Ídolos abolidos

Charles Spurgeon (1834-1892)

_“_Efraín dirá: ¿Qué más tendré ya con los ídolos?” (Oseas 14:8).

Nuestro texto implica una confesión. “Efraín dirá: ¿Qué más tendré ya con los ídolos?”. “¿Ya con ídolos?”. Entonces, Efraín, ¿hasta ahora tenías mucho que ver con ídolos? “Ay”, responde él con lágrimas en los ojos, “así ha sido”. El hipócrita quiere decir menos de lo que sus palabras expresan; en cambio, el verdaderamente arrepentido quiere decir mucho más de lo que sus palabras sinceras indican. La confesión de este texto es mucho más significativa porque es tácita, algo que brota de los labios con naturalidad.

Presten mucha atención, queridos oyentes, porque quizá algunos de ustedes están adorando ídolos. Entremos al templo de sus corazones y veamos si podemos encontrar allí algún dios falso. Entro a un corazón y, levantando allí la mirada, veo un ídolo gigantesco recubierto de oro y vestido con túnicas brillantes: Sus ojos son como joyas y su frente “como claro marfil cubierto de zafiros”; es un ídolo hermoso para contemplar. No se le acerquen demasiado, no lo analicen tanto, ni siquiera sueñen con hurgar su interior, pues no verán más que farsa y presunción. Encontrarán todo tipo de podredumbre y suciedad, mientras que el exterior del ídolo está adornado muy artísticamente y con la mayor pericia, al punto de que pudieran enamorarse de él al detenerse y contemplarlo.

¿Cómo se llama? Se llama fariseísmo. Recuerdo bien cuando yo mismo adoraba a este ídolo que mis propias manos construyeron, hasta una mañana, cuando encontré su cabeza destrozada y, con el tiempo, vi que ya no tenía manos y que el gusano lo estaba devorando; y el dios que adoraba y en quien confiaba había terminado siendo un montículo de basura y escoria, cuando yo había creído que era un cuerpo de oro puro, con ojos de diamantes. ¡Ay! Existen muchos hombres a quienes les ha sido dada esta revelación. Su ídolo todavía está en perfectas condiciones. Quizá es cierto que en la época de Navidad se desvían un poco y sienten que no se portan como debieran cuando sacan la botella y la pasan de mano en mano, pero después llaman al orfebre para que le dé al ídolo una capa nueva de oro y le recubra las áreas descascaradas. ¿Acaso no han asistido a la iglesia desde entonces? Pero, ¿acaso no o han asistido al culto la mañana de Navidad, poniendo así todos sus asuntos en orden? ¿No han elevado oraciones extra y donado un poquito más a obras de caridad? Así es como han limpiado de nuevo a su ídolo de modo que luce muy respetable. ¡Ah, es fácil ponerle parches nuevos, mis hermanos, hasta que entre el arca del Señor y, entonces, ni todos los orfebres del mundo pueden mantener de pie al ídolo! Una vez que el evangelio de Jesucristo entra en el corazón del hombre, este ídolo comienza a caer y, al igual que Dagón, quien cayó y quedó decapitado y con las manos cercenadas delante del arca del Señor, el fariseísmo cae haciéndose añicos. No obstante, hay miles por todo el mundo que adoran a este dios y dicen al orar: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres” y cosas por el estilo, no exactamente con las palabras del fariseo, pero con un estilo semejante. “Señor, gracias porque le pago a todos veinticinco gramos por kilo y porque he criado a mis hijos con respetabilidad. Dios, te doy gracias porque he asistido regularmente a la iglesia o la capilla toda mi vida. Dios, te doy gracias, porque no digo malas palabras, ni soy un ebrio, ni nada parecido. Soy mucho mejor que la mayoría de la gente y, si acaso yo no llego al cielo, peor les irá a mis vecinos porque les falta mucho para llegar a ser tan buenos como yo”. Ésta es la manera como es adorada esta monstruosa deidad. No estoy hablando de lo que hacen en Indostán, sino en la idolatría de lo que está muy de moda en nuestro país. El dios del fariseísmo es el señor supremo en millones de corazones. Oh, que el Señor guiara a todo adorador de ese dios a decir: “¿Qué más tendré ya con este ídolo abominable?”.

