El propósito de Dios consumado

Charles H. Spurgeon (1834-1892)

“Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos” (Apocalipsis 19:7-8).

Mi objetivo principal es mostrarles que esa unión gloriosa y bendita que será celebrada entre la Iglesia y su Señor, será lo que Juan llama “las bodas del Cordero”. La unión siempre bendita y eterna de las almas con Cristo será específica y enfáticamente dependiente de su sacrificio. El Apóstol amado que recostó su cabeza sobre el Maestro y el que más sabía de él por inspiración del Espíritu Santo, describe aquí la unión perfecta de toda la Iglesia de Dios con su Esposo divino con estas palabras: “Han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado”…

Haré todo lo posible por explicar esta boda. Dios la deja velada, pero a la vez, la revela en este versículo de Apocalipsis. ¡Dios no permita que nos metamos donde el Espíritu Santo nos ha cerrado la puerta! En cambio, pensemos en lo que sí sabemos y quiera el Santísimo que sea para nuestro provecho…

La boda del Cordero es el resultado del don eterno del Padre. Dice nuestro Señor: “Tuyos eran y me los diste” (Jn. 17:6). Su oración fue: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:24). El Padre escogió y le dio sus escogidos a su Hijo para que fueran su porción. Por ellos, hizo un Pacto de Redención por el cual se comprometió que, llegado el tiempo, asumiría su naturaleza y los libraría del castigo, pagando la pena por las ofensas de ellos y haciéndolos suyos. Amados, aquello que fue acordado en los concilios de la eternidad y determinado entre las excelsas partes contratantes, llega a su culminación aquel día cuando el Codero establece una unión eterna con todos aquellos que el Padre le dio desde la eternidad.

Ésta es la realización de la boda que, a su tiempo, tuvo lugar con cada uno de ellos. No intentaré explayarme en las distinciones, pero en lo que nos concierne a ustedes y a mí, es el Señor Jesús quien se desposó con cada uno de nosotros en justicia desde el primer momento cuando creímos en él. Luego, nos tomó para que fuéramos suyos y se entregó para ser nuestro, de modo que podemos cantar: “Mi amado es mío, y yo suya” (Cnt. 2:16). Ésta fue la esencia de la boda. Pablo, en la epístola a los Efesios, presenta a nuestro Señor ya desposado con la Iglesia. Cabe mencionar acá la costumbre oriental, por la que, cuando la novia es desposada, se practican todos los ritos santos correspondientes al matrimonio, pero puede haber un intervalo considerable antes de que la esposa sea llevada a la casa de su marido… En conclusión, ustedes y yo estamos desposados hoy con nuestro Señor y él está unido con nosotros por lazos inseparables. No desea separarse de nosotros, ni tampoco podríamos nosotros separarnos de él. Él es la delicia de nuestras almas y él se regocija sobre nosotros con alegría (Sof. 3:17). Alegrémonos porque nos ha escogido y llamado y, en virtud del desposorio, esperamos expectantes la boda. Sintamos aun ahora, que aunque en el mundo, no somos parte de él. Nuestro destino no se cuenta entre los hijos de los hombres frívolos. Desde ahora, nuestro hogar está en los cielos…

El día de boda indica el perfeccionamiento del cuerpo de la Iglesia. Ya les he comentado que la Iglesia en ese día, será completada, puesto que no lo está ahora. Adán duerme y el Señor toma una costilla de su costado y de ella forma una compañera para él: Adán no la veía mientras era formada, pero abrió los ojos y ante él se encontraba la forma perfecta de su compañera (Gn. 2:18). Amados, la Iglesia verdadera está en formación y, por lo tanto, no es visible. Existen muchas iglesias, pero en cuanto a la Iglesia universal de Cristo, no la vemos por acá ni por allá… Pero el día vendrá cuando haya completado su nueva creación y, entonces, la mostrará a ella, creada para el segundo Adán, para ser su alegría por toda la eternidad. La Iglesia no se ha perfeccionado todavía. Leemos de los que ya están en el cielo, que no serán “perfeccionados aparte de nosotros” (He. 11:40). Hasta que ustedes y yo lleguemos allá, si es que somos verdaderos creyentes, no puede haber una Iglesia perfecta en gloria. A la música de las armonías celestiales le faltan algunas voces. Algunas de sus notas son demasiado graves y otras demasiado agudas hasta que lleguen los cantores que han sido ordenados para dar al coro su gama de sonidos más completa… Amados, en el día de las bodas del Cordero, allí estarán todos los escogidos, —grandes y chicos—aun todos los creyentes que hoy están luchando intensamente con pecados y dudas y temores. Estará allí cada miembro vivo de la Iglesia viviente para desposarse con el Cordero.

