La visión beatífica12
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
“Y verán su rostro” (Apocalipsis 22:4).
A
mados, ¿no han sentido a veces, como yo, que hubieran deseado ver el rostro del Bienamado, aun en su dolor y agonía? No pasó mucho tiempo antes de que la belleza de Jesús comenzara a ser empañada por sus dolores internos y sus dificultades diarias. Él tenía la apariencia de un hombre de cincuenta años cuando apenas tenía treinta. Los judíos decían: “Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?” (Jn. 8:57). Se nos dice que “de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres” (Is. 52:14) porque sobre sí, “llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Is. 53:4), y todo este dolor sustitutivo, trazó profundos surcos en esa bendita frente, hizo que se hundieran las mejillas y que los ojos se enrojecieran de tanto llorar. Con todo1, hubiera querido contemplar el rostro del Varón de dolores; hubiera querido ver “sus ojos, como palomas junto a los arroyos de las aguas, que se lavan con leche y a la perfección colocados” (Cnt. 5:12), aquellas fuentes de piedad, pozos de amor y manantiales de dolor. De buena gana, hubiera admirado con adoración “sus mejillas, como una era de especias aromáticas, como fragantes flores; sus labios, como lirios, que destilan mirra fragante” (Cnt. 5:13). Pues todo el sufrimiento que padeció, no pudo quitar a ese rostro desfigurado, su majestad de gracia y santidad, ni retirarle una línea de esa belleza mental, moral y espiritual que eran peculiares del hombre perfecto. ¡Oh, cuán terriblemente hermoso debió de parecer aquel rostro amado cuando estaba cubierto del carmesí del sudor ensangrentado, cuando los radiantes matices de sus rosados sufrimientos bañaban el lirio de su perfección! ¡Qué visión debe haber sido aquella del Varón de dolores cuando dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mt. 26:38)! ¿Qué habrá sido mirar su rostro cuando su frente estaba ceñida con la corona de espinas, cuando las gotas de rubí se sucedían, una tras otra, sobre aquellas mejillas magulladas que habían sido escupidas por las vergonzosas bocas de los escarnecedores? ¡Aquello debió haber sido un espectáculo verdaderamente doloroso! Pero, tal vez, aún más espantoso era el rostro del Redentor cuando dijo: “Tengo sed” (Jn. 19:28), cuando, en la más amarga angustia, gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Entonces, en efecto, el sol del universo sufrió un horrible eclipse; luego, la luz del cielo fue cubierta por un tiempo por una tempestuosa nube negra. Ese rostro, en tal condición, no lo hemos visto ni lo veremos; sin embargo, amados, veremos su rostro…
La mayor bendición del cielo, la crema del cielo, el cielo del cielo, es que los santos verán allí a Jesús. Habrá otras cosas que ver… ¿Quién hablará a la ligera de calles de oro cristalino y de las puertas de perlas? No olvidaremos que veremos ángeles, serafines y querubines; ni dejaremos de recordar que veremos apóstoles, mártires y confesores, junto con aquellos con quienes hemos caminado y con quienes hemos tenido comunión en nuestro Señor mientras estábamos aquí abajo. Contemplaremos con seguridad, a aquellos de nuestros parientes difuntos que duermen en Jesús, queridos para nosotros aquí y todavía queridos para nosotros, “no perdidos, sino que se han ido antes”. Pero, aun así, a pesar de todo esto, el principal pensamiento que tenemos ahora del cielo y, ciertamente, la principal plenitud del mismo cuando lleguemos allí, es precisamente éste: ¡Veremos a Jesús!…
Deseo conocer lo que a Dios le plazca enseñarme; pero más allá de eso, incluso la ignorancia, será mi dicha. Algunos han hablado de revolotear de estrella en estrella, viendo las maravillas de Dios en todo el universo —al que Él gobierna en esta provincia de su amplio dominio— [y] cómo Él gobierna en aquella otra región de su vasto dominio. Puede que así sea, pero eso no sería el cielo para mí.
