El concilio eterno de Dios
John Gill (1697-1771)
Consideraré [ahora], las operaciones y transacciones entre las tres Personas divinas cuando estaban solas antes del inicio del mundo o de que existiera cualquier criatura. [Estas] son, principalmente, el concilio1 y el pacto2 de Dios respecto a la salvación de los hombres. Estos son mezclados, generalmente, por los teólogos… Pero yo creo que deben distinguirse y que el [concilio] debe considerarse como previo, preparatorio e introductorio al [pacto], aunque ambos [son] de fecha eterna.
Comenzaré con el concilio de Dios, celebrado entre las tres Personas divinas —Padre, Hijo y Espíritu— sobre el asunto de la salvación del hombre antes de que el mundo existiera… Para dar alguna prueba de que hubo un concilio entre las Personas divinas sobre la salvación de los hombres, un argumento en favor de esto puede extraerse del propósito de Dios, cuyos propósitos son todos llamados sus consejos porque están fundados en la más alta sabiduría (Is. 25:1). Ahora, el propósito de Dios respecto a la salvación de los hombres es la base y el fundamento del concilio celebrado al respecto, en cuyo propósito, así como en el concilio, están implicadas las tres Personas. En efecto, el plan de la salvación, que es “la multiforme sabiduría de Dios”, es “conforme al propósito eterno que [Dios Padre] hizo en Cristo Jesús nuestro Señor” (Ef. 3:10-11).
No sólo el Hijo estuvo al tanto de3 este propósito o consejo y estuvo de acuerdo con él, sino también el Espíritu, Quien escudriña “aun lo profundo de Dios” (1 Co. 2:10) y lo aprueba, lo cual no son otros, sino los propósitos y consejos de su corazón.
Parece que se celebró una consulta sobre la salvación de los hombres a partir del Evangelio, el cual es una exposición y declaración del plan de salvación. [Éste] es llamado “el consejo de Dios” (Hch. 20:27) y “la sabiduría de Dios”, la sabiduría oculta predestinada antes de los siglos (1 Co. 2:6-7), pues no es otra cosa, en verdad, que una transcripción del concilio y pacto de la gracia. La suma y la sustancia de la palabra y el ministerio de la reconciliación es esa transacción eterna entre Dios y Cristo con respecto a ella… De que ha habido tal transacción entre el Padre y el Hijo, la cual puede llamarse el “consejo de paz” (Zac. 6:13) con bastante propiedad4, tenemos suficiente garantía en 2 Corintios 5:19: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados”. Por el “mundo” se entiende a los elegidos de Dios, [a quienes] Él amó tanto que envió a su Hijo para ser el Salvador de ellos y por cuya vida, Cristo dio su carne (Jn. 3:16; 6:51). Y acerca de la paz y la reconciliación de aquellos, o de qué manera hacer la paz y la expiación5 por ellos, Dios estaba en Cristo o con Cristo, consultando, ideando y planeando la estrategia de ello, la cual fue ésta: No imputarles sus pecados a ellos, sino a Cristo, ahora llamado a ser su Salvador. Esto contiene la suma de lo que entendemos por el concilio de paz.
Procedo… a observar que las tres Personas divinas —Padre, Hijo y Espíritu— y sólo ellas, estaban involucradas en este concilio:
Jehová, el Padre. La primera Persona en el orden de la naturaleza, aunque no del tiempo. Se puede suponer, razonablemente, que Él tomó la iniciativa en este asunto… Aquel que —con respecto a la creación del hombre, la propuso a las otras dos Personas— podría con gran propiedad, actuar para una consulta sobre su salvación. [Él] es el Anciano de días, en Quien está la sabiduría y Quien tiene consejo e inteligencia. Sí, [Él] es maravilloso en sus consejos, así como excelente en su obrar, e infinitamente apto para conducir un asunto de esta naturaleza (Job 12:12-13; Is. 28:29).
Jehová, el Hijo, tiene la misma sabiduría, consejo y entendimiento que su Padre porque todo lo que [el Padre] tiene es suyo, ni Cristo estima el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse (Fil. 2:6). Él es la sabiduría misma… Él posee la sabiduría consumada6. En Él, incluso como Mediador,7 están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento. Él mismo dice: “Conmigo está el consejo y el buen juicio” (Pr. 1:20; 8:14; Col. 2:3). Sí, se le llama “Admirable Consejero” (Is. 9:6), lo cual, no sólo se refiere a su capacidad y habilidad para dar el mejor consejo y asesoramiento a los hombres, como lo hace, sino para asistir en el concilio de Dios mismo… Cristo, el Hijo de Dios, fue como uno criado con su divino Padre y, reposando en su seno, estaba al tanto de sus designios y debía estar en su concilio. En todos los sentidos, [Cristo] era apto para ello.
El Espíritu Santo tenía que ver con este concilio y era digno de participar en él… Él, no sólo es el Espíritu de sabiduría para los hombres,… sino que es el Espíritu de sabiduría, de inteligencia, de consejo y de conocimiento para Cristo y que reposa sobre Él como Mediador (Is. 11:2). Por lo tanto, [Él] debe ser una Persona muy apropiada para participar con el Padre y el Hijo en este gran concilio. Porque nunca se celebró un concilio como éste, entre tales Personas, y en un momento y asunto tan interesante. El cual… será considerado a continuación, más particular y distintamente.
Ahora, el asunto consultado no era, meramente, la salvación de los hombres, ni quiénes debían ser las personas que debían ser salvas por ella… Sino [que se trataba] de quién debía ser el Salvador o el autor de esta salvación. Ni los hombres, ni los ángeles habrían podido nunca idear, descubrir y decidir quién sería la persona adecuada para esta obra: Éste fue el asunto de este gran concilio.
Por el decreto de la elección, los vasos de misericordia fueron preparados para la gloria o fueron ordenados para la vida eterna. Dios resolvió tener misericordia de ellos y salvarlos… El caso es el siguiente: Estaba en los pensamientos de Jehová, el Padre, salvar a los hombres por medio de su Hijo. Él, en su infinita sabiduría, vio [a su Hijo como] la persona más apta para esta obra y en su propia mente lo eligió para ello… Ahora, en el concilio eterno, se dirigió a su Hijo y se lo propuso como el paso más aconsejable que se podía dar para llevar a cabo la salvación designada. [Su Hijo] lo aceptó de buen grado y dijo: “He aquí, que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (He. 10:7) de Salmos 40:7-8. El Espíritu Santo expresó la aprobación8 de Él como la persona más idónea para ser el Salvador, uniéndose al Padre en su misión, como se ha observado antes, y formando su naturaleza humana en el tiempo, y llenándola con sus dones y gracias sin medida (Jn. 3:34). El placer y la satisfacción que las tres Personas divinas tuvieron en este asunto, así aconsejado, consultado y aprobado, se ve y observa con toda claridad, en el bautismo de nuestro Señor (Mt. 3:16-17).
Pero en este concilio, no sólo se consultó quién debía ser el Autor de la salvación, sino también de qué modo y manera debía efectuarse —tanto para la seguridad de los hombres como para el despliegue de la gloria de las perfecciones divinas—.
Ahora, debe observarse que los elegidos de Dios —las personas que habían de ser salvas— fueron considerados en esta transacción como criaturas caídas, lo que supone la salvación por Cristo; como pecadores en Adán, sobre los que recayó el juicio para condenación; y como detestables, según las maldiciones de la justa Ley y los reproches de la justicia divina. Por tanto, se debe hacer satisfacción a la Ley y la justicia de Dios: La Ley debe ser cumplida y la justicia satisfecha mediante una expiación.
Así se le hizo saber al Salvador encontrado, Quien lo aprobó como algo sumamente conveniente. Por lo tanto, Dios, en su gracia, dice: “Que hallo redención” (Job 33:24). Ésta fue hallada por la infinita sabiduría en este concilio y, mientras que este rescate9, satisfacción y expiación, debían hacerse obedeciendo los preceptos de la Ley y por el sufrimiento de la muerte, como la pena de ella, la Ley requería esto de quien la transgredía: “Ciertamente morirás” y lo mismo del Fiador. Por lo tanto, puesto que era necesario que el Capitán y Autor de la salvación fuera perfeccionado mediante sufrimientos al llevar a muchos hijos a la gloria, era apropiado que asumiera una naturaleza en la que fuera capaz de obedecer y sufrir —incluso una naturaleza del mismo tipo que la que pecó—. Esto fue notificado en el concilio al Hijo de Dios, y Él lo aprobó como correcto y adecuado, y dijo: “Me preparaste cuerpo” (He. 10:5) —una naturaleza humana completa, en propósito— y ahora, en el concilio, [Él] dio a entender que estaba listo para asumirla a su debido tiempo.
Además, se consideró apropiado y aconsejable que la naturaleza humana asumida fuera santa y pura de pecado para que pudiera ser ofrecida sin mancha a Dios y ser un sacrificio para quitar el pecado, lo cual no podría ser si fuera pecaminosa. Ahora, aquí surge una dificultad, cómo podría [tenerse] tal naturaleza, puesto que la naturaleza humana estaría contaminada por el pecado de Adán. “¿Quién hará limpio a lo inmundo?” (Job 14:4). La sabiduría infinita superó esta dificultad proponiendo que el Salvador naciera de una virgen; que esta naturaleza individual que iba a ser asumida, no descendiera de Adán por generación ordinaria, sino que fuera formada de manera extraordinaria por el poder del Espíritu Santo. Esto fue aprobado en el concilio, tanto por el Hijo como por el Espíritu, dado que el uno asumió, de buena gana, esta naturaleza de esta manera y el otro la formó.
Una vez más, pareció necesario que esta naturaleza fuera asumida en unión personal con el Hijo de Dios o que el Salvador fuera Dios y hombre en una sola persona; que fuera hombre para que pudiera tener algo que ofrecer y así, hacer la reconciliación por los pecados del pueblo; y que fuera Dios para dar virtud a sus obras y sufrimientos, para hacerlos eficaces a los propósitos de ellos y para que, diariamente, fuera un Mediador idóneo entre Dios y los hombres [para] cuidar de las cosas que pertenecen a ambos.
