El Reino de Cristo

Samuel Davies (1723-1761)

Reyes y reinos son los sonidos más majestuosos en el lenguaje de los mortales. [Ellos] han llenado el mundo de ruido, confusión y sangre desde que la humanidad abandonó, por primera vez, el estado natural y se constituyó en sociedades. Las disputas de los reinos por la superioridad han puesto al mundo en armas de época en época y han destruido o esclavizado a una parte considerable de la raza humana; y la contienda, aún no está decidida. Nuestro país ha sido una región de paz y tranquilidad durante mucho tiempo, pero no ha sido porque el ansia de poder y riquezas se haya extinguido en el mundo, sino porque no teníamos vecinos cercanos cuyos intereses pudieran chocar con los nuestros o que fueran capaces de perturbarnos. La ausencia de enemigo era nuestra única defensa. Pero ahora, cuando las colonias de las diversas naciones europeas en este continente comienzan a ampliarse y a acercarse unas a otras, el escenario cambia: Ahora, las invasiones, depredaciones, barbaridades y todos los terrores de la guerra, comienzan a rodearnos y alarmarnos. Ahora, nuestro país es invadido y asolado, y sangra por mil venas. Ya1 a principios del año, hemos recibido alarma tras alarma y podemos esperar que las alarmas sean cada vez más fuertes a medida que el tiempo avance.

Estas conmociones y perturbaciones2 han tenido un buen efecto sobre mí y es que, últimamente, han llevado mis pensamientos a una región serena y pacífica —una región fuera del alcance de la confusión y la violencia—. Me refiero al reino del Príncipe de Paz. Y allí, hermanos míos, quisiera también transportar vuestras mentes en este día, como el mejor refugio de este mundo bullicioso3 y la más agradable mansión para los amantes de la paz y la tranquilidad.

Me parece de provecho, tanto para ustedes como para mí, animarlos con aquellos temas que han causado la impresión más profunda en mi propia mente. Esa es la razón por la que elijo el presente tema. En mi texto, oyen a Alguien que reclama un reino y que, si consideraras sólo su apariencia externa, concluirían que es el más miserable4 y vil de la humanidad. Escuchar a un príncipe poderoso a la cabeza de un ejército victorioso, acompañado de todas las realezas de su carácter —oír a alguien así reclamando el reino que había adquirido por la fuerza de las armas, no sería extraño—. Pero aquí, el despreciado nazareno, rechazado por su nación, abandonado por sus seguidores, acusado como el peor de los criminales, de pie e indefenso ante el tribunal de Pilato, a punto de ser condenado y colgado en una cruz como un criminal y un esclavo —aquí, Él habla en un estilo real, incluso a su juez—: “Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad” (Jn. 18:37). ¡Extraño lenguaje el que procede de sus labios en estas circunstancias! Pero la verdad es que una persona grande y divina se oculta bajo las apariencias; y su reino es de tal naturaleza que su humillación y crucifixión estaban muy lejos de ser un obstáculo para Él, [sino] que eran la única manera de adquirirlo. Estos sufrimientos fueron meritorios y con ellos compró a sus súbditos y el derecho a gobernarlos…

Lo que aquí se pretende es el Reino mediador5 de Cristo, no el que como Dios, ejerce sobre todas las obras de sus manos: Es ese reino, el cual es un imperio de gracia, una administración de misericordia sobre nuestro mundo culpable. Es la dispensación destinada a la salvación de los pecadores caídos de nuestra raza por el Evangelio y, por esta razón, el Evangelio se llama, a menudo, el reino de los cielos porque sus felices consecuencias no se limitan a esta tierra, sino que aparecen en el cielo en la más alta perfección y duran por toda la eternidad. Por lo tanto, no sólo la Iglesia de Cristo en la tierra y la dispensación del Evangelio, sino todos los santos en el cielo y esa economía más completa bajo la cual están colocados, están todos incluidos en el reino de Cristo.

