Designios de Dios en la muerte de Jesús

A. A. Hodge (1823-1886)

Cristo murió en cumplimiento de los términos de un Pacto de Redención eterno acordado entre el Padre y el Hijo. Las condiciones asumidas por Cristo fueron que él, al vivir y morir, por su obra y sufrimiento, cumpliría todas las obligaciones legales de su pueblo. Las condiciones prometidas por el Padre fueron: “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Is. 53:11).

Resulta claro que tal pacto se estableció en la eternidad. (1) Dios siempre actúa con un plan y, por lo tanto, tuvo que haber un consenso y un designio común entre las distintas personas de la Deidad en la distribución de las funciones en el plan de redención. (2) Las Escrituras presentan explícitamente todos los elementos de un pacto efectivo en relación con esto, conviniendo en cuáles serían las promesas y condiciones de ambas partes: “Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos…” (Is. 42:6-7). “Hice pacto con mi escogido; juré a David mi siervo, diciendo: Para siempre confirmaré tu descendencia, y edificaré tu trono por todas las generaciones” (Sal. 89:3-4). “Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes” (Is. 53:10-12). (3) Cristo, mientras cumple su obra sobre la tierra hace constantes referencias a una comisión recibida anteriormente del Padre, cuya voluntad había venido a cumplir. “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn. 6:38). “Este mandamiento recibí de mi Padre” (Jn. 10:18). “Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí” (Lc. 22:29). (4) Cristo reclama su recompensa que había sido una condición de cumplir esa gran comisión. “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese. He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste… Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son” (Jn. 17:4-6,9). (5) Cristo se refiere constantemente, a los que creen en él como almas que su Padre le dio. Su Padre se los había dado: “Pongo mi vida por las ovejas” (Jn. 10:15). Las ovejas le fueron dadas por el Padre. Las conoce. Escuchan su voz. Ellas nunca morirán. La razón por la que los réprobos30 no creen es porque no son de su rebaño (Jn. 10:26). No ora por el mundo: Ora sólo por los que del mundo, el Padre le dio. Si murió en cumplimiento de un compromiso mutuo entre él y el Padre, si verá el fruto de su aflicción y si serán salvos todos los que el Padre le dio en aquel pacto, entonces, de hecho, los que no son salvos, no lo son porque no es por ellos que murió.

Las Escrituras abundan en afirmaciones de que el motivo que impulsó al Padre a dar a su Hijo, y al Hijo morir no fue, meramente, una filantropía general**, sino el amor más excelso, más singular y personal.** El verdadero propósito de la muerte de Cristo no puede tener una expresión más exacta y completa que la que registra el capítulo 17 de Juan sobre cómo volcó su alma al Padre, la terrible noche anterior a su sacrificio. Si hubo alguna vez cuando más pensó en el verdadero propósito de su muerte, tiene que haber sido en ese momento. Si alguna vez sintió con más fuerza los motivos que llevaron a su muerte, tiene que haber sido en ese momento. Acerca del mundo, dice que no ora por él. Todas las riquezas inescrutables de su amor se derraman exclusivamente sobre aquellos que de este mundo Dios le dio. “Y por ellos”, dice, “me santifico a mí mismo” —o sea, me consagro a este terrible servicio— “para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos” (Jn. 17:13). “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Jn. 15:13). “Más Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8). “A fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef. 3:17-19). “En esto hemos conocido el amor… En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él” (1 Jn. 3:16; 4:9). Este amor de Cristo por su Iglesia tiene como su tipo, el amor personal y exclusivo del esposo por su esposa (Ef. 5:25-27).

