La naturaleza de la muerte de Cristo

William S. Plumer (1802-1880)

Sobre la naturaleza y la intención de los sufrimientos de Cristo, los cuales terminaron en su muerte, la mente humana ha dado rienda suelta a muchas fantasías descabelladas y peligrosas. Todavía hay hombres en la tierra que niegan, audazmente, que Jesucristo soportara la pena de la Ley, en lugar y representación de los pecadores, que los pecados de algunos le fueran imputados, que fuera un sustituto de otros1 o que sus sufrimientos fueran, estrictamente, vicarios2. Con muy diversos grados de ignorancia u odio a la verdad, los hombres rechazan todas las formas establecidas en que la sana doctrina es enseñada. Sin embargo, todo error es peligroso y toda verdad es preciosa. La doctrina de la muerte de Cristo ocupa un lugar muy prominente en el sistema cristiano. De hecho, es una verdad central y exige nuestro más cálido amor.

La doctrina común del mundo cristiano ha sido que nuestros pecados fueron imputados a Cristo, que Él llevó la maldición debida a nosotros por nuestras transgresiones, que Él soportó la pena de la Ley en nuestro lugar, que sus sufrimientos fueron los de un sustituto de los hombres culpables. El pueblo de Dios ha juzgado durante siglos y siglos que esta doctrina está bien establecida, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

Es natural preguntarse si nuestro Señor mismo explicó la naturaleza y el objeto de su propia muerte. En los Evangelios, obtenemos luz sobre este punto. “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”3 (Mt. 20:284; Mr. 10:45). En plena concordancia con esta declaración, Pablo dice que Cristo “se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1 Ti. 2:6). Las palabras traducidas como rescate en estos pasajes, no son las mismas. Una es lútron, “el precio de la redención”. La otra es antílutron5 que también significa, “rescate, el precio de la redención”… Su vida fue el precio de nuestra liberación. Era todo el precio exigido. Esto era el rescate, el rescate completo. La definición de Robinson de lútron es “dinero perdido, un rescate, el precio pagado por la liberación de alguien”. Su definición de antílutron es “un equivalente para la redención, es decir, un rescate”. Cristo pagó el precio por el cual muchos, aquellos que habían sido justamente detenidos como prisioneros del pecado y de la muerte, son liberados.

Nuestro Señor también dijo: “Porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt. 26:28)6. ¿Qué otra sangre se ha derramado para el mismo fin? Isaías, Juan el Bautista, Esteban y muchos otros, murieron por la verdad, pero no por la remisión de los pecados. En plena concordancia con esto, Pablo7 dice que Cristo efectuó “la purificación de nuestros pecados” (He. 1:3). “Sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He. 9:22). Ésta es la razón por la que se debe predicar “en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (Lc. 24:47). La remisión no es por ningún “otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres” (Hch. 4:12). No la sangre de los profetas, de los mártires o de las bestias, sino sólo la sangre de Cristo asegura el perdón de los pecados (Ap. 1:5; Hch. 20:28; He. 9:12).

De nuevo, Cristo dice: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn. 10:11). “Grande y bueno, justo y santo como Él es, vio a sus ovejas a punto de perecer en sus extravíos; y para expiar8 su culpa y rescatarlas de la destrucción, no sólo soportó penurias y se encontró con peligros, sino que ¡‘dio su vida por ellas’ y en lugar de ellas!”9. Con las verdades así explícitamente enseñadas, concuerdan bien todas aquellas declaraciones generales de Cristo respecto a su misión en este mundo, como ésta: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10). Él es el Salvador. Ese es su nombre. La razón por la que llamarás su nombre JESÚS es porque Él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt. 1:21).

