La sangre expiatoria de Cristo

Octavius Winslow (1808-1878)

“La sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro 1:19).

Parecía imposible, mediante cualquier ilustración o argumento, sobreestimar el valor intrínseco de la sangre expiatoria de Cristo. Hay algunas cosas en la religión de las que podemos tener una concepción demasiado exaltada y exagerada. Por ejemplo, podemos tener una visión demasiado elevada de la iglesia de Cristo, exaltándola por encima de Cristo mismo. Podemos tener puntos de vista demasiado exagerados y demasiado exclusivos de las ordenanzas de la Iglesia, desplazándolas y magnificándolas de tal manera que con su observancia, sustituyamos la religión vital de un cambio de corazón y la fe en Cristo exclusivamente para justificación. Pero no existe tal peligro en nuestro estudio acerca de la sangre de Cristo. Aquí, nuestros puntos de vista no pueden ser demasiado elevados, ni nuestra contemplación demasiado profunda, ni nuestros corazones demasiado amorosos y adoradores.

Amados, consideren por un momento, los fines que se lograron mediante el derramamiento de la sangre de Cristo. A menudo, estimamos el valor de un medio por el fin que se logra. La expiación de Cristo fue para satisfacer las demandas del gobierno moral de Dios. Por el pecado del hombre, su santidad había sido ofendida, su autoridad despreciada, sus sanciones, leyes y mandamientos ultrajados. Sobre toda su gloria había pasado una nube. El propósito eterno de Dios era salvar al hombre. Pero sólo podía salvarlo por medio de un recurso1 que eliminara esa nube que ensombrecía la gloria, y la hiciera brillar con un lustre más profundo y más resplandeciente. El recurso que satisfaría así las exigencias del gobierno divino, debía ser divino.

La expiación que uniría la justicia con la misericordia y la santidad con el amor, en la salvación de la Iglesia, debía ser infinita en su carácter e inestimable en su valor. Tales eran, en pocas palabras, los dos grandes fines que debían asegurarse y que se aseguraron mediante la ofrenda del Señor Jesucristo. Visto sólo bajo esta luz, ¡cuán preciosa aparece la sangre de Cristo! La sangre que pudo armonizar los atributos divinos —sostener la justicia del gobierno divino, haciendo honorable y glorioso en Dios, salvar al hombre pecador— tiene que ser preciosa.

Es sangre preciosa porque es, virtualmente, la “sangre de Dios”. Ésta es una expresión fuerte, pero bíblica. Pablo, en su discurso de despedida a los ancianos efesios, la emplea: “…la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28)2. Esto [es lo que] imprime a la sangre expiatoria del Salvador tanta dignidad y virtud —es la sangre de Jehová-Jesús—. Posee todo el valor y la gloria de la Divinidad —toda la virtud divina y la eficacia de la Deidad—. De esto, deriva su poder para satisfacer, su virtud para expiar, su eficacia3 para limpiar. Y ésta es la razón por la que una gota de esta preciosa sangre, cayendo sobre una conciencia cargada de pecado, disuelve en un momento, la pesada carga y, al creer, llena el alma de gozo y paz. Y ésta es la razón por la que no existe una mancha de culpa humana que la sangre expiatoria de Emanuel no pueda borrar4 completamente y para siempre. Por eso, en una palabra, es la sangre la que “nos limpia de TODO pecado” (1 Jn. 1:7).

Pero de ello se deduce que es la sangre de una humanidad pura y sin pecado, y esto, de ninguna manera, disminuye nuestra idea de su preciosidad. Un misterio profundo, lo admitimos, es la encarnación5 de Dios. Pero… vayamos a Belén y observemos esta gran visión —no para razonar, sino para creer; no para comprender, sino para adorar—. ¡Cuán grande es la locura del hombre en su esfuerzo por sondear las profundidades de la infinitud de Dios! Aquí, entonces, existe un elemento esencial de preciosidad en la sangre de Cristo: Fluyó de arterias intactas, no contaminadas por el virus del pecado, de una humanidad sobre la que no había caído ni un soplo de contaminación. “No conoció pecado” (2 Co. 5:21). Engendrado por el Espíritu Santo, Él era ese “Santo Ser” nacido de una virgen (Lc. 1:35). “Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (He. 7:26) —Él vino al mundo, vivió en él, murió en él y ascendió tan puro e inmaculado6 como la Deidad que Él encarnaba—. Su divinidad no llevaba el vellón7 manchado, no estaba revestida con el ropaje leproso de nuestra naturaleza caída, apóstata y pecaminosa. Un Salvador santo ofreció una expiación sin pecado por el hombre impío y pecador. De ahí, la preciosidad de su sangre.

