La gracia y la verdad encarnadas

Charles H. Spurgeon (1834-1892)

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

Vemos en Jesucristo todos los atributos de Dios ―velados, pero indudablemente están allí―. Basta con leer los Evangelios y mirar con ojos receptivos para contemplar en Cristo todo lo que es posible ver en Dios. Está velado para la carne humana, como tiene que estarlo, porque no nos es dado ver la gloria de Dios en su totalidad. Lo que podemos ver, ha sido atenuado de acuerdo con lo que estos débiles ojos pueden captar; pero la Deidad está allí, la perfecta Deidad está unida con la humanidad perfecta de Cristo Jesús nuestro Señor “al cual sea la gloria por los siglos de los siglos” (He. 13:21)…

Quisiera ser capaz de comunicar mis pensamientos, tal como los tuve esta mañana cuando meditaba en este pasaje, pero éste casi no necesita explicación. El Señor Jesucristo estaba lleno de gracia, pero no por eso descuidó la otra cualidad que es más rigurosa: La verdad. He conocido a muchas personas cariñosas y afectuosas en este mundo, pero no eran fieles. Por otro lado, he conocido hombres que son estrictamente honestos y veraces, pero que no eran gentiles ni amables. Pero al Señor Jesucristo, no le faltaba ninguno de estos atributos. Lleno de gracia, invita a que acudan a Él publicanos y pecadores; pero porque es la verdad, rechaza al hipócrita y al fariseo. No se abstiene de decir la verdad por terrible que esta pueda ser, sino que declara claramente la ira de Dios contra toda injusticia. Aun así, cuando declara alguna terrible verdad, lo hace de una manera amable y tierna, derramando muchas lágrimas de compasión por el ignorante y el que anda por fuera del camino, atrae con su gracia en proporción directa como convence con su verdad. El ministerio de nuestro Señor no es sólo la verdad ni solo la gracia, sino que es un sistema de gracia y verdad equilibrado y bien ordenado. El carácter del propio Señor es “justo y salvador” (Zac. 9:9). Es tanto Rey de justicia como de paz. No salva injustamente, ni proclama la verdad sin amor. La gracia y la verdad son en Él, igualmente conspicuas1… Ahora, consideremos breve y separadamente a cada una.

La gracia es puesta en primer lugar. “(Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia”. Jesucristo es el Hijo de Dios; es el Hijo unigénito de Dios. Otros son engendrados por Dios, pero nadie más fue engendrado por Dios en la manera que lo fue Cristo; en consecuencia, cuando Él vino a este mundo, la gloria que lo rodeaba era la “gloria del unigénito”. La de Cristo es una gloria muy singular, muy especial e imposible de describir. Parte de ella era la gloria de su gracia… “La gloria… del unigénito del Padre” debe basarse en las mismas cosas que las del Padre, a saber, en longanimidad, bondad y verdad. Hay en Cristo una maravillosa manifestación de la gentileza, paciencia, compasión, misericordia y el amor de Dios. Él no sólo enseña la gracia de Dios y nos invita a participar de ella, sino que mostró en Él mismo, la gracia de Dios.

Vemos esto, primero en su encarnación. El hecho de que el Verbo se hiciera carne y habitara entre nosotros, además de revelarnos su gloria, es un ejemplo maravilloso de la gracia divina. Aparte de cualquier cosa que se deriva de la encarnación de Cristo, la encarnación misma es un maravilloso acto de gracia. Debe haber esperanza para los hombres ahora que el hombre está cercano a Dios por medio de Cristo Jesús. No se equivocaron los ángeles cuando no sólo cantaron: “Gloria a Dios en las alturas”, sino también, “en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lc. 2:14) porque en Belén nació de una virgen el Hijo de Dios en nuestra naturaleza, debe significar que los pensamientos de Dios acerca de nosotros son de paz. Si el Señor hubiera tenido la intención de destruir la raza humana, nunca la hubiera abrazado ni establecido en una unión con Él mismo. Hay plenitud de gracia en que el Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros.