Los apóstoles y los profetas hacen un relato de la muerte de Cristo que coincide10 en todos los sentidos con el dado por el Señor mismo. Por eso, Pedro dice: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18). Todo sufrimiento bajo el gobierno moral de Dios es, en cierto sentido, “por los pecados” —“por el pecado la muerte” (Ro. 5:12)—. Algunos sufrimientos son puramente por castigo condigno11. Así, los ángeles perdidos sufren por sus propios pecados. Algunos sufrimientos son disciplinarios y tienen por objeto apartar a los hombres del error. Así, el cristiano pío12 sufre, a menudo, por su necedad. Algunos sufrimientos son ejemplares13. Así, los antiguos profetas sufrieron a menudo (Stg. 5:10). Pero el motivo de sus sufrimientos eran siempre sus propios pecados. Dios nunca permitió que un ángel santo sufriera. Los malvados que sufren la venganza del fuego eterno, son también un ejemplo para nosotros, pero sufren justamente por sus propios pecados. El último tipo de sufrimiento por el pecado es expiatorio, donde “el justo” sufre “por los injustos”. Cristo, en ningún sentido, sufrió por Sí mismo. De hecho, el Apóstol, en el capítulo siguiente, dice expresamente: “Cristo ha padecido por nosotros en la carne” (1 P. 4:1).

Del mismo modo, las Escrituras enseñan, general y explícitamente, que Cristo murió por nuestros pecados. “Fue entregado por nuestras transgresiones” (Ro. 4:25). “El cual se dio a sí mismo por nuestros pecados” (Gá. 1:4). “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:3). Ninguna palabra podría enseñar, más claramente, que la muerte de Cristo fue a causa de nuestras ofensas contra Dios, a causa de nuestra rebelión contra el Altísimo. La Palabra de Dios expresa con la misma claridad, la misma verdad en otro lenguaje: “Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8). “Cristo… murió por los impíos” (Ro. 5:6). “Esto es mi cuerpo, que por vosotros es partido” (1 Co. 11:24). Aquí es enseñada la sustitución en los términos más claros. Cristo murió en lugar y representación de nosotros —pecadores e impíos—.

Dos escritores diferentes en la Escritura, dicen que Cristo es la propiciación14 por nuestros pecados. “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Ro. 3:25)15. “Y él es la propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 2:2). “Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10). En los versículos anteriores, la palabra propiciación no es la misma en todos los lugares. La palabra de Pablo es hilasterion; la de Juan es hilasmos. Sin embargo, ambas se traducen, correctamente, como propiciación, es decir, una expiación16 por el pecado17.

En plena armonía con lo anterior, Pablo dice: “Como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef. 5:2). Todo lo que Cristo hizo, lo hizo “por nosotros”. En particular, cuando se ofreció a Sí mismo en sacrificio, no fue por Sí mismo, sino por nosotros. Él no necesitaba expiación por Sí mismo porque era santo e inocente en su Persona. Pero con la misma seguridad que las primicias de Abel fueron sacrificios en su lugar, así también Cristo fue un sacrificio “por nosotros”. En consecuencia, se dice que “se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (He. 9:14). Así también, Cristo es llamado “el cordero de Dios” (Jn. 1:29) y “un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 P. 1:19). Ningún sacrificio de sangre tiene significado, a menos que la víctima ofrecida sea un sustituto de alguien.

Cristo también es llamado nuestro Fiador18 (He. 7:22). Un fiador se obliga a realizar algo por otros y esta obligación puede ser absoluta o condicional. Si uno es irremediablemente insolvente19, el fiador asume, incondicionalmente, el pago de sus deudas. Éste era, precisamente, nuestro caso. Nuestra ruina era total. Estábamos completamente en bancarrota y Cristo se comprometió a liberarnos20: 1) Obedeciendo el precepto de la Ley por nosotros y 2) soportando el castigo que nos correspondía por nuestras transgresiones. En nuestra impotencia, Cristo se compadeció de nosotros, voluntaria y amorosamente asumió nuestra causa por nosotros, fue plenamente capaz de cumplir todo lo que se comprometió a hacer y satisfizo todas las demandas de la Ley contra nosotros como rebeldes.

