Apelación al emperador
La Confesión de Magdeburgo (1550)
Ahora es tanto más que necesario probar con nuestra defensa, si un magistrado1 cristiano puede o debe preservar su Estado, y a los maestros y oyentes cristianos en él, contra su propio magistrado superior2, y expulsar por la fuerza a quien está usando la fuerza para obligar a la gente a rechazar la verdadera doctrina y la verdadera adoración a Dios, y a aceptar la idolatría…
Llamamos al césar3 Carlos a testificar, nuestro muy misericordioso señor, para que no permita que las fuerzas papistas abusen de vuestra majestad y poder para expulsar, no, más bien, para crucificar a Cristo —Cristo, Quien le ha dado este reino tan próspero que tiene, es ahora vuestro huésped en él, pobre, rechazado y lleno de problemas en sus miembros, es decir, sus discípulos—. [Le] suplicamos que sea fiel en la administración del reino que se le ha confiado. [No buscamos] que ninguna parte del reino o de la gloria le sea devuelta a Él, sino que se permita la defensa o la libertad del castigo para que Él pueda recompensar vuestra fidelidad en estos dones con mayores dones en la vida eterna.
Y si, golpeado en vuestra conciencia, no es todavía capaz de considerarnos discípulos de Cristo, le rogamos que piense por vuestra piedad, que Cristo, cuando fue entregado para ser crucificado por los sumos sacerdotes en medio de su pueblo, no fue considerado como Hijo de Dios, sino como blasfemo y sedicioso. Del mismo modo, los apóstoles y otros mártires, siempre fueron considerados así y asesinados por las autoridades habituales. Asimismo, el Señor predijo este desenlace en Juan 16: “Os expulsarán de las sinagogas: y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios” (Jn. 16:2).
En esta declaración, Él también presenta la marca de la falsa iglesia, es decir, que ésta difundirá su religión con armas. La verdadera Iglesia nunca ha enseñado que los hombres deban ser forzados, incluso, a la verdadera piedad, por las armas. De la misma manera, usted mismo permite que los judíos y paganos que obedecen vuestra regla, sigan su propia religión; no los obliga con las armas a aceptar la vuestra.
Nosotros, pobres desgraciados, puesto que somos llamados luteranos, somos más desgraciados que éstos. ¿Por qué se nos ha privado de esta bondad vuestra? Junto con usted, con una sola boca y un solo corazón, predicamos a Cristo, nuestro Redentor y Salvador común; y abrazamos todos los artículos de la fe cristiana. Sólo estamos divididos en esto: A usted, que ha sido persuadido así por el partido papal, le parece que atribuimos a Cristo demasiado mérito y gloria en la justificación; y porque juzgamos que Él sólo debe ser adorado según su propia Palabra, mientras que ustedes piensan que también debe ser adorado de más maneras y nos obligan a adorarlo según las tradiciones humanas. Mire pues, le suplico césar augusto, cuán grave será para usted este asunto en el juicio final de Cristo, en el cual dará cuenta de todas vuestras obras y recibirá lo que vuestras obras han merecido. Considere lo que le sucederá si usted, un cristiano, es perseguidor de cristianos, verdaderos miembros de Cristo, porque le pareció que ensalzaban a Cristo y a su Palabra con excesiva alabanza.
En cuanto a otros asuntos relacionados con vuestro gobierno, le rendiremos obediencia con mucho gusto —en la medida en que podamos y debamos—. La profesión de nuestra religión no le ha disminuido nada; de modo que fluya hacia usted mucha dignidad verdadera y estímulo para la obediencia debida. Pues enseñamos, como el apóstol Pablo, que usted es el ministro vicario4 de Dios para promover las buenas obras y que se le debe obediencia en este oficio, lo mismo que a Dios, no sólo por ira o temor a vuestra espada, sino también a causa de la conciencia, es decir, temor a la ira y al juicio de Dios.
Aunque no podemos considerar que todos los hombres cumplan por igual esta doctrina, ni podemos conseguirlo nosotros mismos, sin embargo, podemos prometerle esto con la fuerza de una promesa que se dice de nuestro ministerio —“Mi palabra… no volverá a mí vacía” (Is. 55:11); asimismo, “vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58)— que daremos de nuestras iglesias, el mayor número posible de hombres que, si pueden disfrutar de su propia religión por medio de usted, declararán su obediencia hacia usted en todos los deberes debidos y rectos, y lealtad sin hipocresía, por verdadero amor —no tanto por amor a recibir fruto de usted, sino por amor a usted mismo— quizás más que el de todos aquellos que usted dice que le son obedientes, de manera que hacen que usted nos señale, erróneamente, por el crimen de [desobediencia] y rebelión.