Además, vemos plenitud de gracia en la vida de Cristo cuando consideramos que vivió aquí, a fin de perfeccionarse como nuestro Sumo Sacerdote. ¿Acaso no se perfeccionó a través de sus sufrimientos para poder identificarse con todas nuestras aflicciones? Estaba rodeado de debilidades, cargó con nuestros sufrimientos y soportó las cruces de la vida humana que pesan tanto sobre nuestros hombros; y todo esto para ser capaz de dispensar su gracia con nosotros, tierna y fraternalmente. Aparte de lo que surge de esta maravillosa hermandad, está la profundidad sin límites de gracia en la fraternidad misma. El Señor Jesús no puede maldecirme porque cargó con la maldición que me correspondía. No puede ser cruel conmigo porque compartió mis sufrimientos. Si cada angustia que desgarra mi corazón, desgarró el de Él, y si ha descendido en mis aflicciones más profundamente que yo, debe significar que me ama ―no puede ser de ninguna otra manera―. Y debe significar la verdad porque Jesús no jugaba a ser hermano. Sus sufrimientos fueron reales. Afirmo, pues, que esta manifestación de Dios en la persona de Cristo Jesús se hace evidente en su vida de sufrimientos para ser lleno de gracia y verdad.

Pensemos un minuto en lo que hizo. Estaba tan lleno de gracia que cuando hablaba, sus palabras emitían gracia en abundancia, el rocío de su propio amor cubría todos sus discursos. Cuando andaba y tocaba a la gente aquí y allá, emanaba de Él virtud porque estaba tan lleno de ella. Cierta vez habló y perdonó a un pecador, diciendo: “Tus pecados te son perdonados” (Mt. 9:2). En otra ocasión, batalló con las consecuencias del pecado al sanar a los enfermos y levantar a los muertos. También luchó contra el príncipe de las tinieblas mismo y lo expulsaba de los que eran atormentados por él. El derramamiento de su gracia era como una nube llena de lluvia que riega con abundancia los lugares desiertos. Su vida fue de compasión sin límite… Dondequiera que iba, extendía la gracia entre los hijos de los hombres y sucede lo mismo ahora porque sigue morando en Él, la plenitud de la gracia.

Cuando llegó el momento de su muerte, que fue el derramamiento de su alma, se vio la plenitud de su gracia. Se llenaba de gracia en la medida en que se despojaba de sí mismo para salvar a los hombres. Él no fue sólo el Salvador del hombre, sino su salvación. Él se dio a sí mismo por nosotros. Estaba lleno de gracia cuando “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24). Era amor personificado, dado que murió en la cruz “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18).

Cuando pronunciamos la palabra sustitución2, no podemos menos que sentir que el Sustituto por el hombre culpable estaba lleno de gracia. O al usar la palabra representante recordamos que sea lo que Jesús hizo, lo hizo como Cabeza del pacto de su pueblo. Si Él murió, murieron en Él. Si resucitaron, resucitaron en Él. Si ascendió a los cielos, ascendieron en Él. Si está sentado a la diestra de Dios, con Él se sentarán en los lugares celestiales. Su Segunda Venida será para reclamar su Reino, tanto para sus escogidos como para sí mismo; y toda la gloria de las edades futuras es para ellos, no sólo para Él. Él dijo: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Jn. 14:19).

¡Oh, la riqueza de la gracia y la verdad que moran en nuestro Señor como el representante de su pueblo! De nada disfrutará, a menos que su pueblo disfrute con Él. “Donde yo estuviere, allí también estará mi servidor” (Jn. 12:26). “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Ap. 3:21).

