La fuerza ordenada por Dios
R. C. Sproul (1939-2017)
En Estados Unidos, a menudo se escucha la frase “separación entre la Iglesia y el Estado”, pero debería notarse que esta frase no se encuentra en los documentos fundacionales de este país. No se encuentra en su Declaración de Independencia, ni en su Constitución, ni en su Carta de Derechos. La frase proviene de un comentario de Thomas Jefferson acerca de los principios que, a su juicio, estaban implícitos en los documentos fundacionales de Estados Unidos. Pero hoy en día, quizá se haya convertido en el único absoluto que queda en la cultura estadounidense: El principio absoluto de la separación absoluta entre la Iglesia y el Estado.
Desde el comienzo mismo del cristianismo, la relación entre la Iglesia y el Estado ha sido un asunto de gran preocupación. Cuando miramos el Antiguo Testamento, vemos que Israel era una teocracia, un Estado gobernado por Dios a través de reyes ungidos. Si bien había ciertas distinciones entre la Iglesia y el Estado —incluyendo distinciones entre la labor de los sacerdotes (la Iglesia) y la labor de los reyes (el Estado)— ambas instituciones estaban integradas tan estrechamente que hablar de una separación entre ellas sería una falacia.
Sin embargo, una vez la comunidad del Nuevo Testamento fue establecida, la Iglesia se convirtió en una Iglesia misionera que llegó a diversas naciones, tribus y pueblos regidos por gobernadores seculares. Los cristianos tuvieron que enfrentarse a la cuestión de cómo debían relacionarse con el Imperio Romano, con el magistrado de Corinto o con las autoridades locales allí donde se extendía la Iglesia. Durante siglos, la Iglesia ha tenido que examinar cuidadosamente su papel en la sociedad —en especial cuando esa sociedad no sostiene oficialmente una cosmovisión cristiana—. A fin de comprender la relación entre la Iglesia y el Estado desde una perspectiva bíblica, debemos hacernos algunas preguntas fundamentales.
Existen muchos tipos y estructuras de gobierno distintos, pero ¿cuál es la esencia —el principio fundamental— del gobierno? La respuesta a esa pregunta es una palabra: Fuerza. El gobierno es fuerza —pero no cualquier tipo de fuerza—. Es fuerza respaldada por una estructura oficial legal. El gobierno es una estructura dotada, legalmente, del derecho a usar la fuerza para obligar a sus ciudadanos a hacer ciertas cosas y a no hacer otras cosas.
Hace algunos años, tuve un almuerzo con un conocido senador de Estados Unidos. Discutíamos algunos asuntos relacionados con la Guerra de Vietnam —que en aquel entonces se peleaba en medio de una gran controversia— cuando me dijo: “Creo que ningún gobierno tiene derecho a obligar a sus ciudadanos a hacer lo que no quieren hacer”. ¡Casi me atraganté con la sopa! Le dije: “Senador, lo que le oigo decir es que ningún gobierno tiene derecho a gobernar. Si se le quita la fuerza legal al gobierno, éste queda reducido a la mera entrega de sugerencias. Pero cuando el gobierno promulga leyes, ese gobierno opera como la entidad cuya función es hacer cumplir cualquier ley que se haya promulgado, ¿no es cierto?”.
En última instancia, la forma original de gobierno se sustenta en el dominio y la autoridad de Dios mismo. Dios es el autor del universo y con esa autoría viene la autoridad sobre lo que Él ha creado: “Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella” (Sal. 24:1)1.
En el relato de la Creación, podemos ver una forma de gobierno. Cuando Dios creó al ser humano, le dio una misión: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra” (Gn. 1:28). Adán y Eva debían actuar como gobernadores en representación de Dios, como sus vice-regentes2 sobre la creación. Dios delegó a Adán y Eva dominio sobre la tierra, de manera que ellos debían ejercer autoridad sobre los animales. No era autoridad sobre las personas, sino que era autoridad sobre la tierra, el entorno3 y las criaturas que lo habitaban, sobre todas las formas menores de creación divina.
Dios también les prohibió algo a Adán y Eva: No debían comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Dios hizo una advertencia sombría sobre lo que sucedería si transgredían su Mandamiento: “… porque el día que de él comas, ciertamente morirás” (Gn. 2:17). Esto significa que la autoridad divina impondría sanciones penales. Cuando Adán y Eva desobedecieron al gobierno de Dios y se rebelaron contra su autoridad, no sufrieron la muerte física de inmediato, sino más bien la muerte espiritual. La muerte física se postergó, pues Dios, en su gracia, mostró misericordia. No obstante, uno de los castigos que Él les impuso a estas criaturas rebeldes fue expulsarlas del huerto del Edén.
A continuación, vemos una manifestación del gobierno terrenal en el ángel que Dios puso a la entrada del huerto del Edén. El ángel estaba de pie a las puertas del Edén con una espada ardiente. La espada ardiente funcionaba como instrumento de fuerza para impedir que Adán y Eva regresaran al paraíso en el que Dios los había puesto.
Otro asunto que deberíamos considerar es el propósito del gobierno. A comienzos de la historia de la Iglesia, san Agustín4 observó que el gobierno es un mal necesario porque, en este mundo, entre las criaturas humanas caídas, jamás hallaremos un gobierno moralmente perfecto. Todos los gobiernos, independientemente de la estructura que presenten, son una representación de la humanidad caída porque los gobiernos están compuestos de personas pecadoras. Todos sabemos que el gobierno humano puede ser corrupto. Lo que quería decir Agustín es lo siguiente: El gobierno mismo es malo, pero es un mal necesario; es necesario porque el mal de nuestro mundo necesita ser refrenado. Uno de estos medios de contención es el gobierno humano. En vista de ello, Agustín sostuvo que el gobierno humano no era necesario antes de la Caída.
