La redención de Cristo

John Murray (1898-1975)

Ninguna categoría está más profundamente inscrita en la conciencia de la iglesia de Cristo que la de la redención. Ningún cántico de los santos es más característico que la alabanza de la redención por la sangre de Jesús: “Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje, lengua, pueblo y nación” (Ap. 5:9).

La redención ve la expiación desde su propio aspecto distintivo. El sacrificio ve la expiación desde la perspectiva de la culpa, la propiciación desde la de la ira, la reconciliación desde la de la alienación1. La redención tiene en vista la esclavitud a la que nos ha relegado el pecado y ve la obra de Cristo, no simplemente como liberación de la esclavitud, sino en términos de rescate. La palabra de nuestro Señor establece este significado: “El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:28; cf. Mr. 10:45). Hay tres proposiciones que yacen en la faz de esta declaración. (1) La obra que Jesús vino a realizar fue la del rescate. (2) La entrega de su vida fue el precio del rescate. (3) Este precio de rescate fue sustitutivo en carácter y designio. Es esta misma idea, mediante el uso de la misma raíz griega en diferentes formas, la que aparece en la mayoría de los pasajes del Nuevo Testamento que tratan de la redención (Lc. 1:68; 2:38; 24:21; Ro. 3:24; Ef. 1:7; Col. 1:14; 1 Ti. 2:6; Tit. 2:14; He. 9:12, 15; 1 P. 1:18). En algunos otros pasajes, se usa un término diferente, pero también transmite la idea de compra (1 Co. 6:20; 7:23; Gá. 3:13; 4:5; 2 P. 2:1; Ap. 5:9; 14:3-4). Por lo tanto, el lenguaje de la redención es el de asegurar la liberación mediante el pago de un precio y es este concepto el que se aplica, expresamente, a la entrega de la vida de Jesús y al derramamiento de su sangre. Jesús derramó su sangre para pagar el precio de nuestro rescate. La redención no puede reducirse a términos menores.

Puesto que la palabra de nuestro Señor (Mt. 20:28; Mr. 10:45) establece los puntos para la doctrina de la redención y puesto que Él representó la entrega de su vida como el precio del rescate, nosotros estamos preparados para el énfasis que recae sobre la sangre de Cristo como el medio del cumplimiento redentor. “Tenemos redención por su sangre” (Ef. 1:7; cf. Col. 1:14). “Fuisteis rescatados”, dice Pedro, “no con cosas corruptibles como oro o plata… sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 P. 1:18-19). “Por su propia sangre, [Jesús] entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (He. 9:12). Y Jesús, como Mediador del nuevo pacto, aplicó su muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto (He. 9:15). El nuevo cántico de los redimidos es: “Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios” (Ap. 5:9). No podemos dudar, entonces, de que cuando Pablo dice: “Habéis sido comprados por precio” (1 Co. 6:20; 7:23), el precio no es otro que la invaluable sangre de Cristo… No puede haber duda entonces, de que la muerte de Cristo, con todas sus implicaciones, como consecuencia de su identificación vicaria con nuestros pecados, es lo que redime —y redime de la forma requerida y apropiada para el concepto redentor, a saber, mediante el precio del rescate—. Aquello de lo que se nos representa como liberados, da a entender la esclavitud que la redención tiene en vista. Como era de esperar, hay varios aspectos en los que debe interpretarse2 esta esclavitud. Esta diversidad de aspectos y la correspondiente multiplicidad de virtudes propias de la muerte de Cristo son confirmadas por el testimonio de la Escritura.

  1. La redención del pecado: Que la liberación o salvación del pecado es básica en la acción salvífica de Cristo, no necesita demostración. Basta recordar que éste es el significado del nombre “Jesús” (Mt. 1:21). Y el título “Salvador” es con el que se le identifica frecuentemente —Él es el Señor y Salvador Jesucristo—. La acción salvífica abarca mucho más de lo que se especifica expresamente en el término redención. Todas las categorías en las que se define la expiación sostienen una relación directa con el pecado y sus deudas. Y, aparte de las declaraciones expresas a este efecto, tendríamos que entender que, si la redención contempla nuestra esclavitud y asegura la liberación por el rescate, se debe ver que la esclavitud surge del pecado… Aunque la relación con nuestros pecados no se declara expresamente, está igualmente implícita cuando la redención por medio de la sangre de Jesús es definida como “el perdón de pecados” (Ef. 1:7; cf. Col. 1:14)… Puesto que la referencia al pecado es evidente en estos pasajes, nos vemos obligados a inferir que, en otros en los que no se menciona el pecado, éste es, sin embargo, la deuda asumida que hace necesaria la redención y le da carácter (cf. Ro. 3:24; 1 Ti. 2:6; He. 9:12)… La esclavitud que el pecado supone para nosotros es triple: Culpa, contaminación y poder. Los tres aspectos entran en el ámbito de la redención obrada por Cristo. No sería factible3 disociar ninguno de estos aspectos de los pasajes que reflexionan sobre la realización redentora de Jesús. Pero es muy posible que el pensamiento se enfoque, más particularmente, en un aspecto en algunos pasajes y, en otro [aspecto], en otros pasajes. En Romanos 3:24, debido al contexto, no cabe duda de que se trata de la provisión del pecado como culpa. Lo mismo ocurre en Efesios 1:7. En Tito 2:14, probablemente, se contempla el pecado como culpa y contaminación. Debido a que el aspecto del pecado como poder se descuida con tanta frecuencia, es necesario dedicar más atención a esta característica de la enseñanza bíblica.

