El acontecimiento más notable
Arthur W. Pink (1886-1952)
La muerte de Cristo, el Hijo de Dios encarnado, es el acontecimiento más notable de toda la historia. Su singularidad fue demostrada de varias maneras. Siglos antes de que ocurriera, fue predicha con una asombrosa plenitud de detalles por aquellos hombres que Dios levantó en medio de Israel para dirigir sus pensamientos y expectativas hacia una revelación más plena y gloriosa de Sí mismo. Los profetas de Jehová describieron al Mesías prometido, no sólo como una persona de alta dignidad que realizaría maravillosos y benditos milagros, sino también como alguien que sería “despreciado y rechazado entre los hombres” (Is. 53:3), y cuyas obras y aflicciones terminarían con una muerte de vergüenza y violencia. Además, afirmaron que moriría, no sólo bajo la sentencia humana de ejecución, sino que “Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento” (Is. 53:10), sí, que Jehová clamaría: “Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío, dice Jehová de los ejércitos. Hiere al pastor…” (Zac. 13:7).
Los fenómenos sobrenaturales que acompañaron la muerte de Cristo, la distinguen, claramente, de todas las demás muertes. El oscurecimiento del sol al mediodía sin ninguna causa natural, el terremoto que partió las rocas en pedazos y abrió las tumbas, y el rasgado del velo del templo de arriba hacia abajo, proclamaron que Aquel que estaba colgado en la cruz, no era una víctima cualquiera.
Así también, lo que siguió a la muerte de Cristo es, igualmente, digno de mención. Al tercer día de que su cuerpo había sido colocado en la tumba de José y el sepulcro fuera sellado con seguridad, Él, por su propio poder (Jn. 2:19; 10:18), rompió en pedazos los lazos de la muerte y se levantó triunfante de la tumba. Ahora, [Él] está vivo para siempre y tiene en sus manos las llaves de la muerte y del Hades (Ap. 1:18). Cuarenta días después, tras haberse aparecido una y otra vez en forma tangible1 ante sus amigos, Él ascendió al cielo de en medio de sus discípulos. Diez días después, derramó el Espíritu Santo, por Quien fueron capacitados para publicar a los hombres de todas las naciones, en sus respectivas lenguas, las maravillas de su muerte y resurrección.
Como alguien ha dicho: “El efecto no fue menos sorprendente que los medios empleados para lograrlo. La atención de judíos y gentiles fue despertada; multitudes fueron ganadas para que lo reconocieran como el Hijo de Dios y el Mesías; y una Iglesia fue formada, la cual, a pesar de la poderosa oposición y la cruel persecución, subsiste2 hasta este momento presente. La muerte de Cristo fue el gran tema sobre el cual se ordenó a los apóstoles que predicaran, aunque se sabía de antemano que sería ofensivo para toda clase de hombres y, de hecho, hicieron de esto, el tema elegido de sus discursos. “Me propuse”, dijo Pablo, “no saber entre vosotros, cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Co. 2:2)… En el Nuevo Testamento, su muerte es representada como un acontecimiento de la mayor importancia, como un hecho sobre el cual descansa el cristianismo, como el único motivo de esperanza para los culpables, como la única fuente de paz y consuelo, como el más poderoso de todos los motivos para estimularnos a mortificar3 el pecado y dedicarnos al servicio de Dios”4.
La muerte y la resurrección de Cristo, no sólo fueron el tema central de la predicación apostólica y el tema principal de sus escritos, sino que son recordadas y celebradas en el cielo. El tema de los cánticos de los redimidos en gloria es la Persona5 y la sangre del Salvador: “Que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” (Ap. 5:12). “La expiación hecha por el Hijo de Dios es el principio de la esperanza del pecador rescatado y será el tema de su exultación6 cuando arroje su corona ante el trono, entonando el cántico de Moisés y del Cordero”7.
Ahora, es evidente de todos estos hechos que hay algo peculiar en la muerte de Cristo, algo que la separa, inequívocamente, de todas las demás muertes y, por lo tanto, la hace digna de nuestra más diligente y reverente atención y estudio, en oración. Nos concierne8, por todo lo que es serio, solemne y saludable, tener conceptos justos y correctos de ella, con lo cual se quiere decir, no sólo que debemos saber cuándo ocurrió y en qué circunstancias se produjo, sino que debemos esforzarnos muy seriamente por [encontrar] cuál fue el designio del Salvador al someterse a morir en la cruz, por qué fue que Jehová lo hirió y, exactamente, lo que se logró con ello.
