El nacimiento de Cristo

Thomas Boston (1676-1732)

“Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35).

Jesucristo, el Hijo de Dios, se hizo hombre en un cuerpo verdadero y un alma racional. Fue concebido por el poder del Espíritu Santo en el vientre de la virgen María y nacido de ella, pero sin pecado… Vengo ahora para mostrar lo que hemos de entender cuando decimos que Cristo fue concebido por el poder del Espíritu Santo en el vientre de la virgen María. Es éste un gran misterio fuera del alcance y la comprensión de una mente finita. La concepción de nuestro bendito Salvador fue milagrosa y sobrenatural, muy por encima de los métodos de la naturaleza…

Primero, consideremos la configuración de la naturaleza humana de Cristo en el vientre de la virgen María. En el texto, el acto es expresado como efecto del poder infinito de Dios. Presenta el modo sobrenatural de formar la humanidad de nuestro bendito Salvador –“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc. 1:35)– y, por un acto del poder creativo, configura la humanidad de Cristo y la une con la divinidad. En la configuración de la humanidad de Cristo, hemos de considerar la materia y la manera de hacerlo.

La materia de su cuerpo era la propia carne y sangre de la Virgen, de otra manera no hubiera sido el Hijo de David, de Abraham y de Adán, según la carne. De hecho, Dios pudo haber creado su cuerpo de la nada o del polvo de la tierra, como formó el cuerpo de Adán, nuestro progenitor1 original. Pero si hubiera sido formado de manera tan extraordinaria, no hubiera [descendido] de Adán; aunque hubiera sido hombre como uno de nosotros, no hubiera sido nuestro consanguíneo porque no hubiera tenido una naturaleza derivada de Adán, el padre que todos tenemos en común. Se requería entonces, que para ser semejante a nosotros, no sólo que tuviera nuestra misma naturaleza humana, sino que descendiera del mismo origen y que éste le fuera trasmitido a Él. Es así que es de la misma naturaleza que pecó, [de manera que] lo que hizo y sufrió nos fuera imputado a nosotros. En cambio, si hubiera sido creado como Adán, no hubiera podido ser demandado de una forma legal y judicial. El Espíritu Santo preparó la materia del cuerpo de Cristo de la sustancia de la Virgen. Y lo formó de la materia que preparó. Por eso, Cristo dice: “Me preparaste cuerpo” (He. 10:5). Y dice el Apóstol: “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Gá. 4:4). El Espíritu Santo santificó esa parte de la sustancia de la Virgen de la cual formó el cuerpo de Cristo, limpiándolo de todo pecado y mancha de impureza porque, aunque el hombre no puede, Dios sí puede producir algo limpio de algo inmundo (Job 14:4) y darle la capacidad de generar un cuerpo humano que, de otra manera, no tendría.

Aunque Cristo fue concebido por el poder del Espíritu Santo en el vientre de la Virgen, no debemos pensar que fue hecho de la sustancia del Espíritu Santo, cuya esencia no puede ser hecha en absoluto. El Espíritu Santo no lo engendró por alguna comunicación de su esencia y, por consiguiente, no es el Padre de Cristo, aunque fue concebido por su poder. El Espíritu Santo no aportó materia alguna a Cristo de su propia sustancia… Y en cuanto a su alma, ésta no fue derivada del alma de la Virgen como parte de ella porque las sustancias espirituales son indivisibles e inseparables; −nada de ellas se puede fraccionar−. Pero fue creada y hecha de la nada por el poder divino, tal como lo son el resto de las almas. Por eso, Dios es llamado “el Padre de los espíritus” (He. 12:9) y “forma el espíritu del hombre dentro de él” (Zac. 12:1)…

Segundo, consideremos la santificación de la naturaleza humana de Cristo. Ya hemos dicho que [la] parte de la carne de la Virgen, de la cual fue hecha la naturaleza humana de Cristo, fue purificada y refinada de toda corrupción por la sombra del Espíritu Santo, tal como un artesano habilidoso separa la escoria del oro. Por ello, nuestro Salvador es llamado “el Santo Ser” (Lc. 1:35). Esta santificación de la naturaleza humana de Cristo era necesaria: (1) A fin de adecuarla para la unión personal con el Verbo quien, por su amor infinito, se humilló a sí mismo haciéndose carne y, a la vez, por su pureza infinita, no podía contaminarse así mismo llegando a ser carne de pecado. (2) Con respecto a la [meta] de su encarnación –la redención y salvación de pecadores perdidos– así como el primer Adán fue la fuente de nuestra impureza, el segundo Adán fue la fuente pura de nuestra justicia. “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Ro. 8:3), lo cual no hubiera podido condenar si hubiera sido enviado en carne de pecado. El Padre, “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21), lo cual nunca nos hubiera podido hacer si Él hubiera estado manchado por algún pecado. Si Él mismo necesitara redención, nunca la hubiera podido comprar para nosotros.

Tercero, consideremos la unión personal de la humanidad con la Deidad. Para aclarar un poco este punto, deberías saber… [que este tomar la naturaleza humana] a la cual me refiero, es cómo la Segunda Persona de la gloriosa Deidad tomó la naturaleza humana en una unión personal consigo mismo, en virtud de que lo humano subsiste en la Segunda Persona, pero sin confundirse… ambos conformando una sola persona: “Emanuel… Dios con nosotros” (Mt. 1:23). Aunque hay una naturaleza doble en Cristo, no [hay] una persona doble porque la naturaleza humana de Cristo nunca subsistió separada y distintamente por alguna subsistencia personal propia, como sucede con todos los demás hombres, sino que, desde el primer momento de la concepción, subsistió unido con la Segunda Persona de la adorable Trinidad en una forma milagrosa y extraordinaria, habiendo sido configurado de forma sobrenatural en el vientre de la Virgen por la sombra del Espíritu Santo… Cristo tomó un alma completa y perfecta, y un cuerpo con todas y cada una de las facultades y los miembros correspondientes. Y esto era necesario para poder sanar toda la enfermedad y lepra del pecado que se había apoderado e infectado cada uno de los miembros y facultades del hombre. Cristo asumió todo para santificar todo. Diseñó una cura perfecta por medio de santificarnos totalmente en alma, cuerpo y espíritu; todo lo hizo con ese fin…

La naturaleza humana está tan unida a la divina, que cada una sigue manteniendo distintamente sus propiedades esenciales. Y esta distinción no se pierde, ni puede perderse por esa unión. De hecho, la humanidad cambió por una comunicación de dones excelentes de la naturaleza divina, pero no por eso asume una igualdad con ella, porque es imposible que una criatura pase a ser igual al Creador. Él tomó la forma de un siervo, pero no perdió la forma de Dios. Se [despojó] a sí mismo de las perfecciones de la deidad cuando se hizo humano. La gloria de su divinidad no se extinguió ni disminuyó, aunque se eclipsó y oscureció bajo el velo de nuestra humanidad; pero no cambió por el hecho de estar escondida, así como un cuerpo en el sol pierde su iluminación cuando se interpone una nube. Y esta unión de las dos naturalezas en Cristo es una unión inseparable; de manera que desde aquel primer momento, nunca hubo ni habrá por toda la eternidad una separación entre ellas…

Procedo ahora a mostrar por qué Cristo nació de una Virgen. Que Cristo nacería de una Virgen fue profetizado y anunciado muchos siglos antes de su encarnación como en Isaías 7:14: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”. Que la madre de Jesús era la virgen mencionada por el profeta Isaías se hace evidente por el testimonio de los evangelistas, particularmente Mateo 1:18, etc. No convenía que naciera de una madre y un padre de manera normal porque si así hubiera sido, habría sido un hijo natural de Adán, bajo el pacto de obras, y heredero del pecado de Adán, como nacen otros en virtud de la bendición del matrimonio. Un nacimiento así, hubiera significado nacer contaminado y corrupto: “¿Quién hará limpio a lo inmundo?” (Job 14:4). El Redentor del mundo [juzgó necesario] nacer así para que su nacimiento no incluyera la mancha de la naturaleza del hombre por su generación. Si aún la mancha más pequeña de nuestra corrupción lo hubiera manchado, habría sido incapaz de ser un Redentor: El que necesita ser redimido, jamás puede redimir a otros. Por su omnipotencia, Dios podría haber santificado perfectamente a un padre y madre terrenales, y limpiarlos de todo pecado original, de forma que la naturaleza humana se hubiera transmitido a Él de manera inmaculada2, tal como el Espíritu Santo limpió esa parte de la Virgen de la cual fue hecho el cuerpo de Cristo. No obstante, no convenía que esa persona, quien “es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Ro. 9:5), al igual que hombre al asumir nuestra naturaleza, hubiera sido concebido igual que nosotros, pero, a la vez, diferente, y, en alguna medida, conformado con la dignidad infinita de su Persona. Esto no habría sido posible si una persona sobrenatural y divina no se hubiera involucrado como un principio activo en ella. Además, semejante nacimiento no hubiera coincidido con la primera promesa que lo llama “la simiente suya” [refiriéndose a la mujer], no del hombre… Sólo se presenta a la simiente de la mujer en oposición a la simiente de la serpiente. Al nacer de una virgen aseguró, eficazmente, la santidad de la naturaleza [de Cristo]. Esto lo eximió de la mancha y contaminación del pecado de Adán, de la cual se libró completamente al no recibir aquella naturaleza como todos los demás lo hacen, por una procreación humana normal, por medio de la cual se propaga el pecado original. En cambio, este Ser, producido de una manera extraordinaria, era absolutamente puro y santo. Cristo fue una persona extraordinaria y otro Adán; por lo tanto, fue necesario que fuera producido de una nueva manera. Al principio, Adán no fue producido por hombre ni por mujer, Eva fue producida del hombre sin una mujer y el resto de la humanidad es engendrado por un hombre y una mujer. La cuarta manera subsistió, a saber, de una mujer sin un hombre, y así nació Cristo. Y la sabiduría de Dios se hace evidente en el hecho de que nació de una virgen desposada porque, de este modo, se evitaba la acusación de ilegitimidad. Él tenía a José para cuidarlo en su infancia. El buen nombre y vida de su madre se preservó de los judíos maliciosos y nuestra fe se confirmó, aún más, por el testimonio de José acerca de María. Por todo esto, podemos estar totalmente satisfechos de que:

Cristo tenía un cuerpo verdaderamente humano. No fue hecho a semejanza de carne de pecado, no era que su cuerpo pareciera ser de carne, sino que realmente lo era (Lc. 24:39; He. 2:14).

Que Él tenía un alma racional, la cual es un espíritu creado3, y que la naturaleza divina no le fue en lugar de un alma para Él. Cuando murió, encomendó su espíritu a Dios (Lc. 23:46)… Y estando la naturaleza humana unida con la divina; aunque se dieron grandes dones de santidad, sabiduría etc., en la naturaleza humana de Cristo, aún no eran infinitos (Lc. 2:52).

El cuerpo de Cristo no estaba compuesto de ninguna sustancia enviada desde el cielo, sino de la sustancia de la Virgen (Gá. 4:4). Era la simiente de la mujer (Gn. 3:15) y fruto del vientre de María (Lc. 1:42); de otra manera, no hubiera sido nuestro hermano.

El Espíritu Santo no puede ser llamado Padre de Cristo. La naturaleza humana [de Cristo] no fue formada de la sustancia del [Espíritu], sino de la de la Virgen por el poder [del Espíritu].