Aquí, su reino está en su infancia, pero en el cielo, será la perfección; pero es sustancialmente lo mismo. Aunque el designio inmediato de este Reino es la salvación de los creyentes de la raza culpable del hombre y tales son sus súbditos en un sentido peculiar; sin embargo, se extiende a todos los mundos, al cielo, a la tierra y al infierno. El universo entero es puesto bajo una cabeza mediadora; pero luego, como observa el Apóstol, Él es hecho “cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (Ef. 1:22), es decir, para el beneficio y la salvación de su Iglesia.

Como Mediador6, Él está llevando a cabo un glorioso plan para la recuperación del hombre y todas las partes del universo están interesadas o atentas a este gran acontecimiento. Por lo tanto, todos están sujetos a Él para que Él pueda administrarlos de manera que promueva este fin, y desconcierte y sobrepase toda oposición… Cristo, como Mediador, es hecho cabeza de todos los ejércitos celestiales y los emplea como sus espíritus ministradores para ministrar a los herederos de la salvación (He. 1:14). Estas gloriosas criaturas están siempre listas para cumplir sus órdenes en cualquier parte de su vasto imperio y se deleitan en ser empleadas en los servicios de su Reino mediador.

Éste es también un acontecimiento que interesa, profundamente, a los ángeles caídos: Han unido toda su fuerza y arte durante casi seis mil años para perturbar y subvertir su Reino, y arruinar los designios del amor redentor. Por lo tanto, todos ellos están sometidos al control de Cristo, y Él acorta y alarga sus cadenas como le place. No pueden ir ni un pelo más allá de su permiso. Las Escrituras representan nuestro mundo en su estado de culpa y miseria como el reino de Satanás. Los pecadores, mientras son esclavos del pecado, son sus súbditos; y todo acto de desobediencia contra Dios es un acto de homenaje a este príncipe infernal. De ahí que Satanás sea llamado “el dios de este siglo… el príncipe de este mundo… la potestad de las tinieblas… el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (2 Co. 4:4; Jn. 12:31; Lc. 22:53; Ef. 2:2). Y se dice que los pecadores son llevados “cautivos a voluntad de él” (2 Ti. 2:26). Por lo tanto, también, los ministros de Cristo que son empleados para recuperar a los pecadores a un estado de santidad y felicidad, son representados como soldados armados para la guerra; no ciertamente con armas carnales, sino con aquellas que son espirituales, ¡argumentos de pura verdad y milagros! Estas son hechas “poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co. 10:3-5). Y a los cristianos, en general, se les representa luchando, no contra “contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12).

De ahí también que la muerte de Cristo no se represente como una derrota, sino como una ilustre conquista obtenida sobre los poderes del infierno porque, por este medio, se abrió un camino para liberar a los pecadores de su poder, y restaurarlos a la libertad y al favor de Dios. Por esa extraña y despreciable arma, la cruz, y por la gloriosa resurrección de Jesús, Él despojó “a los principados y potestades, [y] los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos” (Col. 2:15). “Por medio de la muerte”, dice el Apóstol, destruyó “al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (He. 2:14). Si Cristo no hubiera ofrecido con su muerte un sacrificio propiciatorio7 por los pecados de los hombres, éstos habrían continuado para siempre bajo la tiranía de Satanás; pero Él ha comprado la libertad, la vida y la salvación para ellos. Así, Él ha destruido el reino de las tinieblas y ha trasladado de él a multitudes a su propio Reino lleno de gracia y gloria. Por lo tanto, sobre el derecho de la redención, su autoridad mediadora se extiende a las regiones infernales, y Él controla y restringe a esos potentados malignos, poderosos y turbulentos, según le place.

Además, el mundo inanimado está conectado con el designio de nuestro Señor de salvar a los pecadores y, por lo tanto, está sometido a Él como Mediador. Él hace que salga el sol, que la lluvia caiga y que la tierra produzca sus frutos, para proveer a los súbditos de su gracia y para criar, sostener y acomodar a los herederos de su reino celestial. En cuanto a los hijos de los hombres, a quienes concierne más inmediatamente este reino y por cuya causa fue erigido, son todos sus súbditos. Pero son de diferentes clases, según sus caracteres. Multitudes son rebeldes contra su gobierno; es decir, no se someten voluntariamente a su autoridad, ni eligen su servicio: No obedecen sus leyes. Pero a pesar de ello, son sus súbditos; es decir, Él los gobierna y los maneja como le place, quieran o no. Este poder es necesario para llevar a cabo con éxito su designio lleno de gracia para con su pueblo porque si Él no tuviera el control de sus enemigos, éstos podrían frustrar su plan y contrarrestar con éxito los propósitos de su amor.

