Nuestra necesidad de expiación

J. C. Ryle (1816-1900)

“La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).

Los pecados del hombre son muchos y grandes. Es de suma importancia que estos pecados sean limpiados. La culpa del hombre ante los ojos de Dios es enorme. El peligro que corre el hombre de ir al infierno después de su muerte es inminente1 y tremendo. ¡Sin embargo, el hombre no puede limpiar sus propios pecados! Está escrito y es verdad: “Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado” (Ro. 3:20).

(a) No limpiará tus pecados el sentirte mal por ellos. Puedes lamentarte por tu maldad pasada y humillarte en cilicio2 y ceniza. Puedes derramar ríos de lágrimas y reconocer tu propia culpa y peligro. Tú puedes hacerlo, debes hacerlo, deberías hacerlo. Pero con esto no borrarás tus transgresiones del libro de Dios. El dolor no puede hacer expiación por el pecado.

El criminal condenado en un tribunal de justicia, a menudo, se arrepiente de sus delitos. Ve la miseria y la ruina que le han acarreado. Se lamenta de su insensatez al no escuchar los consejos y ceder a la tentación. Pero el juez no lo deja en libertad porque él se sienta mal por eso. El hecho se ha cometido, la ley se ha quebrantado; la pena se ha impuesto3. El castigo debe ser aplicado, a pesar de las lágrimas del criminal. Ésta es, precisamente, tu posición a los ojos de Dios. Tu dolor es justo, bueno y apropiado. Pero tu dolor no tiene ningún poder para limpiar tus pecados. Se necesita algo más que penitencia4 para quitar la carga de tu corazón.

(b) No limpiará tus pecados el enmendar tu vida. Puedes reformar tu conducta y pasar la página. Puedes dejar muchos malos hábitos y adoptar muchos buenos. Puedes convertirte, en resumen, en un hombre cambiado en todo su comportamiento exterior. Tú puedes hacerlo, debes hacerlo, deberías hacerlo. Sin tal cambio, ningún alma fue jamás salvada. Pero el hacerlo, no borrará ni una partícula de tu culpa a los ojos de Dios. Una reforma5 no hace expiación por el pecado.

El comerciante en bancarrota, que debe diez mil libras y no tiene ni diez chelines para pagar, puede resolver convertirse en un personaje reformado. Después de haber malgastado todos sus bienes en una vida desenfrenada, puede volverse firme, moderado y respetable. Está muy bien y es apropiado que así sea, pero esto no satisfará las reclamaciones de aquellos a quienes debe dinero. Una vez más, repito, éste es, precisamente, tu caso por naturaleza a los ojos de Dios. A Él le debes diez mil talentos6 y no tienes “con qué pagar” (Lc. 7:42). Las enmiendas7 de hoy están todas muy bien, pero no borran las deudas de ayer. Se requiere algo más que enmienda y reforma para darle un corazón iluminado y liberar su conciencia.

(c) No limpiará tus pecados el volverte diligente en el uso de las formas y ordenanzas de la religión. Puedes alterar tus hábitos acerca del domingo y asistir a los servicios desde la mañana hasta la noche. Tú puedes esforzarte por escuchar la predicación, tanto los días de semana como los domingos. Puedes recibir la Cena del Señor en todas las ocasiones posibles, dar limosna8 y hacer ayuno. Todo esto está muy bien hasta donde lo puedas hacer. Es correcto y apropiado cumplir con los deberes religiosos. Pero todos los medios de gracia del mundo, no te servirán de nada mientras confíes en ellos como salvadores. No vendarán las heridas de tu corazón ni te darán paz interior. La formalidad9 no puede hacer expiación por el pecado…

(d) No limpiará tus pecados el buscar ayuda en el hombre. No está en el poder de ningún hijo de Adán, salvar el alma de otro. Ningún obispo, ningún sacerdote, ningún hombre ordenado de ninguna iglesia o denominación tiene poder para perdonar los pecados: Ninguna absolución10 humana, por muy solemnemente conferida que sea, puede purificar la conciencia que no ha sido purificada por Dios. Es bueno pedir consejo a los ministros del Evangelio cuando la conciencia está confusa. Es su oficio ayudar a los que están fatigados y cargados, y mostrarles el camino de la paz. Pero no está en el poder de ningún ministro, librar a nadie de su culpa. Sólo podemos mostrar el camino que debe seguirse; sólo podemos señalar la puerta a la que todos deben llamar. Se requiere una mano mucho más fuerte que la del hombre para quitar las cadenas de la conciencia y liberar al prisionero. Ningún hijo de adán puede quitar los pecados de su hermano.

