La acción sacerdotal de Cristo
Hugh Martin (1822-1885)
La noción fundamental y la esencia de la expiación, encarnada en la obra sacerdotal de Cristo, es la ofrenda de Sí mismo a Dios [como] sacrificio y reconciliación por los pecados de su pueblo. Es su oblación sustitutiva de Sí mismo, llevando la maldición y trayendo la justicia, satisfaciendo así, la justicia divina y reconciliándonos con Dios… Pero ahora:
¿Es la acción del sacerdocio una acción real —no un mero sufrimiento o resistencia, sino una acción real— y esa acción, es una ofrenda? Entonces, sin exponer más detalladamente la naturaleza de esta acción —sin preguntar siquiera cuál es la naturaleza exacta e intrínseca1 de esta acción— podemos ver que se opone, muy poderosamente, aunque quizá no tan evidentemente, a todas las falsas teorías [de la expiación]… Sus defensores contemplan la muerte de Cristo no como una acción, sino exclusivamente, como un sufrimiento: Es un acontecimiento providencial al que Cristo está sometido, no una acción sacerdotal que Cristo realiza. Reconocen su resistencia pasiva, no su agencia2 sacerdotal. Ven que Él sufrió; no ven que Él ofreció…
¿Sufrió Cristo, meramente, en su muerte? ¿No tuvo que ver en ello su propia agencia? Entonces, ¿no fue Él un Sacerdote en el Calvario, sino meramente un Cordero? Si es así, surge de inmediato la pregunta: “¿Quién ofreció este Cordero de Dios, que es el Hijo eterno de Dios, en sacrificio en la cruz?”. O el Sacerdote fue el Padre o fue el Espíritu, de los cuales ninguno fue jamás “tomado de entre los hombres” o “constituido a favor de los hombres… para que presente ofrendas” (He. 5:1); o no hubo sacerdote. Porque, ciertamente, ninguna criatura podía ser admitida al honor de ofrecer al Unigénito del Padre. En cualquier caso, según este punto de vista, la muerte de Cristo ocurrió fuera de su sacerdocio. Si esto es cierto, su muerte no significa nada para nosotros.
Me niego a creer en la cruz de Cristo como una mera resistencia pasiva. Y me niego a discutir la doctrina de su muerte bajo cualquier restricción de su maravillosa, [singular] y trascendente gloria. Niego que su agencia glorificadora de Dios fuera anulada3 antes de morir, dejándolo como una mera víctima de las causas y medios de la muerte, aparte de su activa propia voluntad y poder ofrecidos a Dios. Niego que, en su cruz, todo su deber se convirtiera, finalmente, en paciencia y negación. Era su deber morir y cumplió con su deber… Cristo actuó al morir. Era su deber morir —su deber oficial—. Había en ello una acción oficial: La agencia sacerdotal. Entregó el Espíritu (Jn. 19:30). “Se dio a sí mismo” (Gá. 1:4; 2:20; Ef. 5:25; 1 Ti. 2:6; Tit. 2:14). He aquí su amor: He aquí también, su poder —he aquí el triunfo y la gloria trascendente de su victoria sobre la muerte—. Él es un agente conquistador invicto4, no conquistado, que se ofrece, a Sí mismo, a Dios.
Es cierto que Él sufre —el justo por los injustos—. Los hombres lo matan, y Satanás lo tienta y lo atormenta. El Padre lo hiere: “Jehová quiso quebrantarlo” (Is. 53:10) y al decir: “Levántate, oh espada, contra el pastor” (Zac. 13:7). Él soporta la cruz. Sufre la muerte. Muere sufriendo. Tanto más maravillosa es la verdad de que Él [es] un agente conquistador al morir. Tiembla, pero no desfallece. No se desmaya, sino que agoniza. Y “agonía” es acción hasta el máximo. ¡Ésta es la gloria de su triunfo! Dejen esto fuera de la vista —dejen a un lado su agencia sacerdotal y su acción sacerdotal en su muerte— supongan que su agencia y su acción se han agotado antes de la muerte, dejando lugar, meramente, al sufrimiento pasivo y a la paciencia, y no podrán “gloriarse en la cruz”, ni enseñar a la iglesia de Dios a gloriarse en ella. Dejas la gloria del triunfo de Cristo y la evidencia del amor de Cristo, profundamente enterradas en la vergüenza del Calvario y en la tumba del Gólgota… Si [Jesús] murió como una mera víctima pasiva, no murió victorioso; y ninguna gloria posterior puede redimir lo que, en ese caso, fue una derrota. ¡Pero Él murió como un agente triunfante! Él prevaleció contra la muerte para vivir hasta decir: “Consumado es” (Jn. 19:30) y luego, morir, no sólo voluntariamente, sino mediante una acción sacerdotal positiva, entregándose a Sí mismo a Dios.