Otros tienen otros pecados favoritos. No necesito nombrarlos todos. De hecho, no podría hacerlo sin ofender el sentido de moralidad de algunos, si mencionara ciertos vicios sin los cuales tanto hombres como mujeres sienten que no pueden vivir. Preferirían ser salvados en sus pecados, que de sus pecados. Adoran a Dios a su manera, dando el primer lugar a esa concupiscencia que tanto aman. Ay señores, no me importa qué clase de ídolo tengan, lo cierto es que si hay algo en este mundo que aman más que a Cristo, nunca contemplarán el rostro de Dios con alegría. Si hay algún pecado que quieren ustedes seguir cometiendo, les ruego que cambien de idea y dejen de cometerlo, aunque tengan que cortarse la mano derecha o quitarse el ojo derecho. Es mejor entrar mutilados o tuertos a la vida eterna, que ser arrojados al infierno con las dos manos y los dos ojos intactos. Tienen que renunciar a aquellos pecados que tanto aman si quieren disfrutar de Cristo.

Veo en el corazón de algunos el amor al placer. Ese dios está entronizado en muchos corazones. No son vencidos tanto por los pecados que calificamos como más burdos, sino por su liviandad y falta de seriedad. No pueden razonar, no quieren hacerlo. Dicen que se aburren si tienen que estar quietos. Les gusta estar siempre entretenidos, satisfechos, produciendo adrenalina. Pero ser amantes del placer, en lugar de amantes de Dios, es estar muertos en vida.

[Algunos]han entablado relaciones ilícitas. Forman vínculos prohibidos por la Palabra de Dios. Por ejemplo, he sabido de algunos que profesan ser cristianos —Dios sabe si lo son o no— que han descartado el mandato de nuestro Señor de no unirnos en yugo desigual con inconversos y han seguido los dictados de la carne uniéndose con estos en matrimonio. Es cosa terrible estar casado con alguien del que uno sabe que al paso del tiempo tendrá que separarse para siempre, uno quien no ama a Dios y, por lo tanto, nunca podrá estar en su compañía en el cielo. Si éste ya es el caso de alguno de ustedes, sus oraciones tienen que elevarse al cielo día y noche para que su pareja querida pueda acudir a Cristo como su Señor y Salvador. Por otro lado, el que una persona joven creyente se una deliberadamente a otra que no lo es, significa colocar un ídolo en lugar de Dios. Habrá llanto y lamento antes de que pase mucho tiempo… cualquier forma de amor que compite con el amor de Cristo es idolatría.

_Muchísimos adoran a un ídolo llamado alabanza de los hombres._Lo expresan así: “Oh, sí, tiene usted razón, pero comprenda que no puedo seguir a Cristo”. Bueno, ¿por qué no? “Porque no sé qué diría mi tío” o “a mi esposa no le gustaría”. “No estoy seguro cómo reaccionaría mi abuelo”. El temor a la reacción de los familiares o a la opinión pública mantiene a muchos esclavizados mental y moralmente. El temor a lo que opine la gente domina a muchos otros. Me dan lástima los que no se atreven a hacer lo que creen que es lo correcto. A mí me parece que la más grande de todas las libertades, la libertad por la cual Cristo nos hace libres, es la libertad de hacer y enfrentar lo que sea que la conciencia manda en su nombre. Pero muchos tienen que pedirles a otros que les permitan respirar, que les den permiso para pensar y de creer, sea lo que sea, por temor al “qué dirán”. La pequeña sociedad en que viven significa todo para ellos. ¿Qué va a pensar Fulano o Mengano? El obrero no se atreve a ir al lugar de adoración porque sus compañeros de trabajo le harían burla diciendo: “¡Oye! ¿Acaso no eres tú uno de esos evangélicos?”. Muchos hombres que miden 1.80 m. de estatura le tienen miedo a uno que mide la mitad que él. Tienen miedo que algún sujeto que no vale nada haga un chiste a sus expensas y ser objeto de un chiste les parece horroroso. ¡Ay, pobres almas! ¡Pobres almas!… estamos vivos después de los ataques que hemos sufrido y no estamos peor que antes; y lo mismo sucederá con ustedes, queridos amigos, si tienen el anhelo y la valentía de hacerle frente a lo que sea por el Señor Jesucristo. Este ídolo del temor al hombre devora a miles de almas. Es un ídolo sediento de sangre, tan cruel como cualquiera de los ídolos hindúes, “el temor del hombre pondrá lazo”; algunos de ustedes saben que son demasiado cobardes y no se atreven a hacer lo que saben que deberían hacer por temor a que alguien haga un comentario sobre lo extraños y lo raros que son. Dios les ayude a librarse de ese ídolo.

