La propiciación de Cristo
John Murray (1898-1975)
El lenguaje de la propiciación es aplicado, claramente, a la obra de Cristo en el Nuevo Testamento (Ro. 3:25; He. 2:17; 1 Jn. 2:2; 4:10). Se han hecho intentos plausibles1 para interpretar la propiciación en términos de expiación y así, evitar el significado a prima facie2 de propiciación. La falacia de estos intentos ha sido demostrada con éxito por el estudio erudito y minucioso de los datos bíblicos… La razón del intento de despojar la obra de Cristo de su carácter estrictamente propiciatorio, es obvia. Propiciar significa “apaciguar, conciliar,3 hacer propicio4”. Presupone que la persona propiciada está airada y necesita ser apaciguada. Si Cristo propicia, debe ser Dios a Quien Él propicia. Y seguramente, se alega, no podemos pensar que Dios necesite ser pacificado o hecho propicio por la sangre de Cristo. Si la expiación brota del amor del Padre y es la provisión de su amor, ¿no es una contradicción sostener que Él es conciliado por aquello que es la expresión de su amor? Si el amor invencible es antecedente, ¡entonces, no queda lugar para el apaciguamiento de la ira!
Hay una deplorable confusión en este razonamiento. Amar y ser propicio no son términos contradictorios. Incluso en la esfera humana, el único objeto del amor puede ser, al mismo tiempo, el único objeto de la ira y el desagrado santos. Es negación de la santidad de Dios en relación con el pecado, como contradicción de lo que Él es y exige, no reconocer que el pecado debe provocar su Ira. Y así como el pecado pertenece a las personas, así la ira descansa sobre las personas que son los agentes del pecado. Aquellos a quienes Dios amó con amor invencible, eran hijos de ira, como dice, expresamente, Pablo (Ef. 2:3). A este hecho se dirige la propiciación hecha por Cristo. Aquellos a quienes Dios amó eran hijos de su Ira. Esta verdad realza la maravilla de su amor; y si lo negamos o le restamos importancia, nosotros hemos eviscerado5 la grandeza de su amor. La doctrina de la propiciación es precisamente ésta: Dios amó tanto a los objetos de su Ira que dio a su propio Hijo con el fin de que Él, por su propia sangre, hiciera provisión para la eliminación de esta ira. Fue Cristo quien se ocupó de la ira para que los amados dejaran de ser los objetos de ira, y el amor lograra su objetivo de hacer de los hijos de la ira, hijos del buen agrado de Dios…
La disposición a negar o, incluso, subestimar la doctrina de la propiciación, delata un sesgo perjudicial para la expiación como tal. La expiación significa que Cristo cargó con nuestros pecados y, al cargar con el pecado, cargó con su juicio (cf. Is. 53:5). La muerte misma es el juicio de Dios sobre el pecado (cf. Ro. 5:12; 6:23). Y Cristo murió por la única razón de que la muerte es la paga del pecado. Pero el epítome6 del juicio de Dios sobre el pecado es su Ira. Si Jesús, en nuestro lugar, enfrentó todo el juicio de Dios sobre nuestro pecado, debe haber soportado lo que constituye la esencia de este juicio. ¡Cuán superficial es la noción de que el sufrimiento vicario de la ira es incompatible con el amor inmutable del Padre hacia Él! Por supuesto, el Padre amó al Hijo con amor inmutable e infinito. Y el cumplimiento de la voluntad del Padre en el extremo de la agonía en el Getsemaní y del abandono en el Calvario, suscitó el supremo deleite del Padre (cf. Jn. 10:17). Pero amor e ira no son contradictorios; amor y odio sí lo son. Sólo porque Jesús era el Hijo, inmutablemente amado como tal y amado cada vez más en su capacidad mesiánica, a medida que cumplía, progresivamente, las exigencias del encargo del Padre, pudo soportar todo el golpe de la ira judicial. Esto está inscrito en la expresión más misteriosa que jamás haya ascendido de la tierra al cielo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Sal. 22:1; Mt. 27:46; Mr. 15:34). ¡Dios en nuestra naturaleza abandonado por Dios! He aquí, la maravilla del amor del Padre y también del amor del Hijo. La eternidad no podrá escalar sus alturas ni sondear sus profundidades. Cuán lamentable es la miopía que nos ciega ante su grandeza, y que no ve la necesidad y la gloria de la propiciación. “En esto consiste el amor —escribe Juan— no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10). Cristo es, verdaderamente, la propiciación por nuestros pecados porque propició la ira que era nuestra condena. El lenguaje de la propiciación no puede ser diluido: expresa la esencia del Calvario.
Tomado de La expiación (The Atonement), usado con permiso de P&R Publishing, P O Box 817, Phillipsburg, N.J. 08865, www.prpbooks.com.
John Murray (1898-1975): Prolífico autor reformado escocés.
Footnotes
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Plausible – Que parece razonable o probable. ↩
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Prima facie – A primera vista; aceptado como correcto hasta que se demuestre lo contrario. ↩
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Conciliar – Evitar que alguien se enoje; pacificar. ↩
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Propicio – Dispuesto favorablemente hacia alguien. ↩
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Eviscerado – Eliminado el contenido esencial de. ↩
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Epítome – Resumen de un discurso extenso en unas pocas palabras finales. ↩