Los reyes de la tierra, así como los vulgares rebeldes de carácter privado, se han opuesto, a menudo, a su Reino. A veces, se han jactado de haberlo derribado. Pero Jesús reina, absoluto y supremo, sobre los reyes de la tierra, y los domina y controla como Él cree apropiado. Él dispone todas las revoluciones, los ascensos y las caídas de reinos e imperios para que estén subordinados a los grandes designios de su mediación. Sus políticas y poderes unidos no pueden frustrar la obra que Él ha emprendido.

Pero además de estos rebeldes súbditos sin voluntad, Él —¡bendito sea su Nombre!— ha obtenido el consentimiento de miles y ellos se han convertido en sus súbditos voluntarios por su propia elección. Consideran su autoridad, aman su gobierno, se esfuerzan por agradarle y hacer su voluntad. Sobre ellos, Él ejerce aquí un gobierno de gracia especial y los hará súbditos felices del Reino de su gloria en el más allá. Y es su gobierno sobre éstos lo que me propongo considerar más particularmente.

Una vez más, el Reino de Jesús no está confinado a este mundo, sino que los millones de seres humanos en el mundo invisible están bajo su dominio y continuarán así por los siglos de los siglos. Él es el “Señor así de los muertos como de los que viven” (Ro. 14:9) y tiene las llaves del Hades, el vasto mundo invisible (que incluye tanto el cielo como el infierno) y de la muerte (Ap. 1:18). Él gira la llave y abre la puerta de la muerte para que los mortales pasen de un mundo a otro; Él abre las puertas del cielo, y da la bienvenida y admite a las naciones que guardan los mandamientos de Dios; y Él abre la prisión del infierno y la cierra con llave para los prisioneros de la justicia divina. Él ejercerá para siempre su autoridad sobre las vastas regiones del mundo invisible y sobre las innumerables multitudes de espíritus que las pueblan.

¡Ved pues, hermanos míos, la extensión universal del reino del Redentor! En este sentido, ¿cuánto difiere de todos los reinos de la tierra? Los reinos de Gran Bretaña, Francia, China, Persia no son más que pequeños puntos del globo. Nuestro mundo ha sido oprimido en tiempos pasados con lo que los mortales llaman monarquías universales. Tales fueron la babilónica, la persa, la griega y, especialmente, la romana. Pero en verdad, éstos estaban tan lejos de ser estrictamente universales que una parte considerable de la tierra habitable, ni siquiera era conocida por ellos. Pero éste es un imperio estrictamente universal. Se extiende por tierra y mar; llega más allá de los mundos planetarios y de todas las luminarias del cielo; más aún, más allá del trono de los arcángeles más exaltados y hasta el abismo más bajo del infierno. Un imperio universal en manos de un mortal es algo enorme y difícil de manejar; un montón de confusión; una carga para la humanidad que siempre se ha precipitado de cabeza desde su gloria y se ha desmoronado en pedazos por su propio peso. Pero Jesús está a la altura de la inmensa provincia de un imperio estrictamente universal. Su mano puede sostener las riendas y es la bendición de nuestro mundo, estar bajo su administración. Convertirá en perfecto orden lo que a nosotros nos parecen escenas de confusión y convencerá a todos los mundos de que Él no ha dado un solo paso en falso en todo el plan de su gobierno infinito…