Amados, mírenla bajo esta luz y dejen que sus corazones resplandezcan con amor, adoración y alabanza, mientras se arrodillan ante la cruz y sienten el destilar de esa sangre sobre sus conciencias, la cual perdona, cubre y anula todas sus culpas. Desde este punto de vista de la preciosidad esencial de la sangre de Cristo, consideremos su preciosidad para Dios.

Las minuciosas instrucciones que Dios dio con respecto [a la ley de la era levítica], marcaron el carácter sagrado y el significado de la sangre ante sus santos ojos. ¿Podemos suponer por un momento que la sangre de la expiación ofrecida en la cruz del Calvario, no debería ser de un valor y una preciosidad aún más infinitos para Dios? Amados… en la hora de la muerte, encontraremos que esto es lo más esencial, el mayor soporte y consuelo —la preciosidad y la aceptabilidad para Dios de ese divino sacrificio por el pecado en el cual, en ese terrible momento, estamos confiando— saber entonces, que Dios está muy complacido con esa sangre sobre la cual descansamos como pobres pecadores culpables a punto de comparecer en la eternidad y que, en su aceptación, nosotros somos aceptados. Por su virtud, somos lavados más blancos que la nieve y… por su mérito, compareceremos ante Dios en justicia —ciertamente, con esta verdad atestiguada por el Espíritu Santo en nuestras almas, la muerte no tendrá ningún aguijón y la tumba ningún terror—.

La sangre expiatoria de Cristo debe ser preciosa para el Padre porque es la sangre de su propio Hijo. Existía una relación esencial, estrecha y entrañable entre la Víctima y el Oferente. ¿Es la sangre de un niño preciosa para el corazón de un padre? Así de preciosa era la sangre de Jesús para Dios. ¡Oh, creo que si alguna vez Dios amó a su Hijo, lo amó entonces! Contemplando desde su trono de gloria la terrible escena de la tierra, vio al Hijo que habitaba en su seno desde la eternidad, clavado en el madero maldito, sufriendo el justo por el injusto, vindicando la rectitud8 de su gobierno y derramando su santa alma hasta la muerte para llevarnos a Dios.

Pero no sólo estaba en Dios el sentimiento de afecto paterno, sino que también [estaba] en el sacrificio de su amado Hijo. Contempló la salvación de su Iglesia, plena y eternamente asegurada. En esa corriente vital, veía la vida, la vida espiritual y eterna, de su pueblo. Su amor eterno había encontrado un canal adecuado y apropiado, a través del cual podía fluir hasta el más vil pecador… Y cuando Dios levantó a su Hijo de la tumba, lo exaltó a la gloria, lo colocó a su diestra y luego, envió al Espíritu Santo, el sello de su aceptación fue puesto en su propio sentido profundo de la preciosidad de la sangre de Cristo. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10). Alma temblorosa, acércate a esta expiación. Dios la ha aceptado —¿no lo harás tú?—. Ciertamente, puedes confiar con seguridad y esperanza en ese sacrificio con el cual Él se ha declarado complacido. Nunca te excederás en acercarte a él con demasiadas esperanzas, confiar en él de manera demasiado implícita, creer en él con demasiada sencillez, regocijarte en él con demasiado fervor. Es precioso para Dios y, en virtud de su preciosidad, tu persona es preciosa, tus oraciones son preciosas, tus ofrendas de amor son preciosas —fragantes para Él “como el olor del campo que Jehová ha bendecido” (Gn. 27:27)—. Suplica sólo por la preciosa sangre de Cristo para renovar el perdón, invócala como argumento en la oración, y saca de ella el motivo para entregarte a Dios como un sacrificio santo y vivo; y no dejarás de ser aceptado por el Santo.

