La exitosa muerte de Cristo
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).
Ustedes están al tanto de que ha habido una gran discusión entre todos los cristianos acerca de la redención de nuestro Señor Jesucristo. Hay una clase de hombres que creen en lo que se ha llamado redención general, afirmando que es una verdad indudable que Jesucristo derramó su sangre por cada hombre y que la intención de Cristo en su muerte, fue la salvación de los hombres considerados en su conjunto. Sin embargo, aquellos tienen que pasar por alto el hecho de que, en este caso, la intención de Cristo se vería frustrada, en cierta medida. Otros de nosotros, sostenemos lo que se llama la doctrina de la redención particular. Concebimos que la sangre de Cristo fue de un valor infinito, pero que la intención de la muerte de Cristo nunca fue la salvación de todos los hombres porque si Cristo hubiera designado la salvación de todos los hombres, afirmamos que todos los hombres habrían sido salvos. Nosotros creemos que la intención de la muerte de Cristo es igual a sus efectos y, por lo tanto, comienzo esta mañana anunciando lo que considero una verdad evidente: Cualquiera que haya sido la intención de Jesucristo al venir al mundo, esa intención, ciertamente, se cumplirá…
En primer lugar, me parece inconsistente con la idea misma de Dios que Él se proponga algo que no ha de cumplirse. Cuando miro al hombre, lo veo como una criatura tan distraída por la locura y tan desprovista de poder que no me extraña que, a menudo, comience a construir y no sea capaz de terminar. No me sorprende que, a menudo, se detenga porque no ha calculado el costo. No me asombra, cuando pienso en todo lo que está por fuera del control del hombre, que, a veces, se proponga, pero que Dios disponga de manera muy diferente a su propuesta… Pero cuando pienso en Dios, cuyo nombre es “yo soy el que soy” (Éx. 3:14), Quien existe por Sí mismo, en Quien “vivimos, y nos movemos, y somos” (Hch. 17:28), Quien es desde siempre y para siempre, el Dios Todopoderoso; cuando pienso en Él como Aquel que llena la inmensidad, que tiene todo el poder y la fuerza, que conoce todas las cosas, que tienen plenitud de sabiduría, no puedo asociar con tal idea de Dios, la suposición de que, alguna vez, falle en cualquiera de sus intenciones. Me parecería que un dios que pudiera tener la intención de hacer algo y fallar en su intención, no sería un dios, sino algo como nosotros mismos —tal vez superior en fuerza, pero ciertamente, sin derecho a adoración—. De todos modos, no puedo pensar en Dios como un Dios verdadero y real… excepto como un ser que quiere y se cumple, que habla y se hace, que ordena y se mantiene firme para siempre, establecido en el cielo. Por lo tanto, no puedo imaginar, dado que Jesucristo es el Hijo de Dios, que su verdadera intención y deseo, en su expiación y redención, puedan ser frustrados de alguna manera. Si yo… creyera que Jesucristo era un simple hombre, podría, por supuesto, imaginar que el resultado de su redención fuera incierto. Pero creyendo que Jesucristo [es] Dios verdadero de Dios verdadero, igual y coeterno con el Padre, no me atrevo a asociar a ese nombre de Jehová-Jesús, ninguna sospecha de que el designio de su muerte quede sin cumplir, no sea que me haga culpable de presunción y blasfemia.
Pero de nuevo, tenemos ante nosotros, el hecho de que hasta ahora, todas las obras de Dios han cumplido su propósito. Cada vez que Dios ha pronunciado una profecía por boca de sus siervos, ciertamente, [ha sucedido]… Cada palabra de Dios, ciertamente, se ha cumplido. “Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas. El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos” (Sal. 2:2-4). Sin embargo, Él hizo su voluntad soberana. ¡Qué ellos hagan como les plazca, Dios está sobre todos ellos, reinando y gobernando para siempre! Entonces, si el propósito de Dios en la providencia, ciertamente, nunca ha sido frustrado, ¿imaginaría yo que el propósito de Dios en el glorioso sacrificio de Jesucristo, será nulo y sin efecto? Si hay alguno de ustedes que ha llegado a tal desviación del intelecto como para concebir que habiendo sido cumplida una obra menor, una obra mayor fracasará, debo dejarlos solos: No podría razonar con ustedes. Creo que son incapaces de argumentar. Ciertamente, si Dios, el Amo, el Juez, el Rey, ha hecho en todas las cosas, según su propio beneplácito en este mundo inferior —en la mera creación y preservación de los hombres— no se puede soñar, ni por un momento, que cuando Él se inclina desde lo más alto del cielo para dar la sangre de su propio corazón por nuestra redención, será frustrado en eso. No, aunque la tierra y el infierno estén contra Él, ¡todo propósito de Jesús en la cruz, será consumado!… Así como los medios fueron plenamente provistos, así, el fin será cumplido hasta su última jota y tilde.
