Travesía a la ciudad celestial
John Bunyan (1628-1688)
D
espués, vi en mi sueño que los peregrinos habían pasado la Tierra Encantada y entrado en el país de Beula, cuyo ambiente era muy dulce y agradable, y como el camino pasaba por este país, los peregrinos se solazaron1 allí por algún tiempo (Is. 62:4). Sí, allí les fue agradable oír, continuamente, el canto de las aves y ver aparecer, cada día, las flores en los campos y oír la voz de la tórtola en la tierra (Cnt. 2:10-12). En esta tierra, alumbraba el sol día y noche, pues está más allá del valle de sombra de muerte y también, fuera del alcance del Gigante Desesperación; ni tampoco, desde este lugar, podían ver siquiera el castillo de la Duda. Aquí estaban a la vista de la ciudad a donde iban y aquí, encontraron algunos de sus habitantes, dado que, en este país, los Seres Resplandecientes solían pasear porque está al lado del cielo. En esta tierra, también se renovó el pacto entre la novia y el novio; sí, aquí, como el novio se regocija por la novia, así, su Dios, se regocijó con ellos (Is. 62:5). Aquí no les faltó trigo ni vino porque, en este lugar, encontraron abundancia de lo que habían buscado en toda su peregrinación (v. 8). Allí, oyeron voces que salían de la ciudad, voces fuertes, que decían: “Decid a la hija de Sion: He aquí que viene tu Salvador; he aquí su recompensa con él” (v. 11). Aquí todos los habitantes del país los llamaban: “Pueblo santo, Redimidos de Jehová; … deseada” (v. 12); etc.
Ahora, mientras caminaban por esta tierra, se regocijaban más que en las partes más remotas del reino al que estaban destinados y, cuanto más se acercaban a la ciudad, tenían una vista más clara de ella. Estaba hecha de perlas y piedras preciosas, sus calles eran de oro, de manera que, a causa de la gloria natural de la ciudad y el reflejo de los rayos del sol que la hacían resplandecer aún más, Cristiano se sintió enfermo y Esperanza también tuvo uno o dos ataques de la misma enfermedad. Por eso, aquí estuvieron un tiempo, gritando a causa de sus dolores: “Si halláis a mi amado, que le hagáis saber que estoy enferm[o] de amor” (Cnt. 5:8).
Pero un poco fortalecidos y más capaces de soportar su enfermedad, siguieron su camino y llegaron aún más cerca donde había huertos, viñedos y jardines, cuyas puertas daban al camino real. Ahora, cuando llegaron a estos lugares, he aquí que el jardinero estaba en el camino, a quien los peregrinos dijeron: ‘¿De quién son estos hermosos viñedos y jardines?’. Él respondió: ‘Son del Rey y están plantados aquí para su propio deleite, y también para el solaz de los peregrinos’. Entonces, el jardinero los hizo entrar en los viñedos y les ordenó que se refrescaran con los manjares (Dt. 23:24). También, les mostró allí, los senderos del Rey y las estancias donde Él se complacía en estar; y aquí se detuvieron y durmieron.
Ahora, en mi sueño contemple que, en aquel momento, hablaban más mientras dormían que en todo su viaje y estando pensativo2, el jardinero me dijo: ‘¿Por qué piensas en esto? Es la naturaleza del fruto de las uvas de estas viñas descender tan dulcemente que hace hablar a los labios de los que duermen’.
Vi, pues, que cuando despertaron, se dirigieron a subir a la ciudad. Pero, como he dicho, el reflejo del sol sobre la ciudad —pues “la ciudad era de oro puro” (Ap. 21:18)— era tan extremadamente glorioso, tanto que no podían aún, contemplarla directamente, sino por medio de un instrumento hecho para ese fin (2 Co. 3:18). Así, vi que cuando seguían su camino, salieron a su encuentro, dos varones con vestiduras que brillaban como el oro y sus rostros eran relucientes como la luz.
