La presencia de Dios y de Cristo
Thomas Brooks (1608-1680)
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ODA la gloria del cielo no sería más que una cosa miserable a los ojos de un santo, si no tuviera allí una visión directa e inmediata de Dios. En el cielo, todos los medios serán eliminados, todos los cristales serán rotos y el santo glorificado contemplará a Dios a cara descubierta, y todas las cortinas serán retiradas para siempre entre Dios y el alma. Las almas buenas en el cielo son como los ángeles buenos que aún, contemplan el rostro de Dios (Mt. 18:10). Así como Dios continúa mirándolas como las joyas de su corona, así ellas siguen clamando y mirando a Dios como su cielo, sí, como su gran todo, y eso por un acto directo e inmediato de sus almas.
La visión y el conocimiento que tendrán de Dios en el cielo serán permanentes y constantes. Ahora, los santos tienen una visión feliz de Dios y, al poco tiempo, la han perdido; a esta hora tienen una preciosa vista de Dios en el monte y, a la hora siguiente, han perdido esta visión. He aquí que “se alejó de mí el consolador que dé reposo a mi alma” (Lm. 1:16) y “te cubriste de nube para que no pasase la oración nuestra” (Lm. 3:44). Nuestras visiones de Dios aquí, son transitorias y se desvanecen. Las visiones, los destellos de majestad y gloria, que Moisés y Pedro vieron en el monte, no fueron permanentes, sino transitorios; su sol se nubló rápidamente y, poco después, ambos se encontraron caminando en la oscuridad. Por eso, bien dice Agustín1: “La felicidad puede obtenerse aquí, pero aquí no podemos tener la plenitud y tomar posesión de ella”. Oh, pero en el cielo, nuestra visión de Dios [y] nuestro conocimiento de Dios serán permanentes. Será duradero: No habrá pecado, ni nube, ni niebla, ni cortina que nos impida tener una constante vista y una visión de Dios. Allí veremos a Dios claramente, plenamente, eternamente. La pregunta de la esposa: “¿Habéis visto al que ama mi alma?” (Cnt. 3:3), nunca se oirá en el cielo porque Dios estará siempre a la vista y aún, en sus corazones. Tampoco [se oirá] la queja de Job: “He aquí yo iré al oriente, y no lo hallaré; y al occidente, y no lo percibiré; si muestra su poder al norte, yo no lo veré; al sur se esconderá, y no lo veré” (Job 23:8-9). El cielo no sería cielo si no fuera siempre de día para el alma; [si] el alma no viviera en una constante visión y aprehensión de Dios, toda la gloria del cielo no podría hacer un cielo para un alma glorificada.
Así como la mejor visión y conocimiento de Dios está reservado para el final, así también, la mejor y más selecta presencia de Dios y de Cristo, es reservada para el final y esto es lo que mostraré de la siguiente manera.
Primero, en el cielo, los santos tendrán la mayor y más plena presencia de Dios. Ningún hombre en este mundo tiene una presencia de Dios, tan completa y plena, que no pueda tener una más plena; pero en el cielo, la presencia de Dios será tan plena y completa que nada se le podrá añadir para hacerla más completa. A veces el pecado, a veces Satanás, a veces el mundo, a veces el descanso de los deberes, a veces la debilidad de nuestras gracias, nos impiden gozar aquí de una presencia plena de Dios; pero en el cielo, no habrá nada que se interponga entre Dios y nosotros; no habrá nada que nos impida gozar de una presencia plena y completa de Dios. Esta presencia plena de Dios es el cielo de los cielos, la gloria de toda nuestra gloria. Una presencia imperfecta e incompleta de Dios en el cielo, oscurecería toda la gloria de ese estado. La presencia plena y perfecta de Dios en el cielo es el diamante más resplandeciente del anillo de la gloria; y esto es lo que tendrás. Pero, …
En segundo lugar, tendrán una presencia de Dios en el cielo que satisfará su alma. Estarán tan satisfechos con la presencia de Dios en el cielo que dirán: Tenemos suficiente, lo tenemos todo porque disfrutamos de esa presencia que es virtualmente todo, que es eminentemente todo, que es toda luz, toda vida, todo amor, todo cielo, toda felicidad, todo bienestar, todo contentamiento, etc. “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Sal. 17:15). Aunque la presencia espiritual y llena de gracia de Dios con los santos en este mundo los alegra y consuela mucho, sin embargo, no los satisface. Todavía claman: “¡Más de esta bendita presencia! ¡Oh, más de esta presencia! ¡Señor, menos dinero servirá para que podamos tener más de tu presencia! ¡Menos de la criatura servirá para que podamos tener más de tu presencia! (cf. Sal. 42:1-2; 37:1-3). Como el rey de Sodoma dijo a Abraham: “Dame las personas, y toma para ti los bienes” (Gn. 14:21), así dicen las almas llenas de gracia: “Danos más y más de la presencia de Dios, y deja que los hombres del mundo tomen el mundo y se lo repartan entre ellos”. La presencia divina es muy vivificante; un alma que apenas ha probado su dulzura, no puede sino anhelar más de ella… Las almas preciosas que han experimentado la dulzura de la presencia divina no pueden estar satisfechas con un poco de ella, sino que, en cada oración, éste es el lenguaje de sus almas: “¡Señor, más de tu presencia!”; en cada sermón, oyen: “¡Señor, danos más de tu presencia!”; en cada [ordenanza] que reciben: “¡Señor, concédenos más de tu presencia!”.
