizar las dificultades de su oficio, las cuales son, ciertamente, numerosas y pesadas. ¡Qué celo por la integridad, la prudencia, la mansedumbre, el dominio de sí mismo y la inocencia deben dominar a quienes saben que han sido nombrados ministros de la justicia divina! ¿Cómo se atreverán a permitir que la iniquidad entre en sus tribunales de justicia cuando se les dice que éste es el trono del Dios viviente? ¿Cómo se atreverán a pronunciar una sentencia injusta con su boca cuando entienden que es un organismo ordenado por la divina verdad? ¿Cómo podrían con buena conciencia, firmar decretos impíos con una mano que saben que ha sido designada para escribir los actos de Dios?

En resumen, si ellos recuerdan que son los representantes de Dios, deben vigilar con todo cuidado, diligencia y empeño para que puedan exhibir en sí mismos, una especie de imagen de la providencia, tutela, bondad, benevolencia y justicia divinas. Y que tengan constantemente presente este pensamiento adicional, que si se pronuncia una maldición sobre aquel que “hace la obra del Señor con engaño”, una maldición mucho más pesada caerá sobre aquel que usa con engaño un llamamiento honorable.

Por lo tanto, cuando Moisés y Josafat instaron a sus jueces al cumplimiento de su deber, no tenían nada con lo que pudieran estimular más poderosamente sus mentes que la consideración a la que ya nos hemos referido: “Mirad lo que hacéis; porque no juzgáis en lugar de hombre, sino en lugar de Jehová, el cual está con vosotros cuando juzgáis. Sea, pues, con vosotros el temor de Jehová; mirad lo que hacéis, porque con Jehová nuestro Dios no hay injusticia, ni acepción de personas, ni admisión de cohecho” (2 Cr. 19:6-7 cf. Dt. 1:16-18).

Y en otro pasaje se dice: “Dios está en la reunión de los dioses2; en medio de los dioses juzga” (Sal. 82:1; Is. 3:14). Esto está escrito para estimularlos a cumplir con su deber, pues oyen que son embajadores de Dios, a Quien un día deberán rendir cuentas de la autoridad que se les ha confiado. Esta amonestación, ciertamente, debe tener el mayor efecto sobre ellos porque, si pecan de alguna manera, no sólo perjudican a los hombres contra quienes pecan malvadamente, sino que también insultan a Dios mismo, cuyos sagrados tribunales profanan.

Por otra parte, tienen una admirable fuente de consuelo cuando reflejan que no están comprometidos en un profano llamado, indigno de un siervo de Dios, sino que están en un oficio muy sagrado porque son los embajadores de Dios.

Algunos se niegan a dejarse convencer por todos estos pasajes de la Escritura. Hablan contra este sagrado ministerio como si fuera algo aborrecible para la religión y la piedad cristiana. Pero cuando hacen esto, ¿no están atacando a Dios mismo, a Quien, ciertamente, se insulta cuando se deshonra a sus siervos? Estos hombres, no sólo hablan mal de las dignidades, sino que ni siquiera quieren que Dios reine sobre ellos (1 S. 8:7) porque, si esto se dijo con verdad del pueblo de Israel cuando rechazó la autoridad de Samuel, ¿cómo puede decirse con menos verdad en la actualidad de los que se permiten desatarse contra toda la autoridad establecida por Dios?

Pero declararán que cuando nuestro Señor dijo a sus discípulos: “Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve” (Lc. 22:25-26), prohibió, de este modo a todos los cristianos, que se convirtieran en reyes o gobernadores. ¡Qué astutos son los intérpretes! Había surgido una disputa entre los discípulos sobre cuál de ellos sería el más grande. Para suprimir esta vana ambición, nuestro Señor les enseñó que su ministerio no era como el poder y la autoridad de los gobernantes terrenales, entre los cuales uno sobrepasa grandemente a otro. Yo les pregunto: ¿Cómo puede utilizarse esto para menospreciar la autoridad real? Al contrario, ¿qué prueba todo esto, sino que el oficio del gobierno civil es diferente del ministerio apostólico?

Además, aunque existen diferentes formas en los cargos civiles, no hay diferencia en el hecho de que todos deben ser recibidos por nosotros como ordenanzas de Dios porque Pablo los incluye a todos juntos cuando dice que “no hay autoridad sino de parte de Dios” y aun la menos agradable de todas fue honrada con el más alto testimonio —quiero decir, el poder de uno solo. Cuando gobierna una sola persona, todos los demás están sometidos a ella. Esta forma de gobierno no era, antiguamente, del agrado de las naturalezas heroicas y más excelsas, pero la Escritura afirma expresamente que, incluso ésta, es dada por la sabiduría divina. Es por la sabiduría de Dios que “reinan los reyes” (Pr. 8:15). También se nos ordena, expresamente, “honrad al rey” (1 P. 2:17).

Tomado de Dios y el gobierno civil (God and the Civil Government) (Monticello, FL: Psalm 78 Ministries, 2020), 43-48; www.psalm78ministries.com.


Juan Calvino (1509-1564): Teólogo, pastor e importante líder francés durante la Reforma Protestante; nacido en Noyon, Picardía, Francia.

¿Qué ocurre entonces, si el Señor nos concede príncipes que, bien por aparente crueldad o por crasa ignorancia, combaten el reinado de Cristo? Primero que todo, la Iglesia debe refugiarse en las oraciones y las lágrimas, y corregir su vida, pues éstas son las armas de los fieles para vencer la furia del mundo. —Teodoro De Beza

Footnotes

  1. Argucia – Objeción, desaire o crítica sobre un asunto sin importancia.

  2. dioses – Se refiere a autoridades delegadas por Dios (Ver Jn. 10:35).