El último punto esla pregunta definitiva**:**“¿Qué más tendré ya con los ídolos?”. Digámoslo así: “¿Qué tengo que ver con ellos de aquí en adelante? Ya he tenido demasiado que ver con ellos. ¿Qué han hecho ya mis pecados por mí?”. Hermanos y hermanas, miremos objetivamente lo que los pecados han hecho por nosotros a lo largo de nuestro peregrinaje. Hicieron que el hermoso Edén, ese jardín creado para nuestro deleite, se transformara en un desierto y nos convirtió en hijos de trabajo arduo y nos ha causado mucho dolor. ¿Qué ha hecho el pecado por nosotros? Nos ha quitado nuestra belleza y apartado de Dios, ha puesto como guardia al querubín flameante con la espada desenfundada para impedir que nos volvamos a acercar a Dios mientras vivamos en pecado. El pecado nos ha herido, arruinado, matado y corrompido. El pecado ha puesto la enfermedad en el mundo, cavado la tumba y alimentado al gusano. Oh pecado, tú eres la madre de todos los pesares, lamentos, suspiros y lágrimas que han existido en este mundo. Oh, pecado miserable, ¿qué tenemos que ver ya contigo? Ya hemos tenido demasiado de ti.

_¿Y no hemos tenido, ustedes y yo personalmente, ya demasiado de nuestros ídolos?_Afirmo decididamente que yo ya he tenido demasiado que ver con mi fariseísmo porque, oh, cuánto aborrezco pensar que alguna vez he sido tan necio como para pensar que había algo bueno en mí, que alguna vez soñara en volver a Dios con mi propia justicia. ¡Oh, no quiero ni pensarlo! No permita Dios que, ni siquiera por un momento, esté yo más que avergonzado de haberme jactado por lo que podía hacer, sentir o ser. ¿No se sienten ustedes humillados cuando recuerdan tal orgullo y engreimiento? ¿Qué tienen ya que ver con el ídolo de la justificación del yo? Nada. Ya nunca podemos inclinarnos ante esto.

_En cuanto a otros ídolos, ¿no han tenido ya bastante que ver con ellos?_El convertido que antes fue un ebrio dirá: “Ya he tenido bastante que ver con la copa de intoxicación. “¿Para quién el dolor?… ¿Para quién lo amoratado de los ojos? Para los que se detienen mucho en el vino” (Pr. 23:29-30; Isa. 5:22)”. El bebedor ya ha tenido suficiente de eso. Lo ha pagado caro y ahora ya no quiere volver a tener nada que ver con aquellos desenfrenos y excesos. El hombre que ha caído en el vicio, a menudo tendrá que admitir: “Me ha perjudicado corporal, mental y materialmente. ¿Qué más puedo querer tener que ver con eso?”. “Ay”, me dijo uno el otro día, “cuando vivía en pecado me resultaba tan caro que me llevará años recuperar lo que he malgastado con el diablo y conmigo mismo. No soy el hombre al servicio de Dios que pudiera haber sido, si no hubiera sido por eso”. ¡Ah, ya hemos tenido bastante de eso, más que bastante! No existe copa de pecado, por más dulce que nos pareciera antes de que fuéramos regenerados, que provoque otro sentimiento que el de ya no querer nada de eso, aun con sus burbujas brillando en la copa. Estamos hartos de eso, hartos hasta la muerte y, el solo nombrarlo, le da nauseas a nuestra alma. ¿Qué quiero tener ya que ver con ídolos cuando considero todo lo malo que los ídolos han hecho por mí?

