El amor de Dios y la encarnación de Cristo
Arthur W. Pink (1886-1952)
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad” (Efesios 1:3-5).
Dios decretó que su propio Hijo amado fuera visiblemente glorioso en una naturaleza humana, por medio de una unión con su propia persona. Luego, para su gloria aún mayor, Dios decretó que fuéramos nosotros, hijos adoptados por medio de Él como sus hermanos. Porque Dios [no deseaba] que su Hijo estuviera solo [en su naturaleza humana], sino [que] tuviera compañeros para realzar su gloria. Primero, por su comparación con ellos porque “te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros” (Sal. 45:7), siendo “el primogénito entre muchos hermanos” (Ro. 8:29). Segundo, Dios dio a su Hijo un honor único y gloria incomparable al ordenarlo a ser [el] Dios-hombre y, para enfatizarlo, ordenó que entre los que lo rodeaban pudieran ver su gloria y que por [ella] algunos lo magnificarían (Jn. 17:24). Tercero, Dios dispuso que fuéramos adoptados1, a fin de que Cristo fuera el medio de toda la gloria de nuestra filiación que, a través de Él tenemos porque, no sólo es nuestro modelo en la predestinación2, sino la causa virtual de ella… Por su acto de elección, Dios llevó a la Iglesia a tener una relación definitiva y personal con Él, de modo que cuenta y considera a sus miembros como sus propios hijos y pueblo amado. En consecuencia, aun cuando se encuentran en un estado natural antes de su regeneración3, los ve y reconoce como tales. Ésta es una verdad muy bendita y maravillosa, aunque lamentablemente, casi desconocida en el cristianismo del presente día.
Lo que por lo general asumimos en la actualidad es que llegamos a ser hijos de Dios cuando nacemos de nuevo, que no tenemos ninguna relación con Cristo hasta haberlo abrazado con los brazos de la fe. Pero, con las Escrituras en nuestras manos, no tenemos excusa para semejante ignorancia. El amor en el corazón de Dios era el secreto de Él desde la eternidad, totalmente desconocido antes de la creación del mundo, excepto para Cristo [el] Dios-hombre; no obstante, ha sido aplicado a la totalidad de la elección por gracia. Aunque eran amados con un amor [que] incluía la buena voluntad de Dios en su máxima expresión y bendición, gracia y gloria, también en su máxima expresión, lo era de una forma que, por un tiempo, la desconocían totalmente. Aunque los actos de la voluntad de Dios en la persona de Cristo en relación con ellos no les fueron por un tiempo revelados, todo estaba en la mente incomprensible de Jehová desde la eternidad y lo estará para siempre, pero su revelación y manifestación sucedieron en distintas épocas y en diversos niveles.
Las distintas condiciones que los escogidos de Dios enfrentan, no sólo muestran la multiforme sabiduría de Dios, sino que también ilustran la afirmación de la frase anterior. El estado de los escogidos es el de la pureza y santidad de la criatura; pues como tales son hechos según la naturaleza en Adán. De allí, ellos cayeron a un estado de pecado y miseria, compartiendo la culpa y depravación de su cabeza federal4. Y luego, son llevados a un estado redimido por la obra expiatoria de Cristo y reciben el conocimiento de su redención por las operaciones vivificadoras y santificadoras del Espíritu. Cuando termina su vida terrenal son llevados a un estado sin pecado mientras descansan de sus labores y esperan la consumación5 de su salvación. En su momento, serán resucitados y, de allí en adelante, el suyo será un estado de gloria perpetua y bienaventuranza indecible…
En todos estos estados por los cuales los elegidos están ordenados a pasar, Dios ejerce y manifiesta amor por ellos y sobre ellos, “según el puro afecto de su voluntad” (Ef. 1:5). El amor secreto y sempiterno por sus escogidos y su revelación abierta –aunque partes diferentes—son un mismo amor.