En resumen, el asunto… consultado entre las tres Personas divinas fue la paz y la reconciliación de los elegidos de Dios por Cristo, y el modo y manera de hacerlo. Por lo tanto, como se ha observado antes, esta transacción puede llamarse con gran propiedad, el concilio de paz.
Tomado de Un cuerpo completo de divinidad doctrinal deducido de las Escrituras (A Complete Body of Doctrinal Divinity Deduced from the Scriptures), Baptist Standard Bearer, www.standardbearer.org.
John Gill (1697-1771): Ministro bautista, teólogo y erudito bíblico. Nació en Kettering, Northamptonshire, Inglaterra.
Footnotes
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Concilio y consejo – El autor utiliza tanto concilio [council] como consejo [counsel], a lo largo de este artículo. Utiliza concilio para referirse a “una reunión para discutir y decidir algo”, y consejo para referirse a “lo que se debe hacer como resultado de la discusión”. ↩
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Existen diferentes puntos de vista entre aquellos que creen en el propósito eterno de Dios de la salvación, a través de la Persona y la obra de Jesucristo. Algunos creen que el propósito eterno de Dios es expresado en dos pactos: (1) Un Pacto de Redención, que se hace en la eternidad entre los miembros de la Divinidad, el cual es el fundamento para (2) un Pacto de Gracia, que se hace en la historia entre Dios y sus elegidos (estos son: John Owen, Thomas Goodwin, Charles Hodge, R. L. Dabney, etc.). De aquellos que creen en el Pacto de Redención, algunos creen que es entre el Padre y el Hijo, mientras que otros incluyen a todos los miembros de la Trinidad. Sin embargo, algunos creen que el propósito eterno de Dios es expresado en un solo Pacto de Gracia, el cual tiene un aspecto eterno entre los miembros de la Trinidad y un aspecto histórico entre Dios y sus elegidos (estos son: Edmund Calamy, Thomas Boston, John Brown de Haddington, John Gill, Hugh Martin, Benjamin Keach, etc.). Para discusiones útiles sobre este tema, consulta Joel Beeke y Mark Jones, Una teología puritana (A Puritan Theology), Reformation Heritage Books, 237-278; Greg Nichols, Teología del pacto: Una perspectiva reformada y bautista sobre los pactos de Dios (Covenant Theology: A Reformed and Baptistic Perspective on God’s Covenants), Solid Ground Christian Books; David Gibson y Jonathan Gibson, Desde el cielo vino y la buscó (From Heaven He Came and Sought Her), Crossway Books, 201-223. El artículo de Gill no fue escogido porque Chapel Library apoye su punto de vista de un solo pacto, sino porque cubre de manera concisa, temas importantes sobre los que hay acuerdo general en cuanto al propósito eterno de Dios. ↩
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Al tanto de – Compartiendo el conocimiento de. ↩
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Propiedad – Idoneidad; aptitud física. ↩
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Expiación – Durante la última parte del siglo XIX, la palabra expiación llegó a ser comúnmente empleada para expresar lo que Cristo obró para la salvación de su pueblo. Pero antes de eso, el término utilizado desde los días de Anselmo (1274) y habitualmente empleado por todos los reformadores, era satisfacción. Es preferible el término más antiguo, primero, porque la palabra expiación es ambigua [abierta a más de una interpretación]. En el Antiguo Testamento, es usada para una palabra hebrea que significa “cubrir haciendo expiación [remover la culpa del pecado]”. En el Nuevo Testamento aparece sólo una vez (Ro. 5:11) y allí, se da como traducción de una palabra griega que significa “reconciliación”. Pero la reconciliación es el efecto de la obra expiatoria del pecado y propiciatoria a Dios de Cristo. Por otra parte, la palabra satisfacción no es ambigua. Siempre significa esa obra completa que Cristo hizo para asegurar la salvación de su pueblo, puesto que esa obra está relacionada con la voluntad y la naturaleza de Dios (A. W. Pink, La satisfacción de Cristo: Estudios sobre la expiación [The Satisfaction of Christ: Studies in the Atonement], 18). ↩
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Consumada – Perfecta. ↩
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Mediador – Un intermediario. “Agradó a Dios, en su propósito eterno, escoger y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, conforme al pacto hecho entre ambos, para que fuera el Mediador entre Dios y el hombre; Profeta, Sacerdote y Rey; Cabeza y Salvador de la Iglesia, el heredero de todas las cosas y Juez del mundo; a quien dio, desde toda la eternidad, un pueblo para que fuera su simiente y para que a su tiempo, lo redimiera, llamara, justificara, santificara y glorificara” (Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689. 8.1). Ver también, Portavoz de la Gracia N° 23: Cristo el Mediador. Ambos disponibles en CHAPEL LIBRARY. ↩
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Aprobación – Confirmación oficial. ↩
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Rescate – Liberación mediante el pago de un precio. ↩