Pero hay otra manera de considerar la pregunta: “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”. ¿Pueden aguantar contemplar ese extraño cuadro: Tres patíbulos en la colina de un monte y en el del centro un hombre maravilloso sufriendo una agonía horrorosa clavado a la cruz? Si lo observan, verán que hay una mezcla de majestuosidad en su sufrimiento que revela al instante que es su Señor. Sí, es el Esposo de sus almas, el más Amado de sus corazones, ¿Quién lo clavó allí? ¿Quién lo clavó allí, repito? ¿Dónde está el martillo? ¿De dónde aparecieron los clavos? ¿Quién lo clavó a la cruz? Y la respuesta es: Nuestros ídolos fueron los que lo clavaron: ¡Nuestros pecados atravesaron su corazón! Ay, entonces, ¿qué quiero ya con ellos? Si yo tuviera un cuchillo favorito y un asesino lo usara para matar a mi esposa, ¿les parece que volvería a usar ese cuchillo en mi mesa o que lo llevaría siempre conmigo? ¡Fuera con esa cosa maldita! Cuánto odiaría el solo verlo. ¡Y el pecado ha asesinado a Cristo! ¡Nuestros ídolos le dieron muerte a nuestro Señor! Permanezcan al pie de la cruz y contemplen su cuerpo moribundo, torturado, sangrando de sus cinco grandes heridas, y dirá cada uno de ustedes: “¿Qué más tendré yo con estos ídolos?”. El vinagre y la hiel, el sudor de sangre y los estertores de la muerte han divorciado a mi alma de todos sus antiguos amores y me han llevado a unir mi corazón para siempre con el Amado, el Rey de reyes. “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”. Nada aparta al hombre del pecado, tanto como el sentido del amor y de los sufrimientos de Jesús. La gracia redentora y el amor hasta el punto de morir por nosotros hacen redoblar las campanas de la muerte para nuestras fornicaciones e ídolos.

“En cuanto la fe al Señor puede ver, sangrando en la cruz por mí,

todos mis ídolos desaparecen, Jesús me toma y llena el corazón”.

Ahora bien, recordemos que no debemos ya tener nada que ver con ídolos porque los mismos pecados que llevaron a la muerte a nuestro Señor nos llevarán a la muerte a nosotros también. _Oh, hijos de Dios, nunca pecamos sin perjudicarnos a nosotros mismos._Aun el pecado más pequeño que se desliza dentro de nuestro corazón, es un ladrón que quiere matar y destruir. El pecado nunca nos ha beneficiado, ni nunca lo hará. No, el pecado es veneno, veneno mortal para nuestro espíritu. ¡No lo toleraremos más ni por un instante! ¿Qué más tendremos ya que ver con él? Sabemos que es infernal, nada más que infernal, y lo es continuamente. Sabemos que perjudica nuestra fe, destruye nuestra alegría, marchita nuestra paz, debilita nuestras oraciones e impide que nuestro ejemplo beneficie a otros y, por todas estas razones, ¿qué más tendremos ya con ídolos?

