Gran esperanza en el propósito de Dios

Thomas Brooks (1608-1680)

Amados en nuestro Señor, en la primera parte de mi libro The Golden Key” (La llave de oro )22, les he mostrado a ustedes siete argumentos23 que cada cristiano sincero puede presentar, basados en varios pasajes en el Antiguo y Nuevo Testamento que se refieren, ya sea al gran día de rendir cuentas o a días particulares de hacerlo. En esta segunda parte24, empezaré donde quedé y les mostraré otros argumentos especiales que todo creyente puede invocar en este caso…

El décimo argumento que puede invocar el creyente es con base en los diez pasajes [en la nota de pie de página]25 que se refieren al gran día de rendir cuentas o a días particulares de hacerlo. Todos pueden presentar su defensa por ese contrato, pacto y acuerdo que fue hecho solemnemente entre Dios y Cristo, [concerniente] a todo el tema de la salvación y redención del hombre.

Podemos presentarlo de esta forma para nuestra comprensión: Dios el Padre le dice a Cristo el Mediador: “Considero a Adán y su posteridad como una simiente degenerada, ‘generación de víboras’, apóstatas y rebeldes, merecedores de todos los juicios temporales, espirituales y eternos. No obstante, no concibo en mi corazón condenar a todos: ‘Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira… porque Dios soy, y no hombre’ (Os. 11:8-9). Por lo tanto, he determinado mostrar misericordia por millones de ellos, salvarlos de la ira que vendrá y llevarlos a la gloria (Ap. 7:9-10). Pero tengo que hacerlo resolviendo una dificultad en cuanto a mi ley, justicia y honor: Se resolverá si tú tomas su lugar y te haces maldición por ellos (Gá. 3:10, 13) y, de esta forma, satisfarás mi justicia por sus pecados. Te los daré a ti (Jn. 17:2, 6, 11) a fin de que los cuides y los lleves a mi reino para la manifestación de la gloria de mi gracia”. “Bien”, responde Cristo. “Me parece bien: Cumpliré todos tus requisitos de todo corazón; quede, pues, hecho el acuerdo entre tú y yo”26.

Podemos estar seguros de esto con base en los siguientes dos pasajes del libro de Salmos: Salmo 2:7-9 y 40:6-8. Cristo, el Hijo, habla en ambos pasajes. En el primero, publica el decreto u ordenanza del cielo [concerniente] a él mismo y lo trae al Padre, [quien lo instala] en el sacerdocio u oficio de Mediador porque así aplica el Apóstol dicho texto: “Tú eres mi hijo” (He. 5:5) y también avala este pacto y acuerdo en las dos partes que incluye… Pero teniendo en cuenta que el pacto de redención o contrato sagrado entre Dios el Padre y Jesucristo es un punto que todavía no he tratado desde el púlpito o en la prensa, lo haré ahora de la manera más clara, precisa y completa que me sea posible por ser una cuestión de suma importancia para el alma de todos nosotros. Y, por lo tanto,…

Isaías 53, entre muchos otros pasajes, nos ofrece señales muy claras de una transacción central27 entre Dios el Padre y Jesucristo, a fin de [lograr] la recuperación y felicidad eterna del pobre pecador. El evangelio glorioso parece [resumirse] en este capítulo. Su tema son los terribles sufrimientos y dolorosa muerte de Cristo y su [resultado]. De todos los profetas, Isaías fue el más evangélico, y de todas sus profecías, la que tenemos en este capítulo es la más evangélica. Tenemos en este capítulo, una descripción y representación sumamente clara, dinámica y completa de la humillación, muerte y pasión de Jesucristo, y ciertamente, tan exacta y en consonancia con lo que ha sucedido desde entonces, que Isaías parece escribir aquí un suceso histórico en lugar de una profecía… De este capítulo, que vale más que todo el oro de Ofir y más que diez mil mundos, observemos ocho cosas:

Primero, observemos que Dios y Cristo coinciden satisfactoriamente y están infinitamente complacidos con la conversión de los escogidos (53:10). “Verá linaje”, es decir, los verá llamados, convertidos, cambiados y santificados. “Verá linaje”, es decir, una hueste innumerable se convertirá a él por medio de su Palabra y Espíritu en todos los pueblos y naciones, a través de la obra poderosa del Espíritu y la simiente incorruptible de la Palabra (Sal. 110:3; 1 P. 1:23). Un número infinito de pobres almas vendrían a Jesucristo, que él vería para su contentamiento total y satisfacción infinita. (Ap. 7:9; He. 2:10, 13). “Verá linaje”, es decir, lo verá crecer y multiplicarse, verá acudir a él a creyentes de todos los rincones y lugares, y los verá aumentar grandemente y crecer por la predicación del evangelio sempiterno, especialmente, después de su ascensión al cielo. También habrá un derramamiento glorioso del Espíritu Santo sobre sus apóstoles y otros (Hch. 2:37, 41; 4:1-4, 8). No hay matemático sobre la tierra que pueda contar o sumar la simiente y el linaje de Cristo.

Segundo, observemos que las personas redimidas por Jesucristo, no tienen nada de peso ni valor, ni porción ni proporción, ni excelencias o belleza interiores ni exteriores por las cuales el castigo merecido fuera transferido a nuestro Jesús amado (53:4). Si nos fijamos en sus pecados y en su culpabilidad, llegamos a la conclusión de que menosprecian y rechazan a Cristo: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado”. Cristo, no sólo tomó nuestra naturaleza, sino también nuestras debilidades y se hizo responsable de los sufrimientos, aflicciones, heridas y angustias a los que está expuesta y sujeta la naturaleza pecadora del hombre. La Palabra los llama nuestros porque a él le fueron cargados nuestros pecados; se apropió de ellos y de nuestra culpabilidad, y lo hizo por puro amor (Ro. 8:3; He. 4:15). Cristo, por nuestro bien, ha tomado sobre sí todos nuestros males espirituales o sea, todos nuestros pecados, para ofrecer satisfacción por ellos y, de esta manera, se hizo nuestro Garante para pagar la deuda que contrajimos. Cristo, en calidad de su promesa a favor de sus escogidos, con tormentos y sufrimientos extremos, tanto del cuerpo como del alma, cargó con todos nuestros castigos pendientes. La razón por la que los judíos desestimaron tanto a Cristo fue porque creían que todas las aflicciones que sufrió fueron infligidas por Dios por la única razón de que él mismo las merecía por su impiedad. Fue considerado alguien que había perdido la gracia y el favor de Dios, sí, como alguien castigado por [Dios] por todos sus pecados. Cuando los judíos vieron las cosas terribles que sufrió Cristo, con maldad e impiedad, juzgaron que había sido tratado así por Dios como venganza por sus pecados. De hecho, por todo lo antedicho, podemos ver que en los redimidos por Cristo no hay nada de valor ni honra que ameritara que el castigo que merecían fuera transferido a nuestro Señor Jesucristo.