Estos hombres preguntaron a los peregrinos de dónde venían y ellos se lo dijeron. También les preguntaron dónde se habían alojado, qué dificultades y peligros, qué comodidades y placeres habían encontrado en el camino, y ellos se lo contaron. Entonces, dijeron los hombres que salieron a su encuentro: ‘No les quedan más que dos dificultades que encontrar y entonces, estarán en la ciudad’.
Entonces, Cristiano y su compañero, pidieron a los hombres que les acompañaran y ellos les dijeron que lo harían. ‘Pero’, dijeron ellos, ‘deben obtenerlo por su propia fe’. Por tanto, vi en mi sueño que seguían juntos hasta que llegaron a la vista de la puerta.
Además, vi que entre ellos y la puerta estaba un río, pero no había puente para pasarlo y el río era muy profundo. A la vista de este río, los peregrinos se turbaron, pero los varones que se habían acercado a ellos dijeron: ‘Tienen que pasar el río, si no, no podrán llegar a la puerta’.
Los peregrinos comenzaron entonces, a preguntar si no había otro camino hacia la puerta; a lo que ellos respondieron: ‘Sí, pero a nadie, excepto a dos, a saber, Enoc y Elías, se le ha permitido andar ese camino desde la fundación del mundo y a nadie se le permitirá hacerlo hasta que suene la última trompeta’ (1 Co. 15:51-52). Los peregrinos entonces, especialmente Cristiano, empezaron a desanimarse en sus mentes y miraban a un lado y a otro, pero no encontraban la manera de escapar del río. Por lo tanto, preguntaron a los varones si el agua era de la misma profundidad en todas partes. Ellos respondieron: ‘No’. Sin embargo, no podían ayudarles en ese caso. ‘Porque’, dijeron, ‘hallarán el río de mayor o menor profundidad, según ustedes crean3 en el Rey del país’.
Se dirigieron entonces al agua y, al entrar, Cristiano empezó a hundirse y, gritando a su buen amigo Esperanza, dijo: ‘¡Me hundo en aguas profundas; las olas pasan por encima de mi cabeza, tus ondas y tus olas han pasado por encima de mí!’ (Ver Sal. 42:7). Selah[^42].
Entonces, dijo Esperanza: ‘Ten ánimo, hermano mío; siento el fondo, y es firme’. Pero Cristiano dijo: ‘¡Ah, amigo mío! Me rodearon ligaduras de muerte (Ver Sal. 116:3); ya no veré la tierra que mana leche y miel’. Y con esto, una grande y horrorosa oscuridad cayó sobre Cristiano, tanto que no podía ver por dónde iba. Y aquí, perdió en gran medida sus sentidos, de modo que no podía ni recordar ni hablar sensatamente de ninguno de aquellos dulces consuelos que había encontrado en el camino de su peregrinaje. Pero con todas las palabras que él habló, demostraba que él tenía horror en su mente y temía en su corazón que iba morir en ese río y nunca obtener la entrada por la puerta. Aquí también, como percibieron los que estaban cerca, estaba muy preocupado por los pecados que había cometido, tanto desde cuando comenzó a ser peregrino como antes. También, se observó que estaba atormentado por apariciones de demonios y espíritus malignos, puesto que, de vez en cuando, lo insinuaba mucho con palabras. Esperanza, por lo tanto, se vio en apuros tratando de mantener la cabeza de su hermano fuera del agua; sí, a veces se hundía totalmente y luego, al pasar un rato, él salía otra vez medio muerto. Esperanza también se esforzaba por consolarlo, diciendo: ‘¡Hermano, veo la puerta y a los hombres que nos esperan para recibirnos!’. Pero Cristiano le respondía: ‘Es a ti, es a ti a quien esperan; has conservado tu esperanza desde el primer momento en que te conocí’. ‘Y a ti también’, le dijo a Cristiano. ‘¡Ah, hermano!’, dijo él, ‘seguramente, si yo tuviera razón, Él se levantaría ahora para ayudarme; pero por mis pecados, me ha hecho caer en la trampa y me ha abandonado’. Entonces dijo Esperanza: ‘Hermano mío, has olvidado por completo el texto donde se dice de los impíos: “No tienen congojas por su muerte, pues su vigor está entero. No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres” (Sal. 73:4-5). Estas aflicciones y amarguras por las que estás pasando en estas aguas, no son señal de que Dios te haya desamparado, sino que son enviadas para probarte y para ver si te acuerdas de lo que, por su bondad hasta ahora, has recibido, y para que te apoyes en Él en tus aflicciones’.