Pero al tratar de abordar un tema tan importante, tan maravilloso y, sin embargo, tan indescriptiblemente solemne, recordemos que esto exige un corazón lleno de asombro, así como un sentido de nuestra total indignidad. Tocar el borde mismo de las cosas santas de Dios, debería inspirar temor reverencial. Pero abordar los secretos más íntimos de su Pacto, contemplar los consejos eternos de la santísima Trinidad, esforzarse por comprender el significado de esa transacción única en el Calvario, la cual estuvo velada con oscuridad, exige un grado especial de gracia, temor y humildad, de enseñanza celestial y de humilde denuedo de fe… Cuando recordamos que la expiación es el tema más importante que puede ocupar la mente de hombres o ángeles; que no sólo asegura la felicidad eterna de todos los elegidos de Dios, sino que también da al universo la visión más completa de las perfecciones del Creador; que en ella “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3), mientras que por ella se revelan las inescrutables riquezas de Cristo; que por medio de la misma Iglesia que ha sido comprada por ella, ahora es dada a conocer la multiforme sabiduría de Dios, a los principados y potestades en los lugares celestiales (Ef. 3:10) —entonces, ¡comprenderlo, correctamente, debe ser un momento supremo!—. Pero ¿cómo puede el hombre caído comprender estas verdades a las que su corazón depravado se opone tanto? Toda la fuerza del intelecto es menos que nada cuando intenta, en su propia fuerza, comprender las cosas profundas de Dios. Puesto que “no puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo” (Jn. 3:27), es mucho más necesaria una iluminación especial del Espíritu Santo para que pueda penetrar en este altísimo misterio.
“Grande es el misterio de la piedad” (1 Ti. 3:16). ¡Aquella transacción que fue consumada en el Gólgota es asombrosa, más allá de toda concepción finita! Allí contemplamos al Príncipe de la Vida, muriendo. Allí contemplamos al Señor de la gloria, convertido en espectáculo de indescriptible vergüenza. Allí vemos al Santo de Dios, hecho pecado por su pueblo. Allí presenciamos al Autor de toda bendición, hecho maldición por los gusanos de la tierra. Es el misterio de misterios que Aquel que no es otro que Emanuel, se rebajara tanto como para unir la infinita majestad de la Deidad con el grado más bajo de humillación al que era posible descender. No podría haber descendido más bajo, siendo Dios. Bien dijo el puritano Sibbes: “Dios, para mostrarnos su amor, se mostró Dios en esto: Que podía ser Dios y descender tan bajo como para morir”9.
Entonces, ¿a qué fuente podemos apelar en busca de luz, de comprensión, de una explicación e interpretación de la cruz? El razonamiento humano es fútil10, la especulación es profana, las opiniones de los hombres carecen de valor. Por lo tanto, estamos absolutamente limitados a lo que Dios se ha complacido en darnos a conocer en su Palabra…
El plan de redención, el oficio de nuestro Fiador11 y la satisfacción que dio a las demandas de justicia contra nosotros, no tienen paralelo en las relaciones de los hombres entre sí. Somos llevados por encima de la esfera de las relaciones más elevadas de los seres creados a los [majestuosos] consejos del Dios eterno e independiente. ¿Traeremos nuestra propia medida para medirlos? Estamos en presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —uno en perfección, voluntad y propósito—. Si la justicia del Padre exige un sacrificio, el amor del Padre lo proporciona. Pero el amor del Hijo corre paralelo con el del Padre y, no sólo en el plan general, sino también en cada acto de éste, vemos el pleno y libre consentimiento del Hijo. En toda la obra, vemos el amor del Padre tan claramente manifestado como el amor del Hijo. Y de nuevo, vemos el amor del Hijo por la justicia y su odio por la iniquidad, tan claramente manifestados como los del Padre, en esa obra en la cual sería imposible decir si es más asombrosa la manifestación del amor o de la justicia. Al emprender el plan, oímos al Hijo decir con amoroso deleite: “He aquí, que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (He. 10:7, 9). Mientras contempla su conclusión, le oímos decir: “Por eso me ama mi Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar” (Jn. 10:17). Son uno en la gloriosa manifestación de las perfecciones comunes y en el gozo de todos los benditos resultados. El Hijo es glorificado por todo lo que es para gloria del Padre. Y mientras, en la consumación de este plan, la sabiduría de Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— será manifestada, como no podría haberlo sido de otra manera, a los principados y potestades en los lugares celestiales. El hombre en ruinas será exaltado en Cristo a alturas de gloria y bienaventuranza que, de otro modo, serían inalcanzables.
Tomado de Estudios en las Escrituras, disponible en Chapel Library.
A.W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro bíblico itinerante y autor. Nació en Nottingham, Inglaterra.
Footnotes
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Tangible – Que tiene la capacidad de ser tocado o percibido a través del sentido del tacto. ↩
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Subsiste – Continua existiendo. ↩
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Mortificación – Llevar a la muerte. Ver Portavoz de la Gracia N° 29: Mortificación. Disponible en Chapel Library. ↩
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John Dick, Lecciones sobre teología (Lectures on Theology). Vol. 3 (Stoke-on-Trent: Tentmaker Publications, 2004), 95. ↩
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Ver Portavoz de la Gracia N° 14: La persona de Cristo. Disponible en Chapel Library. ↩
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Exultación – Júbilo, alborozo, regocijo. ↩
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James A. Haldane, La doctrina de la expiación (The Doctrine of the Atonement), (William Whyte & Co., 1845). ↩
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Concierne – Es apropiado para. ↩
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Richard Sibbes (1577-1635), Las obras completas de Richard Sibbes (The Complete Works of Richard Sibbes). Vol. 5, 327. ↩
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Fútil – Inútil, vano, infructuoso. ↩
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Fiador – Aquel que asume las responsabilidades o deudas de otro. Como nuestro Fiador, Cristo garantizó una plena satisfacción legal por nuestro pecado y nuestra liberación, al pagar nuestra deuda en la cruz del Calvario. ↩