Dentro de pocos meses, algunos de nosotros estaremos en el cielo o, aun quizá, dentro de pocas semanas. ¿Qué tenemos ya que ver con los ídolos? Mientras tanto que estamos aquí, el Señor nos ha elevado y nos ha hecho sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús. ¿Qué tenemos ya que ver con ídolos? Este día hemos sido aceptados en el Amado, somos los escogidos de Dios justificados por fe y nuestros nombres están escritos en las palmas de las manos de Jesús. ¿Qué tenemos ya que ver con ídolos? En realidad, la pregunta misma implica la respuesta. No tenemos nada con ellos, excepto odiarlos, y cuando quieren asentarse en nuestro corazón, aun por un momento, destrozarlos con el poder del Espíritu eterno.

Amados, si Dios ha realizado una gran obra en ustedes y transformado sus corazones, de modo que los ídolos que antes adoraban, ahora detestan, les ruego que se mantengan alejados de ellos todo lo posible. Si no quieren tener nada que ver con ellos, entonces no vayan a lugares donde se les honra. “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”. Si sé que una calle está infectada de viruela, no querré andar por ella. Preferiría evitarla, para evitar la plaga. Lo mismo sea con lo que una vez fue su pecado más querido. Aléjense de él cuanto sea posible, como lo harían de una enfermedad muy contagiosa. No tengan ya nada que ver con los ídolos, por lo tanto, no entren en sus templos ni se junten con los que les rinden culto. Manténganse lo más lejos posible del pecado. Si han aprendido a decir: “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”, también cuídense de no dar la apariencia del mal, ni de tener ninguna relación con él, lo cual corrompe las buenas costumbres. El bar, el salón de baile y el teatro no son para ustedes. Detesto oír a los cristianos preguntar: “¿Qué opina usted de éste o aquel trivial entretenimiento?”

Pues bien, mis queridos amigos, si disfrutan ustedes de algo que tiene en sí alguna suciedad, pongo en tela de juicio el que sepan algo del amor de Dios. Recuerden el comentario de Rowland Hill[^34] a la persona que le gustaba ir al teatro. La persona dijo: “Bien, Sr. Hill, usted sabe que soy miembro de la iglesia, pero no asisto con frecuencia, voy apenas una o dos veces al año, como algo especial nada más”. “Ah”, respondió el Sr. Hill, “usted es mucho peor de lo que pensaba. Suponga que alguien comentara y se corriera la voz de que el Sr. Hill comía carroña y que le encantaba comer carne podrida. Y suponga que se me acercara alguien y dijera: ‘He oído, Sr. Hill, que le encanta comer carroña’. ‘Oh, no’, le contesto. ‘De ninguna manera. No la como regularmente, ¡solo como un platillo una o dos veces al año como algo especial, nada más!’. Entonces todos dirían: ‘Le gusta más de lo que pensábamos porque si hay pobres gentes que tienen que comerla todos los días porque no pueden conseguir nada mejor, el gusto de ellos no está tan viciado como el suyo que se aparta de la comida saludable y considera la podredumbre como un platillo fino y exquisito para comer”. Si podemos encontrar nuestro placer y deleite donde siempre está cerca y accesible el pecado de la peor clase, donde la fe cristiana está fuera de lugar y donde no podemos esperar que Cristo nuestro Señor se haga presente, no hemos aprendido a decir con Efraín: “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”.

Apártense a toda velocidad de cualquier cosa que tenga la mancha, aún más pequeña de pecado; y quiera Dios ayudarles a seguir haciéndolo toda la vida. ¿Es esto a fin de que sean salvos? ¡De ninguna manera! Le estoy hablando sólo a los que son salvos. Si alguno entre ustedes no es salvo, lo primero que necesita es tener un corazón renovado por fe en Jesucristo y, después de eso, no hay ninguna imposición, no se le cobra nada, no es obligación pagar nada. En cambio, nuestro anhelo es aumentar su gozo, su alegría, su privilegio, y mantenerlos cerca de su Señor y decir: “¿Qué más tendré ya con los ídolos?”.

Dios bendiga a cada uno en el nombre de Cristo.

Predicado en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.