Hasta donde puedo juzgar en este momento, preferiría quedarme en casa y sentarme a los pies de Cristo para siempre que vagar por la vasta creación… Si Jesús no fuera infinito, no hablaríamos así; pero puesto que Él es divino en su persona y, en cuanto a su humanidad, tan cercano a nosotros que existe entre nosotros la más estrecha simpatía posible, siempre habrá nuevos temas para pensar, nuevas fuentes de gozo para aquellos que se ocupan en Él. Ciertamente, hermanos y hermanas, para ningún creyente sería deseable el cielo si Jesús no estuviera allí o, si estando allí, no pudieran disfrutar de la más íntima y querida comunión con Él. Una visión de Él, primero convierte nuestra tristeza en gozo; una renovada comunión con Él nos eleva por encima de nuestras preocupaciones presentes y nos fortalece para soportar nuestras pesadas cargas: ¿Cómo debe ser la comunión celestial? Cuando tenemos a Cristo con nosotros, estamos contentos con una migaja y satisfechos con un vaso de agua; pero si su rostro está oculto, el mundo entero no puede proporcionarnos consuelo —hemos enviudado de nuestro Amado, nuestro sol se ha puesto, nuestra luna se ha eclipsado, nuestra vela se ha apagado—. Cristo es el todo en todo para nosotros aquí y, por eso, suspiramos y anhelamos un cielo en el que Él sea el todo en todo para nosotros para siempre. Así será el cielo de Dios. El paraíso de Dios no es el Elíseo2 de la imaginación, la Utopía3 del intelecto o el Edén4 de la poesía, sino el cielo de la intensa comunión espiritual con el Señor Jesús —un lugar donde se promete a las almas fieles que ellos “verán su rostro” (Ap. 22:4)—.
En la visión beatífica, es a Cristo a quien ven. Y además, es su rostro lo que contemplan. No verán las faldas de su manto como Moisés vio las espaldas de Jehová (Éx. 33:23); no se contentarán con tocar el borde de su manto o sentarse a sus pies donde sólo pueden ver sus sandalias, sino que “verán su rostro”. Por [esto,] entiendo dos cosas: Primero, ellos, literal y físicamente, con sus cuerpos resucitados, mirarán realmente al rostro de Jesús; segundo, sus facultades mentales serán espiritualmente ampliadas, de modo que estarán capacitados para mirar en el corazón mismo, el alma y el carácter de Cristo, a fin de comprenderlo a Él, su obra, su amor, su todo en todo, como nunca antes lo habían comprendido. Literalmente, digo, verán su rostro, pues Cristo no es un fantasma. Y en el cielo —aunque divino y por tanto espiritual— sigue siendo un hombre y, por lo tanto, material como nosotros. La misma carne… que sufrió en el Calvario, está en el cielo; la mano que fue traspasada con el clavo, ahora en este momento, empuña el cetro de todos los mundos; la misma cabeza que estaba inclinada por la angustia, ahora está coronada con una [corona real con joyas]; y el rostro que estaba tan desfigurado, es el mismo rostro que brilla resplandeciente en medio de los tronos del cielo. Se nos permitirá contemplar ese mismo rostro. Oh, ¡qué visión! ¡Pasen años; apresúrense meses y días [que se demoran] para que podamos contemplar, aunque sea una vez, a Él, a nuestro Amado, quien cuida nuestros corazones, quien “con [su] sangre nos ha redimido para Dios” (Ap. 5:9), de quien somos y a quien amamos con un deseo tan apasionado que, por estar en su abrazo, sufriríamos satisfechos diez mil muertes! [Los santos] verán, realmente, a Jesús.