Las Escrituras enseñan que Cristo hizo todo esto. “Él apareció para quitar nuestros pecados; y no hay pecado en él” (1 Jn. 3:5). Quitó nuestros pecados cargándolos sobre Sí mismo. En consecuencia, las Escrituras afirman, claramente, que “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24). “Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos” (He. 9:28)… Pablo dice: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gá. 3:13). Si el lenguaje tiene alguna fuerza o significado, este pasaje enseña que Cristo ha rescatado a su pueblo de la pena de la Ley y que lo hizo soportando la pena en lugar y representación de ellos. No es probable que ningún hombre que niegue que estas palabras enseñan tanto como aquí se supone, se beneficie de alguna enseñanza sobre el tema, ya sea de los hombres o del cielo. La maldición de la Ley no puede significar otra cosa que la pena de la Ley. Que Cristo haya sido hecho maldición por nosotros, no puede significar nada menos que Él llevó la pena por nosotros.

Las Escrituras también enseñan, expresamente, que Jesucristo es el único autor de la reconciliación entre Dios y los pecadores, “por quien hemos recibido ahora la reconciliación [o expiación]” (Ro. 5:11); que “fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Ro. 5:10) y que Dios “nos reconcilió consigo mismo por Cristo” (2 Co. 5:18). Ahora, no hay manera de que la muerte del Hijo de Dios pueda lograr la reconciliación, sino mediante la satisfacción de la justicia divina en nuestro lugar y representación. Cristo es nuestra paz (Ef. 2:14)…

Como nuestro Salvador fue un Fiador voluntario, no hubo injusticia en exigir de Él la satisfacción que nosotros debíamos. Tan verdadera y tan antigua es la doctrina de que nuestro Señor sufrió [como] el justo por los injustos, el inocente por los culpables, que hasta el día de hoy, no tenemos mejor medio para ilustrar todo el método del perdón y la aceptación que una sencilla explicación de muchos de los tipos y, especialmente, de los sacrificios del Antiguo Testamento. La doctrina de la imputación del pecado de uno a la persona de otro es tan antigua como la institución del derramamiento de sangre en el culto solemne y el sacrificio de víctimas en altares terrenales…

Cuídense de la presunción; cuídense de todas las opiniones sobre el tema de la expiación, a menos que puedan probarlas mediante el tenor de la Escritura… Jesucristo hizo satisfacción por todos los pecados de todo su pueblo… Él pagó hasta el último centavo de la deuda que ellos tenían con la Ley quebrantada y el ofendido gobierno de Dios, y en Él están completos y tienen plena redención.

Tomado de La Roca de nuestra salvación (The Rock of Our Salvation), Sprinkle Publications.


William S. Plumer (1802-1880): Autor y ministro presbiteriano estadounidense; nacido en Greensburg, Pennsylvania, EE.UU.

La doctrina de la Redención es una de las doctrinas más importantes del sistema de fe. Un error en este punto conducirá, inevitablemente, a un error en todo nuestro sistema de creencias. —Charles Spurgeon

Footnotes

  1. Ver Portavoz de la Gracia N° 9: Sustitución. Disponible en CHAPEL LIBRARY.

  2. Vicario – Una persona que sufre en lugar de otra.

  3. Un rescate por muchos – Hay tres proposiciones que se encuentran en el frente de esta declaración: (1) La obra que Jesús vino a hacer fue de rescate. (2) La entrega de su vida fue el precio del rescate. (3) Este precio de rescate fue sustitutivo en carácter y designio. Es esta misma idea, mediante el uso de la misma raíz griega en diferentes formas, la que aparece en la mayoría de los pasajes del Nuevo Testamento que tratan de la redención (John Murray, La expiación [The Atonement], 21).