Entonces, vi en mi sueño que Cristiano estaba meditabundo durante un rato. Y Esperanza añadió esta palabra: “Confiad… Jesucristo te sana” (Jn. 16:33; Hch. 9:34). Y al decir esto, Cristiano prorrumpió en un fuerte grito: ‘¡Oh! Lo veo de nuevo y me dice: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán” (Is. 43:2)’. Entonces, ambos se armaron de valor y el enemigo se quedó tan quieto como una piedra hasta que lo pasaron por encima. Y muy pronto, sus pies tocaron fondo y Cristiano encontró terreno donde pararse, y resultó que el resto del río era poco profundo y acabaron de pasar sin tener más problemas.
Ahora, en la orilla del río, al otro lado, volvieron a ver a los dos varones resplandecientes que allí les esperaban; por lo que, habiendo salido del río, les saludaron diciendo: Somos espíritus ministradores, enviados para ministrar en favor de los que serán herederos de la salvación (He. 1:14). Así pues, todos se dirigieron hacia la puerta. Ahora debes notar que la ciudad estaba sobre una alta colina, pero los peregrinos subieron esa colina con facilidad porque tenían a los dos seres que les daban el brazo; también, habían dejado sus vestiduras mortales detrás de ellos en el río porque, aunque entraron con ellas, salieron sin ellas (1 Co. 15:51-57). Por tanto, subieron con mucha agilidad y rapidez, aunque los cimientos sobre los que estaba construida la ciudad eran más altos que las nubes. Subieron, pues, por las regiones del aire, hablando dulcemente mientras avanzaban, siendo reconfortados porque habían cruzado el río a salvo y tenían tan gloriosos compañeros que los asistían.
La conversación que mantuvieron con los Seres Resplandecientes, trató sobre la gloria del lugar, quienes les dijeron que su belleza y gloria eran inexpresables. ‘Allí’, dijeron ellos, ‘es el monte de Sion… la Jerusalén celestial… la compañía de muchos millares de ángeles… y de los espíritus de los justos hechos perfectos (He. 12:22-24)’. ‘Van ustedes ahora’, dijeron, ‘al paraíso de Dios, donde verán el árbol de la vida y comerán de sus frutos que nunca se marchitan (Ap. 2:7); y cuando lleguen allí, se les darán vestiduras blancas (Ap. 3:4), y su andar y conversación será cada día con el Rey, por todos los días de la eternidad (Ap. 22:5). Allí no volverán a ver las cosas que vieron cuando estaban en la región inferior, sobre la tierra como, por ejemplo, tristeza, enfermedad, aflicción y muerte, “porque las primeras cosas pasaron” (Ap. 21:4). Ahora, irán con Abraham, Isaac, Jacob y los profetas —hombres que Dios ha arrebatado del mal venidero y que ahora descansan en sus lechos, caminando cada uno en su justicia— (Is. 57:1-2; 65:17)’.