La cruz misma es gloriosa: No por la subsiguiente resurrección y entronización, sino gloriosa por sí misma… Cristo crucificado es —no después, sino al ser crucificado— el poder de Dios. Y Él es el poder de Dios porque Él es el Sacerdote de Dios. Su deber sacerdotal es morir —un deber incomparable e inalcanzable—. Él no vacila en cumplirlo. La agencia oficial está en su muerte sacerdotal y sacrificial. Se ofreció a Sí mismo (He. 9:14). “Amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5:25)…
Establecemos que la doctrina de la expiación no debe ser discutida separada de la idea de la acción sacerdotal de Cristo en su muerte. Estamos profundamente convencidos de que la negativa a discutir o contemplar la doctrina de la muerte de Cristo, excepto como esa acción sacerdotal que la Sagrada Escritura revela abundantemente que existió —aunque es obviamente el método más eficaz de establecer y defender la doctrina misma— es, al mismo tiempo, la verdadera manera de hacer una objeción preliminar legítima y concluyente a la gran mayoría de las falsas representaciones de la muerte de Cristo… Las Sagradas Escrituras son tan claras, tan abundantes, tan expresas, variadas y enfáticas en sus afirmaciones de que la muerte de Cristo fue una transacción en la que estuvo implicada su propia agencia, que aquellos que niegan esto o no lo tienen en cuenta, no pueden ser considerados como meramente erráticos en la interpretación de las Escrituras, sino que deben ser considerados como que rechazan las Escrituras como regla de fe…
Razones por las cuales esta verdad se ha pasado por alto… Estamos tan familiarizados con la clara afirmación de que Cristo fue, a la vez, el Sacrificio y el Sacerdote —“ofreciéndose a sí mismo” (He. 7:27)— que pensamos que hemos dominado por completo, su contenido, aunque podemos haber rozado, meramente, su superficie.
Que esta verdad debe contener grandes profundidades, debería ser obvio por el hecho de que presenta una consideración que es absolutamente sin paralelo, singular5 y única. Que el hombre Cristo Jesús sufriera la muerte —y tal muerte, bajo la maldición de la Ley divina, con todos los agravantes concebibles de aflicción, agonía y vergüenza— y también que Él, sin pecado, sí, obediente y oficialmente, tuviera una mano activa en su muerte —y tal muerte— debería impresionarnos de inmediato como algo que sobrepasa toda comprensión. [Esto es] el derecho a una contemplación reflexiva, prolongada y reverente que nos permita, bajo la enseñanza del Espíritu de verdad, poner el hecho ante nuestro entendimiento con la mayor exactitud de pensamiento que podamos alcanzar y con la mayor plenitud que podamos comprender… [muchos] se contentan con creer “que Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:3). Pero que en esta transacción de la muerte en el Calvario, Él combinó las dos actitudes aparentemente antagónicas de sufrimiento y ofrenda —sufrimiento hasta tal punto e intensidad que habría agotado todos los poderes activos, por no decir la paciencia, de cualquiera que no fuera una persona divina; y ofrenda, también en tal actividad y tal acción triunfante invicta y excelente, como si ningún sufrimiento estuviera agotando, en absoluto, sus poderes activos—. Ésta es la aparente paradoja en la muerte de Cristo que tememos que muchos han considerado con demasiada ligereza. Sin embargo, es imposible entender cómo pueden “gloriarse en la cruz” inteligentemente, sin una profunda consideración y admiración apreciativa.
