El pacto de Dios en la eternidad
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
Para comprender un pacto, hay que saber quiénes son los signatarios; segundo, cuáles son las estipulaciones del contrato; tercero, cuáles son sus objetivos y, luego, profundizando aún más, hay que comprender algo de los motivos que llevaron a las partes involucradas a establecer el pacto entre ellos.
Ahora bien, en este pacto de redención7, primero tenemos que observar las partes relevantes entre quienes se creó. [Este pacto] se constituyó antes de la fundación del mundo entre Dios el Padre y Dios el Hijo o, para decirlo de una manera todavía más bíblica, se acordó mutuamente entre las tres personas divinas de la santísima Trinidad. Este pacto no fue realizado directamente entre Dios y el hombre. El hombre, en ese entonces no existía; en cambio, Cristo asumió el papel de representante del hombre en el pacto. En ese sentido, podríamos admitir que fue un pacto entre Dios y el hombre, pero no un pacto entre Dios y ningún hombre personal e individualmente. Fue un pacto entre Dios y Cristo y, a través de Cristo, indirectamente con toda la simiente amada por él y comprada con sangre desde la fundación del mundo. Es un pensamiento noble y glorioso –que mucho antes de que la estrella de la mañana supiera cuál sería su lugar, antes de que Dios creara de la nada todo lo que existe, antes de que las alas del ángel se hubieran desplegado llevándolo por regiones espaciales donde nadie jamás había llegado, antes de que algún canto solitario hubiera extendido la solemnidad del silencio en el que Dios reinaba supremo, ya se había reunido con sí mismo, con su Hijo y con su Espíritu Santo—. Y en ese concilio había planeado, decretado, determinado, propuesto y predestinado la salvación de su pueblo.
Además, en el pacto había organizado los medios, y fijado y asentado todo, a fin de que todas las cosas ayudaran a bien para el cumplimiento del propósito y del decreto8. Mi alma se remonta ahora en alas de la imaginación y de la fe a fijar mis ojos en aquel recinto misterioso del concilio y, por fe, contemplo al Padre comprometiéndose con el Hijo y al Hijo comprometiéndose con el Padre, mientras que el Espíritu se compromete con ambos. Y así fue que aquel compromiso divino, que habría de permanecer escondido en tinieblas por largo tiempo, se completó y adoptó; el pacto que en estos últimos tiempos ha sido leído en la luz celestial y ha llegado a ser el gozo, esperanza y orgullo de todos los santos.
Y ahora, ¿cuáles eran las estipulaciones9 de este pacto? Dios había previsto que después de la creación, el hombre quebrantaría el Pacto de Obras10, que no importa lo benévola y benigna que fueran las condiciones bajo las cuales Adán tenía posesión del Paraíso, esas disposiciones serían demasiado severas para él e, indudablemente, se opondría a ellas resultando en su propia ruina. Dios también había previsto que sus escogidos, a quienes había elegido de entre el resto de la humanidad, caerían por el pecado de Adán, porque ellos, al igual que el resto de la humanidad, estaban representados en Adán. Por lo tanto, el pacto tenía como fin la restauración de su pueblo escogido.
Y ahora, nos será más fácil comprender cuáles eran las estipulaciones. En lo que toca al Padre, el pacto fue así. No lo puedo expresar en la gloriosa lengua celestial en que fue escrito, [pero] quiero expresarlo de manera que sea adecuada para el oído de la carne y el corazón del mortal. El pacto se expresó en líneas tales como estas: “Yo, Jehová Altísimo, por este intermedio doy a mi unigénito Hijo amado, un pueblo más numeroso que las estrellas; que por él y a través de él, serán limpios de su pecado; a través de él preservado, guardado y guiado; y a través de él, al final, presentado ante mi trono sin mancha ni arruga ni cosa semejante (Ef. 5:27). Declaro bajo juramento y juro por mí mismo, porque no puedo jurar por nadie superior, que aquellos que ahora doy a Cristo, serán por siempre objetos de mi amor eterno. Les perdonará por los méritos de la sangre. A estos les daré justicia y rectitud perfecta; a estos adoptaré y los haré hijos e hijas y, a través de Cristo, reinarán conmigo eternamente”.
