El ídolo del libre albedrío

John Owen (1616-1683)

Queremos ahora considerar al ídolo que es esta gran deidad llamada libre albedrío y cuyo origen no es conocido. Algunos pretenden que, como la imagen de Diana de los efesios[^21], el libre albedrío cayó del cielo y recibió sus atributos de lo alto. Pero si tenemos en cuenta lo insignificante que era al principio cuando fue descubierto, en comparación con la gran importancia que ha llegado a tener, podemos decir de él lo que dijo el pintor de su cuadro que llegó a ser algo monstruoso, luego de haberlo corregido o, más bien, cambiado y arruinado, siguiendo la opinión de todos los demás: “Es el producto de la mente de la gente”. Supuestamente, Orígenes[^22] lo introdujo por primera vez en la iglesia, pero entre los muchos adoradores sinceros de la gracia divina, este presentador de nuevos demonios encontró poca aceptación. Lo veían como el tronco de Dagón, con su cabeza y manos colocadas ante el arca de Dios. sin cuya ayuda no podía saber ni hacer ningún bien de ninguna clase, pues seguía siendo considerado “el palo de una higuera, un pedazo inútil de madera”. Los padres de las épocas subsiguientes debatían mucho sobre qué uso debieran darle y la mayoría llegaba a la conclusión de que se dejara seguir siendo un palo hasta que, con el tiempo, apareció un fuerte campeón[^23] desafiando en su nombre a toda la iglesia de Dios y, como un caballero errante, iba de este a oeste para enfrentar a cualquiera que se opusiera a su ídolo. Pelagio se topó con diversos adversarios, uno en especial[^24], quien, en el nombre de la gracia de Dios, frustraba continuamente sus esfuerzos y lo dejaba tendido en el suelo con la aprobación de todos los jueces legítimos reunidos en concilios y en la opinión de la mayoría de los cristianos comunes. No obstante, con su insidiosa sutileza, plantó tal opinión de la deidad del ídolo y de la autosuficiencia en el corazón de algunos que, hasta hoy, no ha sido posible arrancarlo de raíz.

Pues bien, después de la muerte de sus adoradores pelagianos, algunos de los maestros de filosofía y teología de la Edad Media[^25], viéndolo expuesto desde su nacimiento al viento y el mal tiempo, a todos los ataques en su contra, por pura caridad y amor propio, le construyeron un templo y lo adornaron con luces naturales, méritos, operaciones independientes incontroladas y muchas otras alegres virtudes. Pero al comienzo de la Reforma —época fatal para la idolatría y superstición, al igual que para abadías y monasterios— el celo y erudición de nuestros antepasados, con la ayuda de la Palabra de Dios, arrasaron con este templo destruyéndolo totalmente. Era nuestra esperanza que, en sus escombros, el ídolo habría sido enterrado a tal profundidad que nunca más levantaría su cabeza para ser exaltada para detrimento de la iglesia de Dios. Pero tiempo después, algunos ocurrentes curiosos, cuyos estómagos débiles estaban henchidos de maná y aborrecían la leche sincera de la Palabra, rastrillando las ruinas en busca de algo novedoso, para desgracia, dieron con este ídolo y con no menos alegría que la del matemático al descubrir una nueva proporción geométrica, exclamaron: ¡Eureka! ¡Lo hemos encontrado! Sin más ni más, levantaron un santuario y hasta el día de hoy siguen ofreciendo alabanzas y acciones de gracias por todo el bien que le hace a la obra de sus propias manos[^26].