Que la sencilla, pero profunda verdad en la que deseamos insistir, haya sido, al menos hasta cierto punto, pasada por alto por muchos, cuyos puntos de vista sobre la Expiación no son incorrectos, puede explicarse fácilmente en cierta medida… Varias frases han adquirido un [uso general] desfavorable para la claridad y la comprensión exhaustiva. Entre ellas podemos destacar la que durante mucho tiempo hemos considerado una expresión poco feliz y poco inteligible —“la obediencia activa y pasiva de Cristo”—. Sin duda, con explicaciones, la frase puede ser permitida. Y sin duda, es con estas explicaciones que los escritores sanos la han usado. Ésta frase ha sido empleada para expresar el hecho de que en la vida y muerte de Cristo como nuestro Fiador, se encuentran el sufrimiento de la pena de la Ley y la introducción de una justicia positiva… Además, si hay algo en la [intervención] de Cristo para nuestra salvación que pueda suponerse que se llama obediencia “pasiva” —como en expresa contradicción con la obediencia “activa”— debe ser su muerte. Y donde prevalece esta impresión, obviamente apoya y, de hecho, sugiere la idea de que su muerte fue exclusivamente pasiva— que su propia actividad o agencia no debe ser reconocida en ella…
La Paráfrasis también —la cuadragésima cuarta— que representa “las pálidas insignias” de la muerte cubriendo las mejillas y los “temblorosos labios” de nuestro Señor, mientras la vida lo abandonaba, “sus ojos cerrados y su cabeza caída”, hace la más manifiesta injusticia a la condición de la Persona de nuestro Señor en la cruz y es, claramente, la más injuriosa para las representaciones escriturales de que “Jesús dando una gran voz expiró” (Mr. 15:37) —entregó su Espíritu—. La impresión que tales frases puede causar en la mente es solo ésta y nada más: Nuestro Señor soportó sin murmurar, sufrimientos inconcebibles; estaba siendo sometido a la muerte como castigo debido al pecado. Todo eso es cierto. Pero también sugieren la idea de que, mientras que antes se había dedicado a un deber positivo, haciendo el bien, ahora el tiempo del deber positivo y activo ya había pasado. Había llegado el momento de, simplemente, sufrir.
Nunca debemos dejar de afirmar que esta representación de la cruz es de lo más inadecuada. Exhibe la cruz, meramente, como el emblema y el escenario de la paciencia, mientras que oculta aquellos aspectos gloriosos y glorificadores de ella, en los cuales se ve que es un altar de agencia sacerdotal, un trono de acción poderosa, y un carro de victoria y triunfo. Representa la actividad de Cristo como sometida y dominada o, al menos, como [temporalmente detenida]. Esto [deja de lado] la gran consideración —que las afirmaciones directas de las Escrituras ponen ante nosotros y que una apreciación adoradora de la constitución de la Persona de Cristo y la naturaleza intrínseca de su obra requieren— de que el ejercicio real del poder de Cristo y su acción oficial, obediente y agencia positiva, nunca fueron ni podrían ser dominados ni sometidos… La tierra, el infierno y el cielo: Los gobernantes de la tierra y su plebe; sus reyes, sacerdotes, soldados y malhechores lo asaltaron; sus judíos y gentiles; incluso, sus criaturas mudas; los bosques de la tierra proporcionando madera; los arroyos de la tierra negando agua; las amarguras de la tierra mezcladas en vinagre y hiel; la maldición de la tierra encarnada en sus espinas, en burla y dolor para coronarlo; el firme fundamento de la tierra se negó a sostenerlo y su firmamento a brillar sobre Él; la máxima fuerza y furia del infierno se reunieron contra Él; la espada del cielo lo devoró y el Dios del cielo lo abandonó —la tierra, el infierno y el cielo conspiraron contra Él hasta el extremo de la más extrema justicia del cielo y de la más extrema injusticia de la tierra y del infierno— ¿cuál es la gloria de la cruz, si no es ésta? Con tal acción conspirando para someter su acción, ¡su acción superó y sobrevivió a todos ellos! No murió siendo sometido y dominado para morir; ¡Él no murió hasta que se entregó a Sí mismo a la muerte! Emanuel, ¿un mero sufriente en su muerte? “La palabra de la cruz… es poder de Dios” (1 Co. 1:18).