Este aspecto fue, sin duda, el más importante en la mente de Zacarías cuando dijo: Porque Él “ha visitado y redimido a su pueblo” (Lc. 1:68). En los versículos siguientes, las referencias al “poderoso Salvador” y a la “salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron” (Lc. 1:69, 71), indican que la expresión más antigua de la esperanza redentora en el Nuevo Testamento [fue] interpretada en términos de liberación [y] entendida en términos de redención (cf. Lc. 2:38). El conocimiento del Antiguo Testamento mostrará que la fe en Jesús que reflejan estos primeros testigos, estaba enmarcada en términos de esa misma categoría que ocupa un lugar tan destacado en la religión del Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento está impregnado del lenguaje de la redención. Es particularmente la liberación de la esclavitud de Egipto, lo que da forma al significado de la redención en el antiguo pacto. Aunque la redención se aplicó a Abraham (Is. 29:22) y, aunque Jacob también podía utilizar el lenguaje de la redención (Gn. 48:16), es el éxodo de Egipto lo que constituye por excelencia la redención del Antiguo Testamento. La garantía dada a Moisés fue: “Yo soy JEHOVÁ; y yo os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido, y con juicios grandes” (Éx. 6:6) y el canto de liberación fue: “Condujiste en tu misericordia a este pueblo que redimiste” (Éx. 15:13). Los libros posteriores, abundan en alusiones en términos similares (cf. Dt. 7:8; 9:26; 13:5; 21:8; 24:18; 1 Cr. 17:21; Sal. 77:15; 106:10; Is. 43:1; 63:9; Mi. 6:4). Y Dios mismo, no tiene un nombre más [profundamente lleno] de significado para el consuelo de su pueblo que el de Redentor (cf. Sal. 19:14; Is. 41:14; 43:14; 47:4; 63:16; Jer. 50:34). La riqueza de la promesa mesiánica de que el Redentor vendría a Sion (Is. 59:20) es elocuente4. Este testimonio del Antiguo Testamento proporciona el trasfondo de la fe del Nuevo Testamento, expresada en Lucas 1:68; 2:38. No debería sorprendernos, por tanto, que en el Nuevo Testamento, la muerte de Cristo sea representada como algo que afecta, directamente, al archienemigo del pueblo de Dios y al poder del propio pecado. El pecado como poder, nos lleva al cautiverio y Satanás como príncipe de las tinieblas y dios de este mundo, ejerce su dominio y nos somete a esclavitud.

Con respecto al poder de Satanás, tenemos referencias explícitas a la victoria lograda por la muerte de Jesús en Juan 12:31; Hebreos 2:14; 1 Juan 3:8. Y Colosenses 2:15, se refiere al triunfo obtenido sobre los principados de maldad (cf. Ef. 6:12). Es significativo que la primera promesa se refiriera a la destrucción de la serpiente (Gn. 3:15) y que la consumación llevara consigo la expulsión de la serpiente antigua, que es el Diablo y Satanás, al lago de fuego (Ap. 20:10)… No podemos disociar el engaño de Satanás como dios de este mundo que ciega el entendimiento de los incrédulos (2 Co. 4:4), de la vana manera de vivir de la cual, la preciosa sangre de Cristo redime (1 P. 1:18). En el centro del cumplimiento redentor de Cristo, por tanto, está la emancipación de la [esclavitud] del engaño y el poder de Satanás.