  4. Mateo 20:28 – Poco antes de su entrada final en Jerusalén, Jesús responde a la solicitud de Santiago (o Jacobo) y Juan de lugares especiales de honor en el reino mesiánico. Al contrastar la grandeza del reino con la grandeza de esta época, Jesús señala su propio ejemplo cuando afirma que “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. Aunque es posible tomar “muchos” como sinónimo de “todos”, hay razones para ver una referencia más limitada. Primero, Jesús, probablemente, se hace eco del lenguaje de Isaías 52:13-53:12, donde el Siervo muere en nombre de muchos. Dentro de ese pasaje, los “muchos”, se refiere a aquellos a quienes, realmente, es aplicada la obra salvífica del Siervo, incluyendo, no sólo a los judíos, sino también a “muchas naciones” (Is. 52:15). Segundo, el lenguaje del rescate indica el pago de un precio específico (la vida de Jesús) por la liberación de un pueblo específico (muchos). Su vida es dada a cambio de la de muchos, no de todos sin excepción (Matthew S. Harmon en David y Jonathan Gibson, Desde el cielo vino y la buscó [From Heaven He Came and Sought Her], 275-276).

  5. λύτρον y ἀντίλυτρον (lútron y antílutron) – Desde el siglo V a.C., en adelante… denotan los medios o dinero para un rescate. El sufijo -tron denota el instrumento o medio por el cual se realiza la acción del verbo, es decir, el medio de liberación o el pago, es decir, el precio de la liberación (Nuevo Diccionario Internacional de Teología del Nuevo Testamento [New International Dictionary of New Testament Theology], 189-190).

  6. Mateo 26:28 – Durante la Última Cena (Mt. 26:26-29), Jesús ofrece la copa a sus discípulos y explica: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt. 6:28). Así como la aspersión de sangre selló a un pueblo en particular en el antiguo pacto (Éx. 24:1-8), aquí, la inauguración del nuevo pacto requiere que Jesús derrame su sangre por un pueblo en particular. Ese pueblo en particular son los “muchos” por quienes Jesús da su vida como rescate (Mt. 20:28). La combinación de “muchos” y “remisión de pecados” aquí en Mateo 26:28, forja un vínculo con el anuncio angelical en Mateo 1:21, de que Jesús “salvará a su pueblo de sus pecados”. Además, esta combinación, probablemente, alude de nuevo, a la obra del Siervo sufriente de Isaías 53. Así, “su pueblo” en Mateo 1:21, se aclara, aún más, por los “muchos” en Mateo 20:28 y 26:28, por quienes Jesús muere para perdonar sus pecados. Como cumplimiento de la esperanza del Antiguo Testamento, Jesús sella el nuevo pacto, al rescatar a un pueblo en particular, de su esclavitud al pecado mediante su muerte y resurrección (Matthew S. Harmon en David y Jonathan Gibson, Desde el cielo vino y la buscó [From Heaven He Came and Sought Her], 276-277).

  7. Nota del editor – Algunos teólogos, con fuertes y bien sustentadas razones, asignan a Pablo la autoría de la carta a los Hebreos, sin embargo, dicha carta no fue firmada por el autor, por lo tanto, no se puede asegurar con certeza quien la escribió.

  8. Expiar – Dar satisfacción por un delito por el cual se elimina la culpa.

  9. Thomas Scott, La Santa Biblia que contiene el Antiguo y el Nuevo Testamento (The Holy Bible Containing the Old and New Testaments), vol. 5 (Nueva York: Samuel T. Armstrong y Crocker y Brewster, 1827), 525.

  10. Coincide – Está de acuerdo, punto por punto.

  11. Condigno – Dignamente merecido.

  12. Pío – Fielmente obediente y reverente a Dios, piadoso.

  13. Ejemplar – Apto para servir como ejemplo o patrón a seguir.

  14. Propiciación – “La propiciación es esa obra sacerdotal de Cristo en la que Él eliminó la indignación y la ira de Dios al cubrir nuestros pecados mediante el sacrificio sustitutivo de Sí mismo a Dios, asegurando así, nuestra aceptación ante Dios” (Robert A. Morey, Estudios sobre la expiación [Studies in the Atonement], 31). “En el uso de esta palabra, entonces, siempre se entiende: 1. Una ofensa, crimen, culpa o deuda, que debe ser quitada; 2. Una persona ofendida, que debe ser pacificada, expiada, reconciliada; 3. Una persona que ofende, que debe ser perdonada, aceptada; 4. Un sacrificio u otro medio para hacer la expiación (John Owen, Una exposición de la Epístola a los Hebreos [An Exposition of the Epistle to the Hebrews], vol. 3, 476).

