¿Cómo debe ser gobernado el hombre?

Pierre Viret (1511-1571)

Sólo la Ley de Dios es la verdadera norma por la que todo gobierno bueno y justo debe ser regido y conformado… Me tomaré un poco de tiempo para discutir las graves dificultades que siempre se encuentran en cualquier intento de gobernar bien a los hombres, y las dificultades encontradas al tratar de restringirlos dentro de los límites de la razón, el derecho y la justicia, así como las razones de estas dificultades. Hago esto para mostrar los únicos medios verdaderos para remediar estos graves males y lograr la verdadera unión en Dios que se requiere en la sociedad humana. Sin ello, los hombres nunca podrán existir, excepto en el estado que más temen, es decir, en la miseria y en la infelicidad, tanto en este mundo como en el próximo. Porque, si esto es bien conocido, puede ser de gran utilidad para todos, a fin de que todas las personas puedan tener la Ley de Dios en el valor y la estima que se debe tener.

Ahora, para empezar, conviene primero saber que, desde tiempos inmemoriales, ha habido un gran y muy acalorado debate entre los sabios acerca de las diversas formas de principados y gobiernos que han existido desde el principio en la esfera civil. Ninguno ha podido dar todavía, una solución cierta o segura a este problema o que sea agradable a todos, a causa de las grandes dificultades que se encuentran en todas partes. Los que han debatido esta cuestión, han incluido toda clase de gobiernos civiles y administraciones públicas bajo tres tipos que han denominado según palabras griegas, llamando a la primera, monarquía, a la segunda, aristocracia y, a la tercera, democracia.

La primera significa una forma de gobierno y principado en la cual, un solo hombre es el jefe universal de todos aquellos sobre los que tiene mando. Este hombre posee señorío y poder soberano sobre todos, tal como implica el nombre de monarquía. Todos los reinos que tienen un rey soberano que gobierna sobre todos los hombres se adhieren a esta forma de gobierno.

La segunda significa un principado y un gobierno en el que el gobierno soberano no se da a un solo hombre (como se da a un rey en su reino), ni se otorga a todo el pueblo en general (como se da en una comunidad), sino a personas particulares y a un número bastante grande de aquellos que se consideran los más sabios, los más excelentes y los más aptos para ejecutar este cargo como implica el nombre de aristocracia.

La tercera significa un principado y un gobierno en el que el poder soberano no se confía a un solo hombre o, incluso, a un cierto número de personas nobles (como en los dos anteriores), sino que se deja a toda la comunidad en general, que elige por elección común a aquellos a quienes desea dar el gobierno, aunque lo hagan con la condición de que el poder soberano permanezca en ellos mismos.

Si quisiéramos mezclar estas tres formas, podrían surgir muchas otras variedades, aunque siempre podrían reducirse a estas tres. Sólo habría una diferencia en el hecho de que no tomáramos una de estas tres, simple y puramente, sino que utilizáramos muchos trozos de varias de ellas, reteniendo más o menos, de una o de otra.

Ahora, aquí hay en verdad, mucha materia que considerar antes de determinar cuál de estas tres es la mejor, la más excelente, la más segura y la más adecuada para la preservación de la nación y de la sociedad humana, y cuál es la más deseable porque, según cómo juzguemos a cada una, podremos entonces juzgar, más fácilmente, qué piezas deben mezclarse de las dos o de las tres.