Más aún, esta presencia llena de gracia de Dios que disfrutan aquí, les hace desear y anhelar, fervientemente, la presencia celestial y gloriosa de Dios y de Cristo en el cielo, presencia que es la única que puede satisfacer sus almas. Mira, como la doncella desposada anhela el día de la boda, el aprendiz su libertad, el cautivo su rescate, el viajero su posada y el marino su puerto, así también, las almas que están bajo el poder y la dulzura de la presencia llena de gracia de Dios, anhelan gozar de su gloriosa presencia en el cielo, que es la única que puede llenar y satisfacer sus almas inmortales…
Así dice [Bernardo2]: “Así como lo que tengo, si te lo ofrezco, no te agrada sin mí, así también, oh Señor, las cosas buenas que recibimos de Ti, aunque nos refrescan, no nos satisfacen sin Ti. Señor, estoy dispuesto a morir para descubrirte aún más”.
Y así dice otro [Agustín]: “Nos has hecho, oh Señor, para Ti y nuestros corazones están inquietos hasta que llegan a Ti”.
Y así, cuando Modesto, lugarteniente del emperador, amenazó con matar a Basilio, éste respondió: “Si eso es todo, no temo; sí, tu señor no puede complacerme más que enviándome a mi Padre celestial para quien ahora vivo y hacia quien deseo apresurarme”.
Y dice otro [Agustín]: “Que todos los demonios del infierno me asedien, que el ayuno macere mi cuerpo, que las penas opriman mi mente, que los dolores consuman mi carne, que las vigilias me sequen o el calor me abrase, o el frío me hiele; que todo esto y lo que pueda venir más, me suceda, para que pueda gozar de mi Salvador”.
Agustín deseaba haber visto tres cosas —a Roma floreciendo, a Pablo predicando y a Cristo conversando con los hombres en la tierra—… Beda3 viene después y, corrigiendo este último deseo, dice: “Sí, pero déjame ver al Rey en su hermosura, a Cristo en su reino celestial”. Por todos [estos ejemplos,] puedes ver que no es una presencia espiritual, sino la gloriosa presencia de Dios y de Cristo en el cielo, lo que puede satisfacer las almas de los santos. Fue una gran misericordia de Cristo estar con Pablo en la tierra; pero fue una misericordia mayor y una misericordia más satisfactoria, para Pablo, estar con Cristo en el cielo (Fil. 1:23). Gozan mucho quienes disfrutan de la presencia de Dios en la tierra, pero gozan más los que gozan de la presencia de Dios en el cielo; y ninguna presencia por debajo de esta presencia puede satisfacer a un alma creyente. Pero, …
En tercer lugar, así como gozarán de una presencia satisfactoria de Dios en el cielo, gozarán de una presencia constante y permanente de Dios en el cielo. Aquí, Dios va y viene: A menudo, es una corte que cambia de lugar. Pero en el cielo, el Rey de gloria estará siempre presente. “Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras” (1 Ts. 4:17-18). Es la presencia constante de Dios en el cielo, lo que hace del cielo un consuelo para las almas benditas. Si alguna vez se ocultara este sol, si esta presencia alguna vez faltara, el cielo sería tan oscuro como el infierno, sí, el cielo sería otro infierno. Aquí, Jonás se queja de que fue expulsado de la presencia de Dios y la Iglesia se queja de que Aquel que debería consolar su alma, está lejos. Ningún santo goza todo el tiempo de la bondadosa presencia de Dios. Aquellos que gozan más de esta presencia, pueden decir de ella como Jacob habló del semblante de Labán: “Veo”, dijo, “que el semblante de vuestro padre… no es para conmigo como antes” (Gn. 31:5); así pueden decir: “¡Oh, vemos; oh, sentimos, que la presencia de Dios no está con nosotros como antes! ¡Oh, qué cálida, qué alentadora, qué vivificante, qué consoladora, qué enternecedora, qué estimulante, qué asistencial presencia de Dios teníamos antes! ¡Oh, pero ahora no es así con nosotros! Nosotros, que solíamos estar siempre sobre las rodillas de Cristo o en sus brazos, estamos ahora alejados de Él. Aquel que solía estar, día y noche, como un manojo de mirra que reposa entre nuestros pechos, ahora se ha cubierto con una nube (Cnt. 1:13). Oh, no podemos ver su rostro, no podemos oír su voz, como en los días de antaño, etc.”. Pero ahora en el cielo, los santos gozarán de una presencia constante de Dios; no habrá un solo momento en toda la eternidad en que no gocen de la gloriosa presencia de Dios. De hecho, es esta presencia constante de Dios en el cielo, la que pone gloria sobre la gloria de todos los santos. El cielo sin esta presencia constante de Dios, no sería sino como una corte sin rey o como el firmamento sin sol. Así, puedes ver que la mejor y más selecta presencia de Dios y de Cristo, está reservada para el cielo.
Tomado de Las obras completas de Thomas Brooks (The Complete Works of Thomas Brooks), ed. Alexander Balloch Grosart, vol. 1 (Edinburgh; London; Dublin: James Nichol; James Nisbet and Co.; G. Herbert, 1866), 422-424; de dominio público.
Thomas Brooks (1608-1680): Predicador puritano no conformista inglés y defensor del congregacionalismo; enterrado en Bunhill Fields.