Un breve relato del cielo
J. C. Ryle (1816-1900)
“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:1-3).
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ENEMOS en este pasaje, un relato muy reconfortante del cielo o de la futura morada de los santos. Es muy poco lo que entendemos acerca del cielo mientras estamos aquí en el cuerpo y, ese poco, se nos enseña generalmente en la Biblia por lo que no es, mucho más que por lo que sí es. Pero aquí, en todo caso, hay algunas cosas claras.
El cielo es la “casa del Padre”, la casa de aquel Dios de quien Jesús dice: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre” (Jn. 20:17). Es, en una palabra, el hogar: El hogar de Cristo y de los cristianos. Ésta es una expresión dulce y conmovedora. El hogar, como todos sabemos, es el lugar donde, generalmente, somos amados por [lo que somos] nosotros mismos y no por nuestros dones o posesiones; el lugar donde somos amados hasta el final, nunca olvidados y siempre bienvenidos. Ésta es una idea del cielo. Los creyentes están en tierra extraña y en la escuela en esta vida. En la vida venidera, estarán en su hogar.
El cielo es un lugar de “mansiones”—de moradas duraderas, permanentes y eternas—. Aquí en el cuerpo, estamos en hospedajes, tiendas y tabernáculos, y debemos someternos a muchos cambios. En el cielo, seremos establecidos por fin y no saldremos más. “No tenemos aquí ciudad permanente” (He. 13:14). Nuestra casa no hecha de manos, nunca será derribada.
El cielo es un lugar de “muchas mansiones”. Habrá lugar para todos los creyentes y lugar para toda clase de personas, para los santos pequeños como para los grandes, para el creyente más débil como para el más fuerte. El hijo de Dios más débil, no tiene por qué temer que no habrá lugar para él. Nadie será excluido, excepto los pecadores impenitentes y los incrédulos obstinados.
El cielo es un lugar donde Cristo mismo estará presente. Él no se contentará con morar sin su pueblo: “Para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3). No debemos pensar que estaremos solos y abandonados. Nuestro Salvador —nuestro Hermano mayor, nuestro Redentor, quien nos amó y se entregó por nosotros— estará en medio de nosotros para siempre. Lo que veremos y a quién veremos en el cielo, no podemos entenderlo plenamente todavía, mientras estemos en el cuerpo. Pero una cosa es cierta: Veremos a Cristo. Dejemos que estas cosas penetren en nuestras mentes. Puede que no les parezca para nada a los mundanos y despreocupados. Pero para todos los que sienten en sí mismos la obra del Espíritu de Dios, están llenos de inefable consuelo. Si esperamos estar en el cielo, es agradable saber cómo es el cielo.
Por último, tenemos en este pasaje, una base sólida para esperar cosas buenas por venir. [Nuestra carne pecaminosa] es propensa a robarnos nuestro consuelo acerca del cielo. “Desearíamos poder pensar que todo es verdad”. “Tememos que nunca seremos admitidos en el cielo”. Escuchemos lo que Jesús dice para animarnos.
Una palabra alentadora es ésta: “Voy, pues, a preparar lugar” (Jn. 14:2). El cielo es un lugar preparado para un pueblo preparado: un lugar, el cual encontraremos que, Cristo mismo, ha preparado para los verdaderos cristianos. Él lo ha preparado procurando el derecho de entrada para todo pecador que crea. Nadie puede detenernos y decir que no tenemos nada que hacer allí. Él lo ha preparado yendo delante de nosotros como nuestra Cabeza y Representante, y tomando posesión de él para todos los miembros de su cuerpo místico. Como nuestro Precursor, Él ha marchado, llevando cautiva la cautividad, y ha plantado su estandarte en la tierra de gloria. Él lo ha preparado, llevando nuestros nombres con Él como nuestro Sumo Sacerdote al lugar santísimo y preparando a los ángeles para recibirnos. Aquellos que entren en el cielo, descubrirán que no son desconocidos ni inesperados.
Otra palabra alentadora es ésta: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo” (Jn. 14:3). Cristo no esperará que los creyentes suban hasta Él, sino que descenderá hasta ellos para levantarlos de sus tumbas y escoltarlos hasta su hogar celestial. Así como José vino al encuentro de Jacob, así también Jesús vendrá a llamar a su pueblo y guiarlo a su herencia. Nunca debemos olvidar la segunda venida. Grande es la bendición de mirar hacia atrás, a Cristo viniendo la primera vez para sufrir por nosotros, pero, no menos grande, es el consuelo de mirar hacia adelante, a Cristo viniendo, por segunda vez, para resucitar y recompensar a sus santos.
Dejemos todo este pasaje con sentimientos solemnes y un serio autoexamen. ¡Cuánto se pierden quienes viven en un mundo moribundo y, sin embargo, nada saben de Dios como su Padre y de Cristo como su Salvador!
Tomado de Pensamientos expositivos en Juan (Expository Thoughts on John), vol. 3 (New York: Robert Carter & Brothers, 1880), 51-53; de dominio público.
J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana.