La intención de la muerte de Cristo

John Owen (1616-1683)

Por el fin1 de la muerte de Cristo, entendemos en general, primero, lo que su Padre y Él pretendían en ella; y, segundo, lo que se cumplió y realizó, efectivamente, por ella. Con respecto a ambas cosas, podemos considerar, brevemente, las expresiones usadas por el Espíritu Santo.

¿Conoces el fin y la intención por los que Cristo vino al mundo? Preguntémosle a Él, Quien conocía su propia mente [y] todos los secretos del seno de su Padre, y Él nos dirá que “el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que se había perdido” (Mt. 18:11) —a recuperar y salvar a los pobres pecadores perdidos—. Esa fue su intención y designio como se afirma de nuevo [en] Lucas 19:10. Pregunta también a sus apóstoles, quienes conocen la mente de Él y te dirán lo mismo. Como Pablo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Ti. 1:15).

Ahora, si preguntaras quiénes son estos pecadores hacia quienes Él tiene esta intención y propósito de gracia, Él te dice que vino a “dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:28) —en otros lugares, nos llamó a nosotros, creyentes, distinguiéndonos del mundo— porque Él “se dio a sí mismo por nuestros pecados, para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre” (Gá. 1:4). Esa fue la voluntad y la intención de Dios, que Él se entregara a Sí mismo por nosotros para que seamos salvos, separados del mundo. Ellos son su Iglesia: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Ef. 5:25-27). [Las] últimas palabras expresan también el objetivo y el fin mismo de Cristo al entregarse a Sí mismo por muchos: que sean hechos aptos para Dios y llevados cerca de Él. Lo mismo se afirma también: “Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Ti. 2:14).

Así de clara y evidente, es la intención y el designio de Cristo y de su Padre en esta gran obra —cuál era y hacia quiénes— a saber, salvarnos, librarnos del mundo malo, purificarnos y lavarnos, hacernos santos, celosos, fructíferos en buenas obras, hacernos aceptables y llevarnos a Dios porque, por medio de Él, “tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes” (Ro. 5:2).

Además, el efecto y el producto real de la obra misma —o lo que se logra y se cumple mediante la muerte, el derramamiento de sangre o la oblación2 de Jesucristo— no se manifiesta menos claramente, sino que se expresa más plenamente y, muy a menudo, más distintivamente [por lo siguiente]:

Primero, la reconciliación con Dios, aboliendo y matando la enemistad que había entre Él y nosotros porque “siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Ro. 5:10). “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Co. 5:19). Sí, Él “nos reconcilió consigo mismo por Cristo” (2 Co. 5:18). Si quieres saber cómo se efectuó esta reconciliación, el Apóstol te dice que [Él], “aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades” (Ef. 2:15-16), de modo que “él es nuestra paz” (Ef. 2:14).

Segundo, la justificación3 al quitar la culpa de los pecados, procurando4 la remisión y el perdón de ellos, redimiéndonos de su poder con la maldición y la ira que nos corresponde por ellos porque, “por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (He. 9:12). “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gá. 3:13). “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24). “Por cuanto todos” pecamos y estamos “destituidos de la gloria de Dios”; pero somos “justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Ro. 3:23-25). Porque en Él “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Col. 1:14).

Tercero, la santificación5 mediante la purificación de la inmundicia y contaminación de nuestros pecados, renovando en nosotros la imagen de Dios y suministrándonos las gracias del Espíritu de santidad. Porque “la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo” (He. 9:14). Sí, “la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7). “Habiendo [Él] efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo” (He. 1:3). “Para santificar al pueblo mediante su propia sangre, [Él] padeció fuera de la puerta” (He. 13:12). Se entregó por la Iglesia para santificarla y purificarla, a fin de que fuese santa y sin mancha (Ef. 5:25-27). Particularmente, entre las gracias del Espíritu, “a vosotros os es concedido a causa de Cristo… que creáis en él” (Fil. 1:29), bendiciéndonos Dios en Él con “toda bendición espiritual en los lugares celestiales” (Ef. 1:3).

Cuarto, la adopción6 con esa libertad evangélica y todos esos privilegios gloriosos que corresponden7 a los hijos de Dios porque “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gá. 4:4-5).

Quinto, tampoco descansan aquí los efectos de la muerte de Cristo. No nos abandonarán hasta que estemos establecidos en el cielo en gloria e inmortalidad para siempre. Nuestra herencia es una “posesión adquirida” (Ef. 1:14). “Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna” (He. 9:15). La suma de todo es [esto]: La muerte y el derramamiento de la sangre de Jesucristo han obrado y obtienen, eficazmente para todos los que están implicados en ella, la redención eterna, que consiste en la gracia aquí y la gloria en el más allá.