Pero, de nuevo, les invito a que se pongan al pie de la cruz y contemplen a Jesucristo. Y entonces, les preguntaré si pueden imaginar que Jesucristo, en alguna medida, pudo haber muerto en vano. Ven, creyente, ubícate en el huerto de Getsemaní; escóndete entre esos olivos oscuros y escucha allí, a aquel hombre en su agonía. ¿Oyes esos gemidos? Son los gemidos [del] Dios encarnado. ¿Oyes esos suspiros? Son los suspiros del Hijo del hombre —“Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Ro. 9:5)—. ¿Oyes ese fuerte llanto y ves esas lágrimas? Son el llanto y las lágrimas de Aquel que es igual a su Padre, pero que condescendió a ser hombre (Fil. 2:5-8). Levántense porque Él ha resucitado. Judas lo ha traicionado y se lo han llevado. Mira en aquel suelo. ¿Ves esas gotas de sangre? Es el sudor sangriento del hombre Cristo Jesús. Te conjuro1: Responde a esta pregunta. De pie en el huerto de Getsemaní, con esas gotas de sangre manchando la blanca escarcha de aquella fría medianoche, ¿puedes creer que uno de esos coágulos2 de sangre caerá al suelo y no cumplirá su propósito? Te reto, oh cristiano, cualesquiera que sean tus opiniones doctrinales, a que digas “sí” a una pregunta como esa. ¿Puedes imaginar que un sudor de sangre de las venas de la Deidad encarnada, caiga alguna vez al suelo y fracase? Porque, amado, la palabra de Dios que sale de su boca no volverá a Él vacía, sino que realizará lo que a Él quiere (Is. 55:11). ¡Cuánto más el GRAN VERBO de Dios… cumplirá el propósito para el cual Dios lo envió y prosperará en aquello para lo cual Dios quiso ordenarlo!
Pero ahora, venid conmigo a la sala del juicio. Mira allí a tu Maestro siendo burlado en medio de una obscena3 banda de soldados. ¿Ves cómo escupen en esas mejillas benditas, cómo le arrancan el cabello, cómo lo abofetean? ¿Ves la corona de espinas con sus gotas de sangre carmesí? ¡Escucha con atención! ¿Puedes oír el grito de la multitud que dice: “Crucifícale, crucifícale” (Lc. 23:21)? Y ahora, de pie, mira a este hombre que Pilato acaba de sacar, sangrando todavía por el azote del látigo, cubierto de vergüenza, escupitajos y burlas, y así, te lo presentan: “He aquí el hombre” (Jn. 19:5), ¿crees que éste, el Hijo de Dios encarnado, se convertirá en tal espectáculo para los hombres, los ángeles y los demonios, y sin embargo, fracasará en su designio? ¿Puedes imaginar que un solo azote de ese látigo tenga un objetivo infructuoso? ¿Sufrirá Jesucristo esta vergüenza y escupitajos, y, sin embargo, soportará lo que sería mucho peor —un fracaso en el cumplimiento de sus intenciones—? ¡No, Dios no lo permita! En Getsemaní y Gabata[^95], estamos comprometidos con la firme creencia de que lo que Cristo designó con su muerte, ciertamente, debe cumplirse.