Los hombres preguntaron entonces: ‘¿Qué debemos hacer en el lugar santo?’. A lo que se les respondió: ‘Allí recibirán descanso de todo su trabajo y tendrán gozo en lugar de tristeza, segarán lo que sembraron, los frutos de sus oraciones y lágrimas y sufrimiento por amor del Rey durante su camino (Gá. 6:7). En ese lugar, tendrán coronas de oro y gozarán por toda la eternidad de la vista y visión del Santo porque lo verán tal como Él es (1 Jn. 3:2). Allí también, le servirán continuamente con alabanzas, aclamaciones y con acciones de gracias a Aquel a quien quisieron servir en el mundo, aunque con mucha dificultad a causa de la flaqueza de su carne. Sus ojos estarán deleitados al ver y sus oídos de oír la placentera voz del Todopoderoso. Allí volverán a gozar de sus amigos que fueron allá antes que ustedes y allí recibirán con alegría, incluso, a todos los que les sigan al lugar santo después de ustedes. Allí también, serán revestidos de gloria y majestad y de un ropaje adecuado para cabalgar con el Rey de gloria. Cuando Él venga con sonido de trompeta en las nubes como sobre las alas del viento, ustedes vendrán con Él; y cuando Él se siente en el trono del juicio, ustedes se sentarán junto a Él; sí, y cuando Él dicte sentencia contra todos los obradores de iniquidad, sean ángeles u hombres, ustedes también tendrán voz en ese juicio porque ellos eran los enemigos de Él y de ustedes también (1 Ts. 4:13-17; Jud. 14; Dn. 7:9-10; 1 Co. 6:2-3). Y cuando Él vuelva otra vez a la ciudad, irán también ustedes, al toque de trompeta y estarán siempre con Él’.
Ahora, mientras se acercaban así a la puerta, he aquí que una compañía de las huestes celestiales salió a recibirlos, a la que dijeron los otros dos Resplandecientes: ‘Estos son los hombres que han amado a nuestro Señor cuando estaban en el mundo y que lo han dejado todo por su santo nombre; y Él nos ha enviado a buscarlos, y los hemos traído hasta aquí en su deseado viaje para que puedan entrar y mirar a su Redentor a la cara con gozo’. Entonces, las huestes celestiales exclamaron con voz de júbilo, diciendo: “Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero” (Ap. 19:9). Salieron también en aquel momento, a su encuentro, varios trompeteros del Rey, vestidos de blanco y resplandeciente traje, los cuales, con armoniosas y fuertes melodías, hicieron resonar hasta los cielos con su sonido. Estos trompeteros, saludaron a Cristiano y a su compañero con diez mil bienvenidas del mundo; y esto lo hicieron con exclamaciones y sonidos de trompeta.
Hecho esto, los rodearon por todas partes; unos iban delante, otros detrás y algunos a la derecha, otros a la izquierda (como para guardarlos a través de las regiones superiores), tocando continuamente melodiosos sonidos, en notas altas, a medida que avanzaban, de modo que todos contemplaban la misma vista, era como si el mismo cielo hubiera bajado a recibirlos. Así, por lo tanto, caminaron juntos y mientras caminaban, de vez en cuando, estos trompeteros, incluso con sonido alegre, mezclando su música con miradas y gestos, le expresaban a Cristiano y a su hermano, cuán bienvenidos eran en su compañía y con qué alegría venían a su encuentro. Y ahora, estaban estos dos hombres, por decirlo así, en el cielo, antes de llegar a él, siendo sobrecogidos con la vista de los ángeles y escuchando sus melodiosas notas. Desde aquí, veían también la ciudad, y les pareció oír que sus campanas repicaban para celebrar su llegada. Pero, sobre todo, los cálidos y gozosos pensamientos acerca de que ellos mismos vivirían en semejante compañía y eso, para siempre jamás. ¡Oh, con qué lengua o pluma podría expresarse su gloriosa alegría! Y así, ellos arribaron a la puerta.
Ahora, cuando llegaron a la puerta, estaba escrito sobre ella, en letras de oro: “Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas en la ciudad” (Ap. 22:14).