Tercero, notemos que en Jesucristo, nuestro amado Redentor, no había absolutamente ningún pecado ni causa que mereciera castigo alguno por el cual fuera golpeado, herido de Dios y abatido (53:5, 9). “Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados… nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca”. El pecado había puesto una distancia infinita entre Dios y nosotros. Ahora, Cristo es castigado para que nuestros pecados pudieran ser perdonados; es castigado para que Dios y nosotros pudiéramos reconciliarnos. Toda la culpabilidad es nuestra, pero Cristo, pagando el precio con su sangre, ha quitado la culpa, aplacado la ira divina, haciendo que Dios y nosotros nos amistáramos. Dios el Padre le dio a nuestro Jesús amado todos los castigos que nos correspondían a los escogidos, por quienes fue garantía. Y por este medio, somos absueltos y obtenemos la paz con Dios. Cristo fue “santo, inocente, sin mancha” (He. 7:26). Ningún ser humano podía [declararlo culpable] de pecado; efectivamente, ni el diablo mismo podía encontrar falla alguna en él, ni de palabra ni de hecho. Cristo era sin defecto original y sin mancha alguna. Todas las palabras y las obras de Dios eran rectas, justas y sinceras. La inocencia de Cristo fue suficientemente vindicada. De hecho, los sufrimientos de Cristo fueron grandes y graves, pero no por sus propios pecados —“nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca” (53:9)—, sino por los nuestros. Cristo ahora, había tomado el lugar del pecador y se había convertido en su garantía. Por lo tanto, estaba sujeto a lo que fuera que el pecador merecía en su propia persona y, por esta razón y ninguna otra, fue herido, molido y castigado. El Señor Jesús no tenía pecado en él por inhesión28, pero tenía en él mucho por imputación29. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21). Le agradó a nuestro Señor Jesucristo asumir nuestra culpabilidad y, por lo tanto, agradó al Padre herirlo, lastimarlo y castigarlo.

Cuarto, observemos que esa paz y reconciliación con Dios, la sanidad de todos nuestros males pecaminosos y la cancelación de nuestra deuda, que merecía como castigo la ira venidera, son favores comprados por la sangre de Cristo en la cruz del Calvario (53:5). “Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él”. Cristo fue castigado para obtener nuestra paz, librándonos de nuestros pecados que causaron la ruptura de nuestra relación con Dios. La culpa [de nuestros pecados] fue pagada con el precio de su sangre y fuimos reconciliados con Dios con el mismo precio. Cristo fue castigado para que por él obtuviéramos perfecta paz con Dios, quien estaba enemistado con nosotros a causa de nuestros pecados. Por los sufrimientos de Cristo somos liberados, tanto del pecado como del castigo. Ahora bien, porque algunos tergiversan este versículo para justificar aquella doctrina corrupta de redención universal, permítanme argumentar lo siguiente. El castigo por el pecado cargado a la persona de Jesucristo procuró la paz para aquellos por quienes fue castigado (Is. 57:21; Ef. 1:14)…

Quinto, notemos que Jesucristo soportó sin reservas, los grandes y graves sufrimientos que le fueron impuestos; lo hizo por su propia voluntad con humildad, paciencia y en consonancia con el pacto acordado entre el Padre y él mismo (53:7). “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca”… Es decir, la pena requerida por la justicia de Dios por nuestros pecados le fue infligida a él, y él la soportó en nuestro lugar. El profeta no habla de una misma persona o personas, pecando, sufriendo o soportando penas por sus propias faltas, sino como alguien sufriendo de manera vicaria, es decir, por los pecados de otros y soportando graves penas por faltas cometidas por terceros. Las palabras correctamente leídas y comprendidas confirman fehacientemente la doctrina de que el sufrimiento de Cristo para pagar nuestros pecados satisfizo la demanda de justicia por parte de Dios. La pena que merecíamos le fue adjudicada a él en razón del rigor de la justicia, convirtiéndose él en nuestro patrocinador o garantía por haberla cumplido en nuestro lugar. Cristo, por nosotros, se comprometió con Dios su Padre como garantía del pago de nuestras deudas. Le fueron cobradas a él y las pagó todas; es decir, no sólo se hizo cargo de ellas, sino que también nos libró de ellas. En nuestro idioma, la frase “responder por algo” es pagar por algo y esto es muy cierto en cuanto a nuestro amado Señor Jesús porque él respondió por nuestra deuda causando que fuera cancelada para que nunca más pudiera presentarse contra nosotros en este mundo ni tampoco en el venidero (Jn. 19:30; Ro. 4:25; Col. 2:14)…