  15. Romanos 3:25 – La “propiciación” en cuestión, tiene un enfoque hacia Dios (Ro. 3:25). Es el contrapunto a la extensa exposición de Pablo sobre la ira de Dios revelada contra toda injusticia e impiedad (Ro. 1:18-3:20). Por naturaleza, todos hemos pecado, estamos condenados y nos enfrentamos a la ira de Dios. En Cristo como propiciación, nosotros que (con Saulo/Pablo), éramos “hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef. 2:3), descubrimos que Él “nos libra de la ira venidera” (1 Ts. 1:10). Esta propiciación es esencial para todos los demás aspectos de la obra expiatoria de Cristo. Ni los ministerios reales ni los proféticos pueden ser eficaces sin el sacrificio sacerdotal. Puesto que la salvación está encarnada en Cristo, llega a ser nuestra a través de la unión de fe con Él dada por el Espíritu (Sinclair Ferguson en David y Jonathan Gibson, Desde el cielo vino y la buscó [From Heaven He Came and Sought Her], 610).

  16. Expiación – La expiación tiene referencia a la culpa del pecado. Expiar es quitar o cubrir la culpa del pecado. La propiciación hace referencia a la ira o el disgusto de Dios. Propiciar es satisfacer la justicia divina y así, apaciguar su Ira. En el uso bíblico del término, la justicia de Dios es satisfecha por el sacrificio propiciatorio (Morton H. Smith, Teología sistemática [Systematic Theology], vol. 1, 382).

  17. La expiación significa que es necesario eliminar la culpa del pecado. La expiación es el proceso en el cual se cancela la culpa del pecado y se purifica al pecador de él… ¿Tienes clara la diferencia entre expiación y propiciación? La propiciación conlleva la noción de que hay Alguien que ha sido ofendido, alguien que ha hecho la ofensa, que hay una ofensa y que se necesita algo para ambas partes. Algo tiene que hacerse, tanto por parte de Aquel que ha sido ofendido como por parte del ofensor; y esta grande y gloriosa doctrina nos enseña que el mismo Dios, a Quien hemos ofendido, ha demostrado la manera en que se ha tratado la ofensa. Su Ira contra el pecado y el pecador, ha sido satisfecha, apaciguada y, por lo tanto, ahora puede reconciliar al hombre consigo mismo (David Martyn Lloyd-Jones, Romanos: Capítulos 3:20-4:25, 73-78).

  18. Fiador – Alguien que se compromete por una o más personas, cuyo crédito se ha agotado o no es bueno —alguien en quien no se puede confiar o cuya fidelidad o capacidad es dudosa—. Ahora, hermanos míos, cuando el hombre [Adán] violó la ley del primer pacto [en el Jardín], su crédito desapareció o se perdió para siempre. Dios ya no haría ningún pacto con él sin un Fiador, conociendo la incapacidad y la infidelidad del hombre en su estado caído. Por lo tanto, [Él] tuvo gracia, complaciéndose en proveer para nosotros o a nuestro favor, un… Fiador. Por tanto, Jesús fue hecho Fiador de un mejor pacto (He. 7:22): Así como Cristo se comprometió con Dios por nosotros a hacer satisfacción por nuestros pecados y a llevarnos a un estado de gracia y paz con Dios [para] preservarnos en ese estado hasta el fin y para dar seguridad al Pacto de Paz, del cual Él es Fiador, Él es llamado un Fiador… Si nuestro Mediador no se hubiera comprometido en este Pacto de Paz y Redención por nosotros, no habría habido pacto ni paz para nosotros, en absoluto, porque todo depende de la Fianza de Cristo (Benjamin Keach, La manifestación de la gloriosa gracia de Dios [The Display of God’s Glorious Grace], 88).

  19. Insolvente – Incapaz de cumplir con sus obligaciones financieras.

  20. Liberarnos – Librarnos, rescatarnos de un estado de dificultad.