En este punto, Tomás de Aquino5 discrepó de Agustín. Aquino percibía que el gobierno aún tenía un papel en la administración de la división del trabajo que se podría imaginar en una hipotética creación no caída. Tomás, ciertamente, estaba de acuerdo en que el propósito primordial del gobierno era refrenar el mal. Tanto para Aquino como para Agustín, el propósito primordial por el que fue instituido el gobierno era refrenar el mal humano y preservar la posibilidad misma de la existencia humana. Por lo tanto, la primera tarea del gobierno es proteger a las personas del mal, y preservar y mantener la vida humana.
Otro papel que desempeña el gobierno es proteger la propiedad humana. Muchas personas intentan violentar a otros seres humanos robando, usando indebidamente o destruyendo su propiedad.
Un último papel del gobierno es regular los acuerdos, respaldar contratos, y asegurar pesos y balanzas justas. El gobierno debería tratar de proteger a las personas de la injusticia y el fraude. El panadero que pone subrepticiamente6 el pulgar sobre la balanza junto con el pan que está pesando ha agraviado a su cliente al inflar el costo de los bienes a través de una práctica fraudulenta. El gobierno es necesario para regular esta conducta mediante la creación de pesos, medidas y estándares justos.
Dios creó el gobierno con el fin de proteger a la humanidad, pero no sólo a la humanidad. El gobierno también debe proteger al mundo mismo. Cuando Dios puso a Adán y Eva en el huerto magnífico, les dio el mandato de cuidar, atender y cultivar el huerto. Ellos sabían que no habían sido llamados a explotar o abusar de este mundo. Por lo tanto, los gobiernos, como manifestación del llamado que Dios hace al hombre para ser su delegado, desempeñan un papel en la regulación de cómo tratamos a las criaturas y la creación; no sólo a los seres humanos, sino también a los animales y el medio ambiente en el que vivimos.
Tal regulación es algo bueno, pero vale la pena resaltar que aun en su forma más benigna7, el gobierno supone restricciones a la libertad de las personas. Los estadounidenses nos jactamos de vivir en un país libre, lo cual es cierto, en términos relativos; pero ninguna persona en ningún país ha vivido alguna vez en una atmósfera de completa libertad. Cada ley que llega a promulgar algún cuerpo legislativo restringe la libertad de alguien. Si se promulga una ley contra el homicidio, se está restringiendo el derecho del criminal a matar a una persona con premeditación. Cada ley que se aprueba restringe la libertad de alguien. Es bueno que se restrinjan ciertas libertades, tales como la libertad para asesinar, mientras otras no. Es por eso que debemos ser extremadamente cautelosos cada vez que aprobamos una ley. Debemos saber lo que estamos haciendo. Tenemos que recordar que estamos quitando libertad a las personas y, mientras más lo hagamos a la ligera, menos libertad nos queda en nuestras vidas.
Está claro que el Estado ha sido instituido por Dios y tenemos gobierno. La pregunta que surge entonces es: ¿Qué relación debemos tener con ese gobierno como cristianos?
Tomado de ¿Cuál es la relación entre la Iglesia y el Estado? (What Is the Relationship between Church and State?), parte de la serie de minilibros Preguntas cruciales (Crucial Questions) de R.C. Sproul. Explora toda la serie de minilibros en PreguntasCruciales.com.
Robert Charles Sproul (1939-2017): Teólogo presbiteriano, anciano docente; fundador de Ligonier Ministries; nacido en Pittsburg, Pensilvania, Estados Unidos.
La pregunta es si los súbditos están obligados a obedecer a los reyes, en caso de que ordenen lo que es contrario a la ley de Dios: Es decir, a cuál de los dos (Dios o rey) debemos obedecer… La Sagrada Escritura enseña que Dios reina por su propia autoridad y los reyes por delegación; Dios de Sí mismo, los reyes de Dios; que Dios tiene una jurisdicción propia, los reyes son sus delegados. Se deduce entonces, que la jurisdicción de Dios no tiene límites, la de los reyes [es] limitada; que el poder de Dios es infinito, el de los reyes restringido; que el reino de Dios se extiende a todos los lugares, el de los reyes está delimitado dentro de los confines de ciertos países. De la misma manera, Dios ha creado de la nada tanto el cielo como la tierra… Viendo entonces, que los reyes son sólo los lugartenientes de Dios, establecidos en el trono de Dios por el Señor Dios mismo y que el pueblo es el pueblo de Dios… Se sigue, necesariamente, que los reyes deben ser obedecidos por causa de Dios y no contra Dios. —Defensa [de la libertad] contra los tiranos [Vindiciae Contra Tyrannos]
Footnotes
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Nota de editor – Las citas bíblicas de este artículo son tomadas de la Nueva Biblia de las Américas [NBLA], según versión original de Ministerios Ligonier y Poiema Publicaciones. ↩
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Vice-regentes – Los que actúan en nombre de un gobernante. ↩
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Entorno – Alrededores, distritos que rodean un lugar, especialmente, una zona urbana. ↩
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Aurelio Agustín (354-430 d.C.) – Obispo y teólogo de Hipona Regia, en el norte de África. ↩
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Tomás de Aquino (1225-1274 d.C.) – Filósofo, teólogo y fraile dominico italiano. ↩
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Subrepticiamente – Secretamente. ↩
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Benigna – Favorable. ↩