Sexto, notemos que la razón original de este acuerdo o pacto entre el Padre y su Hijo, en virtud de que Dios el Padre demanda un precio y Jesucristo lo paga de acuerdo con las demandas de Dios, es exclusivamente, por el favor y la pura gracia de Dios (53:10). “Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento”. Dios el Padre considera a Jesucristo como defensor de nuestra persona y causa, considera a nuestros pecados cargados sobre él y por ellos haber sido castigado. El pecado no podía ser abolido, la ira de Dios no podía ser aplacada, la terrible maldición no podía ser quitada más que por la muerte de Cristo. Por lo tanto, Dios el Padre quiso quebrantarlo y sujetarlo a padecimiento, de acuerdo con el pacto entre él y su Hijo. Tenemos que reconocer que Dios no incitó ni instigó a los judíos impíos a cometer esas vilezas y crueldades contra Cristo. No obstante, es muy evidente por [Hch. 2:23 y 4:28] que Dios había predeterminado sus sufrimientos para la salvación de la humanidad y fue por eso que quiso quebrantar y sujetar a padecimiento a su Hijo. La satisfacción singular de Dios el Padre en la obra de nuestra redención es una demostración maravillosa de su amor y afecto por nosotros.

Séptimo, notemos que el acuerdo entre el Padre y el Hijo fue que nuestros pecados serían imputados al [Hijo] y su justificación atribuida a nosotros, y que todos los redimidos creerían en él y, de esta manera, serían justificados (53:11). “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades”. Algunos lo dicen así: “Verá el fruto de la aflicción de su alma y estará satisfecho”, es decir, Jesucristo, luego de haber cumplido su obra, recibirá y disfrutará el efecto y resultado de las grandes aflicciones soportadas y todas las angustias sufridas. Un resultado final sería que le darían contentamiento y satisfacción. Cuando Cristo haya completado la obra de redención, verá una recompensa por todos sus sufrimientos y sentirá una complacencia singular en la obra de nuestra redención y descansará con los frutos de sus propias obras. Dios el Padre asegura a Jesucristo que su sufrimiento no es en vano, sino que vivirá para ver con gran gozo los numerosos frutos de almas fieles engendradas para Dios. Sabemos que cuando las mujeres están sufriendo dolores de parto, una vez que dan a luz y ven el fruto de su vientre se sienten tan aliviadas, complacidas, contentas y satisfechas que olvidan sus dolores y sufrimientos “por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo” (Jn. 16:21). Dios el Padre determina que Jesucristo tenga una simiente tan santa, un linaje tan bendecido como el fruto y efecto principal de su pasión que lo alegraría y complacería de modo que quedaría satisfecho. Por cierto que no puede haber gozo y satisfacción [mayor] para Cristo que ver almas pecadoras reconciliadas, justificadas y salvadas por su sufrimiento y misión cumplida. Esa satisfacción es como la de un pastor fiel cuando ve almas ganadas para Cristo y edificadas en él (1 Ts.2:19-20; Gá. 4:19)…

Octavo, notemos que el Padre y el Hijo acuerdan que las personas por quienes Jesucristo daría su vida, también lo tendrían como intercesor para que pudieran contar con todos los favores y bendiciones que para ellas habría adquirido con su sangre preciosa (53:12). “Habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34). Por estos mismos transgresores por los que sufrió, intercede, y su intercesión continúa hasta hoy y continuará hasta el fin del mundo (He. 7:25).

Tomado de “Paradise Opened” (Paraíso abierto) en The Complete Works of Thomas Brooks (Las obras completas de Thomas Brooks), Tomo 5, de dominio público.


Thomas Brooks (1608-1680): Predicador no conformista y defensor de la forma de gobierno congregacional, sepultado en Bunhill Fields, Londres, Inglaterra, Reino Unido.

No corresponde opinar que todo esto es pura especulación intelectual ni que, habiéndolo aprendido totalmente, se lo puede dejar a un lado, porque es el fundamento de todo seguro consuelo, gozo, santo asombro y magnificencia de Dios. —Wilhelmus à Brakel