Luego, de nuevo, mírenlo a Él colgando en su cruz. Los clavos han atravesado sus manos y sus pies, y allí, bajo el sol abrasador, cuelga —cuelga para morir—. El escarnio no ha cesado: Todavía le injurian y le menean la cabeza. Todavía se mofan de Él, diciendo: “Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz” (Mt. 27:40). Y ahora, sus dolores corporales aumentan, mientras que la angustia de su alma es terrible —hasta la muerte—. Cristiano, ¿puedes creer que la sangre de Cristo fue derramada en vano? ¿Puedes mirar una de esas preciosas gotas mientras gotea de su cabeza, de sus manos o de sus pies, y puedes imaginar que caerá al suelo y perecerá allí?… Nunca puedo imaginar que el valor, el mérito, el poder de la sangre de Jesús se extinguirá o que su propósito quedará sin cumplirse. Me parece tan claro como el mediodía que el designio de la muerte del Salvador, ciertamente, debe cumplirse, sea como fuere.
Podría usar cientos de otros argumentos. Podría mostrar que cada atributo de Cristo declara que su propósito debe cumplirse. Ciertamente, Él tiene amor suficiente para cumplir su designio de salvar a los perdidos, pues tiene un amor que es insondable e infinito, como el abismo mismo. Él, ciertamente, no tiene objeción al cumplimiento de su propio designio porque “vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (Ez. 33:11). Ciertamente, el Señor no puede fallar por falta de poder porque donde se posee omnipotencia, no puede haber deficiencia de fuerza. Tampoco puede dejar de cumplirse el designio porque no fue sabio, pues los designios de Dios no pueden dejar de ser sabios, sencillamente porque son de Dios —es decir— son de sabiduría infinita. No puedo ver nada en el carácter de Cristo ni en nada en el ancho mundo que me haga imaginar, por un momento, que Cristo muriera y que, sin embargo, se dijera después: “Este hombre murió por un propósito y no vivió para verlo cumplido. El objetivo de su muerte sólo se cumplió parcialmente. Vio la aflicción de su alma, pero no quedó satisfecho, pues no redimió a todos los que tuvo la intención de redimir”.
Ahora, algunas personas aman la doctrina de la expiación universal porque dicen que es muy hermosa. Es una idea amorosa que Cristo haya muerto por todos los hombres. Según ellos, esta idea es muy loable para los instintos de la humanidad. Hay algo en ella lleno de gozo y belleza. Admito que sí, pero la belleza puede asociarse, a menudo, con la falsedad. Hay mucho que podría admirar en la teoría de la redención universal, pero sólo permítanme decirles lo que la suposición implica necesariamente. Si Cristo, en su cruz, tuvo la intención de salvar a todo hombre, entonces, Él tuvo la intención de salvar a aquellos que estaban condenados antes de que Él muriera porque, si la doctrina es verdadera —que Él murió por todos los hombres— ¡Él murió por algunos que estaban en el infierno antes de que Él viniera a este mundo! Sin duda, había allí, miríadas de aquellos que habían sido desechados. Una vez más, si la intención de Cristo era salvar a todos los hombres, ¡cuán deplorablemente ha sido frustrada! Porque tenemos su propia evidencia de que hay un lago que arde con fuego y azufre, y en ese pozo, deben ser arrojadas algunas de las mismas personas que, según esa teoría, fueron compradas con su sangre. Eso me parece mil veces más espantoso que cualquiera de esos horrores que se dice que están asociados con la… doctrina cristiana de la redención particular. Pensar que mi Salvador murió por hombres que están en el infierno, me parece una suposición demasiado horrible para imaginarla —que Él fuera el Sustituto de los hijos de los hombres y que Dios, habiendo castigado primero al Sustituto, castigara de nuevo a los hombres— me parece que entra en conflicto con cualquier idea de justicia. Que Cristo ofreciera una expiación y satisfacción por los pecados de los hombres, y que después, esos mismos hombres sean castigados por los pecados que Cristo ya había expiado, me parece la monstruosidad más asombrosa que jamás podría haber sido imputada a… los demonios paganos más diabólicos. Dios nos libre de pensar así de Jehová, el justo y sabio. Si Cristo ha sufrido en lugar del hombre, Dios “es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9).
Tomado de un sermón predicado en la mañana del Sabbat del 11 de julio de 1858, en el Music Hall, Royal Surrey Gardens, Londres.
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Predicador bautista inglés; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.