Algunos prefieren la primera a todas las demás, particularmente, los que tratan de adular a emperadores, reyes y otros monarcas semejantes. Estos citan primero el ejemplo de Dios como el más perfecto que pueda existir, diciendo que, así como Él es un solo Dios, Rey y Gobernante soberano sobre todas las criaturas, así también, se requiere que haya una cabeza particular entre los hombres a la que todos los demás estén sujetos…

La otra razón que exponen estas personas es que este tipo de monarquía no está tan sujeto a cambios y a facciones1, intrigas2, sediciones3 y rebeliones como las otras dos (y, en particular, la democracia). Estas cosas son muy difíciles de evitar donde hay una multitud de gobernantes, considerando las vastas disensiones y opiniones contrarias que existen entre las diversas pasiones y deseos de los hombres que son tan violentos y verdaderamente difíciles de refrenar dentro de los límites de la razón. Por lo tanto, a estas personas les parece que un gobernante que tiene poder soberano sobre todos, puede ordenar a todos sus súbditos bajo su obediencia, mucho más fácilmente que cualquier otro y puede vencer mucho más fácilmente las facciones, las revoluciones y la rebelión, los cuales son verdaderos flagelos en la sociedad común de la humanidad. De hecho, de todo lo que puede suceder, éstas son las más temibles.

Por estas mismas razones, incluso aquellos que prefieren la monarquía a las otras dos opciones, también consideran que la aristocracia es la mejor después de la primera porque no está tan sujeta a sediciones y rebeliones, dado que el gobierno no está en tantas manos como en el Estado popular, donde muchas veces, cada uno intenta ser el amo y en el cual, los más rebeldes, los más revolucionarios, los más audaces4 y los mayores agitadores5 se llevan el premio.

Así, también hay aquellos que en modo alguno aprueban la monarquía porque es muy difícil que permanezca mucho tiempo sin transformarse en tiranía6 (como lo atestiguan, suficientemente, los ejemplos de las historias antiguas), éstos, digo, eligen este segundo tipo como el más seguro y el mejor de todos y como la manera más adecuada de tomar el feliz medio que debe tomarse en un principado y mancomunidad, a fin de que no caiga ni a un lado ni al otro, ni se acerque a ninguno de estos dos extremos que he mencionado —es decir, la tiranía por un lado y la revolución por el otro—.

Además, viendo que en este segundo estado suelen existir grandes intrigas y facciones y que, a menudo, sucede que algunos se hacen tan grandes y se elevan a una autoridad tan alta que subyugan a sus compañeros, son muchos los que por ello, prefieren el Estado popular, que es la tercera opción que llamamos democracia. Su razón es que hay menos peligro de tiranía donde hay una mayor multitud en la cual reside el poder soberano. Pues unos no pueden dominar a los otros y, particularmente, las clases más bajas no corren tanto peligro de ser oprimidas por los ricos como en el segundo estado, en el cual sólo los más prominentes poseen el poder soberano…

¿Qué conclusión podemos sacar pues, de toda esta variedad de opiniones, tan contrarias entre sí y, sin embargo, dotadas todas ellas de argumentos muy razonables? Cuando todo está bien considerado y meditado7, no podemos llegar a otra conclusión, sino a la de que los hombres nunca pueden ser más miserables y peor gobernados que cuando son gobernados por sus semejantes —es decir, por gobernantes que son hombres mortales como ellos, sea cual fuere la forma de gobierno que empleen—.

Porque, si un solo hombre es la cabeza y posee la autoridad suprema, será sensato o necio, sabio o tonto, virtuoso o malvado. Si es insensato, tonto y malvado, ¿cuán grande es el peligro cuando todo el pueblo y todo el país dependen de una cabeza tan insensata? Porque esto sería lo mismo que si se entregara el gobierno de los hombres a una bestia salvaje o que si se pusiera a una persona demente a cargo de locos…

Si el gobernante es un hombre sabio y virtuoso y temeroso de Dios, aún subsisten peligros muy graves. El primero es que, cuando su reinado haya llegado a su fin, le suceda otro que le sea totalmente contrario y que lo destruya todo con su tiranía porque, primero, él no es inmortal como Dios; al contrario, ciertamente morirá como los demás hombres. De hecho, sucede a menudo que los buenos gobernantes permanecen menos tiempo en este mundo; pues Dios se los lleva más rápidamente que a otros, tanto porque el mundo no es digno de ellos como porque Dios quiere castigar por este medio a los hombres por sus pecados…