Así rezaba el lado glorioso del pacto. También el Espíritu Santo, como uno de las partes excelsas contratantes en este lado del pacto, hizo su declaración. “Asumo el pacto”, dice él, “de que a todo aquel que el Padre da al Hijo, yo vivificaré en su momento. Les mostraré su necesidad de ser redimidos, les quitaré toda esperanza injustificada y destruiré los refugios de sus mentiras. Los llevaré a la sangre rociada, les daré fe por la cual esta sangre les será aplicada. Obraré en ellos toda gracia. Mantendré viva su fe. Les limpiaré y eliminaré toda depravación y serán presentados sin mancha ni falta en el último día”. Éste fue un lado del pacto que, aún el día de hoy, se está cumpliendo y guardando puntualmente.
En cuanto a la otra parte del pacto, ésta fue la parte que asumió Cristo. Declaró y pactó con su Padre: “Padre mío, por mi parte, convengo en que llegado el cumplimiento del tiempo bajaré a la tierra como hombre, asumiré la forma y naturaleza de la raza caída. Viviré en su mundo desventurado y, por mi pueblo, cumpliré la Ley a la perfección. Practicaré una justicia sin mancha que será aceptable a las demandas de tu Ley justa y santa. Cuando se haya cumplido el tiempo, cargaré con los pecados de todo mi pueblo. Sufriré y por mis llagas serán ellos curados. Padre mío, me comprometo y prometo que seré obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Magnificaré tu Ley y la haré honorable. Sufriré todo lo que a ellos les correspondía sufrir. Soportaré la maldición de tu Ley y toda la copa de tu ira será vaciada sobre mi cabeza. Luego resucitaré, ascenderé al cielo, intercederé por ellos sentado a tu diestra y me haré responsable por cada uno de ellos, de manera que ni uno de los que me diste se perderá jamás, sino que traeré a todas mis ovejas que, por mi sangre, me has hecho su pastor. Te traeré a todos a salvo en el último día”.
¡Eso decía el pacto! Y ahora, creo que tendrán ustedes una idea clara de lo que era y es su lugar en la actualidad; el pacto entre Dios el Padre, Dios el Espíritu y Dios el Hijo como Cabeza del pacto y representante de todos los escogidos de Dios. Les he dicho, lo más brevemente posible, lo que fueron sus estipulaciones. [Por favor noten], mis queridos amigos, que el pacto fue, por una parte, cumplido perfectamente: Dios el Hijo pagó las deudas de todos sus escogidos. Por nosotros los hombres y para nuestra redención toda la ira divina cayó sobre él. No queda nada pendiente en esta parte de la cuestión, excepto que Cristo seguirá intercediendo para llevar a salvo a todos sus redimidos a la gloria.
Por el lado del Padre, esta parte del pacto se ha ido cumpliendo durante años sin cuenta. Dios el Padre y Dios el Espíritu no han sido remisos con su contrato divino. Y este lado será tan total y completamente terminado y cumplido como el otro. Cristo puede decir de lo que prometió hacer: “Consumado es” (Jn. 19:30)… Todos por los cuales Cristo murió serán perdonados, todos justificados y todos adoptados. El Espíritu los vivificará a todos, les dará toda fe, los llevará a todos al cielo y cada uno de ellos sin obstrucción ni obstáculo será declarado acepto en el Amado aquel día cuando el pueblo será contado y Jesús será glorificado.