El arruinado que pide a otro arruinado que le ayude a levantar de nuevo su negocio, no hace más que perder el tiempo. El indigente que se dirige a un vecino indigente y le ruega que le ayude a salir de las dificultades, no hace más que esforzarse en vano. El prisionero no suplica a su compañero de prisión que lo libere; el marinero náufrago no llama a su camarada náufrago para que lo lleva a salvo a tierra. La ayuda, en todos estos casos, debe venir de otra parte; el alivio, en todos estos casos, debe buscarse de otra mano. Lo mismo sucede con la purificación de los pecados. Mientras lo busques en el hombre, sea un hombre ordenado o un hombre no ordenado, lo buscas donde no puede ser encontrado… No está en el poder de ningún hombre en la tierra o en el cielo, quitar la carga del pecado del alma de otro hombre. “Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate” (Sal. 49:7).

Miles de personas, en todas las épocas, han tratado de limpiarse de sus pecados de las maneras que acabo de describir y lo han intentado en vano. Miles, no lo dudo, lo están intentando en este mismo momento y se encuentran a sí mismos [con que] “nada [les] había aprovechado, antes les iba peor” (Mr. 5:26). Están trepando por un escarpado precipicio11 de hielo, esforzándose duramente y, sin embargo, retrocediendo con la misma rapidez con que suben. Están vertiendo agua en un barril lleno de agujeros, trabajando afanosamente y, sin embargo, no están más cerca del final de su trabajo que cuando empezaron. Están remando un bote contra una corriente rápida, moviendo el remo diligentemente, pero en realidad, perdiendo terreno cada minuto. Están tratando de levantar un muro de arena suelta, desgastándose por el cansancio y, sin embargo, ven cómo su trabajo cae sobre ellos con la misma rapidez con la que lo levantan. Se esfuerzan por sacar el agua de un barco que se hunde; [pero] el agua les gana y pronto se ahogarán. Tal es la experiencia en todas partes del mundo de todos aquellos que piensan limpiarse ellos mismos de sus pecados.

Advierto a todos los lectores de este [artículo] que tengan cuidado con los curanderos de la religión. Cuídense de suponer que la penitencia, la reforma, la formalidad y el sacerdocio12 podrán, alguna vez, darte paz con Dios. No pueden hacerlo. No está en ellos. El hombre que dice que sí puede hacerlo, debe ser ignorante de dos cosas: No puede conocer la longitud y la amplitud de la pecaminosidad humana; y no puede comprender la altura y la profundidad de la santidad de Dios. Nunca existió hombre o mujer en la tierra que tratara de limpiarse de sus pecados y al hacerlo, obtuviera alivio.

Si has descubierto esta verdad por experiencia, sé diligente para impartirla a otros. Muéstrales tan claramente como puedas, su culpabilidad y peligro por su naturaleza. Diles con no menos claridad, la inmensa importancia de que sus pecados sean perdonados y limpiados. Pero luego, adviérteles que no pierdan el tiempo buscando ser limpiados de maneras ilegítimas…

La [siguiente] observación que tengo que hacer es ésta: La sangre de Jesucristo puede limpiar todos nuestros pecados. Comienzo esta parte de mi [artículo] con un corazón agradecido. Bendigo a Dios porque, después de exponer ante mis lectores la naturaleza mortal de su enfermedad espiritual, puedo presentarles un remedio todopoderoso. Pero estimo necesario, detenerme unos minutos en este remedio. Una cosa de tan maravillosa eficacia13 como esta “sangre” debe comprenderse claramente. No debe haber vaguedad ni misterio en tus ideas acerca de ella. Cuando oyes hablar de la “sangre de Cristo”, debes comprender, completamente, lo que significa esta expresión.