El nacimiento de Cristo no fue [a su manera] extraordinario. [Jesús] nació en el tiempo normal de los demás [humanos] (Lc. 2:22-23)… No obstante, nació sin pecado, siendo “el Santo Ser”. De no ser así, no hubiera podido ser nuestro Redentor (He. 7:26). Tampoco pudo haber pecado, ya que la naturaleza humana fue puesta más allá de esa capacidad por su unión con la divina; y todo lo que Cristo hizo o pudo hacer fue la acción de esa persona que era Dios y, por lo tanto, estaba libre de pecado.

Concluyo todo con algunas inferencias:

Jesucristo es el Mesías verdadero. [Él Fue] prometido a Adán como la simiente de la mujer, a Abraham como su simiente, era el Siloh mencionado por Jacob en su lecho de muerte, el Profeta del cual habló Moisés diciendo que se levantaría entre los hijos de Israel, el Hijo de David y el Hijo que nacería de una virgen.

He aquí, el maravilloso amor de Dios el Padre. Él no tuvo a menos degradar y humillar a su Hijo amado, a fin de dar salvación a los pecadores. ¿No es impresionante que enviara a su Hijo unigénito para asumir nuestra naturaleza y cargar con la terrible ira y el castigo que merecíamos?

Contemplemos aquí el amor maravilloso y la condescendencia admirable del Hijo. Nació de una mujer para morir en lugar de los pecadores. ¡Hasta qué punto se rebajó y humilló a sí mismo, al asumir la naturaleza con todas debilidades, pero sin pecado, al sujetarse a su propia Ley, al exponerse a toda clase injurias de hombres malvados, a las tentaciones de Satanás y, por último, sufrir una muerte vergonzosa e ignominiosa4! ¡Qué amor tan grande por los pecadores y qué condescendencia sin paralelos tenemos aquí!

Contemplemos aquí la cura de nuestro ser, concebido en pecado y nacido en iniquidad. Cristo nació de una mujer por nosotros y, por nosotros, nació sin pecado para que la santidad de su naturaleza nos fuera imputada como parte de esa justicia que era la condición de nuestra justificación delante de Dios. En Él hay una justificación completa de nuestra culpa y una fuente sagrada para limpiarnos de nuestra contaminación espiritual.

Cristo se conmueve sensiblemente con todas las debilidades de nuestra frágil naturaleza. [Por esta razón] tiene piedad y compasión por su pueblo bajo todas sus presiones y cargas. De allí, que el Apóstol dice: “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (He. 2:17-18). Cuán reconfortante es para los creyentes considerar que Aquel que es el gran Sumo Sacerdote en el cielo está revestido de la naturaleza de ellos para tener la capacidad y cualidad de identificarse y compadecerse de ellos en todos sus problemas y sufrimientos.

Sea esto motivo de aliento para que los pecadores acudan a Él, se unan a Él por fe y sean así, partícipes de las bendiciones de su Obra. Ven y despósate con Él. El pecado no detendrá el encuentro con Cristo, siempre que estés dispuesto a encontrarte con Él. Aquel que pudo santificar la sustancia de la Virgen para hacer un trozo de carne sin pecado, puede fácilmente santificarte a ti. Y el que unió la naturaleza humana con su persona divina puede unirte a Él de manera que nunca te separes de Él.

Tomado de Las obras de Thomas Boston: Una ilustración de las doctrinas de la religión cristiana, Parte 1(The Works of Thomas Boston: An Illustration of the Doctrines of the Christian Religion, Part 1) de dominio público.


**Thomas Boston (1676-1732):**Pastor y teólogo presbiteriano escocés; nacido en Duns, Berwickshire, Reino Unido.

Footnotes

  1. Progenitor – Antepasado en línea directa.

  2. Inmaculada – Sin mancha; puro; en el caso de Cristo, libre del pecado original.

  3. Nota del editor – Esto significa que las almas racionales, es decir, el espíritu humano, del hombre, son creación de Dios.

  4. Ignominiosa - Marcada por la vergüenza y la desgracia.