Habiendo determinado quiénes fueron las excelsas partes contratantes y cuáles los términos del pacto entre ellos, veamos ahora quiénes fueron los objetos de este pacto. ¿Fue hecho el pacto para todos los descendientes de Adán? De ninguna manera. Descubrimos el secreto por lo visible. Lo que contiene el pacto es para ser visto a su tiempo por los ojos y escuchado por los oídos. Veo a multitudes pereciendo, continuando lascivamente en sus malos caminos, rechazando el [llamado] de Cristo que les es presentado día tras día con el evangelio, pisoteando la sangre del Hijo del Hombre, desafiando al Espíritu que lucha por ellos. Veo a estos hombres yendo de mal en peor, al final, muriendo en sus pecados. No soy tan necio como para creer que tienen parte alguna en el Pacto de Redención. Aquellos que mueren impenitentes11, las multitudes que rechazan al Salvador, prueban claramente que no tienen parte en el pacto sagrado de gracia divina porque, si se interesaran en él, habría marcas y evidencias indubitables que nos lo mostrarían. Encontraríamos que, a su tiempo en esta vida, se arrepentirían, serían lavados en la sangre del Salvador y serían salvos. El pacto —en una palabra y a pesar de lo ofensiva que sea la doctrina— se relaciona con los escogidos y con nadie más.
¿Le ofende lo antedicho? Siéntase más ofendido aún. ¿Qué dijo Cristo? “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son” (Jn. 17:9). Si Cristo ora sólo por los escogidos, ¿por qué habría de enojarse usted?… Cuantos crean, cuantos confíen en Cristo, cuantos perseveren hasta lo último, cuantos entren al descanso eterno, los tales y no más que ellos, se interesan por el pacto de gracia eterna.
Además, tenemos que considerar los motivos de este pacto. ¿Por qué era el pacto absolutamente necesario? No había ningún imperativo ni ninguna obligación de parte de Dios. Todavía no existía ninguna. Aun si la criatura hubiera podido tener alguna influencia sobre el Creador, no existía ninguna en el periodo cuando se hizo el pacto. No podemos buscar el motivo en ninguna parte, excepto en él mismo porque de Dios se puede decir, literalmente, desde aquel día: “No hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo” (Is. 45:6). Entonces, ¿por qué hizo el pacto? Respondo: “Su soberanía absoluta lo dictaminó”. Pero, ¿por qué fueron ciertos hombres su objeto y otros no? Respondo: “La gracia divina guió su contenido”. No fue el mérito del hombre, no fue nada que Dios previó en nosotros que lo llevó a escoger a muchos y dejar a otros que siguieran en sus pecados. No fue nada que hubiera en ellos; fue la soberanía combinada con la gracia lo que llevó a cabo la elección… “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia… Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Ro. 9:15-16). Su soberanía escogió, su gracia determinó y su inmutabilidad12 decretó. Ningún motivo dictó la elección de individuos, excepto el motivo de amor y soberanía divina en él mismo. No cabe duda que la intención maravillosa de Dios en hacer el pacto fue su propia gloria; cualquier motivo inferior estaría por debajo de su dignidad. Dios tiene que encontrar sus motivos en él mismo: No tiene por qué buscar en polillas y gusanos los motivos de sus actos. Él es el “YO SOY” (Éx. 3:14).
Él hace lo que quiere en las huestes de los cielos. ¡Quién puede detener su mano y decirle: “¿Qué haces?”! ¿Le pregunta el barro al alfarero el motivo por el cual lo moldea hasta convertirlo en vasija? ¿La cosa formada puede, antes de su creación, dictarle a su Creador? No, dejemos que Dios sea Dios, dejemos que el hombre se reduzca hasta su nada original. …[Dios] encuentra sus motivos en sí mismo. Es autosuficiente y nada encuentra ni necesita más que a sí mismo. Ésta ha sido mi exposición, tan ampliamente como el tiempo esta mañana me ha permitido, sobre el pacto. Quiera el Espíritu Santo guiarnos a hacer nuestra, esta sublime verdad.
Tomado de un sermón predicado la mañana del Día del Señor, 4 de febrero, 1859, en el Music Hall, Royal Surrey Gardens.
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista británico; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra, Reino Unido.