El primer acto del amor de Dios por las personas que eligió en Cristo, consistió en concederles estar en Cristo y recibir los beneficios de estar en Cristo desde la eternidad. Fue ese el acto fundamental de toda gracia y gloria porque entonces, Dios los “bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Ef. 1:3). El amor de Dios en su propio corazón por la persona de Cristo, la Cabeza de toda la elección por gracia, ¡es imposible de expresar! Y su amor por las personas elegidas en Cristo es tan inmenso e infinito que la Escrituras mismas declaran que “excede a todo conocimiento” (Ef. 3:19). La expresión y manifestación abierta de este amor es lo que ahora consideraremos.
Primero, la encarnación y misión de Cristo: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él” (1 Jn. 4:9). Fijémonos en las personas a quienes el amor de Dios fue manifestado de esta manera; la palabra nosotros lo indica. Éste es un término que usaban los escritores sagrados para incluirse ellos mismos y, además, referirse a los santos de Dios. Es una excelencia distintiva que los apóstoles quieren grabar contundentemente en la mente de sus lectores o escuchas para luego aplicarlas, a fin de que la verdad sea sentida en toda su inmensa importancia. Sea el tema de la elección, la redención, el llamado eficaz o la glorificación, usan por lo general, el término nosotros, incluyéndose a ellos mismos entre todos los creyentes a quienes escribían. Esto es evidencia de que todos ellos se interesaban en todas las bendiciones y los beneficios de la gracia, la cual abre el camino para apropiarse y disfrutar del bien que se deriva de ella en las Escrituras.
Para ilustrar lo recién puntualizado: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Ef. 1:3-6). En este pasaje, la repetición del pronombre nos muestra el interés que todos los santos tienen en su elección eterna en Cristo. Con respecto al llamado eficaz, el Apóstol usa la palabra nosotros (nos) en Romanos 9:24, [como lo hace] en relación con la salvación (vea el nos en 2 Ti. 1:9) y la glorificación (vea Ef. 2:7; Ro. 8:18). Observemos cuidadosamente que, mientras que esta repetición del nos en la epístolas incluye la totalidad de la elección por gracia, excluye a todos los demás y no puede aplicarse con verdad o propiedad a nadie más que a los llamados de Dios en Cristo Jesús.
Consideremos a continuación en qué consistió esta manifestación abierta de Dios o sea, en la encarnación y misión de Cristo. En la mente infinita de Jehová, todo su amor en relación con los elegidos fue concebido desde la eternidad, incluyendo las diversas maneras como se manifestaría y dado a conocer en su momento, de modo que la Iglesia lo palpara con máxima sensibilidad. A pesar de su amor eterno por su pueblo en Cristo, agradó al Señor [ordenar] su caída de un estado de pureza a uno de depravación humana; [de igual manera] predeterminó su redención de [su caída]. Tuvo lugar la transacción de un pacto eterno entre el Padre y el Hijo en el que este último se comprometió a asumir la naturaleza humana y actuar como su Garante y Redentor. Su encarnación, su vida y su muerte fueron acordadas como el medio de su salvación. Esto se convirtió en el tema de la profecía del Antiguo Testamento: que Cristo se manifestaría en la carne (1 Ti. 3:16) con lo que Él haría y sufriría, a fin de quitar el pecado y aplicar justicia eterna.
Lo que fue revelado en las Escrituras a los profetas bíblicos en relación con Cristo, hizo evidente que Dios quiso que la totalidad de esto fuera, originalmente, [la] transacción de un consejo en el cielo antes del comienzo del tiempo, el fruto de la consulta entre Jehová y el Renuevo, teniendo al Espíritu eterno como testigo. Él [comunicó] lo mismo a “los santos hombres de Dios [quienes] hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P. 1:21), “porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1 Co. 2:10). En la persona de Emanuel, “Dios con nosotros” (Mt. 1:23), por su encarnación pública, y la salvación que trajo y cumplió de manera honorable, se refleja más gloriosamente, todo el amor de la bendita Trinidad. Dios ha dado a conocer, en toda su grandeza y majestad, su amor por su Iglesia en Cristo y demostró su buena voluntad imperecedera por ella. De tal manera los amó que dio a su Hijo unigénito (Jn. 3:16). Esto lo afirma claramente su Palabra, por lo que es totalmente suficiente para mantener un sentido vivo de ello en nuestra mente, mientras el Espíritu se place en mantener un conocimiento piadoso de todo ello en nuestros corazones.
