El evento más grande que haya sucedido
William S. Plumer (1802-1880)
“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley” (Gálatas 4:4).
Cuando decimos: “El Hijo de Dios se encarnó”, queremos decir que se convirtió en el Hijo del hombre, tomando la naturaleza humana en su totalidad. En el Credo de los Apóstoles1, esta doctrina se expresa de esta manera: “Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María virgen”.
El Credo Atanasio dice: “Perfecto Dios y perfecto Hombre, subsistente2 de alma racional y de carne humana”. La Asamblea de Westminster enseña: “El Hijo de Dios, Segunda Persona de la Trinidad, siendo verdadero y eterno Dios, de una sustancia e igual con el Padre, al llegarse el tiempo, tomó la naturaleza humana con sus propiedades esenciales y con sus debilidades comunes, aunque sin pecado: fue concebido por el poder del Espíritu Santo en el vientre de la virgen María y de su propia sustancia. De esta manera, dos naturalezas completas, perfectas y diferentes, la divina y la humana, fueron inseparablemente unidas en una persona, y sin cambiarlas3, combinarlas4 ni confundirlas5. Esta persona es verdadero Dios y verdadero hombre y, sin embargo, un solo Cristo, único Mediador entre Dios y los hombres”6…
La unión de las naturalezas de Cristo fue formada, no porque su humanidad buscara [unirse] con la deidad7… Sino que fue su deidad la que buscó la unión con la humanidad. Esto fue condescendencia8 y amor infinito. La naturaleza humana de Cristo nunca existió por separado ni de ninguna otra manera fuera de la unión con su deidad. Desde su concepción, esta unión era completa. La naturaleza divina preexistente asumió para sí misma, la naturaleza humana. La naturaleza humana de Cristo nunca tuvo una subsistencia personal por sí misma. De modo que Cristo no asumió una persona humana, sino una naturaleza humana. “Su persona no es una persona compuesta; la personalidad pertenece a su Deidad y la naturaleza humana subsiste en ella por una dispensación singular9. El que asumiera nuestra naturaleza no significó ningún cambio en su persona, no le agregó nada, y la única diferencia es que la misma persona que poseía divinidad, ahora ha tomado humanidad”10. De manera que las cosas hechas o sufridas en cada naturaleza son adjudicadas a una persona: Cristo Jesús. Las propiedades de cada naturaleza son y continuarán siendo siempre completas y distintas. La Deidad no puede estar sujeta a ningún cambio. La humanidad no puede dejar de ser humanidad; −no puede convertirse en deidad−. El Creador no puede dejar de ser Creador. La criatura no puede dejar de ser criatura.
Esta unión de las dos naturalezas en Cristo es similar a lo que somos nosotros. En su constitución, el hombre tiene dos sustancias: Una, un alma; la otra, un cuerpo; una, espiritual e inmortal, la otra material y perecedera. No sucede que por su unión, una de estas sustancias se transforma en la otra. Siguen diferentes, aunque unidas. Aun así, la persona es una y no dos. Cuando decimos: “Está triste”, todos saben que nos referimos a su alma. Cuando decimos: “Es musculoso”, todos saben que nos referimos al cuerpo. No obstante, en ambos casos, hablamos de la misma persona. De la misma manera, la persona de Cristo es una y no dos. Cuando hablaba de sí mismo, decía: “Yo, mío, mi”. Cuando los apóstoles hablaban de Él, decían: “Él, de Él, su”. Cuando nos dirigimos a Él, decimos: “Tú” y [usamos el singular de la segunda persona, “conoces”, “has escogido”] (Hch. 1:24). Las Escrituras también usan los sustantivos en singular cuando se refieren a Él y lo llaman Profeta, Sacerdote, Rey, Pastor, Redentor. La unión de sus dos naturalezas no pudo ser más perfecta. Es personal, perpetua e indisoluble.
Las Escrituras dicen [que] Cristo fue “nacido de mujer” (Gá. 4:4). Los seres humanos han venido al mundo de cuatro maneras. El primer hombre –fuente de la naturaleza humana– no tenía padre ni madre. Tampoco fue un hombre ni una mujer el instrumento de su existencia. La primera mujer no tenía padre ni madre, en cambio, derivó de Adán su naturaleza, pero en ningún sentido de una mujer. Desde aquella primera pareja, todo ser humano ha tenido un padre y una madre. No obstante, nadie ha negado que todos estos tuvieran una naturaleza humana completa. Jesucristo tuvo una madre, pero no un padre según la carne; y, al igual que su naturaleza humana, tuvo sólo un Padre. Fue hecho de una mujer.
Para ser nuestro Salvador, era [necesario que] Cristo tuviera una naturaleza humana. Su encarnación fue adecuada y necesaria. Era [pertinente] que la naturaleza que había causado nuestra ruina nos trajera liberación. Era apropiado que la naturaleza que había pecado, pagara por nuestras maldades y, por consiguiente, tenía que morir.
Esta tierra, que es la morada del hombre, no de Dios ni de los ángeles, era el escenario apropiado para la demostración de gracia, misericordia, justicia y poder manifestados en la vida y muerte de Jesucristo. El que era rico se hizo pobre para que por su pobreza fuésemos enriquecidos (2 Co. 8:9). En algunos sentidos, éste fue el paso más asombroso en la humillación de nuestro Señor. Más asombroso es que un príncipe se case con una pastora y que, habiéndola hecho su reina, la proteja noblemente y la llene de riqueza, o incluso, que muera para defenderla.
Cristo fue “nacido bajo la ley” (Gá. 4:4), pero en cuanto a su naturaleza divina, en ningún sentido podía estar bajo la Ley. Era el Dador de la Ley. Era Dios y Dios no puede vivir ni actuar bajo las reglas que son diseñadas, especialmente, para el gobierno de las criaturas. Si el Salvador iba a vivir bajo la Ley como una regla de vida y nos iba a dar ejemplo en todas las cosas, tenía que hacerlo en una naturaleza finita. Como su misión era por nosotros, [fue] más apropiada en nuestra naturaleza.
Además, la deidad no puede sufrir, no puede morir. Pero por su encarnación, Jesús “fue hecho un poco menor que los ángeles… a causa del padecimiento de la muerte” (He. 2:9).
Entonces, fue hecho bajo la Ley en los dos sentidos de sujetarse voluntariamente a su precepto, estando así comprometido a cumplir toda justicia y, voluntariamente, ser puesto bajo la pena de la Ley, a fin de que “gustase la muerte por todos”’ (He. 2:9). Obedecía, incluso, la Ley de ritos religiosos bajo los cuales vivía: En su infancia, fue circuncidado. De adulto, fue bautizado. Guardó toda la Ley Moral perfecta, personal y perpetuamente. No pecó ni una vez, ni por omisión. Y, voluntariamente, vivió y murió bajo la maldición de la propia Ley que obedeció a la perfección durante su vida entera. Edwards dice: “El mérito de la obediencia de Cristo radica en su perfección. Si hubiera fallado, aunque fuera una sola vez, no podía haber sido meritoria porque una obediencia imperfecta no es aceptada como obediencia alguna por la ley de las obras a la cual Cristo estaba sujeto. No es aceptado como obediencia a una ley aquello que no se atiene totalmente a ella”11.
La eficacia de la muerte de Cristo dependía de que muriera en [lugar] de pecadores12 que se encontraban bajo la maldición de la Ley. Si Él no hubiera cargado con la maldición de la Ley por nosotros, nosotros tuviéramos que haber pagado la sentencia de la Ley.
Consideremos algunas proposiciones específicas:
Las profecías requerían que Cristo asumiera la naturaleza humana. Dicen que tenía que ser de “la simiente de Abraham” y de “la simiente de David” (Gn. 12:3, 7; 17:7-8; Gá. 3:16; 2 S. 7:12; Jn. 7:42; Hch. 13:23; Ro. 1:3; 2 Ti. 2:8). Otras predicciones requerían [su resurrección]; que “al fin se levantará sobre el polvo” (Job 19:25); que tendría un cuerpo (Sal. 40:6; He. 10:5); que estaría confiado en los pechos de su madre (Sal. 22:9) y que su cuerpo estaría muerto (Is. 26:19).
Y todavía más claro, el primer evangelio predicado, que fue en el Edén, profetizó que tendría una naturaleza humana y que ésta derivaría de su madre: La simiente de la mujer heriría la serpiente en su cabeza (Gn. 3:15) y, más adelante: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Is. 7:14). Las Escrituras no se hubieran cumplido si Cristo no hubiera tenido una naturaleza humana; una naturaleza humana derivada de su madre únicamente. Con visión profética, Daniel lo llamó “Hijo del hombre” (Dn. 7:13).
Estas predicciones se cumplieron. Toda la historia de nuestro Señor sobre la tierra es prueba de ello. “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Gá. 4:4). En el Nuevo Testamento es llamado hombre con frecuencia. Sólo en los Evangelios es llamado, más de setenta veces, el Hijo del hombre. Más de sesenta veces, Jesús usa esta expresión para referirse a Él mismo. El año de su ascensión, Esteban lo vio glorificado y lo llamó “el Hijo del hombre” (Hch. 7:56). Sesenta años después, Juan hizo lo mismo. El Evangelio de Mateo se autodenomina: “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” (Mt. 1:1). Juan dice: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Jn. 1:14). Pablo dice: “Socorrió a la descendencia de Abraham” (He. 2:16). En su primera epístola, Juan dice, expresamente, que por comprobar tres de sus sentidos –oído, vista y tacto–, él y los demás apóstoles estaban seguros de su encarnación (1 Jn. 1:1-3).
Jesucristo contaba con todo lo necesario para constituir la naturaleza humana íntegramente. Él mismo dijo: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lc. 24:39). Cristo tenía un alma. Dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mr. 14:34). Tenía un espíritu: “En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu” (Lc. 10:21). “Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu” (Mt. 27:50). Jesucristo tenía una voluntad: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mt. 26:39; ver Mt. 27:34; Jn. 7:1). Jesucristo tenía sentimientos humanos. Se regocijaba (Lc. 10:21). Lloraba (Jn. 11:35). Sentía tristeza (Mr. 3:5). Tenía esperanzas, aun en su temprana infancia (Sal. 22:9). Tenía afecto natural por espíritus afines. Dice la Biblia que amaba a María, Marta y Lázaro y al joven rico. Algunos pasajes mencionan juntos a su alma y su cuerpo. “Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría” (Lc. 2:40). Usaba su cuerpo: Caminaba, montaba un animal, comía, bebía, navegaba, dormía, descansaba. No estaba sujeto a enfermedades mortales (Sal. 91:5-8), pero tenía las debilidades generales de nuestra naturaleza. Sentía hambre (Mt. 4:2). Tenía sed (Jn. 19:28). Se cansaba (Jn. 4:6). Se angustiaba (Lc. 12:50). Era tentado (He. 2:18). Sufrió una agonía sin paralelos (Lc. 22:44). Murió, lo cual todos admiten. No tenía ninguna debilidad moral. Era sin pecado (He. 4:15).
La encarnación de Cristo es algo que escapa totalmente a la comprensión humana. Es un misterio inefable. Dicen las Escrituras: “Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne” (1 Ti. 3:16). ¿Cómo podría ser de otra manera? El Padre de la eternidad se convirtió en infante de días. “Aunque todas las cosas fueron creadas por Él, fue colocado al mismo nivel que sus propias criaturas”. Él, a quien el cielo de los cielos no podía contener, fue puesto en un pesebre. El Verbo eterno y el niño Jesús fueron una misma persona. Dotado de bendiciones infinitas, el Hijo de Dios se unió al hombre de dolores. En ambas naturalezas santas y sin mancha, Él mismo consintió en ser maltratado, atormentado y castigado como un pecador. Creó todas las cosas, sin embargo, fue hecho carne. Gobernó todas las cosas, sin embargo, se sujetó a sus padres. Extendía sus manos y satisfacía los anhelos de todo ser viviente, sin embargo, ayunó por cuarenta días. Todas las perfecciones infinitas de Dios y todas les debilidades inocentes del hombre se unen en el Dios-hombre, Cristo Jesús. No hay abismo más grande que el que separa lo creado de lo no creado. Sin embargo, el Hijo de Dios no toma en cuenta todo eso y toma nuestra naturaleza en una unión indisoluble con la deidad. Esta unión no podía ser más íntima. Alma y cuerpo pueden estar separados por un tiempo. Cuando murió Cristo mismo, su alma fue el Paraíso mientras que su cuerpo yacía en el sepulcro de José. Pero la unión de su naturaleza humana y divina no fue disuelta con la muerte. Pablo llama sangre de Dios a la sangre que [Cristo] vertió (Hch. 20:28). Tan cercana es esta unión que hablamos correctamente cuando nos referimos a nuestro Señor como sufriente divino. Cuando estaba sobre la tierra, Jesús se refirió a sí mismo como “el Hijo del Hombre, que está en el cielo” (Jn. 3:13). Adjudicamos a la persona de nuestro Salvador lo que sea que pertenezca a cualquiera de sus naturalezas o como realizada por cualquiera de las dos. Su encarnación es un misterio en sí mismo. Basilio13 dice: “Fue concebido no por la sustancia, sino por el poder del Espíritu Santo, no por ser generado, sino por su designación y bendición”. Su encarnación es un misterio de amor. Expresa benevolencia infinita. Es también “la sabiduría de Dios en un misterio” −un misterio de poder, de verdad y de gracia−. Es el misterio de misterios porque es “el misterio de Dios”. No tenemos que quitarle lo inescrutable14, sino aceptarlo y regocijarnos en ello. Es una doctrina fundamental, creerla es esencial para ser salvo: “Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios” (1 Jn. 4:2-3).
La encarnación de Cristo fue el evento más grande que jamás haya sucedido. El nacimiento de un príncipe causa alegría en todo el imperio, pero puede terminar siendo una vergüenza y una maldición para la nación y para el mundo. En cambio, el nacimiento de Jesús trajo bendiciones inestimables a judíos y gentiles, y las seguirá trayendo para siempre. Ninguna monarquía antigua ha existido para bendecir a la humanidad; en cambio, el nacimiento y el reino de Cristo son y serán siempre verdades gozosas. De ellas dependen las esperanzas de millones de fieles. Por ellas, se encienden las alegrías de santos y ángeles. “La creación del mundo fue algo grandioso, pero no tan grandioso como la encarnación de Cristo. Fue grandioso que Dios hiciera la criatura, pero no tan grandioso como el que el Creador se convirtiera en una criatura”. La encarnación de Cristo fue la confirmación de lo que había sido anunciado y realizado en las eras pasadas para alentar las esperanzas de hombres arrepentidos. Cumplió las promesas gloriosas de redención. Abrió ilimitadas y maravillosas posibilidades de expansión y gloria para el Pueblo de Dios y para su Redentor. Algunos de sus efectos fueron inmediatos y algunos remotos. Algunos se relacionaban con los ángeles y otros con los hombres, algunos con judíos y otros con gentiles. Los sabios que llegaron de oriente para adorar a Cristo, eran gentiles y fueron representativos de los hombres. El ministerio personal de Cristo fue de bendición para varios gentiles y los únicos convertidos al pie de su cruz eran, ciertamente, gentiles. Estas cosas eran pruebas del cumplimiento de todo lo que Dios había prometido con respecto a las naciones paganas. Estas conversiones fueron los primeros frutos de una gran cosecha recogida en todas las tierras. El efecto inmediato del nacimiento de Cristo sobre los judíos piadosos fue muy feliz. Para Simeón y Ana, tan hermosos ejemplares de genuina piedad, el evento produjo un gozo indescriptible. Los que aborrecían a Dios y a todos sus mensajeros, por supuesto, dudaron y perecieron. El efecto sobre los ángeles fue sobrecogedor. Hubo nuevas alegrías en el cielo. Uno de ellos anunció el suceso a los pastores: “Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc. 2:13-14). Durante cuatrocientos veinte años antes del nacimiento del nacimiento de Cristo, el Espíritu de Dios, como Espíritu de inspiración, había sido negado completamente a los hombres. Pero alrededor del tiempo de su aparición, se registran no menos de once casos en los que hombres y mujeres recibieron el Espíritu Santo como un espíritu de profecía.
El efecto de la encarnación de Cristo sobre ángeles caídos fue grande. Su poder comenzó a menguar de inmediato. Clamaron: “¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (Mt. 8:29). El Señor mismo dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc. 10:18). Se afirma de manera creíble que el Oráculo de Delfos15 dejó de dar sus respuestas habituales y, cuando se le preguntó la razón, respondió: “Hay un niño hebreo que es rey de los dioses, que me ha ordenado dejar esta casa e ir al infierno, por lo que ya no esperen más respuestas”. Y Porfirio16 dice: “Desde que Jesús empezó a ser adorado, nadie ha recibido de los dioses ayuda pública ni beneficio alguno”.
Desde el día que Cristo nació hasta ahora, todos los cambios positivos que han tenido lugar en el mundo, ya sea en personas o comunidades, han sido consecuencia de su encarnación y de su progreso glorioso en establecer su reino. Y lo será para siempre. Su reino se expande constantemente. Su corona es más y más gloriosa. Cada alma que es salva es una joya más en su corona.
Acerca de la encarnación de Cristo dice Robert Hall: “La época vendrá cuando este mundo será considerado como nada, excepto el de haber brindado un escenario para la ‘manifestación del Hijo de Dios’; cuando su nacimiento, su muerte, su resurrección de los muertos, su ascensión a la gloria y su segunda venida −eventos inseparablemente conectados− concentrarán dentro de sí todo el interés de la historia; cuando la guerra y la paz, la pestilencia y la hambruna, la abundancia y la carencia, la vida y la muerte, hayan agotado su fuerza y no dejen nada más que el resultado de la manifestación de Cristo sobre la tierra”17.
Tomado de La Roca de nuestra salvación (The Rock of Our Salvation), Sprinkle Publications, www.sprinklepublications.net.