Entonces, vi en mi sueño que los Seres Resplandecientes les ordenaban llamar a la puerta; lo cual hicieron, y aparecieron algunos mirando por encima de la puerta, a saber, Enoc, Moisés y Elías, etc., a quienes se les dijo: ‘Estos peregrinos han llegado de la ciudad de la Destrucción, por el amor que profesan al Rey de este lugar’. Y entonces, cada uno de los peregrinos entregó el certificado que había recibido al principio; los cuales, por tanto, fueron llevados al Rey, quien, cuando los hubo leído, preguntó: ‘¿Dónde están estos hombres?’. A lo que se respondió: ‘Están fuera de la puerta’. El Rey ordenó entonces: “Abrid las puertas, y entrará la gente justa, guardadora de verdades” (Is. 26:2).
Ahora, vi en sueños que aquellos dos hombres entraban por la puerta y he aquí que, al entrar, se transfiguraban y se vestían con ropas que brillaban como el oro. También, les salieron al encuentro con arpas y coronas y se las dieron —las arpas para alabar al Señor y las coronas en señal de honra—. Entonces, oí en mi sueño que todas las campanas de la ciudad volvían a repicar de gozo y que se les decía: “ENTRA EN EL GOZO DE TU SEÑOR” (Ver Mt. 25:21, 23). Oí también que los hombres cantaban a gran voz, diciendo: “AL QUE ESTÁ SENTADO EN EL TRONO, Y AL CORDERO, SEA LA ALABANZA, LA HONRA, LA GLORIA Y EL PODER, POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS” (Ap. 5:13).
Justo cuando se abrieron las puertas para dejar entrar a los peregrinos, miré hacia adentro y he aquí, ¡la ciudad brillaba como el sol! Las calles también eran de oro y por ellas caminaban muchos hombres con coronas en la cabeza, palmas en las manos y arpas de oro con las que cantaban alabanzas. Había también algunos de ellos que tenían alas y se respondían unos a otros sin cesar, diciendo: “Santo, santo, santo, es el Señor” (Ver Ap. 4:8). Y después de esto, cerraron las puertas y cuando vi que se cerraron, hubiera deseado estar entre ellos.
Ahora, mientras yo contemplaba todas estas cosas, volví la cabeza para mirar atrás y vi a Ignorancia que se acercaba a la orilla del río. Pero no tardó en pasar y eso, sin la mitad de las dificultades con que tropezaron los otros dos peregrinos. Porque aconteció que había entonces en ese lugar, un barquero llamado Vana-Esperanza, quien con su barca, le ayudó a pasar; de modo que Ignorancia, como los otros que vi, subió la colina para llegar a la puerta, sólo que vino solo. Nadie salió a recibirlo con una palabra de aliento. Cuando llegó a la puerta, miró hacia arriba, hacia la escritura que estaba encima y entonces, comenzó a llamar, suponiendo que, muy pronto, le sería permitida la entrada; pero fue interrogado así por los hombres que se asomaron por encima: ¿De dónde vienes? y ¿qué quieres? Él respondió: He comido y bebido en presencia del Rey y Él ha enseñado en nuestras calles. Entonces, le pidieron su certificado para que ellos pudieran ir y mostrárselo al Rey; y él, buscándolo a tientas en su seno, no lo halló. Entonces, le preguntaron, ¿No tienes certificado? Pero el hombre no respondió ni una palabra. Así que ellos se lo dijeron al Rey, pero Él no quiso bajar a verle, sino que ordenó a los dos Seres Resplandecientes que condujeron a Cristiano y Esperanza a la Ciudad, que salieran y tomaran a Ignorancia, le ataran de pies y manos, y se lo llevaran. Y así, lo levantaron y lo llevaron por el aire hasta la puerta que vi en la ladera de la colina y allí lo dejaron. ¡Entonces, entendí que hay un camino al infierno, incluso, desde las puertas del cielo, al igual que desde la ciudad de la Destrucción!
Tomado de El progreso del peregrino, Parte uno (The Pilgrim’s Progress, Part One), disponible en Chapel Library.
John Bunyan (1628-1688): Ministro inglés, predicador y uno de los escritores más influyentes del siglo XVII; nacido en Elstow, cerca de Bedford, Inglaterra, Reino Unido.