1 Juan 4:9 explica la finalidad de esta manifestación del amor de Dios. Es “para que vivamos por él”. “Es por la encarnación y mediación del Señor Jesucristo que vivimos a través de Él, una vida de justificación, paz, perdón, aceptación y acceso a Dios… Todos los elegidos de Dios en su estado caído, vivían en pecado, corrupción, miseria y muerte; en estas circunstancias, Dios mostró su amor por ellos en que siendo aún pecadores, Cristo murió por ellos (Ro. 5:8). Por su muerte, removió los pecados de ellos. Los amó y limpió de sus pecados con su propia sangre, y los trajo a Dios, de manera que el amor del Padre eterno por ellos es claramente evidenciado”6.
Un paralelo más impresionante aún del pasaje recién mencionado es la afirmación de nuestro Señor a su Padre en Juan 17:6: “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste”. Manifestar el nombre de Dios o el misterio secreto de su mente y voluntad, es algo que sólo Cristo podía hacer, Él, quien había estado en el seno del Padre desde la eternidad, Él, quien se encarnó a fin de hacer visible a Aquel que es invisible (1 Ti. 1:17). Fue el oficio y la obra del Mesías, revelar “la sabiduría oculta” (1 Co. 2:7), abrir el lugar santísimo, declarar lo que había sido guardado como un secreto desde la fundación del mundo y, aquí en Juan 17, declara que lo ha cumplido con fidelidad. Notemos bien que la palabra nosotros (nos) de 1 Juan 4:9 se especifica aquí como “los hombres que del mundo me diste”. Efectivamente, fue a ellos que Cristo manifestó el nombre inefable7 de Dios.
En Juan 17, Cristo reveló todo lo que guardaba el corazón de Dios, dando a conocer su amor eterno como nunca hasta entonces, había sido revelado. Habló de la buena voluntad del Padre hacia los elegidos en Cristo Jesús de la manera más adecuada y suficiente para llenar la mente espiritual con conocimiento y comprensión, una propensa a dar fe y confianza en el Señor por las bendiciones de esta vida y de la venidera. Y, ¿quién más que Él hubiera podido dar esta información? Vino del cielo con este fin y propósito específico. Era el gran Profeta sobre la Casa de Dios. Era el poseedor de la llave de todo el tesoro de gracia y gloria. En Él, personalmente, estaban “escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3)… Es el amor [de Dios] por la Iglesia, su relación de pacto con su pueblo en Cristo, el deleite eterno de su corazón por ellos, lo que a Cristo le plació revelar en su totalidad.
Es porque el Señor se dio a conocer a nosotros que podemos saber que somos elegidos de Dios. Comprender realmente esto es motivo de gozo, de allí que Cristo dijo: “Regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lc. 10:20). Como no podemos saber que somos los amados de Dios, sino por creer en su Hijo, esto también es fruto del conocimiento espiritual. Cristo tiene la llave del conocimiento que abre la puerta de la fe, de manera que lo recibimos a Él según la revelación de la Palabra. Por su Espíritu, se place en derramar por doquier, el amor de Dios en el corazón (Ro. 5:5). Él da el Espíritu para revelar el pacto eterno a nuestras mentes, de manera que llegamos a saber y sentir que el amor de Dios es la fuente y el manantial de toda gracia y consolación eterna. Así como Jehová causó que su bondad pasara ante Moisés y le mostró su gloria (Éx. 33:19), nos concede a nosotros el conocimiento de Él mismo como “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso” (Éx. 34:6).
Tomado de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures), disponible en Chapel Library.
A.W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor; nacido en Nottingham, Inglaterra.