Pero hay otra visión de nuestro tema que ilustra el carácter entrañable de la sangre de Cristo. No sólo es preciosa para Dios, sino que también es preciosa en la experiencia del creyente. Dios hará precioso para su pueblo [lo que] es precioso para Él mismo. Él hará que sus corazones quieran lo que es querido para Él mismo. Es preciosa para los santos porque es la sangre de su Gran Sumo Sacerdote. No había relación personal entre el sacrificio y el sacerdote bajo la dispensación levítica. Pero… vemos en la sangre de Cristo, la sangre de Aquel que está con nosotros en las variadas y tiernas relaciones de un sacerdote, un pastor, un amigo, un hermano, un pariente, un redentor. Oh, viajar a la cruz y contemplar en ese ilustre Sufriente a Aquel que combinaba en Sí mismo, toda relación entrañable, tierna y preciosa. No era un extraño Aquel que colgaba allí… Era nuestro Hermano Mayor, nuestro [Redentor], nuestro Amigo. ¡Cuán preciosa debe ser, entonces, esa sangre para nuestros penitentes, creyentes y amorosos corazones! ¡Con qué reverencia debemos hablar de ella, con qué fe debemos confiar en ella, con qué gratitud debemos acogerla y con qué santidad de vida debemos manifestar su alabanza!

Como toda su Salvación, debe poseer una indescriptible preciosidad para el creyente. No hay salvación para el alma, sino en la sangre expiatoria de Emanuel. Cualquier otra cosa que se presente como tal, es un engaño y una trampa. El bautismo no es nada aquí. Los sacramentos no son nada aquí. El poder sacerdotal no es nada aquí. Las obras del mérito humano no son nada aquí. La sangre de Cristo —el propio recurso de Dios— es incomparable y única, la única esperanza de un pecador perdido. La enseñanza y la autoridad de la Palabra de Dios son decisivas y definitivas en este momento y vital punto. Se declara que el sacrificio de Cristo es una “propiciación por medio de la fe en su sangre” (Ro. 3:25); “estando justificados en su sangre” (Ro. 5:9); “tenemos redención por su sangre” (Ef. 1:7); “para santificar al pueblo mediante su propia sangre” (He. 13:12); que “nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Ap. 1:5); “estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios” (Ap. 7:14-15). En estas declaraciones… está inscrita la gran verdad esencial —la salvación es sólo por la sangre expiatoria de Cristo—.

Ésta es la “Piedra” que es desechada por todos los que buscan otro camino al cielo —que construyen su esperanza sobre la arena— un camino cuyo fin es la muerte. Pero “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12). Ante el poder y la gloria de este único y precioso nombre, toda religión falsa desaparecerá; y ante Él, se doblará toda rodilla. Alrededor del lecho de un moribundo, el andamiaje de todos los sistemas eclesiásticos cae, dejando al hombre que ha depositado todo en él con una esperanza fantasmal. Pero para esa alma que parte, para quien el sabor, el poder y la preciosidad del nombre de Jesús es como una unción que derrama su fragancia en la habitación donde la enfermedad y la muerte luchan uniendo sus fuerzas contra la vida, ¡oh, cuánto apoyo, consuelo y esperanza inspira la preciosa sangre de Cristo, la cual se siente en ese momento terrible, cuando las transgresiones de una vida se amontonan en la memoria, para limpiarla de todo pecado!

[Ésta] no es la visión menos preciosa para los santos de Dios que este [artículo] presenta, de la sangre expiatoria de Cristo —a saber, su voz y su poder en el cielo—. Ésta es una verdad deliciosa y santificadora: La súplica de la sangre detrás del velo que ahora separa a los santos del Altísimo en la tierra, de la gloria del santuario superior e interior. Nuestro gran Sumo Sacerdote ha traspasado ese velo [y] ha entrado en ese santuario, llevando en sus manos la sangre que Él derramó en el Calvario. Y con esa sangre —basando su intercesión en su divina e inmutable eficacia— Él ruega por la Iglesia con una intercesión individual, momentánea e incesante…

Aquí, entonces, la sangre es una de las cosas preciosas de Dios: El preciosísimo Cristo está sentado a la diestra de Dios, envuelto en la nube de incienso de sus méritos, orando por ti con una intercesión incesante y exitosa. En medio de tus pruebas y fatigas, de tus tentaciones y pecados, de tus deseos y aflicciones, de tus temores y temblores, la voz de la sangre de Emanuel habla por ti en el cielo, y esa voz se hace eco de vuelta a la tierra en los socorros, sustentos y alivios, en la fuerza, la gracia y el amor que sus súplicas te aseguran abajo.