Aunque no somos capaces de mirar en el corazón de los individuos, aun así, permítanos afirmar claramente esto sobre la actitud y voluntad general de la ciudad: Que, excepto la preservación de nuestra religión, no se busca nada más; que cuando esto se consiga, nuestro Senado y nuestros ciudadanos serán muy obedientes en todos sus deberes apropiados de acuerdo con las leyes de vuestra majestad. Si la actitud y voluntad del público no nos parecieran así del todo, tenga por seguro que obligaríamos a toda esta Iglesia a desistir de lo que ha comenzado, mediante la excomunión, según el mandato de Cristo; o bien, nos sacudiríamos el polvo de los pies y abandonaríamos esta ciudad. Nosotros les ordenamos por la Palabra de Cristo que den a Dios lo que es de Dios y al césar —aunque él sea diferente en religión— lo que es del césar (Mt. 22:17-21). Ellos cumplen estos deberes de doble obediencia y se conducen sin crimen de sus conciencias por ningún lado y sin rencor5, cuando ambas partes se mantienen dentro de los límites de su deber prescrito por Dios y por las leyes. De nuevo, cuando alguna de las partes se aparta de estos límites, no pueden sino surgir horribles pecados y severos disturbios. De esta manera ahora, usted, césar Carlos, está excediendo los límites de vuestro dominio y lo está extendiendo sobre los dominios de Cristo. Por lo tanto, usted mismo es la causa de estos disturbios, tal como Elías dijo una vez a Acab… Lo único que nos queda por hacer es suplicar a vuestra majestad césar augusto, por la pasión, cruz, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, cuya memoria celebramos junto con usted. Por su justísimo y severo juicio final, le instamos a que cese, de una vez, de proscribirnos y perseguirnos a nosotros y a otros cristianos inocentes, por un asunto en el que estamos vinculados y obligados por Cristo, vuestro Señor y el nuestro.
Por lo tanto, basados en la segura Palabra de Dios, afirmamos de nuevo que cuando los magistrados superiores intentan forzar la idolatría papista sobre sus ciudadanos para ahogar la verdadera adoración a Dios y sus verdaderos adoradores, tal como ahora han comenzado a hacer, mediante maniobras injustas con sus leyes —aunque pretendan lo contrario— entonces, los magistrados piadosos, no sólo pueden, sino que incluso tienen la obligación de resistirles, en la medida de sus posibilidades, para defender la verdadera doctrina, la adoración a Dios, la vida, la modestia y la propiedad de sus súbditos, y preservarlos contra tan grande tiranía.
Tomado de La Confesión de Magdeburgo6 (The Magdeburg Confession, 1550), Matthew Colvin, trans. (N. Charleston, SC: CreateSpace Publishing, 2012), 49-53; usado con permiso.
La Confesión de Magdeburgo (1550): Uno de los documentos más importantes de la historia política de la Reforma; escrita por pastores luteranos alemanes, entre ellos Nicolaus von Amsdorf —amigo y partidario de Lutero— en respuesta al ínterin de Augsburgo y la imposición del catolicismo. En ella, se explica por qué los dirigentes de la ciudad rechazaron obedecer la ley imperial y se prepararon para resistir su implementación.
Footnotes
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El emperador del Sacro Imperio Romano, Carlos V (1500-1558), magistrado menor del papa. ↩
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El papa Pablo III (1468-1549), superior del emperador. El romanismo enseñaba la supremacía del papa sobre todas las demás autoridades de la tierra. ↩
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Aquí, el apelativo de “césar” dado a Carlos V, se refiere a su cargo de ‘emperador’. ↩
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Vicario – Representante, delegado. ↩
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Rencor – Sentimiento de profunda y amarga ira y mala voluntad. ↩
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Nota del editor – Este artículo es una traducción libre al español de La Confesión de Magdeburgo (The Magdeburg Confession, 1550) para esta edición del Portavoz de la Gracia. ↩