Esta boda significa más de lo que les he presentado. Ahí está el hogar… ¡Todos los fieles estarán pronto en tu tierra, oh Emmanuel! Moraremos en la tierra que fluye leche y miel, la tierra donde no hay nubes ni se pone el sol, el hogar del bendito Señor. ¡En la morada de la Iglesia perfecta reinará la felicidad!

La boda es la coronación de la prometida. La Iglesia es la novia del gran Rey: Él pondrá la corona sobre su sien y la dará a conocer como su verdadera esposa para siempre. ¡Oh, qué día será aquél cuando cada miembro de Cristo sea coronado en él y con él, y cada miembro del cuerpo místico sea glorificado en la gloria del Esposo! ¡Oh, que esté yo allí aquel día! Hermanos, tenemos que estar con nuestro Señor en la lucha si habremos de estar con él en la victoria. Tenemos que estar con él sufriendo la corona de espinas si habremos de estar con él disfrutando la corona de gloria. Tenemos que ser fieles por su gracia y fieles hasta la muerte si habremos de compartir la gloria de su vida sempiterna.

No puedo decirles absolutamente todo lo que significa, pero este matrimonio, ciertamente, significa que todos los que han creído en él vivirán una felicidad que nunca acabará; una felicidad que no se empaña por el temor ni la duda. Morarán para siempre con el Señor, glorificados eternamente con él. No esperen que los labios de barro hablen de este tema. Se necesitan lenguas de fuego, palabras que caen como centellas sobre el alma.

Un día vendrá —el día de los días— la corona y gloria del tiempo cuando desaparezca para siempre todo conflicto, riesgo y juicio; los santos, engalanados con la justicia de Cristo serán eternamente uno con él: Viviendo, amando, unidos para siempre, compartiendo la misma gloria, la gloria del Altísimo. ¡Qué será allí estar! Mis queridos lectores, ¿estarán ustedes allí? Aseguren su llamado y elección. Si no están confiando en el Cordero en la tierra, no reinarán con el Cordero en su gloria. El que no recibe al Cordero como el sacrificio expiatorio, nunca será la esposa del Cordero. ¿Cómo pueden esperar ser glorificados con él si lo olvidan el día de su escarnio? ¡Oh Cordero de Dios, mi sacrificio, tengo que ser uno contigo, porque serlo es mi vida misma! No podría vivir separado de ti. Si ustedes, lectores míos, pueden decir lo mismo, de seguro participarán en la boda del Cordero…

Lo siguiente a considerar es que el Cordero nos amó y dio pruebas de su amor. Amados, cuando vino del cielo a la tierra y vivió entre nosotros como “un hombre humilde delante de sus enemigos”, no nos dio solamente palabras sino que, sobre todo, procedió a realizar obras del más sincero afecto. La prueba suprema de su amor fue que como cordero fue llevado al matadero. Cuando derramó su sangre como sacrificio, pudo haberse dicho con razón: “¡Mirad como los amaba!”. Para dar prueba de su amor, no mencionaríamos la transfiguración, sino la crucifixión. Getsemaní y el Gólgota estarían a flor de labios. Esto, como demostración, arrasa con cualquier posibilidad de duda de todo corazón sincero; el Bien Amado demostró que nos amaba. Vean como lo dice la Palabra: Cristo, “el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20), como si darse a sí mismo por mí es una prueba clara de que me ama. Dice también que “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella,” (Ef. 5:25). La prueba de su amor por la Iglesia fue entregarse a sí mismo. “Estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:8). “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros” (1 Jn. 4:10). Entonces ya ven como un Cordero dio prueba de su amor y como un Cordero celebró su matrimonio con nosotros.