Evidencia escritural directa de esta verdad: Podemos notar, brevemente, algunas de las afirmaciones escriturales más obvias de esta verdad… Entre algunos de los testimonios más obvios de la doctrina de que la muerte de Cristo fue una acción de su oficio sacerdotal, puede contarse la afirmación de Isaías: “Derramó su vida hasta la muerte” (Is. 53:12). Las frases frecuentemente usadas por el apóstol Pablo: “Así como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5:25) y, haciendo especial este amor y servicio amoroso al creyente individual, “el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20). Y otra, “también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef. 5:2). Y de nuevo: “Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo” (He. 1:3). La doxología de Juan: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Ap. 1:5). Las frecuentes expresiones del mismo Señor: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:28). Y, muy especialmente, su siempre memorable relato de Sí mismo como el Buen Pastor: “El buen pastor su vida da por las ovejas” (Jn. 10:11). Tan [preocupado] está nuestro Señor en este punto que lo repite, una y otra vez, en los términos más fuertes y enfáticos, positivos y negativos por igual: “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo” (Jn. 10:18). Y tan poderosamente hace resaltar la idea de que su propia acción está involucrada en su muerte, ¡que la pone al mismo nivel que la acción que Él debería ejercer en su resurrección! [Él] representa la obediente acción igualmente en los dos casos como constituyendo conjuntamente lo que el mandamiento de su Padre le había ordenado, y en lo que el amor y la aprobación de su Padre descansaban en tanta complacencia: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo” —a mi propia instancia, por mi propia voluntad, por mi propia obra— “tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (Jn. 10:17-18). ¡Cuán claramente está implícito en todas estas expresiones, el ofrecimiento de un poder positivo! “Y no para ofrecerse muchas veces… De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (He. 9:25-26), una expresión inspirada que presenta, sin temor, el sacrificio de la cruz como ofrenda en el sufrimiento y como sufrimiento en la ofrenda, haciendo justicia por igual a ambos aspectos de la verdad y que juntos constituyen una verdad indisoluble, cuya singularidad única surge de la combinación de lo que en nadie más, sino en el Dios-hombre, podía combinarse.
Hablamos de su “hacer” y de su “morir”. Su muerte fue su obra más grandiosa. La luz y la evidencia de su obediencia activa, en lugar de palidecer en la cruz, resplandece allí con el mayor brillo de todos, iluminando las tinieblas de la muerte y del ceño de la justicia indignada hasta que el ceño oscuro desaparece del rostro del Juez eterno y la luz del rostro del Padre se eleva sobre el Hijo obediente en el momento en que dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46). La voluntad del Padre se cumple. Es hecha por el Hijo eterno, a través del Espíritu eterno. Las acciones consentidas6 entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, llenan la muerte de Cristo con acción, y con poder sin igual y trascendente; y la [predicación] de la cruz es el poder de Dios.
Tomado de La expiación: En su relación con el pacto, el sacerdocio, la intercesión de nuestro Señor (The Atonement: In Its Relations to the Covenant, the Priesthood, the Intercession of Our Lord), Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org.
Hugh Martin (1822-1885): Ministro y teólogo presbiteriano escocés; nacido en Aberdeen, Scotland.
Footnotes
-
Intrínseca – Que pertenece a algo como una característica básica y esencial de lo que es. ↩
-
Agencia – Acción; ejercicio del poder. ↩
-
Anulada – Dominada; vencida. ↩
-
Invicto – No vencido, no suprimido, no aplastado. ↩
-
Singular – El único de su tipo, sin otro de su especie, extraordinario. ↩
-
Consentidas – Unidas en opinión; unánimes. ↩