Meditando acerca del cielo

Thomas Reade (1776-1841)

¡V

en, alma mía, y medita en los gozos y glorias del mundo celestial! Alza tus ojos a los montes de donde viene tu socorro (Sal. 121:1), aquellos montes eternos, donde todo el precioso rebaño de Cristo se apacentará eternamente y donde mora, permanentemente, el gran Pastor de las ovejas. Nada tiende más a ennoblecer la mente y a refinar las facultades del alma que las frecuentes y piadosas contemplaciones sobre la gracia de Jesús, sobre el amor del Padre, sobre la comunión del Espíritu Santo, sobre las felicidades1 reservadas en el cielo a todos los que aman, sinceramente, al Señor Jesucristo. Cuando la mente se llena de estos temas estupendos, pero entrañables, ¡cuán despreciables y triviales2 parecen todas las cosas terrenales!

La palabra de Dios revela muchas cosas que cautivan el alma con respecto a las moradas de gloria; sin embargo, el lenguaje no puede describir, ni la mente concebir, la bendita realidad. Debemos morir para saber lo que es realmente el cielo. Todas las glorias de los reinos, todas las bellezas de los jardines, todos los esplendores de los palacios —sí, todas las riquezas de la creación— no forman más que un débil esbozo del sublime original.

La tierra sólo puede ofrecer una sombría representación de la gloria celestial. El Espíritu Santo revela a nuestras mentes, visiones mucho más dulces que las que se extraen de las escenas sublunares3.

El cielo es un estado de descanso. “Allí los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los de agotadas fuerzas” (Job 3:17). Cuán delicioso es el descanso para el cansado viajero, para los hijos e hijas de la aflicción, para aquellos cuyos cuerpos son “castigados… con dolor” (Job 33:19) o cuyas almas son el objeto de escarnio de los que están en holgura y “el menosprecio de los soberbios” (Sal. 123:4).

Cuán alentadora es la perspectiva de descanso para los perseguidos seguidores de Jesús, que no encuentran aquí una ciudad permanente, siendo llevados de un lugar a otro por la ruda mano del poder arbitrario. Cuán feliz fue el cambio para Lázaro cuando fue llevado por los ángeles de un cuerpo leproso consumido por el hambre al seno de Abraham, a la mansión de los bienaventurados, el paraíso de Dios.

El cielo es la morada de la paz… Pero en el cielo todo es armonía y amor. Allí, cada corazón vibra al unísono y se ensancha de puro afecto. Los hijos de la paz morarán con su Padre celestial, quien es el Dios de paz; con Jesús su Redentor, quien es el Príncipe de paz; con el Espíritu Santo, cuyo fruto es la paz. El Dios trino hará que su paz fluya como un río alimentado por un manantial [eterno] cuyas aguas nunca faltan, brotando siempre, claras como el cristal, del trono de Dios y del Cordero.

El cielo es un estado de perfecta santidad. Cuán ardientemente suspira el verdadero creyente en Jesús por la santidad perfecta. Aquí, en verdad, no puede alcanzarla. Cada momento revela su debilidad. Con demasiada frecuencia, lamentablemente, su profunda corrupción, interiormente sentida y deplorada, le hace clamar en amarga angustia de espíritu: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará?” (Ro. 7:24). En el cielo, será liberado para siempre de las obras del pecado innato. En el cielo, será perfeccionado en santidad. Él ama, por tanto, anticipar la bienaventuranza del cielo que consiste en ver a Dios en todas sus inefables glorias, en ser hecho semejante a Él en la perfección de la belleza, en estar para siempre con Él en el goce de su amor.

En el cielo, él será puro como Dios es puro, santo como Dios es santo —de hecho, no en grado, sino en naturaleza—. Toda la hermosura del Salvador será reflejada en la novia celestial cuando, adornada con toda gracia y revestida de la justicia de su amado Señor, se sacuda del polvo en la mañana de la resurrección, y se levante y brille en el pleno esplendor de la gloria eterna.

Oh, cuán glorioso será ese período cuando todos los elegidos de Dios sean reunidos; cuando ni un grano de la preciosa semilla se pierda; cuando cada cordero, aun el más débil, sea protegido de la tormenta.

El cielo es un estado de felicidad sin mezcla. Ninguna lágrima [humedece] las mejillas, ninguna tristeza desgarra el corazón de sus dichosos habitantes. En aquellas regiones celestiales no hay dolor, ni dolorosa separación de almas de familiares. Todo es salud floreciente y vigor inmortal. Allí, la muerte no lanzará más su dardo porque “sorbida es la muerte en victoria” (1 Co. 15:54). El pecado que ahora amarga toda bendición, no puede derramar su nefasta influencia sobre los espíritus glorificados que rodean el trono de Dios. Satanás no puede encontrar entrada en estos reinos de bienaventuranza. El mundo y todo lo que contiene, habrá desaparecido. Todo enemigo será destruido y Cristo reinará por los siglos de los siglos.

El cielo es un estado de dicha sin fin. Esto le imprime un valor que toda la felicidad dorada de este mundo no puede ostentar. “La perpetuidad de la dicha es dicha”. Aquí, en este mundo presente, todo es transitorio e insatisfactorio. El punto máximo del goce terrenal es vanidad y aflicción de espíritu. El que más se aferra a algo, sólo se aferra a una sombra engañosa. Nada por debajo de la fuente eterna de la bienaventuranza, Dios en Cristo, puede dar paz o gozo perdurables. Cuán entrañables, entonces, son las palabras del Salvador: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz” (Jn. 16:33). “Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea cumplido” (Jn. 15:11).