El otro peligro es que, aunque el gobernante sea el más grande y el más justo de los hombres y el más sabio que se pueda encontrar entre los demás, y aunque goce de una larga vida, le seguirá siendo muy difícil no dejarse engañar por sus consejeros y por otras personas que le rodean, e incluso, por aquellos a quienes considera sus amigos más queridos y en quienes deposita la mayor confianza porque, si es prudente, sabio y virtuoso, no gobernará sin consejo. Si su consejo no es bueno, ni digno de confianza, ¿cómo se guardará de él —por muy inteligente, sabio y experimentado que sea— sin ser engañado a menudo? Porque no sólo es difícil, sino casi imposible para un solo hombre, guardarse siempre contra tantas insidias… Si el consejo del gobernante es malo y está lleno de aduladores, ambiciosos, avaros, ladrones, libertinos y tiranos (que es lo habitual en los tribunales), el gobernante no gobernará, sino que gobernarán en su nombre, aquellos a quienes el gobernante y su nombre sirven de pantalla. Ellos establecerán su reinado y tiranía, utilizando al gobernante del mismo modo que un señuelo sirve a los cazadores en su cacería y como los ídolos sirven a los sacerdotes para destacarse y procurarse mayores ventajas con su uso…

En cuanto a la democracia, ya hemos mencionado los peligros que encierra. Aunque es más fácil prevenir la tiranía allí donde muchas personas poseen la autoridad que donde la posee un solo hombre o un número muy pequeño, sin embargo, rara vez sucede que la mayoría sea la mejor y la más recta, y que venza a la peor, sino todo lo contrario. Y si sucede que la multitud de los que están en la autoridad es mayor, así también, los peligros son más temibles en consecuencia, ¡y las conspiraciones son mucho mayores y los problemas más peligrosos!

Y, entre otros peligros en una democracia, hay habitualmente dos grandes males que traen grandes miserias y que, a menudo, arruinan a las naciones. El primero son las elecciones de los magistrados. El segundo son los juicios y ejecuciones de los asuntos ordenados por las leyes porque, cuando las elecciones recaen8 sobre la comunidad, es muy difícil elegir a los gobernantes y magistrados que se requieren; y esto es así, principalmente, por dos razones. La primera es el deseo que cada persona tiene de vivir en su propia libertad y placer carnal sin estar sujeto a ninguna ley. Este deseo es la razón por la que los que votan en las elecciones prefieren tener gobernantes y magistrados elegidos según su propio molde (y que les sean devotos y bajo los cuales puedan vivir con mayores licencias sin reprensión ni corrección), en lugar de tener gobernantes que teman a Dios, que respeten la ley y que castiguen a los malhechores según las obras de cada persona.

La otra razón es la ambición y la codicia que son las razones por las que muchos utilizan la intriga para ganar los cargos civiles del país, ya sea para sí mismos o para sus amigos y parientes, y para aquellos por quienes han sido corrompidos. Y esto se hace no por el deseo de mantener el honor de Dios o el bien público o de administrar la verdadera justicia, sino que se hace, meramente, por el honor y el beneficio mundano de aquellos que esperan recibirlo y reinar por encima de los demás.

Viendo que tales personas que arrebatan cargos y posiciones por tales ardides y que los ganan por tales medios no se proponen como meta la gloria de Dios, la edificación de su Iglesia o el bienestar del público en general, sino sólo su propia gloria y su propia ganancia, no es posible que alguna vez, cumplan con su cargo y deber como deberían…

Si el hombre encuentra así tantos obstáculos dentro de sí mismo, razón por la cual no puede y ni siquiera sabe gobernarse a sí mismo, ¿cómo podría gobernar a los demás? Por lo tanto, Aristóteles9 (aunque era un miserable pagano e ignorante del verdadero Dios) no hablaba sin razón cuando decía que quien pone a un hombre como gobernador, pone por gobierno a una bestia salvaje.

