Amando a Jesús por su obra eternal

Isaac Ambrose (1604-1664)

Debemos amar a Jesús por llevar a cabo esa obra grandiosa de nuestra salvación en la eternidad. Y ésta es el fruto o efecto de la fe porque, una vez que creemos, todos esos designios y transacciones nos corresponden, ¡sí! Son para nosotros. Entonces, ¿cómo podemos dejar de amar a ese Dios y a ese Cristo que nos amó a nosotros primero y sin reservas? Dios nos amó antes de que nosotros lo amáramos a él, nos amó aun en aquella eternidad antes de la fundación del mundo. Por ende, hemos de amarle por sobre todas las cosas. Así como el diamante da forma y forja al diamante, el amor da forma y forja al amor. O así como una pequeña chispa convierte al combustible en un gran fuego, así este antiguo amor de Dios y Cristo bien puede causar que nuestro amor se renueve.

¡Oh Cristo! ¿Acaso no nos amaste?… ¿Quién puede dudar, si lee del designio eterno de Dios, que Cristo se entregara a sí mismo y sufriera lo indecible por la [intensidad] de su amor? ¿Que Cristo doblegara su majestad al punto de morir por nosotros para que no muramos, sino vivamos con él? ¡Ay, cómo debiera esto encender en nuestro corazón el amor más ardiente hacia Dios y Cristo que puede haber! ¿Qué [obra] motiva con más eficacia el amor del hombre… que el amor y la generosidad de otro? Bernard36 en su Epístola 107 comenta: “¿Quién pues, es justo, excepto el que se vuelve a Dios, quien lo ama y es amor? Y esto nunca sucede, a menos que por fe, el Espíritu le revele al hombre el propósito de Dios de su salvación futura”. Y por esto es que el corazón está en su mejor forma cuando considera el amor eterno de Dios en Cristo… ¡Ay, alma mía! Que puedas tú vivir la fe en estos actos eternos para poder obtener los mejores frutos de la fe, no sólo amar a Dios y a Cristo, sino amarlos con un amor ardiente, con un amor poderoso, un amor como el que se manifiesta en procurar vigorosamente a Jesucristo y en tu entrega más fiel a Dios; un amor que manifiesta el aspecto más grato de Dios y de Cristo que lleva al hombre a mirar a Dios y a Cristo con gran gozo; un amor que lleva al hombre a exaltar a Dios con alabanzas. De estos distintivos depende la fuerza del amor… De hecho, los mejores afectos tienen sus arrebatos de éxtasis; es posible que en el presente tu amor sea frío. ¡Oh, acércate a este fuego! Reflexiona cómo Dios y Cristo te amaron pensando en lo siguiente:

Su proyecto de salvar tu alma surgió de su amor. El amor fue la primera rueda que echó a andar las obras eternas de Dios. ¿De dónde surgió el gran designio de Dios, sino solamente de una expresión de su amor? Se agradó en comunicarse y el motivo de esa comunicación fue su gran amor.

Los concilios de Dios fueron todos por amor. Cuando el amor era el factor rector del consejo, ¿dónde estabas tú? Cuando todos los atributos de Dios ya estaban en vigencia, fue el amor de Dios en Cristo lo que resolvió la cuestión de tu salvación.

El conocimiento previo de Dios fue de amor y [aprobación]. En su amor eterno, te tomó para ser suyo. Te conocía desde antes, es decir, por su amor te apartó para vida y salvación: “Nos escogió en él antes de la fundación del mundo” (Ef. 1:4). Nos escogió en Cristo… Nada lo movió a elegirte más que su propia voluntad y amor.

El propósito de Dios fue una resolución de amor. Demuestra que su amor es constante, invariable y permanente: nada desapacible lo alterará. “Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn. 13:1). Su amor no tiene fin, es desde la eternidad hasta la eternidad.

El decreto de Dios fue… el acto de amor de otorgar esa gracia a sus escogidos. Desde antes del tiempo, decretó [que este amor] sería un medio eficaz para llevarlos a la gloria.

El pacto entre Dios y Cristo fue un acuerdo de amor. Dios y Cristo acordaron salvar nuestras almas. A Cristo le fue dada gracia antes de que el mundo fuera (2 Ti. 1:9). A nosotros nos fue dada gracia; es decir, el amor y favor de Dios por gracia nos fueron dados antes de los tiempos seculares37. Ésta fue la intención de Dios desde la eternidad, este fue el designio, sí, el designio más maravilloso que Dios ha tenido: ¡Mostrar en Jesucristo su gloria infinita y las riquezas de su amor! No hay duda que tenía otros grandes designios al hacer cosas tan grandes como las que ha hecho. Pero por sobre todos los designios que alguna vez tuvo para todas sus obras, ésta es la principal: Honrar su misericordia, glorificar las riquezas de su amor y gracia. De no haber sido así, nunca hubiera creado el mundo. Y, por lo tanto, en ese mundo venidero, Dios se complacerá en mostrarles a sus santos y ángeles lo que es capaz de hacer para una criatura. Sí, por toda la eternidad les declarará —con cuánta perfección y excelencia— su amor y misericordia… Para que los santos y ángeles admiren, adoren y magnifiquen por ello, el nombre de Dios eternamente.

¡Oh alma mía! ¿Puedes reflexionar sobre esto y no amar profundamente a quien tanto te ha amado a ti? Ven… si eres cristiano, todavía tienes algunos rescoldos, aunque pueden estar debajo de las cenizas. ¡Ven y aviva tus afectos con este fuego! Cristo tiene fuego en su mano: levanta tu vista y extiende la tuya para tomarlo de él. ¡Oh, tómalo con las dos manos y agradécelo! La oración… contemplación y percepción juiciosa de la intervención del Espíritu, son los mejores instrumentos para encender este fuego de amor en ti.

¡Y creo que tu corazón debe ya comenzar a derretirse! Creo que debiera recibir impresiones más personales del objeto que tiene delante, creo que las obras eternas y los actos de Dios y de Cristo a favor de tu pobre alma debieran comenzar a sobrecogerte… “¿Por qué, Señor, está pasando esto? ¿Fui escogido en Cristo desde la eternidad? ¿Fui ordenado para recibir una herencia gloriosa antes de que el mundo fuera? ¿Fue este asunto de hacerme feliz uno de los profundos y principales propósitos de Dios? ¿Fue ésta una de las obras de su sabiduría de la que se ocupó antes de que comenzara el mundo? ¿Fue el gran designio de Dios al crear al mundo y al crear el cielo —el sitio de gloria— glorificarse a sí mismo y glorificar a un pobre perdido como lo soy yo? Entonces, ¡cómo debiera esto llenar profundamente mi corazón con el amor de Dios y el amor de Cristo!… ¡Ah! ¡Qué flamas de afecto, qué arrebatamiento de fervor, qué ardor de placer, qué éxtasis de obediencia pueden ser suficientes para mi Dios bendito y bien amado Redentor!

Tomado de Looking unto Jesus (Puestos los ojos en Jesús), Sprinkle Publications, www.sprinklepublications.net.


Isaac Ambrose (1604-1664): Pastor anglicano, en ese entonces presbiteriano; nacido en Ormskirk, Lancashire, Inglaterra, Reino Unido.