El cielo es el conjunto de todo lo que es hermoso y excelente. Allí moran los querubines y serafines; los ángeles y arcángeles; principados, tronos, dominios y potestades. Allí se reunirán todos los amigos de Jesús que han vivido en las sucesivas edades del mundo, en dichosa armonía y adoradora alabanza. Allí todas las inteligencias santas tendrán una sola mente, una sola voz, una sola voluntad, un solo espíritu. Todas estarán llenas del amor de Dios. Todos serán santos y todos serán, inefablemente, felices.

La imagen divina, que es la verdadera excelencia y belleza de la creación moral de Dios sobre la tierra, se verá en toda su gloria cuando la esposa, la esposa del Cordero, la Iglesia triunfante, sea presentada al Esposo celestial sin mancha ni arruga ni cosa semejante.

Oh alma mía, no descanses, ni de día ni de noche, hasta que el Señor te haga apta para la herencia de los santos en la luz. Para saborear algo de la bienaventuranza del cielo, no necesito viajar con la imaginación por reinos poderosos, ni imaginar en mi mente las variadas bellezas del arte y de la naturaleza; debo descender a mi propio corazón y allí, en el “secreto silencio de la mente”4, contemplar por la fe, la infinita hermosura del Salvador hasta que una llama de santo amor caliente cada afecto y un rayo de santo gozo alegre cada poder de mi alma. Tales vislumbres de glorias increadas, tales sabores de la gracia redentora, tales visiones de Jesús y su gran salvación, purificando el corazón y elevando el espíritu transportado por encima de este pobre y contaminado mundo, bien pueden llamarse un cielo comenzado aquí abajo.

Si el cielo es contemplar a Dios sin velo, llevar su imagen y morar en su presencia, entonces, la preparación para el cielo y el anticipo de él, deben consistir en contemplar a Dios ahora con el ojo de la fe, tal como se revela en su santa Palabra, en ser transformados ahora por la renovación de la mente y en mantener una conversación diaria con Él mediante una lectura diligente de las Escrituras y la oración. Ésta es la vida de fe. Toda profesión de religión sin esto es mero engaño. Una profesión tan estéril puede estar llena de palabras, pero desprovista de obras; llena de conocimientos, pero desprovista de afectos santos; llena de celo por las doctrinas, pero vacía de todas las gracias salvadoras. Pero, ¡oh, qué tranquilo y sosegado es el humilde cristiano que goza de una esperanza segura de gloria! Se asemeja a una persona que se encuentra en una eminencia poderosa. Sobre él brilla el sol sin ninguna nube que intervenga, mientras que muy por debajo de su elevada posición, ruge el terrible trueno…

El verdadero cristiano es un ciudadano de la Nueva Jerusalén. Camina diariamente con Dios por la fe. Su corazón está separado de un mundo vano y ruidoso, a través del cual, de hecho, se apresura, pero al que no pertenece. No necesita ocuparse de sus vanidades pasajeras ni contender por sus honores fugaces. Evita las disputas airadas de los políticos fogosos y de las multitudes enloquecidas. Siente la fuerza de la exhortación del profeta: “¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡El tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: Qué haces?” (Is. 45:9) y [él] procura llevar una vida “quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Ti. 2:2), sabiendo bien que esto es bueno y aceptable a los ojos de Dios, su Salvador. Tiene una conquista más noble que obtener que la que ocupa la mente del mundano. Se esfuerza para obtener la conquista sobre sí mismo, puesto que “mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad” (Pr. 16:32). Debe luchar contra esos mismos males que el mundo fomenta y que alejan el corazón directamente de Dios. Honra y obedece las leyes; se somete alegremente a los poderes establecidos, “no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia” (Ro. 13:5). Considera el bienestar de su prójimo como el suyo propio (Fil. 2:4), y procura tener tranquilidad y ocuparse en sus propios negocios (1 Ts. 4:11). No quiere deber “a nadie nada, sino el amaros unos a otros” (Ro. 13:8). Considera el amor como una deuda que siempre debe esforzarse por saldar, aunque sabe que nunca podrá pagarla por completo.

Así es el creyente en Jesús. Así es el heredero de la gloria. Es un hijo de paz y se apresura hacia las mansiones de paz. Como es su vida, así es su muerte. “Considera al íntegro, y mira al justo; porque hay un final dichoso para el hombre de paz” (Sal. 37:37).

Tomado de Ejercicios espirituales del corazón (Spiritual Exercises of the Heart), Reformation Heritage Books, www.heritagebooks.org. Usado con permiso.


Thomas Reade (1776-1841): Escritor laico inglés; nacido en Manchester, Inglaterra, Reino Unido.

Footnotes

  1. Felicidades – Bendiciones; alegrías.

  2. Triviales – Sin importancia.

  3. Sublunares – Terrenales.

  4. H. D. M. Spence-Jones, ed., San Marcos, El comentario del púlpito (St. Mark, The Pulpit Commentary), vol. 1, (London; New York: Funk & Wagnalls Company, 1909), 229.