A fin de que el ídolo no volviera a la ruina, a la cual, sabían por experiencia, podía volver, le agregaron una contingencia, diosa nueva que ellos mismos crearon, que ha probado ser muy fructífera produciendo nacimientos monstruosos como fruto de su unión. No dudan de que jamás les faltará alguien para colocar en el trono y hacer soberano de todas las acciones humanas. De modo que, teniendo diversos triunfos en al menos mil doscientos años, contendiendo con la providencia y la gracia de Dios, se jacta ahora como si hubiera obtenido una victoria total. No obstante, todos sus éxitos son atribuibles a la diligencia y el barniz de sus nuevos cómplices con —¡para nuestra vergüenza sea dicho!— la negligencia de sus adversarios. No hay en él y su causa, más valor auténtico que cuando fue maldecido y quitado de la Iglesia. De modo que, aquellos que pueden, recorriendo laberintos de curiosas ideas, se encuentran que han sido como los novicios egipcios, quienes pasando por majestuosos frontispicios y cortinajes suntuosos con mucho celo y devoción, al final se encontraban con la imagen de un feo simio.

Sin embargo, no nos oponemos totalmente al libre albedrío, como si fuera sólo un fruto de la imaginación o como si fuera algo que no existe, sino sólo en el sentido que le dan los pelagianos y arminianos[^27]_._No argumentaremos sobre palabras. Aceptamos que, sustancialmente en todas sus acciones, el hombre tiene tanto poder y libertad como es capaz de tener una criatura creada. Aceptamos que es libre para tomar decisiones sin que se le obligue desde _afuera_y sin una necesidad natural interior de obrar según [su preferencia] y deliberadamente, adoptando espontáneamente lo que le parezca bien a él. Asimismo, no tenemos ningún problema que llamen a este poder: Libre albedrío o lo que les plazca, siempre y cuando no lo consideren supremo, independiente y sin medida. La selección de nombres depende de la discreción de los que los inventan.

Además, aun en cuanto a las cosas espirituales, negamos que nuestra voluntad tenga obstáculos o que algo pueda impedir que la cumplamos. Pero aquí decimos que, ciertamente, no somos verdaderamente libres hasta que el Hijo nos hace libres… no pretendemos tener una libertad al punto que nos hace despreciar la gracia de Dios, por medio de la cual realmente podemos obtener la verdadera libertad, la cual nos da más libertad, y no nos quita nada de nuestra libertad original. Pero esto lo digo después de haber mostrado qué ídolo han hecho los arminianos del libre albedrío. Y tomen nota de que al comenzar a hablar ahora de éste, no lo hago como algo que Dios creó al principio y que ahora se ha corrompido y, aun así, le adjudican más de lo que jamás abarca.

“En esto”, dice Arminio, “consiste la libertad de la voluntad, en que aun contando con todo lo requerido para capacitarla a tener la voluntad de lograr algo específico, no le importa si la lleva a cabo o no”. Y todos los participantes del sínodo[^28] dicen: “Acompaña a la voluntad del hombre una propiedad inseparable que llamamos libertad y, por ende, la voluntad es llamada un poder, el cual, cuando todas las cosas consideradas como necesarias a su operación son satisfechas, puede o no aceptarla. ¡Es decir que, según esa creencia, nuestro libre albedrío tiene tal poder absoluto e incontrolable en la esfera de las acciones humanas, que ninguna influencia de la providencia de Dios, ninguna certidumbre de sus mandatos, ninguna inmutabilidad de su propósito, puede cambiar las determinaciones tomadas libremente ni tener poder de lo Alto para causarle que quiera o resuelva llevar a cabo alguna acción que Dios tiene la intención de producir por intermedio de él! Tomemos como ejemplo la gran obra de nuestra conversión. “Todos los hombres no regenerados”, dice Arminio, “tienen en virtud de su libre albedrío, el poder de resistir al Espíritu Santo, de oponerse a la gracia ofrecida por Dios, de rechazar el consejo de Dios en lo que a ellos mismos se refiere, de rechazar el evangelio de gracia, de no abrirle el corazón a él, que todo lo sabe”. ¡Qué ídolo tenaz es éste, que ni el Espíritu Santo, ni la gracia y el consejo de Dios, ni el llamado del evangelio tocando a la puerta del corazón, lo puede mover, ni aun en la medida más pequeña prevalecer contra él! ¡Ay de nosotros entonces, si cuando Dios nos llama, nuestro libre albedrío no tiene la inclinación ni la disposición de acudir a él! Pues parece que no hay ninguna otra manera de responder a él, por más todopoderoso que sea. “Porque reconozcamos”, dice Corvino[^29], “que a pesar de todas las operaciones de gracia que Dios puede usar para nuestra conversión, ésta permanece bajo el poder de nuestra propia libertad por lo que podemos no convertirnos; es decir que queda en nosotros el poder de arrepentirnos o no”. Dondequiera que el ídolo claramente desafía al Señor a obrar con todo su poder, después de haberlo hecho, le dice que, al final de cuentas, seguirá haciendo lo que quiere. Su presciencia[^30], su poderosa predeterminación, la eficacia moral del evangelio, la infusión de su gracia, la operación eficaz del Espíritu Santo, todo esto es nada, nada puede ayudar ni cambiar nuestra voluntad independiente en lo que respecta a lo antedicho. Bueno, ¿entonces en qué lugar hemos de colocar al ídolo?