No podemos disociar el poder del pecado del abrazo de la redención de la que se habla, expresamente, en varios de los pasajes ya citados (cf. Tit. 2:14; 1 P. 1:18). Pero cuando se reflexiona, particularmente, sobre el poder del pecado, la consideración más relevante para la liberación es la verdad de que aquellos por quienes Cristo murió, también son representados como habiendo muerto en Él y con Él (Ro. 6:1-10; 7:1-6; 2 Co. 5:14-15; Ef. 2:1-7; Col. 2:20; 3:3; 1 P. 4:1-2). De importancia básica, en este sentido, es el hecho de que Cristo, en sus compromisos vicarios, nunca puede ser concebido al margen de aquellos en cuyo nombre cumplió estos compromisos y, por tanto, cuando murió, estaban unidos a Él en la virtud y eficacia de su muerte. Pero cuando Él murió, “al pecado murió una vez por todas” (Ro. 6:10). Los que estaban en Él, también murieron al pecado (Col. 2:20; Ro. 6:2-4; 2 Co. 5:14) y, si murieron al pecado, murieron al poder del pecado. Ésta es la garantía de que aquellos que están unidos a Cristo no serán gobernados por el poder del pecado (Ro. 6:11, 14; 1 P. 4:1-2). Sería forzado interpretar este preciso aspecto de nuestra relación con la muerte de Cristo y de nuestra liberación del poder del pecado, en los términos de la redención. Sin embargo, no hay otro momento más apropiado para presentarlo. Nuestra muerte al pecado está ligada a la muerte de Cristo en nuestro favor (cf. 2 Co. 5:14) y, a esta última, se aplica, claramente, el concepto redentor.

  1. Redención de la maldición de la Ley: La maldición de la Ley no significa que la Ley sea una maldición. La Ley es santa, justa y buena (Ro. 7:12); pero, por ser así, impone una pena por cada infracción de sus demandas. La maldición de la Ley es la maldición que pronuncia sobre los transgresores (Gá. 3:10). La sanción penal5 de la Ley es tan [imposible de quebrantar] como sus demandas. A esta sanción que recae sobre nosotros, se dirige la redención. “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gá. 3:13). En ninguna parte de la Escritura, se describe el precio de la redención con más fuerza que en este texto. Nos recuerda que el costo no fue, meramente, la muerte de Cristo y el derramamiento de su sangre, sino todo esto, en el momento de la vergüenza del Gólgota —Él fue “hecho por nosotros maldición”—. No podemos medir la intensidad del reproche ni comprender la humillación. Permanecer impasible ante tal espectáculo, es ser insensible a las sanciones de la santidad, a las maravillas del amor y al asombro de los ángeles… En Gálatas 4:5, lo que se ve, específicamente, es la redención de la esclavitud de la ley ceremonial (cf. Gá. 3:23-4:3). Fue al ser puesto bajo esta ley que Cristo redimió a los que estaban sometidos a ella. Él consiguió esta liberación porque, Él mismo, cumplió toda la verdad que se exponía, simbólica y tipológicamente, en las disposiciones de la economía levítica. Estas disposiciones no eran sino sombras de las cosas buenas que habían de venir y cuando apareció lo que prefiguraban, no hubo necesidad ni lugar para las sombras mismas. Esta redención tiene el significado más completo para todos. Por [la fe en] Jesús, todos sin distinción, entran en el pleno privilegio de hijos sin la necesidad de la tutela disciplinaria6 ministrada por los ritos y ceremonias mosaicos. Ésta es la cúspide del privilegio y la bendición asegurada por la redención de Cristo: Nosotros recibimos la adopción.

En varias ocasiones en el Nuevo Testamento, el término redención denota la consumación de la bienaventuranza realizada en el advenimiento de Cristo en gloria (Lc. 21:28; Ro. 8:23; 1 Co. 1:30; Ef. 1:14; 4:30). Esto muestra cuán estrechamente relacionada con la redención realizada por la sangre de Jesús, está el fruto final del proceso de salvación y cómo la gloria que espera al pueblo de Dios está condicionada por el pensamiento de la redención.

Tomado de La expiación (The Atonement), usado con permiso de P&R Publishing, P O Box 817, Phillipsburg, N.J. 08865, www.prpbooks.com.

Footnotes

  1. Alienación – Distanciamiento, alejamiento, apartamiento.

  2. Interpretarse – Entenderse.

  3. Factible – Capaz de hacerse; posible.

  4. Elocuencia – Facultad de hablar o de expresarse de manera fluida, apropiada y convincente.

  5. Sanción penal – Pena legal.

  6. Tutela disciplinaria – Instrucción y disciplina proporcionada por un tutor o guardián.