La sangre de Cristo es la sangre de vida que el Señor Jesús derramó cuando murió por los pecadores en la cruz. Es la sangre que fluyó tan libremente de su cabeza traspasada con espinas, sus manos y pies traspasados con clavos, y su costado traspasado con una lanza, en el día en que fue crucificado y asesinado. Es muy probable que la cantidad de esa sangre haya sido pequeña. La apariencia de esa sangre era, sin duda, como la nuestra. Pero nunca, desde el día en que Adán fue formado del polvo de la tierra, se había derramado una sangre de tan profunda importancia para toda la familia de la humanidad.

Era sangre que había sido pactada y prometida desde hacía mucho tiempo. En el día en que el pecado entró en el mundo, Dios se comprometió, misericordiosamente, a que la Simiente de la mujer heriría la cabeza de la serpiente (Gn. 3:15). Uno nacido de mujer aparecería un día y libraría a los hijos de Adán del poder de Satanás. Esa Simiente de la mujer fue nuestro Señor Jesucristo. El día que sufrió en la cruz, triunfó sobre Satanás y logró la redención de la humanidad. Cuando Jesús derramó su sangre de vida en la cruz, la cabeza de la serpiente fue herida y la antigua promesa se cumplió.

Era sangre que durante mucho tiempo había sido tipificada y prefigurada. Cada sacrificio ofrecido por los patriarcas era un testimonio de su fe en un sacrificio mayor, aún por venir. Cada derramamiento de sangre de corderos y machos cabríos bajo la Ley Mosaica, tenía por objeto prefigurar la muerte del verdadero Cordero de Dios por el pecado del mundo. Cuando Cristo fue crucificado, estos sacrificios y tipos recibieron su pleno cumplimiento. El verdadero sacrificio por el pecado fue, finalmente, ofrecido; la verdadera sangre expiatoria fue, finalmente, derramada. A partir de ese día, las ofrendas de la Ley Mosaica ya no fueron necesarias. Su trabajo estaba hecho. Como los viejos almanaques, podían dejarse de lado para siempre.

Era la sangre de mérito y valor infinito a los ojos de Dios. No era la sangre de alguien que no era más que un hombre singularmente santo, sino de alguien que era el propio “Compañero” de Dios (Zac. 13:7), Dios verdadero de Dios verdadero. No era la sangre de uno que murió involuntariamente como mártir de la verdad, sino de Uno que, voluntariamente, se comprometió a ser el Sustituto14 y Apoderado15 de la humanidad para llevar sus pecados y cargar con sus iniquidades. Hizo expiación por las transgresiones del hombre; pagó la enorme deuda del hombre con Dios; proporcionó un camino de justa reconciliación entre el hombre pecador y su santo Hacedor; hizo un camino del cielo a la tierra, por el cual Dios podía descender hacia el hombre y mostrar misericordia; hizo un camino de la tierra al cielo por el cual el hombre podía acercarse a Dios y, sin embargo, no sentir miedo. Sin ella [la sangre], no habría habido remisión de los pecados. Por medio de ella, Dios puede ser “justo, y el que justifica” (Ro. 3:26) a los impíos. De ella, se ha formado una fuente en la que los pecadores pueden lavarse y quedar limpios para toda la eternidad.

Esta maravillosa sangre de Cristo aplicada a tu conciencia, puede limpiarte de todo pecado. No importa cuáles hayan sido tus pecados: “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is. 1:18). De los pecados de la juventud y de los pecados de la vejez, de los pecados de la ignorancia y de los pecados del conocimiento, de los pecados del libertinaje16 manifiesto y de los pecados de vicios secretos, de los pecados contra la ley y de los pecados contra el Evangelio, de los pecados de la cabeza, del corazón, de la lengua, del pensamiento y de la imaginación, de los pecados contra todos y cada uno de los Diez Mandamientos —de todos ellos— la sangre de Cristo puede liberarnos. Con este fin fue designada; por esta causa fue derramada; con este propósito, sigue siendo una fuente abierta a toda la humanidad. Aquello que no puedes hacer por ti mismo, puede ser hecho, en un instante, por esta preciosa fuente. Tú puedes ser limpio de todos tus pecados.