**William S. Plumer (1802-1880):**Pastor y autor presbiteriano norteamericano; nacido en Greensburg, Pensilvania, EE.UU.
¡Qué maravilloso consuelo es que Quien mora en nuestra carne es Dios! —John Flavel
Footnotes
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Credo de los Apóstoles – Resumen temprano (del siglo 2 al 4) de las creencias cristianas, usado, principalmente, en congregaciones de Occidente; aunque, probablemente no fue escrito por los apóstoles, la creencia era que coincidía con la enseñanza apostólica. ↩
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Subsistente – Que existe como una entidad real. ↩
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Cambiarlas – La deidad de Cristo no se perdió en su humanidad ni su humanidad en su deidad. ↩
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Combinarlas – La encarnación de Cristo no resultó en una nueva criatura que no era Dios ni hombre. ↩
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Confundirlas – Las dos naturalezas no se confundieron una con la otra y su encarnación no resultó en una sustracción de su deidad ni absorción de su humanidad. ↩
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Confesión de Westminster 8:2. La Confesión de Fe Bautistas de Londres 1689 dice: “El Hijo de Dios, la Segunda Persona en la Santa Trinidad, siendo Dios verdadero y eterno, el resplandor de la gloria del Padre, consustancial con aquel e igual a Él, que hizo el mundo, y quien sostiene y gobierna todas las cosas que ha hecho, cuando llegó la plenitud del tiempo, tomó sobre sí la naturaleza del hombre, con todas sus propiedades esenciales y con sus debilidades concomitantes, aunque sin pecado; siendo concebido por el Espíritu Santo en el vientre de la virgen María, al venir sobre ella el Espíritu Santo y cubrirla el Altísimo con su sombra; y así fue hecho de una mujer de la tribu de Judá, de la simiente de Abraham y David, según las Escrituras; de manera que, dos naturalezas completas, perfectas y distintas se unieron inseparablemente en una persona, pero sin conversión, composición o confusión alguna. Esta persona es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, aunque un solo Cristo, el único mediador entre Dios y el hombre”. ↩
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Nota del editor – Los escritores de teología, a menudo, usan deidad y divinidad como sinónimos. Sin embargo, algunos escritores antitrinitarios usan divinidad para significar que Cristo es como Dios, pero en esencia, no Dios. Deidad parece ser la palabra más fuerte, aunque las dos son legítimas. “Por ‘deidad’ se quiere implicar más que ‘divinidad’, dado que este último término es usado por distintas clases de antitrinitarios. Los arrianos [seguidores de Arrio de Alejandría (años 250/56-330), quienes enseñaban que Jesús no era Dios],… enseñaban la divinidad del Hijo en el sentido de que las dos naturalezas, la del Hijo y la del Padre, eran similares. Este parecido es más grande y cercano que entre ningún otro ser, hombre o ángel, pero no es una identidad de esencia… son parecidas, pero no una misma cosa. El Hijo tiene divinidad, pero no deidad”. (Shedd, Teología dogmática [Dogmatic Theology], 3ra ed., 258, énfasis agregado. Es traducción para esta publicación. ↩
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Condescendencia – Acción de bajar o rebajarse a cosas indignas. ↩
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Dispensación singular – Disposición única de la providencia de Dios. ↩
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John Dick, Conferencias sobre teología (Lectures on Theology), Tomo 2 (Philadelphia: Greenought and Whetham, 1840), 20. ↩
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Jonathan Edwards (1703-1758) – Pastor, filósofo y teólogo congregacional. Las obras de Jonathan Edwards (The Works of Jonathan Edwards), tomo 2 (Londres, William Ball, 1839) 576. ↩
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Ver Portavoz de la Gracia N° 9: Sustitución. Disponible en Chapel Library. ↩
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Basilio el Grande (c. 330-379) – Uno de tres teólogos conocidos como los padres capadocios; recordado sobre todo por su contribución al desarrollo de la doctrina ortodoxa de la Trinidad; se resistió al partido arriano que negaba la deidad de Cristo. ↩
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Inescrutable – Cualidad de algo que no se puede buscar ni descubrir mediante la búsqueda; siendo completamente misterioso. ↩
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Oráculo de Delfos – Delfos era una ciudad antigua griega, donde una sacerdotisa compartía, supuestamente, las profecías de Apolo, deidad mitológica griega. ↩
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Porfirio de Tiro (c. 234-c. 305) – Filósofo griego opositor del cristianismo y defensor del paganismo; escribió quince libros atacando el cristianismo. ↩
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Robert Hall (1764-1831) – Pastor bautista inglés. Las obras del rev. Robert Hall (The Works of the Rev. Robert Hall), tomo 3 (Nueva York: Harper & Brother, 1860), 507. ↩