Aquel que estaba en el seno del Padre –una expresión que muestra el amor y deleite secreto, íntimo y cercano que disfrutaba del Padre−. ¡Qué inefable es que se privara de sentirlo! ¿Irse, por así decir, del cielo al infierno? Éste es un amor más allá de lo que podemos imaginar y concebir: con razón el Apóstol lo llama “las inescrutables riquezas de Cristo”. —Anthony Burgess
En qué condiciones duras y difíciles, Cristo te recibió de la mano de su Padre: Se trataba, como sabes, de derramar su alma hasta la muerte o no disfrutar de tu alma. Imaginemos ahora lo que el Padre pudo haber dicho cuando estaba haciendo su trato con Cristo por ti.
Padre: “¡Hijo mío, tenemos aquí una compañía de pobres y miserables almas que se han arruinado totalmente y se exponen ahora a mi justicia! La justicia demanda que se haga satisfacción por ellos, pues si tratan de satisfacerla ellos mismos, será para su ruina eterna. ¿Qué haremos con estas almas?”.
Y así contesta Cristo:
Hijo: “Oh, Padre mío, tanto es mi amor y mi compasión por ellos, que en lugar de dejar que perezcan eternamente, me haré responsable de ellos como su Garante. Muéstrame todo lo que te deben. Señor, recógelos a todos en tu seno para que ya no hayan más cuentas pendientes con ellos. Cóbrame a mí lo que ellos te deben. Prefiero sufrir tu ira a que la sufran ellos: Padre mío, que sobre mí sea toda la deuda de ellos”.
_Padre:_Pero, Hijo mío, si tú asumes todas sus deudas hasta el último centavo, les perdonaré a ellos, ¡pero para _ti_no habrá perdón!
Hijo: “Está bien, Padre, que así sea. Cóbrame todo a mí: yo puedo saldar su deuda. Y aunque signifique la ruina para mí, aunque me quede sin mis riquezas, aunque vacíe todos mis tesoros, estoy contento por poder hacerlo”. —John Flavel
Cuando “el Verbo se hizo carne”, ni por un momento dejó de ser Dios. Sin duda, le plació esconder su divinidad y su poder y, especialmente, en ciertas circunstancias. Se vació de las características externas de gloria y fue llamado “el carpintero”. Pero nunca dejó a un lado su divinidad. Dios no puede dejar de ser Dios. Vivió, sufrió, murió y resucitó en calidad de Dios-hombre. —J.C. Ryle
Footnotes
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Adoptados – La adopción es un acto de la gracia de Dios (1 Jn. 3:1) por el cual somos contados entre los salvos y tenemos derecho a todos los privilegios de los hijos de Dios (Jn. 1:12, Ro. 8:17) (Catecismo de Spurgeon, P. 33). Disponible en Chapel Library. ↩
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Predestinación –Es el previo y soberano conocimiento de Dios y su determinación de todas las cosas, incluso, de la salvación de sus escogidos y la reprobación de los incrédulos. ↩
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Ver FGB 202, The New Birth, en inglés (El Nuevo nacimiento). Disponible en CHAPEL LIBRARY. ↩
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Cabeza federal – La teología federal sugiere que Adán, como el primer humano, actuó como la “cabeza federal” o representante legal del resto de lo humanidad… Así como Adán fue la cabeza federal de la humanidad, así también entró Cristo en la historia como el segundo Adán, libre de la maldición, y actúa como Cabeza del pacto de justicia para todos los que en Él creen (Grenz, Guretzi y Nordling, Diccionario de bolsillo de términos teológicos (Pocket Dictionary of Theological Terms), 50-51). ↩
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Consumación – Conclusión; cumplimiento total al final del mundo. ↩
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Samuel Eyles Pierce (1746-1829) – Una exposición de la epístola 1 de Juan (An Exposition of the Epistle of First John). Springfield, MO: Particular Baptist Press, 78. ↩
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Inefable – Demasiado grande para ser descrito con palabras. ↩