Tomado de Sendas antiguas: Claras declaraciones de algunos de los asuntos más importantes del cristianismo (Old Paths: Being Plain Statements of Some of the Weightier Matters of Christianity), The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org.


J. C. Ryle (1816-1900): Obispo y autor anglicano inglés. Nació en Macclesfield, condado de Cheshire, Reino Unido.

No creo que podamos predicar el Evangelio… a menos que prediquemos la soberanía de Dios en su dispensación de la gracia; ni a menos que exaltemos el amor electivo, inalterable, eterno, inmutable y conquistador de Jehová. Tampoco creo que podamos predicar el Evangelio, a menos que lo basemos en la redención especial y particular de su pueblo elegido y escogido, la cual Cristo llevó a cabo en la cruz. —C. H. Spurgeon

A menudo, se nos dice que limitamos la expiación de Cristo porque decimos que Cristo no ha hecho una satisfacción por todos los hombres, sino, todos los hombres se salvarían. Ahora, nuestra respuesta a esto es que, por el contrario, nuestros oponentes la limitan: Nosotros no. Los arminianos dicen: “Cristo murió por todos los hombres”. Pregúntenles qué quieren decir con eso. ¿Murió Cristo para asegurar la salvación de todos los hombres? Responden: “No, ciertamente no”. Les hacemos la siguiente pregunta: —¿Murió Cristo para asegurar la salvación de algún hombre en particular?—. Responden que no. Están obligados a admitirlo, si son coherentes. Ellos dicen: “No. Cristo ha muerto para que cualquier hombre pueda salvarse si” —y luego siguen ciertas condiciones de salvación—. Ahora, ¿quién es el que limita la muerte de Cristo? Pues, ustedes. Ustedes dicen que Cristo no murió para asegurar, infaliblemente, la salvación de nadie. Les pedimos perdón cuando dicen que limitamos la muerte de Cristo y decimos: “No, mi querido señor, son ustedes los que lo hacen”. Decimos que Cristo murió, de tal manera, que, infaliblemente, aseguró la salvación de una multitud que nadie puede contar, que por medio de la muerte de Cristo, no sólo pueden ser salvos, sino que son salvos, deben ser salvos y no tienen ninguna posibilidad de correr el riesgo de ser otra cosa, sino salvos. Ustedes son libres de creer en su expiación; pueden conservarla. Nosotros nunca renunciaremos a la nuestra por el bien de ella. — C. H. Spurgeon

Footnotes

  1. Inminente – A punto de suceder.

  2. Cilicio – Tela burda hecha de pelo de cabra, usada para confeccionar sacos o bolsas, cuyo uso humilde e incomodidad, manifestaban humillación, luto y arrepentimiento.

  3. Impuesto –Traído sobre uno mismo.

  4. Penitencia – Dolor o remordimiento por haber hecho algo malo.

  5. Reforma – Mejorar o corregir la propia conducta moral.

  6. Talentos – Originalmente, un talento era una medida de peso, cuyo tamaño variaba de un país a otro. Llegó a significar una gran unidad de dinero, cuyo valor variaba según el metal involucrado, ya fuera oro, plata o cobre.

  7. Enmiendas – Cambios o correcciones de comportamiento; auto-reforma.

  8. Limosna – Dinero o bienes dados a los pobres, especialmente como un deber religioso.

  9. Formalidad – Observar cuidadosamente los deberes religiosos.

  10. Absolución – Perdón de pecados declarado por una autoridad eclesiástica.

  11. Precipicio – Un acantilado con una pendiente muy pronunciada.

  12. Sacerdocio – El ejercicio de funciones sacerdotales.

  13. Eficacia – Capacidad para producir un efecto deseado; efectividad.

  14. Ver Portavoz de la Gracia N° 9: Sustitución. Disponible en Chapel Library.

  15. Apoderado – Una persona designada o autorizada para actuar en lugar de otra; sustituto.

  16. Libertinaje – Inmoralidad descarada.