Sin embargo, la visión espiritual será aún más dulce. Creo que el texto implica que, en el mundo venidero, nuestras facultades mentales serán muy diferentes de lo que son ahora. En el mejor de los casos, estamos todavía en nuestra infancia y conocemos sólo en parte. Pero entonces, seremos hombres, dejaremos “lo que era de niño” (1 Co. 13:11). Veremos y conoceremos como somos conocidos y, entre las grandes cosas que conoceremos, estará la mayor de todas, que conoceremos a Cristo: Conoceremos las alturas, profundidades, longitudes y anchuras del amor de Cristo que sobrepasa todo entendimiento. ¡Oh, cuán deleitoso será entonces, comprender su amor eterno; cómo, sin tener principio ni existir la tierra, sus pensamientos se lanzaron hacia sus amados, a quienes había escogido en la soberanía de su elección, para que fueran suyos para siempre! ¡Qué tema de deliciosa meditación será el pacto, y los compromisos de garantía de Cristo en ese pacto, cuando se comprometió a tomar sobre Sí las deudas de todo su pueblo, a pagarlas todas, y a permanecer y sufrir en lugar de ellos! ¡Qué pensamientos tendremos entonces, acerca de nuestra unión con Cristo —nuestra unidad federal, vital y conyugal—! Ahora, sólo hablamos de estas cosas; [pero], realmente, no las entendemos. Nosotros, meramente, nos limitamos a arar la superficie y recoger una cosecha de la capa superior del suelo, pero debajo, hay un subsuelo más rico. Hermanos, en el cielo nos sumergiremos en las más hondas profundidades de la comunión con Jesús. “Veremos su rostro”, es decir, veremos, clara y plenamente, todo lo que tiene que ver con nuestro Señor y ésta será la dicha suprema del cielo.
En la visión bendita, los santos ven a Jesús y lo ven claramente. También, podemos observar que lo ven siempre porque cuando el texto dice: “Verán su rostro”, implica que, en ningún momento, dejan de verlo. Nunca, ni por un momento, separan su brazo del brazo de su Amado. No son como nosotros —a veces cerca del trono y, pronto, lejos por las recaídas; a veces ardientes por amor y, luego, fríos por indiferencia; a veces brillantes como serafines y, enseguida, apagados como terrones— pero por siempre y para siempre, ellos están en la más íntima asociación con el Maestro porque “verán su rostro”.
Lo mejor de todo es que ven su rostro tal como es ahora en toda su gloria. Juan nos dice cómo será. En su primer capítulo, dice: “Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve” (Ap. 1:14) para señalar su antigüedad, pues Él es el Anciano de días. “Y sus ojos como llama de fuego… y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza” (vv. 14-16). Tal es la visión que los redimidos disfrutan ante el trono; su Señor es todo resplandor y en Él no hay nada por lo que llorar, nada que empañe su gloria. Sin duda, en ese rostro maravilloso hay rastros de todos los dolores que soportó una vez, pero éstas sólo lo hacen más glorioso. Su aspecto es el de un cordero que ha sido inmolado y que todavía viste su sacerdocio; pero todo lo que tiene que ver con la vergüenza, el escupitajo y [la] matanza ha sido transformado de tal manera que la visión es toda dicha, todo consuelo, todo gloria. En su rostro, no hay nada que provoque una lágrima o que engendre un suspiro. Desearía que mis labios se desataran y que mis pensamientos fueran libres para poder decir algo más de esta visión, pero, en verdad, no es dado a las lenguas mortales hablar de estas cosas. Supongo que, si fuéramos arrebatados para ver su rostro y volviéramos otra vez, tendríamos que decir como Pablo que hemos oído y visto lo que no nos es lícito pronunciar. Dios todavía no nos revelará estas cosas plenamente, pero Él reserva su mejor vino para el final. Sólo podemos darles unos pocos vistazos; pero, oh amados, esperen un poco; ¡no pasará mucho tiempo antes de que ustedes también vean su rostro!
Segundo, pasamos a otro pensamiento: La claridad sobrecogedora de esa visión. “Verán su rostro”. La palabra verán, suena en mis oídos con una nota clara, plena y melodiosa. Me parece que vemos muy poco aquí. De hecho, éste no es el mundo de la vista: “Por fe andamos, no por vista” (2 Co. 5:7). A nuestro alrededor, todo es niebla y nubes. Lo que vemos, lo vemos sólo como si los hombres fueran árboles que caminan. Si alguna vez vislumbramos el mundo espiritual, es como un relámpago fugaz en la oscuridad de la tempestad que abre, por un instante, las puertas del cielo. En un abrir y cerrar de ojos, se cierran de nuevo y la oscuridad es más densa que antes, como si fuera suficiente para nosotros, pobres mortales, saber que todavía hay un resplandor que se nos niega.