Ahora, por lo que se ha dicho, ya podemos juzgar qué esperanza tenemos de poder encontrar tales hombres —¡particularmente que vivan mucho tiempo!—. Y, aunque pudieran encontrarse, existe todavía este otro mal: ni los legisladores ni los funcionarios que tienen el cargo de ejecutar lo que manda la Ley, tienen el corazón de los hombres en sus manos de tal manera que puedan hacerles desear obedecer. Sólo Dios, el soberano Legislador, posee este poder. Y lo que dijimos del gobierno civil, debe entenderse también del gobierno familiar y doméstico, así como del autogobierno.

Por esta razón, Él mismo quiso dar la Ley para que sirviera de regla a todos los hombres de la tierra, para regir su espíritu, entendimiento, voluntad y deseos, tanto de los que gobiernan a otros como de los que deben ser gobernados por ellos. Y lo hizo para que todos juntos reconocieran a un solo Dios como su soberano Gobernante y Señor (y pudieran reconocer a sus siervos y ministros), a Quien un día, todos ellos deben rendir cuentas ante el trono de su majestad.

Ahora, Él incluyó en esta Ley toda enseñanza moral necesaria para que los hombres vivan rectamente. Y contiene aún más —incomparablemente más— que todos los filósofos en todos sus libros, tanto en su ética como en su política y economía, y que todos los legisladores que han existido, que todavía viven y aún que vivirán, en todas sus leyes y ordenanzas; tanto es así que todos juntos nunca han expuesto nada bueno que no esté ya contenido en ella. Ni han establecido jamás una ley perversa que no esté mencionada en ella…

Porque no debemos atrevernos a esperar que ningún rey, gobernante o pueblo disfrute jamás de una prosperidad duradera, a menos que Dios reine en todo y sobre todo, y a menos que sean gobernados por Él como aparece, claramente, por las promesas y maldiciones que añadió a su Ley. Pues, así como sólo Él puede darnos una Ley perfecta según la cual debemos gobernarnos a nosotros mismos, así también, Él puede dar gobernantes, magistrados, pastores y ministros apropiados para poner en práctica esa Ley y a quienes puede formar como instrumentos adecuados para su servicio. Él también puede dar poder a sus oficios y ministerios para ordenar, apropiadamente, a aquellos sobre quienes tienen a cargo su obediencia porque, así como da su Ley para hacernos comprender cómo hemos fallado y reconocer nuestra necesidad, así también, Él da el Espíritu Santo por Jesucristo su Hijo, Quien renueva nuestros corazones y da los dones y gracias necesarios para cumplir esta Ley.

Si se hace esto, entonces no habrá monarquía, aristocracia, democracia, ni ninguna forma de gobierno civil que tenga su fundamento en esta Ley de Dios, lo cual sería inadecuado para la sociedad humana y para todas las naciones sobre las que Dios presidirá.

Tomado de Cuando desobedecer (When to Disobey), (Wake Forest, NC: Church & Family Life, 2020), 13-27; www.churchandfamilylife.com.


Pierre Viret (1511-1571): Reformador suizo, colega de Juan Calvino y predicador en la catedral de Lausana; nacido en Orbe, Suiza.

Respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. —Hechos 5:29

Footnotes

  1. Facciones – Grupos de personas que forman una minoría dentro de un grupo mayor, especialmente en política.

  2. Intrigas – Complots y turbias conspiraciones.

  3. Sedición – Conducta o discurso que incita a la gente a rebelarse contra la autoridad de un estado.

  4. Audaz – Descaradamente irrespetuoso.

  5. Agitadores – Personas que hablan con la intención de inflamar las emociones de una multitud de personas, normalmente por razones políticas.

  6. Tiranía – Gobierno con poder absoluto sin derecho legal; gobierno cruel y opresivo.

  7. Meditar – Reflexionar profunda y largamente.

  8. Recaen – Se delegan en, se transfieren a.

  9. Aristóteles (384-322 a.C.) – Filósofo griego, matemático, tutor de Alejandro Magno.