¡Así de completas, claras y evidentes son las expresiones de la Escritura acerca de los fines y efectos de la muerte de Cristo, que cualquiera pensaría que todos podrían correr a leerlas! Pero debemos detenernos: Entre todas las cosas de la religión cristiana, no hay casi nada más cuestionado que esto, lo cual parece ser el principio más fundamental. Hay una extendida persuasión de que Cristo pagó un rescate general por todos; que murió para redimir a todos y cada uno —no sólo por muchos, su Iglesia, los elegidos de Dios, sino también por todos los de la posteridad de Adán—.

Ahora, los maestros de esta opinión aceptan muy bien y fácilmente que si éste es el fin de la muerte de Cristo que hemos afirmado desde la Escritura, si los antes relatados son los frutos y productos inmediatos de la misma, entonces, una de estas dos cosas se seguirá necesariamente: O bien, en primer lugar, Dios y Cristo fracasaron en el fin que se propusieron y no lograron lo que se proponían —al no ser la muerte de Cristo un medio adecuadamente proporcionado para la consecución de ese fin—… Afirmar [esto] nos parece una blasfemia injuriosa a la sabiduría, el poder y la perfección de Dios, como, igualmente, despectivo8 con el mérito y el valor de la muerte de Cristo. O bien, todos los hombres, toda la posteridad de Adán, deben ser salvados, purificados, santificados y glorificados, lo que, seguramente, ellos no sostendrán. Al menos, la Escritura y la lamentable experiencia de millones de personas no lo permitirán.

Por lo tanto, para dar un matiz tolerable a su persuasión, ellos deben negar, y de hecho lo hacen, que Dios o su Hijo tuvieran tal objetivo o fin absoluto en la muerte o derramamiento de sangre de Jesucristo, o que tal cosa fuera inmediatamente procurada y comprada por ella como relatamos antes. Pero que Dios no tuvo ninguna intención, ni que Cristo efectuó nada, que ningún beneficio surge para nadie inmediatamente por su muerte, sino algo común a todos y a cada alma —aunque nunca tan malditamente incrédula aquí y eternamente condenada después— hasta que un acto de algunos, el cual Cristo no procuró para ellos (porque si lo fuera, ¿por qué no lo tienen todos por igual?), a saber, la fe, los distinga de los demás. Ahora, me parece que esto [debilita] la virtud, el valor, los frutos y los efectos de la satisfacción y muerte de Cristo —sirviendo, además, de base y fundamento a una persuasión peligrosa, incómoda y errónea—. Con la ayuda del Señor, declararé lo que la Escritura sostiene en ambas cosas, tanto la afirmación que se pretende probar como la que se aporta para probarla; deseando que el Señor, por su Espíritu, nos guíe a toda la verdad, nos dé entendimiento en todas las cosas y, si alguien piensa de otra manera, se lo revele a él también.

Tomado de La muerte de la muerte en la muerte de Cristo en Las obras de John Owen (The Death of Death in the Death of Christ in The Works of John Owen). Vol. 10, 157-160, The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org.


John Owen (1616-1683): Pastor congregacional y teólogo inglés.

Footnotes

  1. Fin – El resultado previsto de una acción; logro de un propósito; meta.

  2. Oblación – Ofrenda a Dios de algo valioso o precioso.

  3. Justificación – La justificación es un acto de la gracia de Dios, en el que Él perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justos delante de Él, sólo por la justicia de Cristo imputada a nosotros y recibida solo por fe (Catecismo de Spurgeon, Pregunta 32) y ver Portavoz de la Gracia N° 4: Justificación. Ambos disponibles en Chapel Library.

  4. Procurar – Obtener con especial cuidado o esfuerzo.

  5. Santificación – La santificación es la obra del Espíritu de Dios, por la cual somos renovados en todo a imagen de Dios y nos vamos capacitando, más y más, para morir al pecado y vivir para Dios (Catecismo de Spurgeon, Pregunta 34). Ver también, Portavoz de la Gracia N° 35: Santificación y Santificación de J.C. Ryle. Todos disponibles en Chapel Library.

  6. Adopción – La adopción es un acto de la gracia de Dios, por el cual somos contados entre los salvos y tenemos derecho a todos los privilegios de los hijos de Dios (Catecismo de Spurgeon, Pregunta 33). Disponible en CHAPEL LIBRARY.

  7. Corresponden – Pertenecen como un privilegio a.

  8. Despectivo – Mostrar una actitud irrespetuosa o una baja opinión.