Los santos ven el rostro de Jesús en el cielo porque están purificados del pecado. Bienaventurados los de limpio corazón porque “ellos verán a Dios” (Mt. 5:8) y no otros. Es porque nuestra impureza permanece que todavía no podemos ver su rostro, pero sus ojos son tocados con colirio y, por eso, ven. Ah, hermanos, cuán a menudo, nuestro Señor Jesús se esconde detrás de las nubes de polvo que nosotros mismos hacemos con nuestro caminar impío. Si nos volvemos orgullosos, egoístas, perezosos o caemos en cualquier otro de nuestros pecados que nos asedian, entonces nuestros ojos pierden su capacidad de contemplar el resplandor de nuestro Señor. Pero allá arriba, ellos no sólo no pecan, sino que no pueden pecar. No son tentados y no hay espacio para que el tentador trabaje en ellos, incluso, si pudiera ser admitido para probarlos. Están libres de culpa ante el trono de Dios; ciertamente, sólo esto es un cielo —estar libres del pecado innato y de la plaga del corazón, y haber terminado para siempre la lucha de la vida espiritual contra el poder aplastante del poder carnal de la muerte—. Bien podrán ver su rostro cuando las escamas del pecado hayan sido quitadas de sus ojos y hayan llegado a ser puros como Dios mismo es puro.
Con seguridad, ven su rostro, más claramente, porque todas las nubes de la preocupación han desaparecido de ellos. Algunos de ustedes, hoy, mientras están sentados aquí, han estado tratando de elevar sus mentes a la contemplación celestial, pero no pueden: Los negocios han ido tan mal esta semana; los niños los han molestado mucho; la enfermedad ha estado en la casa tan penosamente; ustedes mismos sienten su cuerpo bastante fuera de orden para la devoción —estos enemigos perturban su paz—. Ahora, en el cielo, ninguna de estas cosas los aflige y, por eso, pueden ver el rostro de su Señor.
Además, así como han acabado con los pecados y las preocupaciones, así han acabado con las penas. “Ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Ap. 21:4). Ninguno de nosotros es ajeno al dolor y para algunos de nosotros, el dolor es un compañero inseparable; todavía habitamos en las humeantes tiendas de Cedar. Tal vez sea bueno que seamos probados así mientras estamos aquí porque el dolor santificado refina el alma; pero en la gloria, no hay aflicción porque el oro puro no necesita el horno. Bien podrán contemplar a Cristo cuando no haya lágrimas que empañen sus ojos, ni humo de este mundo que se eleve entre ellos y su Amado, sino que estén igualmente libres de pecado, de preocupaciones y de tristeza. Ven su rostro, gloriosamente, en esa atmósfera sin nubes y en la luz que Él mismo suministra.
Más aun, los glorificados ven su rostro más claramente porque no hay ídolos que se interpongan entre Él y ellos. Nuestro amor idólatra por las cosas mundanas es la causa principal de nuestro poco conocimiento de las cosas espirituales. Debido a que amamos tanto esto y aquello, vemos tan poco de Cristo. No puedes llenar tu copa de vida con los estanques de la tierra y, aun así, tener espacio en ella para las corrientes cristalinas del cielo. Pero ellos no tienen ídolos allí —nada que ocupe el corazón, ningún rival para el Señor Jesús—. Él reina supremo en sus espíritus y, por eso, ven su rostro.
¡Oh, bendito pensamiento!… En el cielo nunca oran: “Oh, que ninguna nube terrenal se levante para ocultarte de los ojos de tu siervo”5; sino que, por siempre y para siempre, se calientan a la luz del sol… No llegan al borde del mar para meterse sólo hasta los tobillos, sino que nadan en la dicha eternamente. En las olas del descanso eterno, en la más rica y estrecha comunión con Jesús, se regocijan con un deleite inexpresable.
Tomado de un sermón predicado en la mañana del Día del Señor, 9 de agosto de 1868, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés.
Footnotes
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Con todo – De buena gana. ↩
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Elíseo – En la mitología griega, el lugar feliz para después de la vida aquí. ↩
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Utopía – Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien de la humanidad. ↩
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Edén – Paraíso terrenal, lugar muy ameno y delicioso. ↩
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Nota del editor – Traducción no oficial del himno ‘Sol de mi alma, Tú, Salvador amado’ (Sun of My Soul, Thou Savior Dear) de John Keble (1792-1866). ↩