“En alguien a quien ha llevado a pecar o a hacer lo que le place”, como sugiere el mismo autor. Pareciera que, en lo que al pecado se refiere, ¿entonces nada se requiere de él para hacer el bien que contar con el permiso de Dios? ¡No! Porque los Remonstrantes[^31] “siempre suponen un poder libre de obedecer o no obedecer, tanto en el caso de aquellos que obedecen como de aquellos que no obedecen”, donde todos los méritos de nuestra obediencia, que nos hace diferentes de los demás, se nos atribuye a nosotros mismos y a ese poder que tenemos de elegir libremente.

Ahora bien, esto se aplica, no sólo al acto de obedecer, sino a la fe misma y su total consumación. “Porque si alguien dijera que todos los hombres en el mundo tienen el poder de creer, si esa es su voluntad, y de obtener salvación, y que este poder es parte de su naturaleza, ¿qué argumento tendríamos para refutarlo?”, le dice triunfalmente Arminio a Perkins[^32], confundiendo claramente el sofístico innovador[^33], la gracia y la naturaleza como siempre lo hizo Pelagio. Entonces, lo que los arminianos declaran aquí en nombre de su libre albedrío, es una independencia absoluta de la providencia de Dios al hacer cualquier cosa que sea y de toda su gracia al hacer lo bueno: Una autosuficiencia en todos nuestros actos y una neutralidad absoluta al hacer lo que queremos, que esto o aquello se superpone a cualquier influencia de lo Alto. De modo que, según esta creencia, las buenas acciones nacen de nuestra voluntad y no dependen en absoluto de la providencia de Dios como actos originados en su gracia porque son actos buenos, sino que en ambos casos proceden de un principio dentro de nosotros mismos que no son motivados de ninguna manera por un ser superior.

Ahora bien, rechazamos la primera premisa porque nuestra voluntad es _creada_y, en segundo lugar, porque es corrupta. El hecho de ser creada le impide hacer algo por sí misma sin la ayuda de la providencia de Dios y el hecho de ser corrupta le impide hacer algo bueno sin la gracia divina. A menos que nuestra intención sea convertirla en un dios, no podemos aceptar una operación autosuficiente o sea, sin la obra eficaz del Dios todopoderoso. Y no hemos de otorgar al hombre un poder de hacer el bien como lo tiene de hacer el mal, a menos que neguemos la caída de Adán y pensemos que todavía estamos en el Paraíso.

Tenemos, sí, un libre albedrío que es libre de toda compulsión externa y necesidad interna, que tiene la facultad de elegir aquello que le parece bueno, dentro de lo que comprende una elección libre. No obstante, está sujeto a lo decretado por Dios, tal como ya lo he demostrado. Es totalmente libre en todo lo que hace, tanto con respecto al objeto que escoge como al poder y facultad vital por los que obra infaliblemente de acuerdo con la providencia de Dios. Pero afirmar una independencia suprema y en todo sentido, ajena a cualquier sujeción, como pretenden los arminianos, que suponen que todas las otras cosas necesarias deben permanecer absolutamente en nuestro propio poder de voluntad, a hacer algo o no hacerlo, es simplemente negar que nuestra voluntad está sujeta al gobierno del Altísimo… contra tal exaltación de ese grado de independencia, me opongo:

Primero, toda operación que sea independiente de cualquier otra cosa es puramente activa y, en consecuencia, un dios, porque nada, fuera de una voluntad divina, puede ser un acto puro, poseyendo tal libertad en virtud de su propia esencia. Cada voluntad creada debe tener la libertad de participación, que incluye una potencialidad tan imperfecta que no puede ser activada sin la acción previa de un ser superior. Ni es esta acción extrínseca en perjuicio de todo libre albedrío, el cual requiere que el principio de funcionamiento interno se active y libere, pero no dice que éste no sea activado por un ser superior externo. Nada, en este sentido, puede tener un _principio independiente_de operación, si no cuenta con un ser independiente.

Segundo, si los actos libres de nuestra voluntad están sujetos a la providencia de Dios a fin de usarla para cumplir su voluntad y, por medio de ellos, cumplir muchos de sus propósitos, entonces no pueden por sí mismos ser absolutamente independientes al punto de, por su propio poder, manejar cada circunstancia y condición a su antojo. Ahora bien, he dado prueba de lo anterior presentando todas las razones y los pasajes de las Escrituras para mostrar que la providencia de Dios invalida las acciones y determina la voluntad de los hombres para que libremente realicen aquello que él ha determinado. Y, por cierto que si fuera de otra manera, el dominio de Dios sobre la mayoría de las cosas en este mundo sería excluido: No tendría nada de poder para determinar algo que alguna vez pudiera suceder relacionado con lo que tiene que ver con la voluntad del hombre.

En tercer lugar, la doctrina del libre albedrío es aceptable cuando se ejerce bajo la dirección de Dios “en quien vivimos, nos movemos y somos”, pero es idolatría cuando se ejerce sólo porque el hombre tiene la facultad de hacerlo.

Considerando ahora, en segunda instancia, el poder de nuestro libre albedrío en hacer aquello que es moralmente bueno, encontraremos que, no sólo es esencialmente imperfecto, por ser creado, sino también es corrupto por un efecto contraído. La habilidad que los arminianos le adjudican en este sentido —de tener el poder de hacer aquello que es moral y espiritualmente bueno— es tanta que hasta lo declaran un estado de inocencia, aun el de un poder para creer el evangelio y el poder para resistirlo, de obedecer y no obedecer, y de volverse a Dios o no.

En las Escrituras, como ya he mencionado, no existe ese término [libre albedrío] ni ningún equivalente. En cambio, las expresiones que usa concernientes a nuestra naturaleza y todas sus facultades en esta condición de pecado y de falta de regeneración parecen implicar todo lo contrario: Que estamos “sujetos a servidumbre” (He. 2:15), “muertos en… pecado” (Ef. 2:1) y, por lo tanto “libres acerca de la justicia” (Ro. 6:20); “esclavos del pecado” (v. 17); bajo el reinado y dominio del mismo (vv. 12 y 14) y nuestros “miembros” siendo “instrumentos de iniquidad” (v. 13); que no somos verdaderamente libres hasta que el Hijo nos libere (Jn. 8:36); de modo que este ídolo que es el libre albedrío, en lo que respecta a cosas espirituales, no es ni un ápice mejor que los otros ídolos de los paganos.

Tomado de “A Display of Arminianism” (Una exposición del arminianismo) en The Works of John Owen(Las obras de John Owen), Tomo X, reimpreso por The Banner of Truth Trust.


John Owen (1161-1683): Llamado “El príncipe de los puritanos”, estaba comprometido con el estilo congregacional del gobierno de la iglesia. Era capellán en el ejército de Oliver Cromwell y vicerrector de la Universidad de Oxford, aunque la mayor parte de su vida la pasó como pastor de iglesias congregacionales. Sus escritos, que abarcan cuarenta años y llenan veinticuatro tomos, se cuentan entre los mejores recursos teológicos en el idioma inglés. Nacido de progenitores puritanos en la aldea de Oxfordshire de Stadham.