Hay una palabra aún más trascendental que sustitución y más trascendental que representación, y ésta es unión. Somos uno con Cristo, unidos a Él con una unión que nunca puede ser quebrantada. No sólo hace lo que hace representándonos, sino que también estamos unidos a Él en un solo espíritu; miembros de su cuerpo y partícipes de su gloria. ¿No es esto gracia, gracia indescriptible? ¿No es un milagro de amor el que gusanos de la tierra fueran alguna vez uno con la deidad encarnada, y tanto que nunca pueden ser separados a través de las edades?…

Pero luego dice la Palabra que en Él hay también plenitud de verdad. [Por esto], entiendo que hay plenitud de verdad en Cristo mismo, no sólo en lo que dijo, hizo y prometió. Y esto es cierto, primero, en el hecho de que Él es el cumplimiento de todas las promesas hechas acerca de Él en el pasado. Dios, por medio de sus profetas, había prometido grandes cosas relacionadas con el Mesías venidero; cuando vino, todas esas predicciones pasaron a ser hechos concretos en la persona del Bien Amado. “Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén,…” (2 Co. 1:20). Ciertamente, ha herido la cabeza de la serpiente (Gn. 3:15). Ciertamente, “llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Is. 53:4). Ciertamente, ha proclamado “libertad a los cautivos” (Is. 61:1). Ciertamente, ha probado ser un profeta como anunció Moisés (Dt. 34:10; Hch. 3:22).

Por mi segundo texto, (Jn. 1:17), entiendo que nuestro Señor Jesús es “la verdad”, en el sentido de ser la sustancia de todos los tipos a los que alude la Biblia acerca de Él. La Ley dada por medio de Moisés era sólo simbólica y emblemática; en cambio, Jesús es la Verdad. Es, realmente, esa “sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (He. 12:24); Él es, en verdad, el Cordero Pascual3 de la Pascua de Dios. Es el holocausto, la expiación4 por el pecado y la ofrenda de paz, ―¡todo en uno! ―. Es el verdadero chivo expiatorio, el verdadero cordero de la mañana y de la noche; de hecho, es en verdad, lo que todos los tipos y figuras anunciaban. Bendito sea Dios, hermanos, toda vez que vean grandes cosas en los tipos[^50] del Antiguo Testamento, la verdadera verdad de esas cosas en la persona de nuestro Señor Jesucristo. El judío no tenía nada que no tengamos nosotros. No tenía nada, ni siquiera un bosquejo o sombra, que nosotros no hayamos obtenido en sustancia. El pacto en su plenitud está en Cristo: La profecía está en Moisés, el cumplimiento está en Jesús; la predicción está en la Ley, la verdad está en el Verbo hecho carne.

Más que eso, dice la Palabra que el Señor Jesucristo es gracia y verdad en el sentido de que trata con verdad los hechos relacionados con nuestra salvación. Sé que la idea del mundo es que la salvación de Cristo es un lindo sueño, una hermosa pieza de sentimiento. Pero de sueño no tiene nada ―Esto no es ficción; es realidad tras realidad―. El Señor Jesucristo no pasa por alto ni esconde la condición del hombre en la salvación que Él ofrece. Él encuentra al hombre condenado y lo toma como condenado en el peor sentido ―condenado por una ofensa capital―. Y como el sustituto del hombre, sufre la pena capital y muere en lugar del pecador. El Señor Jesús ve al pecador como un depravado, sí, como muerto en sus delitos y pecados, y lo levanta por su resurrección a vida. No minimiza el resultado de la caída ni del pecado verdadero, sino que se acerca al pecador muerto y le da vida. Se acerca al corazón enfermo y lo sana. Para mí, el evangelio es una maravillosa personificación de la omnipotente sabiduría y de la verdad. Si el evangelio le hubiera dicho a los hombres: “La Ley de Dios es ciertamente justa, pero es demasiado rigurosa, demasiado exigente y por eso Dios pasará por alto muchos pecados y adoptará medidas para dar salvación dejando sin castigo a gran parte de la culpa humana”, hermanos míos, habríamos estado siempre en peligro. Si Dios pudiera ser injusto para salvarnos, también podría variar y desecharnos. Si hubiera algo corrupto en el estado de nuestra salvación, temeríamos que, al final, nos fallara. Pero nuestro fundamento es seguro porque el Señor ha excavado hasta la roca; ha quitado todo sentimentalismo y engaño, y su salvación es real de principio a fin. Es una salvación gloriosa de gracia y verdad en la que Dios toma al pecador tal como es y trata con él tal como es Dios, basado en principios de verdadera justicia: No obstante, lo salva.