Hay varias partes del mundo pagano a donde el Evangelio nunca ha llegado y los judíos nunca se han convertido como nación. Pero encontraréis el llamamiento de los judíos y la plenitud de los gentiles, claramente predichos en el capítulo 11 a los Romanos… La posteridad verá este glorioso acontecimiento en algún feliz período futuro. Cuán lejos está de nosotros, no lo determinaré. Aunque, por algunas razones, creo que no está muy lejos. ¡Viviré y moriré en la firme creencia de que nuestro mundo culpable, verá aún, días gloriosos! Sí, hermanos míos, este Evangelio despreciado que tiene tan poco efecto en nuestra época y país, aún brillará como el relámpago o como el sol a través de todas las regiones oscuras de la tierra. Triunfará sobre… todos esos peligrosos errores que han infectado el cristianismo… El plan de la Providencia no se ha completado todavía y queda mucho por ser cumplido de lo que Dios ha dicho por medio de sus profetas para madurar al mundo para el juicio universal. ¡Pero cuando todas estas cosas estén terminadas, entonces se proclamará a través de toda la naturaleza que el tiempo no existirá más! Entonces, el Juez supremo, el mismo Jesús que subió a la cruz, subirá al trono y revisará los asuntos del tiempo. Luego, pondrá fin al presente curso de la naturaleza y a la presente forma de administración. En ese momento, se llenarán el cielo y el infierno con sus respectivos habitantes. Entonces, el tiempo se cerrará y la eternidad correrá en un tenor[^103] uniforme sin fin.

Pero el Reino de Cristo, aunque alterado en su situación y forma de gobierno, no llegará entonces a su conclusión. Su Reino es, estrictamente, el Reino de los cielos y, al final de este mundo, sus súbditos sólo serán trasladados de estas regiones inferiores a un país más glorioso, donde ellos y su Rey vivirán juntos para siempre en la más entrañable intimidad —¡donde el ruido y las conmociones de este mundo inquieto, las revoluciones y perturbaciones de los reinos, los terrores de la guerra y la persecución, ya no los alcanzarán!—. Sino que todo será perfecta paz, amor y felicidad a través de una duración inconmensurable. Éste es el último y más ilustre estado del Reino de Cristo, ahora tan pequeño y débil en apariencia. Éste es el gran resultado final de su administración y aparecerá a los mundos que lo admiran, sabiamente planeado, gloriosamente ejecutado y perfectamente terminado.

¿Qué conquistador erigió jamás un reino semejante? ¡Qué súbditos tan completamente, tan duraderamente felices, como los del bendito Jesús!

Tomado de Sermones políticos de la era fundacional estadounidense (Political Sermons of the American Founding Era) (1730-1805), ed. Ellis Sandoz (Indianapolis: Liberty Press, foreword copyright 1991), 179-206; sermones individuales de dominio público.


Samuel Davies (1723-1761): Ministro presbiteriano; nacido cerca de Summit Ridge, condado de New Castle, Delaware, Estados Unidos.

Footnotes

  1. Nota de editor – Este sermón fue predicado en Hanover, Virginia, el 9 de mayo de 1756.

  2. Perturbaciones – Disturbios; agitaciones mentales.

  3. Bullicioso – Escandaloso, ruidoso y carente de moderación.

  4. Más miserable – Más bajo.

  5. Reino mediador – Reino que se refiere al papel de Cristo como Mediador o intermediario, como Profeta, Sacerdote y Rey.

  6. Mediador – “Agradó a Dios, en su propósito eterno, escoger y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, conforme al pacto hecho entre ambos, para que fuera el Mediador entre Dios y el hombre; Profeta, Sacerdote, y Rey; Cabeza y Salvador de la Iglesia, el heredero de todas las cosas y Juez del mundo; a quien dio, desde toda la eternidad, un pueblo para que fuera su simiente y para que a su tiempo lo redimiera, llamara, justificara, santificara y glorificara”. Ver Esto creemos - Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689, 8.1 y Portavoz de la Gracia Nº 23: Cristo el Mediador. Ambos disponibles en CHAPEL LIBRARY.

  7. Propiciatorio – Propiciar es satisfacer la justicia divina y, por tanto, aplacar la ira de Dios; en el uso bíblico del término, la justicia de Dios se satisface mediante el sacrificio propiciatorio.