Es inconcebible que el amor más excelso y singular que motivó a Dios a dar a su Hijo unigénito y bien amado para que sufriera una muerte dolorosa y vergonzosa, pudiera haber tenido como su objetivo, los millones de los que retuvo el evangelio, tanto antes como después de Cristo, o aquellos a quienes les da el llamado exterior de la Palabra, pero se niega a darle el llamado interior de su Espíritu. ¿Puede tal amor, como expresa la muerte de Cristo que emana y se derrama del corazón del Dios omnipotente, dejar de asegurar la cierta bendición de aquellos que el Padre puso en sus manos? “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro. 8:32). De hecho, es una calumnia injuriosa decir que los efectos de este amor pueden ser medidos en que Dios proveyera una salvación a todos los hombres para serles contada bajo condiciones conocidas y previstas que serían imposibles de aplicar a la mayoría. Y es abusar de las Escrituras, decir que los electos y los réprobos, los designados para honra y los designados para deshonra (Ro. 9:21), que “los que desde antes habían sido destinados para esta condenación” (Jud. 1:4) y “los que estaban ordenados para vida eterna” (Hch. 13:48), los que Dios “endureció” y aquellos de los cuales “tiene misericordia” (Ro. 9:18), el “mundo” y los “elegidos” del mundo (Jn. 15:19) son, indiscriminadamente, objeto de este amor maravilloso que mueve el cielo y que redime el alma.

Las Escrituras abundan en representaciones de que el designio definitivo de la muerte de Cristo es salvar a muchos, la redención de sus ovejas, su Iglesia, su pueblo, sus hijos, los electos. “Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21). “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas… pongo mi vida por las ovejas” (Jn. 10:11, 15). “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla… a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Ef. 5:25-27). Dice la Palabra que Cristo murió “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn. 11:51-52). “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?… ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Ro. 8:32-35).

De hecho, se podrían mencionar muchas razones plausibles que explicarían por qué al hablar sobre una expiación personal y definitiva, en algunas ocasiones, es necesario usar términos generales para ilustrar el hecho de que la redención es apta para todos, suficiente para todos, [predicada] a todos; que los electos son escogidos de toda familia, tribu y nación debajo del cielo (Ap. 5:9), en cada generación sucesiva, y que, finalmente, toda la tierra será redimida de la maldición ¡y que el evangelio triunfará entre todas las naciones y que los santos heredarán el mundo regenerado! Pero afirmamos que, contrariamente a la hipótesis de una expiación general e indefinida, no hay excusa plausible para usar el lenguaje definitivo antes citado. Si Cristo ama tanto a todo el mundo como para morir por él, ¿por qué decir que el motivo de su muerte fue para que sus ovejas fueran salvas?

La obra de Cristo como Sumo Sacerdote es una obra cumplida en todas sus partes con un designio y con un efecto sobre las mismas personas. La obra del sumo sacerdote… incluía sacrificio, oblación31 e intercesión32. También, ya les presenté pruebas de (a) que la obra del sacerdote en la antigüedad era asegurar la remisión33 verdadera y segura de los pecados de todos por los que actuaba y que se refería, definitivamente, a todas las personas que representaba y a nadie más; (b) que el sacerdote en la antigüedad ofrecía intercesión, precisamente, por las mismas personas —por todas ellas y por nadie más— por quienes previamente había hecho expiación34 … Servirá a nuestro propósito, notar lo siguiente.

(1) Las Escrituras declaran que el antiguo sacerdote era en todo sentido un tipo de Cristo. Nuestro Señor, habiendo hecho expiación en el lugar santo, traspasó el velo para hacer intercesión: “No por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención… Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros… viviendo siempre para interceder por ellos” (He. 9:12, 24; 7:25).

(2) Pero Cristo intercedió sólo por sus ovejas. Esto es seguro (a) porque siempre es eficaz. Intercede como “sacerdote a su lado” (Zac. 6:13). Dice de su Padre: “Siempre me oyes” (Jn. 11:42). Su forma de intercesión es: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Jn. 17:24), (b) Declara expresamente el hecho de que intercede sólo por los electos: “No ruego por el mundo, sino por los que me diste” (Jn. 17:9). “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (Jn. 17:20). “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor” (Jn. 10:16).