Pero significa más que eso. El Señor trata con nosotros con su gracia y, esa gracia, genera muchas esperanzas; esperanzas que se cumplen en su totalidad porque Él trata con nosotros con la verdad. Nuestras necesidades demandan grandes cosas y la gracia las satisface. La antigua Ley incluía presentar “ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia” (He. 9:9), en cambio, la gracia hace perfectos a los creyentes en lo que se refiere a la conciencia. Si me sentara y tratara de pensar en un defecto en el fundamento de mi salvación en Cristo, no lo encontraría. Creer en Él como creo que “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24), yo [pienso] que su expiación no puede fallarme. No tengo tanta imaginación como para encontrar una razón para desconfiar; no veo ningún hoyo ni rincón desde el que pudiera acechar al hombre que cree en Jesucristo. Mi conciencia está satisfecha y más que satisfecha. A veces hasta me parece que es imposible que mis pecados merecieran que el Hijo de Dios muriera en mi lugar. La expiación es mayor que el pecado. ¡Ni hablemos de la vindicación de la Ley! ¿No es la vindicación aún mayor que la deshonra? ¿Acaso no brilla la Ley de Dios con más fulgor en su indescriptible gloria a través del sacrificio de Cristo como la pena por el pecado, que si nunca hubiera sido quebrantada o si la raza de transgresores de la Ley hubiera sido arrasada en una destrucción sin fin? ¡Oh hermanos, hay en la salvación de Jesús una verdad y gracia sin paralelos! Hay una veracidad profunda, una sustancialidad, una satisfacción interior del alma en el sacrificio de Cristo que nos hace sentir que existe una expiación total, ―una fuente de “gracia y verdad”―.

Aunque siento que he tenido éxito en lo dicho hasta ahora, no he sacado a relucir todo el significado. Cristo nos trajo “gracia y verdad”, es decir, obra en los creyentes con gracia y verdad. [Nos falta] gracia que nos rescate del pecado. Él la trajo. Necesitamos la verdad en nuestro interior. Él la dio. El sistema de salvación por expiación tiene el propósito de producir hombres veraces. La costumbre de buscar salvación por medio del gran sacrificio fomenta el espíritu de justicia, crea en nosotros un aborrecimiento profundo del mal y un amor por lo que es bueno y es verdad. Por naturaleza, somos todos mentirosos y amamos o mentimos indistintamente. Por esto, nos contentamos con refugiarnos en las mentiras y nos rodeamos de engaño. En nuestro estado carnal, estamos tan llenos de engaño como un huevo está lleno de carne. Pero cuando el Señor viene a nosotros en Cristo, ya no nos imputa nuestras transgresiones, sino que nos quita del corazón ese engaño y maldad desesperante que había quedado allí. Afirmo y me atrevo a probar que, por el hecho de que Dios mora en Cristo y por la expiación por Él ofrecida a los hombres, el sistema de salvación tiende a infundir gracia en el alma y producir la verdad en la vida. El Espíritu Santo lo usa para ese fin. Ruego que ustedes y yo podamos demostrar con hechos, la gracia que causa que amemos a Dios y al hombre, y la veracidad con la cual encaramos los asuntos de la vida.

Así es como nuestro Señor demostró la gloria de Dios en la gracia y verdad con las que está lleno. Lamento haber hablado tan pobremente sobre un tema tan grandioso. ¡Quiera el Espíritu bendecirles, incluso, a través de las debilidades de mis palabras!

Tomado de un sermón predicado la mañana del Día del Señor, 27 de septiembre de 1885, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra, Reino Unido.

Footnotes

  1. Conspicua – Que goza de gran prestigio.

  2. Sustitución – Ver Portavoz de la Gracia N° 9: Sustitución. Disponible en Chapel Library.

  3. Cordero Pascual – Cordero sacrificado en la celebración de la Pascua judía. Aquí es una referencia a Cristo.

  4. Expiación – Ofrenda por el pecado. Eliminación temporal de la culpa o pecado a través de un tercero con una ofrenda animal (chivo expiatorio) o de Cristo de manera definitiva.