¡Qué bálsamo para la conciencia afligida por el pecado es la preciosa sangre de Cristo! No crece en el universo, otro árbol cuyo [bálsamo] pueda sanar la conciencia herida, sino este Árbol de la Vida —un Salvador crucificado—. ¡Oh, cuidado, amado lector, con una curación falsa!… No hay [bálsamo] para una conciencia herida, sino el que emana de las heridas de Cristo… ¿No es éste el oficio especial y la misión de gracia de Jesús? Escucha sus preciosas palabras: “Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón” (Lc. 4:18). ¡Oh, que deleite el de un corazón quebrantado por el pecado, así aliviado, vendado y sanado por “la sangre preciosa de Cristo”! ¿Quién no clamaría: “¡Señor, somete, quebranta, disuelve mi corazón por el pecado!, que su dolor nunca fuera tan profundo, [angustioso] y amargo que [no] pueda ponerse en contacto con la virtud, la paz y la preciosidad de tu preciosísima sangre”? Una vez más, te lo suplicamos: ¡Cuídate de una curación espuria9! Recuerda, ninguna lágrima puede curar una conciencia herida; ninguna confesión puede curarla; ningún sacramento puede curarla; ningún ministro puede curarla. Nada en este vasto universo puede sanarla, sino la preciosa sangre expiatoria de Cristo. Eso puede sanarla en un momento. Puede borrar, no sólo el más leve aliento de culpa de la atribulada conciencia, sino que puede lavar la más profunda, oscura y sucia mancha de pecado que jamás haya existido en el alma humana… Y entonces tú, ¿dudarás en creer?…

¿Te estás acercando a las solemnidades de una hora agonizante? ¡Oh, apártate ahora de todo, menos de la preciosa sangre de Cristo! Suelta todo objeto, excepto la cruz. Abandona tu atención sobre iglesias y credos, deberes y ordenanzas, ministros y santos, y deja que un objeto absorba cada pensamiento, sentimiento y deseo —llenando todo el ámbito del breve y solemne espacio que ahora divide el tiempo de la eternidad— ¡La preciosa sangre de Cristo! Apóyate en ella con una fe sencilla. Mírala con el ojo más débil y tenue de la fe, y hablará perdón, paz y gozo a tu alma, revelando a tu espíritu que parte, una esperanza radiante de inmortalidad.

Tomado de La preciosidad de la sangre de Cristo en Las cosas preciosas de Dios (The Preciousness of Christ’s Blood in The Precious Things of God), Soli Deo Gloria, una división de Reformation Heritage Books, www.heritagebooks.org.


Octavius Winslow (1808-1878): Pastor ingles no conformista.

Footnotes

  1. Recurso – Un medio para un fin.

  2. Nota del editor – Nuestro Dios soberano es espíritu eterno y no tiene sangre humana. Sin embargo, “en Hechos 20:28, el Dios-hombre es llamado ‘Dios’ y se le atribuyen características humanas, a saber, la sangre y los dolores de la muerte. ‘Apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre’. El término Dios aquí, denota a Dios encarnado… En este uso, la frase eclesiástica sangre de Dios es apropiada” (Shedd, Teología dogmática [Dogmatic Theology], 650).

  3. Eficacia – Poder para producir un efecto deseado; efectividad.

  4. Borrar – Cancelar; perdonar.

  5. Encarnación – (latín: incarnatio “tomar carne”). “El acto por el cual el eterno Hijo de Dios, la Segunda Persona de la santísima Trinidad, sin dejar de ser lo que es, Dios Hijo, tomó en unión consigo mismo lo que antes de ese acto no poseía, una naturaleza humana, ‘y así, [Él] fue y continúa siendo Dios y hombre en dos naturalezas distintas y una sola persona, para siempre’” (Catecismo Menor de Westminster, Pregunta 21). (Walter Elwell, ed., Diccionario evangélico de teología [Evangelical Dictionary of Theology], 601).

  6. Inmaculado – Sin mácula, impecable; puro. En el caso de Cristo, libre del pecado original.

  7. Vellón – La lana de un cordero, carnero u oveja.

  8. Rectitud – Integridad moral.

  9. Espuria – Falsa, no auténtica.