(3) Pero si Cristo intercede sólo por los electos, por supuesto sólo por ellos puede haber muerto. Como comprobamos antes, el antiguo sacerdote hacía intercesión por todos los que había hecho expiación. La obra del sacerdote era uno por designio y efecto en todas sus partes. Es simplemente absurdo suponer que el sacerdote actuara como mediador de una persona cuando ofrecía la oblación y para otra cuando hacía la intercesión. La siguiente es la posición de Pablo con respecto a este tema: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios?… ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?” (Ro. 8:33-35). Aquí resulta claro que el argumento establece la seguridad de los electos. La base sobre la cual descansa esa seguridad es que Cristo murió por ellos y por ellos intercede. Resulta claro que el morir y el interceder tienen el mismo objeto personal.

(4) Esta interpretación es avalada por la propia naturaleza de esta intercesión perpetua que Cristo ofrece en nombre de sus electos. Para nosotros ahora, es perfeccionado en el cielo; no es una sumisa humillación de sí mismo con gemidos, lágrimas y súplicas; no, no puede ser considerado como una intercesión oral como ruego, sino sencillamente real por presentarse él mismo ante el trono de gracia rociado con la sangre del pacto para interceder por nosotros “por su propia sangre… para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (He. 9:12, 24), presentándose de manera que su oblación ya realizada tuviera eficacia perpetua hasta haber llevado a gloria a los muchos hijos que le fueron dados por Dios. En esto pues, consiste su intercesión, siendo, por así decirlo, la continuación de su oblación. Fue el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Ap. 13:8). De hecho, su intercesión antes de su verdadera oblación en la plenitud del tiempo, no es más que una presentación del compromiso asumido por la obra que a su tiempo se cumpliría; con seguridad lo que le sigue no es otra cosa que una presentación de lo que, de acuerdo con el compromiso, se haría realidad, de manera que no es más que una continuación de lo que postula su oblación, haciendo memoria y declarando aquellas cosas obtenidas por ella. ¿Cómo, entonces, podría ser posible que una de las dos cosas abarcara más que la otra? ¿Puede decirse de él que se ofrece por aquellos por los que no intercede? Su intercesión no es más que una presentación de su oblación por aquellos por quienes sufrió y para darles todo lo bueno que fue comprado por ella.

La relación que tiene esta cuestión con la doctrina de la elección es obvia. La… doctrina de que por el puro afecto de su voluntad, Dios predestinó infaliblemente a ciertas personas escogidas de la masa de la humanidad caída para salvación con todo lo que esto implica y que, al hacerlo, en su soberanía pasó por alto al resto de la humanidad, dejándola librada a las consecuencias naturales de su pecado, da por resultado, la cuestión de los designios de Dios de entregar a su Hijo a la muerte. Es imposible pensar que la misma mente que, en su sabiduría, predestinó a los escogidos para salvación y al resto de la humanidad para el castigo por sus pecados haría, al mismo tiempo, un gran sacrificio por quitar los obstáculos legales de aquellos para cuya senda es decretado que otros obstáculos no serían quitados.

Nuestro punto de vista tiene la ventaja primordial de coincidir y armonizar con los hechos del caso y de representar a Cristo como el designado para obtener con su muerte, precisamente, lo que con ella logró y nada más que eso. Creemos que el Padre determinó lograr por la muerte [del Hijo] los siguientes objetivos:

(1) Evidentemente, en cuanto a las finalidades, a las cuales se relacionan todas las otras, la única que provee una razón adecuada por lo que él hizo, es que ella fue asegurar la salvación de su propio pueblo, de aquellos que el Padre le había dado; (2) Para lograrlas, escogió comprarlos, y luego comunicarles, eficazmente, la fe y el arrepentimiento, y todos los frutos del Espíritu.

Tomado de The Atonement (La expiación), de dominio público.


Archibald Alexander Hodge (1823-1886): Teólogo presbiteriano norteamericano, hijo de Charles Hodge, nacido en Princeton, Mercer, Nueva Jersey, EE.UU.