Demos un paso más. El amor matrimonial debe expresarse por ambas partes. Es como cuando amamos por primera vez al Cordero. Yo no amaba a Cristo. ¿Cómo podía haberlo hecho hasta no ver sus heridas y su sangre? “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Jn. 4:19). Su vida perfecta era una condenación para mí y también me impulsó a admirarlo; pero el amor que me acercó a él fue su carácter de sustituto, cuando cargó con mis pecados en su propio cuerpo en la cruz. ¿Acaso no es lo mismo en el caso de ustedes, amados míos? He oído de muchas conversiones basadas en la admiración del carácter de Cristo, pero no he visto una personalmente; lo único que he visto son conversiones por un sentido de necesidad de la salvación y por un sentido de culpabilidad que nunca puede ser satisfecha fuera de su agonía y muerte, por la cual el pecado es perdonado y la maldad es sometida. Ésta es la gran doctrina que gana a los corazones. Cristo nos ama como el Cordero y como el Cordero lo amamos nosotros.

Además, el matrimonio es la unión más perfecta. De hecho, es la manera como el Cordero, que es Jesús, está más unido a su pueblo. Nuestro Señor se acercó mucho a nosotros cuando tomó sobre sí nuestra naturaleza, de este modo, fue hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne. Se acercó grandemente a nosotros cuando, por esta causa, dejó a su Padre y se convirtió en una sola carne con su Iglesia. No podía ser pecador como lo era ella, pero cargó con todos nuestros pecados y los arrojó lejos, como está escrito: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” (Is. 53:6). Cuando “fue contado con los pecadores” (Is. 53:12) y cuando la espada de venganza lo traspasó en nuestro lugar, se acercó más de lo que hubiera podido hacerlo en la perfección de su Encarnación. Es imposible concebir una unión más íntima que la de Cristo y las almas redimidas por su sangre. Al contemplarlo en la muerte, me siento impulsado a exclamar: “¡Eres un esposo por sangre para mí, oh Jesús! Estás unido a mí por algo más íntimo que el hecho de ser de mi naturaleza, es porque esa naturaleza tuya cargó con mi pecado y sufrió la pena y la ira en mi lugar. Ahora eres uno conmigo en todas las cosas por una unión semejante a la tuya con tu Padre”. Nuestro Señor investido del carácter del Cordero es lo que ha logrado esta unión maravillosa.

Lo repetimos, nunca nos sentimos uno con Jesús como cuando lo vemos como el Cordero… Nunca me siento más cerca de mi Señor que cuando contemplo su cruz maravillosa y lo veo derramando su sangre por mí… Casi me he sentido en sus brazos y, como Juan, me he reclinado sobre su pecho cuando he contemplado su pasión. Por lo tanto, no me sorprende que su mayor intimidad con nosotros sea en su calidad del Cordero y, dado que nosotros logramos nuestra mayor intimidad con él en esa calidad, vio a bien llamar a la sublime y eterna unión con su iglesia, “las bodas del Cordero”.

Y, oh amados, cuando pensamos en ello, estar desposados con él, ser uno con él, no tener pensamiento, objeto, anhelo ni gloria más que el que mora en Aquel que vive y estuvo muerto, ¿no será eso realmente el cielo, del cual el Cordero será la luz? Porque por siempre contemplar y adorar a Aquel que se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, como nuestro pecado y propiciación35 será una fiesta eterna de amor agradecido. Nunca nos cansaremos de tratar este tema…

Habré terminado mis consideraciones cuando haya vuelto a hacer esta pregunta: ¿Confías en el Cordero? Te advierto que si tienes una religión que no incluye la sangre de Cristo, no tiene ningún valor; será mejor que te libres de ella. No te servirá para nada. Te advierto también que, a menos que ames al Cordero, no puedes estar desposado con él porque nunca lo estará él con los que no le aman. Tienes que aceptar a Cristo como un sacrificio o nada. Es inútil decir: “Seguiré el ejemplo de Cristo”. No lo harás. De nada sirve decir: “Él será mi maestro”. No te tendrá por discípulo, si no lo tienes como un sacrificio. Tienes que aceptarlo como el Cordero o terminar con él. Si desprecias la sangre de Cristo, desprecias la persona de Cristo en su totalidad. Cristo no es nada para ti, si no es tu expiación. Cualquiera que espera ser salvo por las obras de la Ley o cualquier otra cosa que no sean su sangre y su justicia, no es cristiano, no tiene parte con Jesús aquí y no tendrá parte con él en el más allá cuando tome para sí a su propia Iglesia redimida para ser su esposa por toda la eternidad. Dios te bendiga en nombre de Cristo. Amén.

Tomado de un sermón predicado la mañana del Día del Señor, 21 de julio, 1889, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.